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Archive for the ‘1.00-ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA-EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA.’ Category

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 55-

COMO SOMOS SALVOS –parte 22-

LA RECOMPENSA DE LOS JUSTOS

La imaginación más fecunda no puede abarcar plenamente lo que será la recompensa de quienes han aceptado a Cristo.  En 1 Corintios 2:9 el apóstol Pablo dice:

“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”.

Pero la Biblia sí nos dice algo en cuanto a cómo será ese mundo.  Satanás y sus ángeles, junto con todos los impíos, habrán sido reducidos a cenizas (Malaquías 4:1-3; Ezequiel 28:18-19).  Ya no imperará en ningún corazón el misterio de iniquidad. El orgullo y deseo de exaltación habrán sido extirpados por la gracia de Cristo.

Habrá allí agua cristalina de vida (Apocalipsis 21:6; 22:1) y un árbol que produce un fruto diferente cada mes del año (Apocalipsis 22:2).  Los animales más feroces serán mansos, pues “el lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey” (Isaías 65:25; 35:9; 11:6-9).

No habrá más hospitales, pues el morador no dirá “Estoy enfermo” (Isaías 33:24).  Tampoco habrá cárceles ni ladrones, pues en el santo monte de Dios no habrá violencia (Isaías 60:18).  El clamor, el dolor y la muerte desaparecerán para siempre (Apocalipsis 21:4).  Viviremos en una ciudad que tiene fundamentos de piedras preciosas, puertas de perla y calles de oro (Apocalipsis 21:14, 12, 21).

Pero ninguno de estos beneficios materiales se comparán con el privilegio de tener comunión eterna con Jesús. Cuando Jesús vea esa gran multitud, que nadie puede contar reunida delante de su trono (Apocalipsis 7:9), sabrá que su sacrificio no fue en vano.

“Verá linaje, vivirá por largos días…Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53:10-11).  Y cuando los redimidos le pregunten: “¿Qué heridas son éstas en tus manos?” El responderá: “Con ellas fui herido en casa de mis amigos” (Zacarías 13:6). ¡Qué gloriosa gracia, e incomparable amor!

CONCLUSION

Para Jesucristo, cada persona del mundo tiene un valor infinito.  Por eso pagó un precio infinito cuando caímos en pecado.  La única forma de comprar algo cuyo valor es infinito es pagando un precio igualmente infinito.  El sacrificio eterno de Cristo fue suficiente para salvar a cada pecador, pero no por eso se salvarán todos.  Para algunos, el sacrificio de Cristo habrá sido en vano ¿Y por qué es ésto? Sencillamente porque no lo aceptarán.

Tenemos que aceptar ese sacrificio personalmente.  Tenemos que escoger a Cristo como Salvador y Señor en nuestra vida. Debemos ver la seriedad de nuestros pecados, arrepentirnos de ellos y confesarlos.

Debemos luego sepultarlos en las aguas del bautismo y nacer de nuevo.  Debemos permitir que Cristo reproduzca su carácter en nosotros por medio del proceso de la santificación.  Debemos ansiar el momento de encontrarnos con El.

Hay esperanza para cada ser humano que acepte el tierno llamado del Salvador.  No importa cuán terribles sean nuestros pecados, hay esperanza en Jesús.  El dice:

“Al que a mí viene, no lo echo fuera…He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré al él, y cenaré con él, y él conmigo…El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente…Venid a mí  todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar…Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Juan 6:37; Apocalipsis 3:20; 22:17; Mateo 11:28; Isaías 1:18).

Si queremos vivir con Cristo para siempre, tendremos que invitarlo a nuestro corazón ahora. ¿Escucharás el llamado de Cristo? ¿Habrá muerto por ti en vano? ¡La decisión está en tus manos, porque el plan de redención te incluye individualmente a ti!

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 54-

COMO SOMOS SALVOS –parte 21-

EMANUEL PARA SIEMPRE-parte 3-

Al comienzo de su ministerio el apóstol Pablo creía que iba a estar vivo cuando Cristo regresara (1 Tesalonicenses 4:13-17). Pero al pasar el tiempo se dio cuenta que no iba a ser así.  Durante su vida cinco veces había recibido treinta y nueve azotes.  Tres veces había sido azotado con varas; una vez fue apedreado y tres veces sufrió naufragio. Había sufrido toda clase de peligros (ver 2 Corintios 11:24-28) y ahora se encontraba en un calabozo romano esperando el momento de su martirio.

Pero de los labios del gran apóstol no salió una sola palabra de pesimismo. Afirmó triunfalmente “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.  Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:7-8).  Pablo murió con la bendita esperanza de ver a su amado Señor cara a cara.

La corona de justicia le será concedida tan sólo a los que aman su venida.  No se les promete a los que creen en su venida o a los que hablan de su venida sino a los que aman su venida.  Para amar su venida, debemos amarle a El; y para amarle debemos conocerle, y para conocerle debemos pasar tiempo con El.  Cada instante de nuestra vida debemos hablar con El en oración, estudiar su Palabra y trabajar por El a fin de conocerle mejor y amarle más.

El apóstol Juan fue otro campeón de la verdad que había sufrido muchas persecuciones y aflicciones.  Según la tradición cristiana, el emperador Domiciano hecho al apóstol en una olla de aceite hirviente, pero ni aún así pudo matarlo pues Dios lo protegió.  Cuando Domiciano se vio derrotado envió a Juan a la isla de Patmos.  Allí fue que Dios le reveló el libro de Apocalipsis.  Este libro describe los conflictos, las derrotas y victorias del pueblo de Dios a través de todos los siglos. 

Revela la gran crisis final por la cual tendrán que pasar los hermanos de Cristo en la lucha contra el dragón, la bestia y el falso profeta.  El clímax del libro describe la gloriosa venida de Cristo sobre un caballo blanco para rescatar a su pueblo que se halla a punto de perecer. Después de presenciar todos estos eventos, el Señor Jesucristo le dice: “Ciertamente vengo en breve”. Cuando Juan oye estas palabras, responde: “Amén, sí, ven, Señor Jesús” (Apocalipsis 22:20).  Estas serán las palabras de todos los que aman de verdad a su Señor.

Cristo vendrá muy pronto. Su voz potente resucitará a los que ya murieron y junto con los vivos serán arrebatados en las nubes  para encontrarse con el Señor en el aire. Luego serán llevados por mil años a la capital del universo, la Nueva Jerusalén, que se encuentra en el tercer cielo, más allá del sol, la luna y las estrellas.

Después de ese período de mil años, la capital del universo descenderá a esta tierra (Apocalipsis 21:2).  Imagínense, de todos los miles de millones de astros del espacio infinito, Dios ha escogido colocar la capital misma del universo en este diminuto planeta, la Tierra, ¡Que privilegio!

¡Dios y el Cordero habitarán con nosotros para siempre! (Apocalipsis 21:2-4).

LA RECOMPENSA DE LOS JUSTOS

Continúa en parte 55

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 53-

COMO SOMOS SALVOS –parte 20-

EMANUEL PARA SIEMPRE-parte 2-

En esta ocasión no estaba presente Tomás.  Cuando los demás discípulos le dijeron que habían visto al Señor, él se negó a creerles: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré”. (Juan 20:25).

Ocho días más tarde, Jesús visitó de nuevo a los discípulos estando presente  Tomás. El Maestro le dijo: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27) ¡Jesús aún poseía carne y huesos después de su resurrección!

He aquí la razón por la cual anhela tanto estar con nosotros. Cuando se encarnó, llegó a ser parte de la familia humana. Al entregar su cetro en manos del Padre y al asumir la humanidad, lo hizo para siempre. Se ha identificado con nosotros y no se avergüenza de llamarnos hermanos (Hebreos 2:11). Somos su familia y quiere estar con nosotros. 

Concerniente a ésto dice Elena White “Al tomar nuestra naturaleza, el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de romper.  A través de las edades eternas, queda ligado con nosotros…Para asegurarnos los beneficios de su inmutable consejo de paz,  Dios dio a su Hijo unigénito para que llegase a ser miembro de la familia humana, y retuviese para siempre la naturaleza humana…En Cristo, la familia de la tierra y la familia del cielo están ligadas. Cristo glorificado es nuestro hermano.  El cielo está incorporado en la humanidad, y la humanidad, envuelta en el seno del Amor Infinito” (El Deseado de todas la gentes-pág.17).

¡Qué increíble! El que nunca tuvo comienzo y nunca tendrá fin; el que creó todo el universo de la nada, y llamó a la existencia a las innumerables galaxias del espacio infinito; el que sustenta todo con la palabra de su potencia, se hizo hombre para salvarnos, y conservara su humanidad por los siglos de los siglos sin fin.  El es la escalera que vio Jacob en su sueño, que estaba asentada en la tierra y cuya cima alcanzaba hasta el más alto cielo (ver Juan 1:51).  Jesús ha vinculado el cielo y la tierra al hacerse hombre, y este vínculo nunca se ha de romper.

Cuando el primer Adán le entregó el dominio del mundo a Satanás, se hizo necesario que viniese un segundo Adán para arrebatarle a Satanás lo que le había quitado al hombre. Jesús es ese segundo Adán (ver Romanos 5:12-21; 1 Corintios 15:45).  Para siempre Cristo será el representante de la raza humana, para siempre será Dios con nosotros.  He aquí la esencia del misterio de la piedad.  El gran Dios llegó a ser carne para siempre.  Su humillación es eterna.  No cabe duda de que lo que Jesús más quiere es estar con su familia. Pero, ¿anhelamos nosotros estar con El tanto como El con nosotros?

Si amamos a Jesús por encima de todas las cosas, estaremos contando los días hasta que El venga.  Estaremos esperando con ansias el momento en que podamos estar en su presencia. El apóstol Pablo conoció personalmente a Jesús en el camino a Damasco y desde ese día trabajó con todas sus fuerzas para esparcir el Evangelio a fin de apresurar la venida de su querido Señor.

Continúa en parte 54

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 52-

COMO SOMOS SALVOS –parte 19-

EMANUEL PARA SIEMPRE-parte 1-

  • Vi un cielo nuevo y una tierra nueva;
  • porque el primer cielo y la primera tierra pasaron,
  • y el mar ya no existía más.
  • Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén,
  • descender del cielo, de Dios,
  • dispuesta como una esposa ataviada para su marido.
  • Y oí una gran voz del cielo que decía:
  • He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres,
  • y el morará con ellos;
  • y ellos serán su pueblo,
  • y Dios mismo estará con ellos como su Dios.
  • Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos;
  • y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto,
  • ni clamor, ni dolor;
  • porque las primeras cosas pasaron”.      Apocalipsis 21:1-4

Jesús se encontraba en el aposento alto con sus discípulos.  Acababa de lavarles los pies y de celebrar la cena de Pascua.  Ya el diablo había entrado en el corazón de Judas, quien se encontraba en camino para finalizar la entrega del Maestro. Después de la cena Jesús les dijo con gran ternura a sus discípulos:

“Hijitos, aún estaré con vosotros  un poco.  Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir” (Juan 13:33).  Pedro no quedó satisfecho con la respuesta de Jesús. No quería seguir a Jesús después, sino inmediatamente.  Con desesperación, el apóstol le preguntó a Jesús otra vez: “¿Por qué no te puedo seguir ahora?  Mi vida pondré por ti” (Juan 13:37).

Los discípulos habían pasado casi tres años y medio con Jesús.  Durante este tiempo habían aprendido a amarlo.  Vivir sin la presencia del Maestro sería imposible para ellos.  Jesús sabia que el corazón de sus seguidores estaba triste y por eso les dio una de las promesas más hermosas de las Escrituras:

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mi.  En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.  Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:1-3).

No hay nada que Jesús anhele más que estar con aquellos que ha redimido.  En la oración que elevó a su Padre justo antes de su arresto,  Jesús expresó el anhelo más íntimo de su alma: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Juan 17:24). 

En el mismo umbral de su pasión y muerte, a Jesús no le preocupaba la corona de espinas, ni la espalda lacerada, ni los clavos de la cruz.  Estaba dispuesto a sufrir cualquier ignominia con tal de que algún día pudiera llevarse consigo, a la casa de su Padre, a todos los que tanto amaba (Juan 17:20). ¿Por qué anhela Cristo estar con nosotros? ¿Qué lo vincula a la raza humana para que desee estar con ellos.

La respuesta está en Mateo 1:23: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros”.

Cuando Jesús se encarnó, llegó a ser carne de nuestra  carne y hueso de nuestro hueso. Se hizo nuestro hermano; es uno de los nuestros. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).  Jesús no tomó sobre sí la humanidad tan sólo durante su ministerio terrenal.  Conservó su naturaleza humana aún después de su resurrección. 

Cuando se les apareció a los discípulos la noche después de la resurrección, ellos creían que veían a un fantasma, pero Jesús les dijo: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24:39).  Luego Jesús comió parte de un pez asado y un panal de miel.

Continúa en parte 53

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 51-

COMO SOMOS SALVOS –parte 18-

LA CRUZ Y LA LEY-parte 2-

Cierto cristiano decía: “Yo no necesito la Ley, pues estoy bajo la gracia”, pero ¿para qué necesita la gracia si no hay Ley? Le preguntaron “¿Usted se arrepiente?” Contestó “Claro que sí”, le preguntaron “¿Y de qué se arrepiente?” Inmediatamente respondió: “Me arrepiento del pecado” Luego le hicieron la última pregunta: “Y ¿qué es el pecado del cual usted se arrepiente?”

Esta vez no contestó enseguida.  Más bien se mostró perplejo y confundido.  Después de una larga pausa dijo entre titubeos: “El pecado del cual me arrepiento es la transgresión de la Ley, puesel pecado es la transgresión de la ley” (1 Juan 3:4). Luego le dijeron: “¿Se da cuenta, que si no fuera por la Ley que revela su pecado, no sentiría la necesidad de arrepentirse y de acudir a Cristo para recibir su gracia?”.

Cuando vamos a la cruz del Calvario, vemos la Ley y la gracia.  Vemos colgado allí a Cristo, quien sufrió la condenación de la Ley al cargar sobre sí los pecados de todo el mundo.  Vemos a Cristo condenado por nuestras transgresiones de la Ley. Lo vemos sudando grandes gotas de sangre en el Getsemaní; lo vemos transitando la Vía Dolorosa hasta el Gólgota.  Lo vemos sangrando profusamente de su cabeza, su espalda, su costado, sus manos y sus pies. 

Lo oímos clamar con angustia “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Lo vemos colgado desnudo entre el cielo y la tierra, sufriendo el escarnio de los que vino a salvar, “¿Por qué, Señor, por qué?” y el responde: “Tus pecados (transgresiones de la Ley) han sido colocados sobre mí y la paga de ellos es la muerte”.

En el Calvario vemos la Ley que condenó a Cristo por nuestros pecados y vemos también la gracia, pues Cristo pagó la deuda en mi lugar.  Al venir al Calvario debemos sentir amor y odio.  Odio hacia el pecado que colocó a Cristo en la cruz y amor por el Salvador que sufrió en mi lugar.  Mientras más nos acercamos a la cruz, más aborrecemos el pecado y más amamos a Cristo. Nadie puede amar el pecado y a Cristo a la misma vez.

Nadie puede amar a Cristo y aborrecer la Ley.  Una visión constante de la cruz me llevará a apartarme del pecado que  clavó a Cristo allí. El amor que se manifestó en la cruz despierta amor en mi corazón.  La cruz es como un poderoso imán (ver Juan 12:30-33) que nos atrae a Cristo y nos induce a amarle. Al venir a la cruz debo decir: “Señor Jesús, te amo pero odio el pecado por lo que te hizo”  Una visión constante de la cruz nos mostrará  el carácter perverso del pecado y el amor inmarcesible de Cristo.  Mientras más nos acerquemos a Cristo, más aborreceremos el pecado y más lo amaremos a El.

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 50-

COMO SOMOS SALVOS –parte 17-

LA CRUZ Y LA LEY-parte 1-

En la Biblia se mencionan dos montes que guardan una relación estrecha con nuestra salvación. El primero de ellos es el monte Sinaí (el monte de la Ley) y el segundo es el monte Calvario (el monte de la gracia).  A muchos les encanta hablar del monte Calvario (el monte de la gracia), pero no les gusta que se diga nada en cuanto al monte Sinaí (el monte de la Ley).  ¿Por qué es así?

En el monte Sinaí Dios reveló su Ley (ver Éxodo 19 y 20). Como ya hemos visto, esta Ley condena el pecado y como todos hemos pecado, estamos todos bajo condenación. Toda la raza humana está bajo sentencia de muerte por desobedecer la Ley del monte Sinaí.  Esa Ley no nos puede perdonar ni cambiar, pero si nos puede mostrar que necesitamos el perdón y la gracia. Nadie puede hablar de la gracia sin hablar al mismo tiempo de la Ley. Ilustremos este punto.

Supongamos que cierto día alguien va a visitar al médico de familia para que le haga el examen físico anual.  Al hacerle varios análisis, descubre que tiene cáncer.  Obviamente el médico no tiene la culpa de su cáncer por haberlo  detectado; más bien le está haciendo un favor al detectarlo, pues ahora va a buscar a un oncólogo que puede curar su terrible enfermedad.

En efecto, el médico le dice: “Yo no puedo curar su cáncer, pues soy experto tan sólo en detectarlo; pero conozco a un médico que no ha perdido ni un solo caso.  Ha curado el 100% de los pacientes que han ido a él”.

Si esa persona no supiera que tiene cáncer, no buscaría a quien lo sanara. Sería ridículo que dijera: “El médico tiene la culpa del cáncer por haberlo detectado. Ahora tiene que deshacerse del médico y se arreglará el problema” El problema no es el médico sino la enfermedad. El médico es bueno pero el cáncer es malo. Hay que conseguir quien sane el cáncer, no quien se deshaga del médico.

Asimismo, cada ser humano padece del cáncer del pecado.  Es la Ley de Dios la que trae a luz nuestro pecado y nos muestra la necesidad que tenemos de sanidad.  Si no fuera por la Ley, no sabríamos que estamos enfermos y no buscaríamos una cura. La Ley no es mala por revelar nuestro pecado. Deshacerse de la Ley no resuelve absolutamente nada. 

No es la Ley la que necesita arreglo sino nosotros.  Sin embargo, muchos cristianos creen que clavando la Ley en la cruz resuelven el problema del pecado.

Nadie puede hablar de la gracia sin hablar de la Ley.  La Ley detecta nuestro pecado y nos manda a Cristo, el gran Salvador.  La Ley es el ayo que nos conduce a Cristo (ver  Gálatas 3:19, 24). Si no fuera por la Ley no sabríamos que necesitamos la gracia.  ¡Anular la  Ley es anular la gracia!

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 49-

COMO SOMOS SALVOS –parte 16-

LA FE Y LAS OBRAS –parte 3-

En el capítulo 11 de Hebreos hallamos una descripción vívida de lo que es la fe genuina.  Los héroes se describen como poderosos en obras. No menos de veinte veces se emplea la expresión “por la fe”, seguida por una descripción del fruto que siguió a la fe. 

Abel ofreció el sacrificio, Enoc caminó con Dios, Noé construyó el arca, Abrahán obedeció a Dios al salir de Ur, Jacob bendijo a sus hijos, Moisés rehusó ser llamado el hijo de la hija de Faraón y escogió el vituperio de Cristo antes que las riquezas de Egipto, Israel pasó el mar Rojo, Rahab recibió a los espías. ¡Qué gran descripción de la fe en acción!

La fe no es algo que existe en la mente sino en el corazón, no tiene que ver tanto con creer en algo sino en alguien, y ese alguien es Cristo.  Santiago dice que aún los demonios creen que Dios es uno y tiemblan.  No es suficiente creer que Cristo murió y resucitó, hay que confiar en El como Salvador y Señor.  Si la fe no transforma nuestra forma de pensar y actuar, tendremos meramente la apariencia de piedad sin la eficacia de ella (2 Timoteo 3:5).

En un tema anterior hablamos de un policía que pagó la multa de alguien que había excedido en gran medida el límite de velocidad.  Estaba bajo la pena de la ley hasta que la gracia del policía pagó su deuda.  Pero la gracia no le dio libertad de exceder el límite de velocidad cuando quisiera. La gracia no nos da licencia para desobedecer a Dios.

Cuando nos entregamos de verdad a Cristo y nacemos de nuevo, todo cambia. Lo que antes nos gustaba, ya no nos gusta; y lo que antes no nos gustaba, ahora nos gusta.  El que se ha entregado a Cristo experimenta un cambio radical.  Su forma de vestir cambia.  Ya no come ni bebe aquello que le daña el cuerpo, que es el templo del Espíritu Santo.  Lo que antes veía y leía, ahora le resulta repulsivo. 

La música mundana que antes le agradaba, le resulta aborrecible.  La lengua que antes era ociosa y liviana, ahora le tributa gloria a Dios.  Los talentos, el dinero, el tiempo y las fuerzas que se empleaban para el reino de Satanás, se consagran al servicio de Dios.  Ahora nos agrada orar, estudiar la Biblia y hablar a  otros de Cristo. Las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas.  Donde antes éramos siervos del pecado, ahora somos siervos de la justicia (Romanos 6:18). ¡Maravillosa transformación!

Esto no significa que la vida cristiana va a ser fácil o que todas las tareas van a ser agradables. La evidencia de la fe genuina y el amor sincero está en la obediencia.  Jesús dijo:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos…El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (Juan 14:15, 21). 

“Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. [Éxodo 20:3-17]. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:3-4).

“Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18).  “Pues éste es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3).

LA CRUZ Y LA LEY

Continúa en parte 50

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