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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 27-

EL GOZO DE LA COLABORACION

COMO CRECER EN EL AL COMPARTIR SU SACRIFICIO-parte 1-

Dios es la fuente de vida, luz y gozo para el universo.  Como los rayos de la luz del sol, como las corrientes de agua que brotan de un manantial vivo, las bendiciones descienden de El a todas sus criaturas.  Y dondequiera que la Vida de Dios esté en el corazón de los hombres, inundan a otros de amor  y bendición. 

El gozo de nuestro Salvador se cifraba en levantar y redimir a los hombres caídos. Para lograr este fin no consideró su vida como cosa preciosa, más sufrió la cruz menospreciando la ignominia.  Así los ángeles están siempre empeñados en trabajar por la felicidad de otros. Este es su gozo. Lo que los corazones egoístas considerarían un servicio degradante, servir a los que son infelices, y bajo todo aspecto inferiores a ellos en carácter y jerarquía, es la obra de los ángeles exentos de pecado.  El espíritu de amor y abnegación de Cristo es el espíritu que llena los cielos y es la misma esencia de su gloria. Este es el espíritu que poseerán los discípulos de Cristo, la obra que harán.

Cuando el amor de Cristo está guardado en el corazón, como dulce fragancia, no puede ocultarse.  Su santa influencia será percibida por todos aquellos con quienes nos relacionemos.  El espíritu de Cristo en el corazón es como un manantial en un desierto que se derrama para refrescarlo todo y despertar, en los que ya están por perecer, ansias de beber del agua de la vida. El amor a Jesús se manifestará por el deseo de trabajar, como El trabajo, por la felicidad y elevación de la humanidad.  Nos inspirará amor, ternura y simpatía por todas las criaturas que gozan del cuidado de nuestro Padre celestial.

La vida terrenal del Salvador no fue una vida de comodidad y devoción a si mismo, sino que trabajó con un esfuerzo persistente, ardiente, infatigable por la salvación de la perdida humanidad.  Desde el pesebre hasta el Calvario, siguió la senda de la abnegación y no procuró estar libre de las tareas arduas, duros viajes y penosísimo cuidado y trabajo.  Dijo: El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28).  Tal fue el gran objeto de su vida.  Todo lo demás fue secundario y accesorio.  Fue su comida y bebida hacer la voluntad de Dios y acabar su obra.  No había amor propio ni egoísmo en su trabajo.

Así también los que son participantes de la gracia de Cristo están dispuestos a hacer cualquier sacrificio a fin de que aquéllos por los cuales El murió tengan parte en el don celestial. Este espíritu es el fruto seguro del alma verdaderamente convertida.  Tan pronto como viene uno a Cristo, nace en el corazón un vivo deseo de hacer conocer a otros cuán precioso amigo ha encontrado en Jesús; la verdad salvadora y santificadora no puede permanecer encerrada en el corazón.  Si estamos revestidos de la justicia de Cristo y rebosamos de gozo por la presencia de su Espíritu, no podremos guardar silencio.  Si hemos probado y visto que el Señor es bueno, tendremos algo que decir a otros, desearemos que los que nos rodean puedan ver al  “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”  (Juan 1:29).

(Elena White)

 

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