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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 31-

LOS DOS LENGUAJES DE LA PROVIDENCIA

COMO ESTUDIAR LA BIBLIA-parte 2-

El poeta y el naturalista tienen muchas cosas que decir acerca de la naturaleza, pero es el cristiano el que más goza de la belleza de la tierra, porque reconoce la obra de la mano de su Padre y percibe su amor.  Dios nos habla mediante sus obras providenciales y por la influencia de su Espíritu Santo en el corazón. En nuestras circunstancias y ambiente, en los cambios que suceden diariamente en torno nuestro, podemos encontrar preciosas lecciones, si tan sólo nuestros corazones están abiertos para recibirlas.  El salmista, trazando la obra de la Providencia divina, dice: “La tierra está llena de la misericordia de Jehová.” (Salmo 33:5)  “¡Quien sea sabio, observe estas cosas; y consideren todos la misericordia de Jehová!” (Salmo 107:43).

Dios nos habla también en su Palabra. En ella tenemos en líneas más claras la revelación de su carácter, de su trato con los hombres y de la gran obra de la redención.  En ella se nos presenta la historia de los patriarcas y profetas y de otros hombres santos de la antigüedad.  Ellos eran hombres sujetos “a las mismas debilidades que nosotros” (Sant. 5:17). Vemos como lucharon entre descorazonamientos como los nuestros, como cayeron bajo tentaciones como hemos caído nosotros y, sin embargo, cobraron nuevo valor y vencieron por la gracia de Dios; y recordándolos, nos animamos en nuestra lucha por la justicia.

Al leer el relato de los preciosos sucesos que se les permitió experimentar, la luz, el amor y la bendición que les tocó gozar y la obra que hicieron por la gracia a ellos dada, el espíritu que los inspiró enciende en nosotros un fuego de santo celo y un deseo de ser como ellos en carácter y andar con Dios como ellos.

Jesús dijo de las Escrituras del Antiguo Testamento “Ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39), el Redentor, Aquél en quien nuestras esperanzas de vida eterna se concentran.  Si, la Biblia entera nos habla de Cristo.  Desde el primer relato de la creación, de la cual se dice: “Sin El nada de lo que es hecho, fue hecho” (Juan 1:3), hasta la última promesa: “¡He aquí, yo vengo presto!” (Apoc.22:12). Si deseamos conocer al Salvador, estudiemos las Santas Escrituras.

Llenemos nuestro corazón de las palabras de Dios. Son el agua viva que apaga nuestra sed.  Son el pan vivo que descendió del cielo.  Jesús declara: “A menos que comáis la carne del Hijo del hombre, y bebáis su sangre, no tendréis vida en vosotros.” “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”  (Juan 6:53,63).  Nuestros cuerpos viven de lo que comemos y bebemos; y lo que sucede en la vida natural sucede en la espiritual: lo que meditamos es lo que da tono y vigor a nuestra naturaleza espiritual.

El tema de la redención, será la ciencia y el canto de los redimidos durante las edades de la eternidad. La infinita misericordia y el amor de Jesús, el sacrificio hecho en nuestro favor, demandan de nosotros la más seria y solemne reflexión. Cuando contemplemos así los asuntos celestiales, nuestra fe y amor serán más fuertes y nuestras oraciones más aceptables a Dios. Habrá una confianza constante en Jesús y una experiencia viva y diaria en su poder de salvar completamente a todos los que van a Dios por medio de El.  (Elena White)

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 30-

LOS DOS LENGUAJES DE LA PROVIDENCIA

COMO ESTUDIAR LA BIBLIA-parte 1-

Son muchas las formas en que Dios está procurando dársenos a conocer y ponernos en comunión con El.  La naturaleza habla sin cesar a nuestros sentidos. El corazón que está preparado quedará impresionado por el amor y la gloria de Dios tal como se revelan en las obras de sus manos.  El oído atento puede escuchar y entender las comunicaciones de Dios por las cosas de la naturaleza.  Los verdes campos, los elevados árboles, las flores, la lluvia que cae, el arroyo que murmura, las glorias de los cielos, hablan a nuestro corazón y nos invitan a conocer a Aquél que lo hizo todo.

Nuestro Salvador entrelazó sus preciosas lecciones con las cosas de la naturaleza.  Los árboles, los pájaros, las flores, los valles, las colinas, los lagos y los hermosos cielos, así como los incidentes y las circunstancias de la vida diaria, fueron todos ligados a las palabras de verdad, a fin de que sus lecciones fuesen así traídas a menudo a la memoria, aún en medio de los cuidados de la vida de trabajo del hombre. Dios quiere que sus hijos aprecien sus obras y se deleiten de la sencilla y tranquila hermosura con que El ha adornado nuestra morada terrenal.  El es amante de lo bello y, sobre todo, ama la belleza del carácter, que es mas atractiva que todo lo externo; y quiere que cultivemos la pureza y la sencillez, las gracias características de las flores.

 Si tan sólo queremos escuchar, las obras que Dios ha hecho nos enseñarán lecciones preciosas de obediencia y confianza. Desde las estrellas que en su carrera por el espacio sin huellas siguen de siglo en siglo sus sendas asignadas hasta el átomo más pequeño, las cosas de la naturaleza obedecen a la voluntad del Creador.  Y Dios cuida y sostiene todas las cosas que ha creado.  El que sustenta los innumerables mundos diseminados por la inmensidad, también tiene cuidado de los gorriones que entonan su humilde canto.  Cuando los hombres van a su trabajo o cuando el rico se sacia en su palacio, o cuando el pobre reúne a sus hijos alrededor de su escasa mesa, el Padre celestial vigila tiernamente a todos.  No se derraman lágrimas sin que El lo note.  No hay sonrisa que para El pase inadvertida.

Si creyéramos plenamente ésto, toda ansiedad indebida desaparecería.  Nuestras vidas no estarían tan llenas de desengaños como ahora; porque cada cosa, grande o pequeña, debe dejarse en las manos de Dios, quien no se confunde por la multiplicidad de los cuidados, ni se abruma por su peso.  Gozaríamos entonces del reposo del alma al cual muchos han sido por largo tiempo extraños.

Cuando nuestros sentidos se deleiten en la amena belleza de la tierra, pensemos en el mundo venidero que nunca conocerá mancha de pecado ni de muerte; donde la faz de la naturaleza no llevara más la sombra de la maldición. En los variados dones de Dios en la naturaleza no vemos sino el reflejo más pálido de su gloria. (Elena White) 

«Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”. (1Cor.2:9)

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 29-

EL GOZO DE LA COLABORACION

COMO CRECER EN EL AL COMPARTIR SU SACRIFICIO-parte 3-

Si los discípulos de Cristo comprendiesen su deber, habría mil heraldos del Evangelio a los gentiles donde hoy hay uno.  Y todos los que no pudieran dedicarse personalmente a la obra, la sostendrían con sus recursos, simpatías y oraciones.  Y habría de seguro más ardiente trabajo por las almas en los países cristianos.

No necesitamos ir a tierras de paganos, ni aún dejar el pequeño círculo del hogar, si es ahí a donde el deber nos llama a trabajar por Cristo.  Podemos hacer ésto en el seno del hogar, en la iglesia, entre aquellos con quienes nos asociamos y con quienes negociamos. Nuestro Salvador pasó la mayor parte de su vida terrenal trabajando pacientemente en la carpintería de Nazaret.  Los ángeles ministradores servían al Señor de la vida mientras caminaba con campesinos y labradores, desconocido y no honrado.  El estaba cumpliendo su misión tan fielmente mientras trabajaba en su humilde oficio, como cuando sanaba a los enfermos o caminaba sobre las olas tempestuosas del mar de Galilea.  Así, en los deberes más humildes y en las posiciones más bajas de la vida, podemos andar y trabajar con Jesús.

El apóstol dice:”Cada uno permanezca para con Dios en aquel estado en que fue llamado” (1Cor.7:24).  El hombre de negocios puede dirigir sus negocios de un modo que glorifique a su Maestro por su fidelidad.  Si es verdadero discípulo de Cristo, pondrá en práctica su religión en todo lo que haga y revelará a los hombres el espíritu de Cristo.  El obrero manual puede ser diligente y fiel representante de Aquél que se ocupó en los trabajos humildes de la vida. Todo aquél que lleva el nombre de Cristo debe obrar de tal modo que los otros, viendo sus buenas obras, sean inducidos a glorificar a su Creador y Redentor.

Muchos se excusan de poner sus dones al servicio de Cristo porque otros poseen mejores dotes y ventajas.  Ha prevalecido la opinión de que solamente los que están especialmente dotados tienen que consagrar sus habilidades al servicio de Dios.  Muchos han llegado a la conclusión de que el talento se da sólo a cierta clase favorecida, excluyendo a otros. Cuando el Señor de la casa llamó a sus siervos dio a cada uno su trabajo.  Con el espíritu amoroso podemos ejecutar los deberes más humildes de la vida “como para el Señor” (Colos.3:23). 

Si tenemos el amor de Dios en nuestro corazón, se manifestará en nuestra vida.  El suave olor de Cristo nos rodeará y nuestra influencia elevará y beneficiará a otros. No debemos esperar mejores oportunidades o habilidades extraordinarias para empezar a trabajar por Dios.  No necesitamos preocuparnos en lo más mínimo de lo que el mundo dirá de nosotros.  Si nuestra vida diaria es un testimonio de la pureza y sinceridad de nuestra fe y los demás están convencidos de nuestros deseos de hacer el bien, nuestros esfuerzos no serán enteramente perdidos. No necesitamos cargarnos de ansiedad por el éxito.  Tenemos solamente que seguir adelante con tranquilidad, haciendo fielmente la obra que la providencia de Dios indique, y nuestra vida no será inútil.  Nuestras propias almas crecerán cada vez más a la semejanza de Cristo; seremos colaboradores de Dios en esta vida, y así nos estaremos preparando para la obra más elevada y el gozo sin sombra de la vida venidera.  (Elena White)

  • “No temas en nada lo que vas a
  • padecer.  He aquí, el diablo echará a
  • algunos de vosotros en la cárcel para que
  • seáis probados, y tendréis tribulación por
  • diez días.  Se fiel hasta la muerte, y yo te
  • daré la corona de la vida”  (Apoc.2:10)
  • “Tu guardarás en completa paz a aquél
  • cuyo pensamiento en ti persevera; porque
  • en ti ha confiado. Confiad en Jehová
  • perpetuamente, porque en Jehová el Señor
  • está la fortaleza de los siglos”  (Isaías 26:3-4)

EL CAMINO A CRISTO-EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 28-

EL GOZO DE LA COLABORACION

COMO CRECER EN EL AL COMPARTIR SU SACRIFICIO-parte 2-

Dios ha concedido a los hombres el privilegio de ser hechos participantes de la naturaleza divina y de difundir a su vez bendiciones para sus hermanos.  Este es el honor más alto y el gozo más grande que Dios pueda conferir a los hombres.  Los que así participan en trabajos de amor, se acercan más a su Creador.

Dios podría haber encomendado el mensaje del Evangelio, y toda la obra del ministerio de amor, a los ángeles del cielo.  Podría haber empleado otros medios para llevar a cabo su obra.  Pero en su amor infinito quiso hacernos colaboradores con El, con Cristo y con los ángeles, para que participemos de la bendición, del gozo y de la elevación espiritual que resultan de este abnegado ministerio.

Somos inducidos a simpatizar con Cristo, asociándonos a sus padecimientos.  Cada acto de sacrificio personal por el bien de otros robustece el espíritu de caridad en el corazón y lo une más fuertemente al Redentor del mundo, quien “siendo El rico, por vuestra causa se hizo pobre, para que vosotros, por medio de su pobreza, llegaseis a ser ricos” (2 Cor.8:9).  Y solamente cuando cumplimos así el designio que Dios tenía al crearnos, puede la vida ser una bendición para nosotros.

Si trabajamos como Cristo quiere que sus discípulos trabajen y ganen almas para El. Sentiremos la necesidad de una experiencia más profunda y de un conocimiento más grande de las cosas divinas y tendremos hambre y sed de justicia.  Abogaremos con Dios y nuestra fe se robustecerá; y nuestra alma beberá en abundancia de la fuente de la salud.  El encontrar oposición y pruebas nos llevará a la Biblia y a la oración.  Creceremos en la gracia y en el conocimiento de Cristo y adquiriremos una rica experiencia.

El trabajo desinteresado por otros da al carácter profundidad, firmeza y amabilidad parecidas a las de Cristo; trae paz y felicidad al que lo realiza.  Las aspiraciones se elevan.  No hay lugar para la pereza o el egoísmo.  Los que de esta manera ejerzan las gracias cristianas crecerán y se harán fuertes para trabajar por Dios.  Tendrán claras percepciones espirituales, una fe firme y creciente y un acrecentado poder en la oración. El Espíritu de Dios, que mueve su espíritu, pone en juego las sagradas armonías del alma, en respuesta al toque divino.  Los que así se consagran a un esfuerzo desinteresado por el bien de otros, están obrando ciertamente su propia salvación. 

El único modo de crecer en la gracia es haciendo desinteresadamente la obra que Cristo ha puesto en nuestras manos: comprometernos, en la medida de nuestra capacidad, a ayudar y beneficiar a los que necesitan la ayuda que podemos darles.  La fuerza se desarrolla con el ejercicio, la actividad es la misma condición de la vida. Los que se esfuerzan en mantener una vida cristiana aceptando pasivamente las bendiciones que vienen por la gracia, sin hacer nada por Cristo, procuran simplemente vivir comiendo sin trabajar.  Pero el resultado de ésto, tanto en el mundo espiritual como en el temporal, es siempre la degeneración y decadencia.

La iglesia de Cristo es el agente elegido por Dios para la salvación de los hombres.  Su misión es extender el Evangelio por todo el mundo.  Y la obligación recae sobre todos los cristianos.  Cada uno de nosotros, hasta donde lo permitan sus talentos y oportunidades, tiene que cumplir con la comisión del Salvador. El amor de Cristo que nos ha sido revelado nos hace deudores a cuantos no lo conocen.  Dios nos dio luz no sólo para nosotros sino para que la derramemos sobre ellos.  (Elena White)

 

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 27-

EL GOZO DE LA COLABORACION

COMO CRECER EN EL AL COMPARTIR SU SACRIFICIO-parte 1-

Dios es la fuente de vida, luz y gozo para el universo.  Como los rayos de la luz del sol, como las corrientes de agua que brotan de un manantial vivo, las bendiciones descienden de El a todas sus criaturas.  Y dondequiera que la Vida de Dios esté en el corazón de los hombres, inundan a otros de amor  y bendición. 

El gozo de nuestro Salvador se cifraba en levantar y redimir a los hombres caídos. Para lograr este fin no consideró su vida como cosa preciosa, más sufrió la cruz menospreciando la ignominia.  Así los ángeles están siempre empeñados en trabajar por la felicidad de otros. Este es su gozo. Lo que los corazones egoístas considerarían un servicio degradante, servir a los que son infelices, y bajo todo aspecto inferiores a ellos en carácter y jerarquía, es la obra de los ángeles exentos de pecado.  El espíritu de amor y abnegación de Cristo es el espíritu que llena los cielos y es la misma esencia de su gloria. Este es el espíritu que poseerán los discípulos de Cristo, la obra que harán.

Cuando el amor de Cristo está guardado en el corazón, como dulce fragancia, no puede ocultarse.  Su santa influencia será percibida por todos aquellos con quienes nos relacionemos.  El espíritu de Cristo en el corazón es como un manantial en un desierto que se derrama para refrescarlo todo y despertar, en los que ya están por perecer, ansias de beber del agua de la vida. El amor a Jesús se manifestará por el deseo de trabajar, como El trabajo, por la felicidad y elevación de la humanidad.  Nos inspirará amor, ternura y simpatía por todas las criaturas que gozan del cuidado de nuestro Padre celestial.

La vida terrenal del Salvador no fue una vida de comodidad y devoción a si mismo, sino que trabajó con un esfuerzo persistente, ardiente, infatigable por la salvación de la perdida humanidad.  Desde el pesebre hasta el Calvario, siguió la senda de la abnegación y no procuró estar libre de las tareas arduas, duros viajes y penosísimo cuidado y trabajo.  Dijo: “El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28).  Tal fue el gran objeto de su vida.  Todo lo demás fue secundario y accesorio.  Fue su comida y bebida hacer la voluntad de Dios y acabar su obra.  No había amor propio ni egoísmo en su trabajo.

Así también los que son participantes de la gracia de Cristo están dispuestos a hacer cualquier sacrificio a fin de que aquéllos por los cuales El murió tengan parte en el don celestial. Este espíritu es el fruto seguro del alma verdaderamente convertida.  Tan pronto como viene uno a Cristo, nace en el corazón un vivo deseo de hacer conocer a otros cuán precioso amigo ha encontrado en Jesús; la verdad salvadora y santificadora no puede permanecer encerrada en el corazón.  Si estamos revestidos de la justicia de Cristo y rebosamos de gozo por la presencia de su Espíritu, no podremos guardar silencio.  Si hemos probado y visto que el Señor es bueno, tendremos algo que decir a otros, desearemos que los que nos rodean puedan ver al  “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”  (Juan 1:29).

(Elena White)

 

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 26-

EL SECRETO DEL CRECIMIENTO

COMO BUSCAR LA VIDA MAS PROFUNDA DE UNA CONTINUA PERMANENCIA EN EL-parte 3-

No debemos hacer de nuestro yo el centro de nuestros pensamientos, ni alimentar ansiedad ni temor acerca de si seremos salvos o no.  Todo ésto es lo que desvía el alma de la Fuente de nuestra fortaleza.  Encomendemos nuestra alma al cuidado de Dios y confiemos en El.  Hablemos de Jesús y pensemos en El.  Desterremos toda duda y disipemos nuestros temores. Pablo dice:…”y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cuál me amó y se entregó a si mismo por mí” (Gal.2:20). Reposemos en Dios.  Si nos ponemos en sus manos, El nos hará más vencedores por Aquél que nos amó.

Cuando Cristo se humanó, se unió a sí mismo a la humanidad con un lazo de amor que jamás romperá poder alguno, salvo la elección del hombre mismo. Satanás constantemente nos presenta engaños para inducirnos a romper este lazo; elegir separarnos de Cristo.  Sobre ésto necesitamos velar, luchar, orar, para que ninguna cosa pueda inducirnos a elegir otro Maestro; pues estamos siempre libres para hacer esto.  Más tengamos los ojos fijos en Cristo, y El nos preservará. Confiando en Jesús estamos seguros.  Nada puede arrebatarnos de su mano.  Mirándolo constantemente,  “somos transformados en la misma semejanza, de gloria en gloria, así como el Espíritu del Señor.” (2Cor.3:18)

Aún Juan, el discípulo amado, el que más plenamente llegó a reflejar la imagen del Salvador, no poseía naturalmente esa belleza de carácter. No solamente hacía valer sus derechos y ambicionaba honores, sino que era impetuoso y se resentía bajo las injurias. Más cuando se le manifestó el carácter de Cristo, vio sus defectos y el conocimiento de ellos lo humilló, y la mansedumbre que él vio en la vida diaria del Hijo de Dios, llenaron su alma de admiración y amor. 

De día en día era su corazón atraído hacia Cristo, hasta que se olvidó de sí mismo por amor a su Maestro.  Su genio, resentido y ambicioso, cedió al poder transformador de Cristo. La influencia regeneradora del Espíritu Santo renovó su corazón. El poder del amor de Cristo transformó su carácter.  Ese es  el resultado seguro de la unión con Jesús.  Cuando Cristo habita en el corazón, la naturaleza entera se transforma.  El Espíritu de Cristo y su amor, ablandan el corazón, someten el alma y elevan los pensamientos y deseos a Dios y al cielo.

Cuando Cristo ascendió a los cielos, la sensación de su presencia permaneció aún con los que le seguían.  Era una presencia personal, llena de amor y luz. Fue arrebatado de ellos al cielo, mientras les dejaba un mensaje de paz: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Sabían que El había ascendido para prepararle lugar y que vendría otra vez para llevarlos consigo.

Y en el día de Pentecostés vino a ellos la presencia del Consolador, del cuál Cristo había dicho: “Estará en vosotros”. Y desde aquel día Cristo había de morar continuamente por el Espíritu en el corazón de sus hijos. Su unión con ellos era más estrecha que cuando El estaba personalmente con ellos.  Todo lo que Cristo fue para sus primeros discípulos, desea serlo para sus hijos hoy; porque en su última oración dijo:

“No ruego solamente por éstos, sino también por aquéllos que han de creer en mí por medio de la palabra de ellos” (Juan 17:20).   

(Elena White)

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 25-

EL SECRETO DEL CRECIMIENTO

COMO BUSCAR LA VIDA MAS PROFUNDA DE UNA CONTINUA PERMANENCIA EN EL-parte 2-

Muchos tienen la idea de que deben hacer alguna parte de la obra solos. Ya han confiado en Cristo para el perdón de sus pecados, pero ahora procuran vivir rectamente por sus propios esfuerzos.  Más tales esfuerzos se desvanecerán. Jesús dice: “Porque separados de mi nada podéis hacer”. Nuestro crecimiento en la gracia, nuestro gozo, nuestra utilidad, todo depende de nuestra unión con Cristo, solamente estando en comunión con El diariamente, a cada hora permaneciendo en El, es como hemos de crecer en la gracia. El no solamente el autor sino también el consumador de nuestra fe.  Cristo es el principio, el fin, la totalidad. Estará con nosotros no solamente al principio y al fin de nuestra carrera, sino en cada paso del camino. David dice: “A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque estando en El a mi diestra, no resbalaré.” (Salmo 16:8)

Por la fe llegamos a ser de Cristo, y por la fe tenemos que crecer en El dando y tomando a la vez.  Tenemos que darle todo: el corazón, la voluntad, la vida, darnos para El para obedecer todos sus requerimientos; y debemos tomar todo: a Cristo, la plenitud de toda bendición, para que habite en nuestro corazón y para que sea nuestra fuerza, nuestra justicia, nuestra eterna ayuda a fin de que nos de poder para obedecerle.

Consagrémonos a Dios todas las mañanas; hagamos de ésto nuestro primer trabajo. Este es un asunto diario. Sometamos nuestros planes a El. Sea puesta así nuestra vida en las manos de Dios y será cada vez más semejante a la de Cristo. La vida en Cristo es una vida de reposo.  Puede no haber éxtasis de la sensibilidad, pero debe haber una confianza continua y apacible.  Nuestra esperanza no está en nosotros, está en Cristo.

Nuestra debilidad está unida a su fuerza, nuestra ignorancia a su sabiduría, nuestra fragilidad a su eterno poder. Pensemos en su amor, en su belleza y en la perfección de su carácter. Amándole, imitándole, dependiendo enteramente de El, es como seremos transformados a su semejanza.

Jesús dice: “Permaneced en mí”  Estas palabras dan idea de descanso, estabilidad, confianza.  También nos invita: “¡Venid a mí…y os daré descanso!” (Mateo 11:28). “Confiad calladamente en Jehová, y espérale con paciencia.”  “en quietud y confianza será vuestra fortaleza”  (Sal.37:7; Isa.30:15). Este descanso no se funda en la inactividad; porque en la invitación del Salvador la promesa de descanso está unida con el llamamiento al trabajo: “Tomad mi yugo sobre vosotros, y …hallareis descanso.” (Mateo 11:29)  El corazón que más plenamente descansa en Cristo es el más ardiente y activo en el trabajo para El.

Cuando el hombre dedica muchos pensamientos a sí mismo, se aleja de Cristo: manantial de fortaleza y vida. Por esto Satanás se esfuerza constantemente por mantener la atención apartada del Salvador e impedir así la unión y comunión del alma con Cristo. Los placeres del mundo, los cuidados de la vida y sus perplejidades y tristezas, las faltas de otros o nuestras propias faltas e imperfecciones hacia alguna de estas cosas, o hacia todas ellas, procura desviar la mente.  No seamos engañados por sus maquinaciones. A muchos que son realmente concienzudos y que desean vivir para Dios los hace también detenerse a menudo en sus faltas y debilidades, y separarlos así de Cristo, espera obtener la victoria.  (Elena White)

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 24-

EL SECRETO DEL CRECIMIENTO

COMO BUSCAR LA VIDA MAS PROFUNDA DE UNA CONTINUA PERMANENCIA EN EL-parte 1-

En la Biblia se llama nacimiento al cambio de corazón por el cuál somos hechos hijos de Dios.  También se lo compara con la germinación de la buena semilla sembrada por el labrador. De igual modo los que están recién convertidos a Cristo, son como “niños recién nacidos”, “creciendo” (1Pedro 2:2; Efe.4:15), a la estatura de hombres en Cristo Jesús. Como la buena simiente en el campo, tienen que crecer y dar fruto.  Isaías dice que serán “llamados árboles de justicia, plantados por Jehová mismo, para que El sea glorificado” (Isaías 61:3). Del mundo natural se sacan así ilustraciones para ayudarnos a entender mejor las verdades misteriosas de la vida espiritual.

Toda la sabiduría e inteligencia de los hombres no pueden dar vida al objeto más pequeño de la naturaleza.  Solamente por la vida que Dios mismo les ha dado pueden vivir las plantas y los animales. Asimismo es solamente mediante la vida de Dios como se engendra la vida espiritual en el corazón de los hombres.  Si el hombre no “naciere de nuevo” (Juan 3:3)-no puede ser hecho participante de la vida que Cristo vino a dar.

Lo que sucede con la vida, sucede con el crecimiento. Dios es el que hace florecer el capullo y fructificar las flores.  Su poder es el que hace a la simiente desarrollar “primero hierva, luego espiga, luego grano lleno de espiga” (Marcos 4:28).  El profeta Oseas dice que Israel “echará flores como el lirio”, “Serán revivificados como el trigo, y florecerán como la vid”. (Oseas 14:5,7). Y Jesús nos dice:  “¡Considerad los lirios, como crecen!” (Lucas 12:27). Las plantas y las flores crecen no por su propio cuidado o solicitud o esfuerzo, sino porque reciben lo que Dios ha proporcionado para que les de vida.  El niño no puede por su solicitud o poder propio añadir algo a su estatura.

Ni nosotros podemos por nuestra solicitud o esfuerzo conseguir el crecimiento espiritual. La planta y el niño crecen al recibir de la atmósfera que los rodea aquello que les da vida: el aire, el sol y el alimento.  Lo que estos dones de la naturaleza son para los animales y las plantas, es Cristo para los que confían en El. El es su “luz eterna”, “escudo y sol” (Isaías 60:19; Salmo 84:11). Será como el “roció a Israel”, “Descenderá como la lluvia sobre el césped cortado.” (Oseas 14:5; Salmo 72:6). El es el agua viva, “el pan de Dios…que descendió del cielo, y da vida al mundo” (Juan 6:33).

En el don incomparable de su Hijo, ha rodeado Dios al mundo entero en una atmósfera de gracia tan real como el aire que circula en derredor del globo.  Todos los que quisieren respirar esta atmósfera vivificante vivirán y crecerán hasta la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús. Como la flor se torna hacia el sol, a fin de que los brillantes rayos la ayuden a perfeccionar su belleza y simetría, así debemos tornarnos hacia el Sol de Justicia, a fin de que la luz celestial brille sobre nosotros, para que nuestro carácter se transforme a la imagen de Cristo.

Jesús enseña la misma cosa cuando dice: “¡Permaneced en mí, y yo en vosotros! Como no puede el sarmiento llevar fruto de sí mismo, si no permaneciera en la vid, así tampoco vosotros, si no permaneciereis en mí…Porque separados de mi nada podéis hacer” (Juan 15:4,5). Así también nosotros necesitamos auxilio de Cristo, para poder vivir una vida santa, como la rama depende del tronco principal para su crecimiento y fructificación.  Fuera de El no tenemos vida.  No hay poder en nosotros para resistir la tentación o para crecer en la gracia o en la santidad.  (Elena White)

 

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 23-

COMO LOGRAR UNA MAGNIFICA RENOVACION

COMO PERMANECER CERCA DE EL Y SOSTENER UNA VIDA VICTORIOSA EN CRISTO-parte 4-

Murió por nosotros y ahora ofrece quitarnos nuestros pecados y vestirnos de su justicia. Si nos entregamos a El y lo aceptamos como nuestro Salvador, por pecaminosa que haya sido nuestra vida, seremos contados entre los justos por consideración a El.  El carácter de Cristo toma el lugar del nuestro, y nosotros somos aceptados por Dios como si no hubiésemos pecado.

Más aún, Cristo cambia el corazón. Habita en nuestro corazón por la fe. Debemos mantener esta comunión con Cristo por la fe y la sumisión continua de nuestra voluntad a El; mientras hagamos ésto, El obrará en nosotros para que hagamos conforme a su voluntad.  Así podremos decir: “…y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del hijo de Dios, el cuál me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Cuando hablamos de la fe debemos tener siempre presente una distinción.  Hay una clase de creencia enteramente distinta de la fe. La existencia y el poder de Dios, la verdad de su Palabra, son hechos que aun Satanás y sus huestes no pueden negar.

 La Biblia dice:..También los demonios creen, y tiemblan (Santiago 2:19), pero ésta no es fe.  Donde no solo hay una creencia en la Palabra de Dios, sino una sumisión de la voluntad a El; donde se le da a El el corazón y los afectos se fijan en El; allí hay fe, fe que obra por el amor y purifica el alma.  Mediante esta fe, el corazón se renueva conforme a la imagen de Dios. Y el corazón que en su estado carnal no se sujetaba a la Ley de Dios ni tampoco podía, se deleita después en sus santos preceptos, diciendo con el salmista:”¡Oh cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Salmo 119:97) Y la justicia de la Ley se cumple en nosotros, los que no andamos “conforme a la carne, más conforme al espíritu” (Rom.8:1).

Hay quienes han conocido el amor perdonador de Cristo y desean realmente ser hijos de Dios; sin embargo, reconocen que su carácter es imperfecto y su vida defectuosa, y están propensos a dudar de que sus corazones hayan sido regenerados por el Espíritu Santo. No debemos desanimarnos. Aún si somos vencidos por el enemigo, no somos arrojados, ni abandonados, ni rechazados por Dios. NO; Cristo está a la diestra de Dios e intercede por nosotros. “…Y si alguno pecare, abogado tenemos para con el Padre, a saber, Jesucristo el Justo.” (Juan 2:1) Oremos con más fervor; creamos más plenamente. A medida que desconfiemos de nuestra propia fuerza confiaremos en el poder de nuestro Redentor, y luego alabaremos a Aquél que es la salud de nuestro rostro.

Cuanto más cerca estemos de Jesús, más imperfectos nos reconoceremos, porque veremos más claramente nuestros defectos a la luz del contraste de su perfecta naturaleza.  Esta es una evidencia de que los engaños de Satanás han perdido su poder y de que el Espíritu de Dios nos está despertando.

Mientras menos cosas dignas de estima veamos en nosotros, más encontraremos que estimar en la pureza y santidad infinitas de nuestro Salvador.  Una idea de nuestra pecaminosidad nos puede guiar a Aquél que nos puede perdonar; y cuando, comprendiendo nuestra impotencia, nos esforcemos en seguir a Cristo, El se nos revelará con poder.  Cuanto más nos guie la necesidad a El y a la Palabra de Dios tanto más elevada visión tendremos de su carácter y más plenamente reflejaremos su imagen.  (Elena White)

 

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 22-

COMO LOGRAR UNA MAGNIFICA RENOVACION

COMO PERMANECER CERCA DE EL Y SOSTENER UNA VIDA VICTORIOSA EN CRISTO-parte 3-

En vez de que la fe exima al hombre de la obediencia, es la fe, y sólo ella, la que lo hace participante de la gracia de Cristo y lo capacita para obedecerlo.

No ganamos la salvación con nuestra obediencia; porque la salvación es el don gratuito de Dios, que se recibe por la fe. Pero la obediencia es el fruto de la fe. “Sabéis que El fue manifestado para quitar los pecados, y en El no hay pecado. Todo aquél que mora en El no peca; todo aquél que peca no le ha visto, ni le ha conocido.” (Juan 3:5,6). He aquí la verdadera prueba. Si moramos en Cristo, si el amor de Dios mora en nosotros, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones, tienen que estar en armonía con la voluntad de Dios como se expresa en los preceptos de su Santa Ley. “¡Hijitos míos, no dejéis que nadie os engañe! el que obra justicia es justo, así como El es justo” (Juan 3:7).  Sabemos lo que es la justicia por el modelo de la Santa Ley de Dios, como se expresa en los Diez Mandamientos dados en el Sinaí. (Exodo 20:3-17)

Esa así llamada fe en Cristo, que según se declara exime a los hombres de la obligación de la obediencia a Dios, no es fe sino presunción. “Por gracia sois salvos, por medio de la fe”. Más “la fe, si no tuviere obras, es muerta” (Efes.2:8; Sant.2:7).  Jesús dijo de sí mismo antes de venir al mundo: “Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón.” (Sal.40:8).  Y cuando estaba por ascender a los cielos, dijo otra vez: “Yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Juan 15:10).  La Escritura dice: “Y en ésto sabemos que le conocemos a El, a saber, si guardamos sus mandamientos…El que dice que mora en El debe también el mismo andar así como El anduvo.” (Juan 2:3-6).

La condición para alcanzar la vida eterna es ahora exactamente la misma de siempre, tal cual era en el paraíso antes de la caída de nuestros primeros padres: la perfecta obediencia a la Ley de Dios, la perfecta justicia.  Si la vida eterna se concediera con alguna condición inferior a ésta, peligraría la felicidad de todo el universo.  Se le abriría la puerta al pecado con todo su sequito de dolor y miseria para siempre.

Era posible para Adán, antes de la caída, conservar un carácter justo por la obediencia a la ley de Dios. Más no lo hizo, y por causa de su caída tenemos una naturaleza pecaminosa y no podemos hacernos justos a nosotros mismos.  Puesto que somos pecadores y malos, no podemos obedecer perfectamente una ley santa.  No tenemos por nosotros mismos justicia con que cumplir lo que la ley de Dios demanda.  Más Cristo nos ha preparado una vía de escape.  Vivió sobre la tierra en medio de pruebas y tentaciones tales como las que nosotros tenemos que arrostrar.  Sin embargo, su vida fue impecable.  Murió por nosotros y ahora ofrece quitarnos nuestros pecados y vestirnos de su justicia.  (Elena White)