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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 23-

COMO LOGRAR UNA MAGNIFICA RENOVACION

COMO PERMANECER CERCA DE EL Y SOSTENER UNA VIDA VICTORIOSA EN CRISTO-parte 4-

Murió por nosotros y ahora ofrece quitarnos nuestros pecados y vestirnos de su justicia. Si nos entregamos a El y lo aceptamos como nuestro Salvador, por pecaminosa que haya sido nuestra vida, seremos contados entre los justos por consideración a El.  El carácter de Cristo toma el lugar del nuestro, y nosotros somos aceptados por Dios como si no hubiésemos pecado.

Más aún, Cristo cambia el corazón. Habita en nuestro corazón por la fe. Debemos mantener esta comunión con Cristo por la fe y la sumisión continua de nuestra voluntad a El; mientras hagamos ésto, El obrará en nosotros para que hagamos conforme a su voluntad.  Así podremos decir: “…y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del hijo de Dios, el cuál me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Cuando hablamos de la fe debemos tener siempre presente una distinción.  Hay una clase de creencia enteramente distinta de la fe. La existencia y el poder de Dios, la verdad de su Palabra, son hechos que aun Satanás y sus huestes no pueden negar.

 La Biblia dice:..También los demonios creen, y tiemblan (Santiago 2:19), pero ésta no es fe.  Donde no solo hay una creencia en la Palabra de Dios, sino una sumisión de la voluntad a El; donde se le da a El el corazón y los afectos se fijan en El; allí hay fe, fe que obra por el amor y purifica el alma.  Mediante esta fe, el corazón se renueva conforme a la imagen de Dios. Y el corazón que en su estado carnal no se sujetaba a la Ley de Dios ni tampoco podía, se deleita después en sus santos preceptos, diciendo con el salmista:”¡Oh cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Salmo 119:97) Y la justicia de la Ley se cumple en nosotros, los que no andamos “conforme a la carne, más conforme al espíritu” (Rom.8:1).

Hay quienes han conocido el amor perdonador de Cristo y desean realmente ser hijos de Dios; sin embargo, reconocen que su carácter es imperfecto y su vida defectuosa, y están propensos a dudar de que sus corazones hayan sido regenerados por el Espíritu Santo. No debemos desanimarnos. Aún si somos vencidos por el enemigo, no somos arrojados, ni abandonados, ni rechazados por Dios. NO; Cristo está a la diestra de Dios e intercede por nosotros.…Y si alguno pecare, abogado tenemos para con el Padre, a saber, Jesucristo el Justo.” (Juan 2:1) Oremos con más fervor; creamos más plenamente. A medida que desconfiemos de nuestra propia fuerza confiaremos en el poder de nuestro Redentor, y luego alabaremos a Aquél que es la salud de nuestro rostro.

Cuanto más cerca estemos de Jesús, más imperfectos nos reconoceremos, porque veremos más claramente nuestros defectos a la luz del contraste de su perfecta naturaleza.  Esta es una evidencia de que los engaños de Satanás han perdido su poder y de que el Espíritu de Dios nos está despertando.

Mientras menos cosas dignas de estima veamos en nosotros, más encontraremos que estimar en la pureza y santidad infinitas de nuestro Salvador.  Una idea de nuestra pecaminosidad nos puede guiar a Aquél que nos puede perdonar; y cuando, comprendiendo nuestra impotencia, nos esforcemos en seguir a Cristo, El se nos revelará con poder.  Cuanto más nos guie la necesidad a El y a la Palabra de Dios tanto más elevada visión tendremos de su carácter y más plenamente reflejaremos su imagen.  (Elena White)

 

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 22-

COMO LOGRAR UNA MAGNIFICA RENOVACION

COMO PERMANECER CERCA DE EL Y SOSTENER UNA VIDA VICTORIOSA EN CRISTO-parte 3-

En vez de que la fe exima al hombre de la obediencia, es la fe, y sólo ella, la que lo hace participante de la gracia de Cristo y lo capacita para obedecerlo.

No ganamos la salvación con nuestra obediencia; porque la salvación es el don gratuito de Dios, que se recibe por la fe. Pero la obediencia es el fruto de la fe. “Sabéis que El fue manifestado para quitar los pecados, y en El no hay pecado. Todo aquél que mora en El no peca; todo aquél que peca no le ha visto, ni le ha conocido.” (Juan 3:5,6). He aquí la verdadera prueba. Si moramos en Cristo, si el amor de Dios mora en nosotros, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones, tienen que estar en armonía con la voluntad de Dios como se expresa en los preceptos de su Santa Ley. “¡Hijitos míos, no dejéis que nadie os engañe! el que obra justicia es justo, así como El es justo” (Juan 3:7).  Sabemos lo que es la justicia por el modelo de la Santa Ley de Dios, como se expresa en los Diez Mandamientos dados en el Sinaí. (Exodo 20:3-17)

Esa así llamada fe en Cristo, que según se declara exime a los hombres de la obligación de la obediencia a Dios, no es fe sino presunción. “Por gracia sois salvos, por medio de la fe”. Más “la fe, si no tuviere obras, es muerta” (Efes.2:8; Sant.2:7).  Jesús dijo de sí mismo antes de venir al mundo: “Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón.” (Sal.40:8).  Y cuando estaba por ascender a los cielos, dijo otra vez: Yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Juan 15:10).  La Escritura dice: “Y en ésto sabemos que le conocemos a El, a saber, si guardamos sus mandamientos…El que dice que mora en El debe también el mismo andar así como El anduvo.” (Juan 2:3-6).

La condición para alcanzar la vida eterna es ahora exactamente la misma de siempre, tal cual era en el paraíso antes de la caída de nuestros primeros padres: la perfecta obediencia a la Ley de Dios, la perfecta justicia.  Si la vida eterna se concediera con alguna condición inferior a ésta, peligraría la felicidad de todo el universo.  Se le abriría la puerta al pecado con todo su sequito de dolor y miseria para siempre.

Era posible para Adán, antes de la caída, conservar un carácter justo por la obediencia a la ley de Dios. Más no lo hizo, y por causa de su caída tenemos una naturaleza pecaminosa y no podemos hacernos justos a nosotros mismos.  Puesto que somos pecadores y malos, no podemos obedecer perfectamente una ley santa.  No tenemos por nosotros mismos justicia con que cumplir lo que la ley de Dios demanda.  Más Cristo nos ha preparado una vía de escape.  Vivió sobre la tierra en medio de pruebas y tentaciones tales como las que nosotros tenemos que arrostrar.  Sin embargo, su vida fue impecable.  Murió por nosotros y ahora ofrece quitarnos nuestros pecados y vestirnos de su justicia.  (Elena White)

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 21-

COMO LOGRAR UNA MAGNIFICA RENOVACION

COMO PERMANECER CERCA DE EL Y SOSTENER UNA VIDA VICTORIOSA EN CRISTO-parte 2-

No hay evidencia de arrepentimiento verdadero cuando no se produce una reforma en la vida.  Si restituye la prenda, devuelve lo que hubiera robado, confiesa sus pecados y ama a Dios y a su prójimo, el pecador puede estar seguro de que pasó de muerte a vida.

Cuando venimos a Cristo, como seres errados y pecaminosos, y nos hacemos participantes de su gracia perdonadora, nace en nuestro corazón el amor de El. Toda carga resulta ligera; porque el yugo de Cristo es suave.  El sendero que en el pasado nos parecía cubierto de tinieblas ahora brilla con los rayos del Sol de Justicia.  La belleza del carácter de Cristo se verá en los que le siguen.  Era su delicia hacer la voluntad de Dios.  El poder predominante en la vida de nuestro Salvador era el amor a Dios y el celo por su gloria.

El amor embellecía y ennoblecía todas sus acciones.  El amor es de Dios, no puede producirlo u originarlo el corazón inconverso. Se encuentra solamente en el corazón donde Cristo reina. “Nosotros amamos, por cuanto El nos amó primero” (1 Juan 4:19). En el corazón regenerado por la gracia divina, el amor es el móvil de las acciones.  Modifica el carácter, gobierna los impulsos, restringe las pasiones, domina la enemistad y ennoblece los afectos.  Este amor alimentado en el alma, endulza la vida y derrama una influencia purificadora en todo su derredor.

Hay dos errores contra los cuales los hijos de Dios, particularmente los que apenas han comenzado a confiar en su gracia, deben especialmente guardarse.  El primero, sobre el que ya se ha insistido, es el fijarse en sus propias obras, confiando en alguna cosa que puedan hacer, para ponerse en armonía con Dios. El que está procurando llegar a ser santo mediante sus propios esfuerzos por guardar la Ley, está procurando una imposibilidad.  Todo lo que el hombre puede hacer sin Cristo está contaminado de amor propio y pecado.  Solamente la gracia de Cristo, por medio de la fe, puede hacernos santos.

El error opuesto y no menos peligroso es que la fe en Cristo exime a los hombres de guardar la Ley de Dios; que puesto que solamente por la fe somos hechos participantes de la gracia de Cristo, nuestras obras no tienen nada que ver con nuestra redención.

Pero nótese aquí que la obediencia no es un mero cumplimiento externo, sino un servicio de amor.  La Ley de Dios es una expresión de su misma naturaleza; es la personificación del gran principio del amor y, en consecuencia, el fundamento de su gobierno en los cielos y en la tierra. Si nuestros corazones son regenerados a la semejanza de Dios, si el amor divino es implantado en el corazón, ¿no se manifestará la Ley de Dios en la vida?

Cuando es implantado el principio del amor en el corazón, cuando el hombre es renovado conforme a la imagen del que lo creó, se cumple en él la promesa del nuevo pacto: “Pondré mis leyes en su corazón, y también en su mente las escribiré” (Heb.10:16). La obediencia, es decir, el servicio y la lealtad de amor, es la verdadera prueba del discipulado. La escritura dice:

“Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos”. “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y no hay verdad en él”.  (Juan 5:3, 2:4)     

(Elena White)

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 20

COMO LOGRAR UNA MAGNIFICA RENOVACION

COMO PERMANECER CERCA DE EL Y SOSTENER UNA VIDA VICTORIOSA EN CRISTO-parte 1-

”Si alguno está en Cristo, es una nueva criatura: las cosas viejas pasaron ya, he aquí todo se ha hecho nuevo” (1 Cor.5:17).Tal vez alguno no podrá decir el tiempo o el lugar exacto, ni trazar toda la cadena de circunstancias del proceso de su conversión; pero ésto no prueba que no se haya convertido, Cristo dijo a Nicodemo: “El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido, más no sabes de donde viene, ni adonde va, así es todo aquel que es nacido del Espíritu.”  (Juan 3:8).  Así como el viento es invisible y, sin embargo, se ven y se sienten claramente sus efectos, así obra el Espíritu de Dios en el corazón humano.

El poder regenerador que ningún ojo humano puede ver engendra una vida nueva en el alma; crea un nuevo ser conforme a la imagen de Dios. Aunque la obra del Espíritu es silenciosa e imperceptible, sus efectos son manifiestos. Cuando el corazón ha sido renovado por el Espíritu de Dios el hecho se manifiesta en la vida.  Al paso que no podemos hacer nada para cambiar nuestro corazón, ni para  ponernos en armonía con Dios, al paso que no debemos confiar para nada en nosotros ni en nuestras buenas obras, nuestras vidas han de revelar si la gracia de Dios mora en nosotros.

Se notará un cambio en el carácter, en las costumbres y ocupaciones. La diferencia será muy clara e inequívoca entre lo que han sido y lo que son. El carácter se da a conocer no por las obras buenas o malas que de vez en cuando se ejecutan, sino por la tendencia de las palabras y de los actos en la vida diaria.

Es cierto que puede haber una corrección del comportamiento externo, sin el poder regenerador de Cristo.  El amor a la influencia y el deseo de la estimación de otros pueden producir una vida muy ordenada.  El respeto propio puede impulsarnos a evitar la apariencia del mal. Un corazón egoísta puede ejecutar obras generosas.  ¿De que medio nos valdremos, entonces para saber a que clase pertenecemos?

¿Quién posee nuestro corazón? ¿Con quién están nuestros pensamientos? ¿De quién nos gusta hablar? ¿Para quién son nuestros afectos y nuestras mejores energías? Si somos de Cristo, nuestros pensamientos están con El y nuestros más gratos pensamientos son para El. Todo lo que tenemos y somos lo hemos consagrado a El. Deseamos vehementemente ser semejantes a El, tener su Espíritu, hacer su voluntad y agradarle en todo.

Los que son hechos nuevas criaturas en Cristo Jesús manifiestan los frutos del Espíritu:amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza.”  (Gal.5:22,23). Ya no se conforman por mas tiempo con las concupiscencias anteriores, sino que por la fe del Hijo de Dios siguen sus pisadas, reflejan su carácter y se purifican a sí mismos así como El es puro.  Aman ahora las cosas que en un tiempo aborrecían y aborrecen las cosas que en otro tiempo amaban. El que era orgulloso y dominante, ahora es manso y humilde de corazón.  El que antes era vano y altanero, ahora es serio y discreto, El que antes era borracho, ahora es sobrio y el que era libertino, ahora es puro.  Han dejado las costumbres y modas vanas del mundo.  Los cristianos no buscan “el adorno exterior”, sino que interior el del corazón, y un espíritu manso y sosegado. (Elena White)

 

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 19-

MARAVILLAS OBRADAS POR LA FE

COMO CREER EN EL Y RECIBIR UNA NUEVA VIDA EN CRISTO-parte 2

De modo que ya no sois vuestros; porque comprados sois por precio. “Sabiendo que fuisteis redimidos…no con cosas corruptibles, como plata y oro, sino con preciosa sangre, la de Cristo, como de un cordero sin defecto e inmaculado.” (1Pedro 1:18,19).  Por el simple hecho de creer en Dios, el Espíritu Santo ha engendrado una vida nueva en nuestro corazón.  Somos como niños nacidos en la familia de Dios, y El nos ama como a su Hijo.

Algunos parecen creer que deben estar a prueba y que deben demostrar al Señor que se han reformado, antes de poder contar con su bendición.  Más ellos pueden pedir la bendición de Dios ahora mismo. Deben tener su gracia, el Espíritu de Cristo, para que los ayude en sus flaquezas; de otra manera no pueden resistir al mal. 

Jesús se complace en que vayamos a El como somos, pecaminosos, impotentes, necesitados. Podemos ir con toda nuestra debilidad, insensatez y maldad y caer arrepentidos a sus  pies. Es su gloria estrecharnos en los brazos de su amor, vendar nuestras heridas y limpiarnos de toda impureza. Miles se equivocan en ésto: no creen que Jesús los perdona personal e individualmente.  No creen al pie de la letra lo que Dios dice.  Es el privilegio de todos los que llenan las condiciones saber por sí mismos que el perdón de todo pecado es gratuito.

Alejemos la sospecha de que las promesas de Dios no son para nosotros. Son para todo pecador arrepentido.  Cristo ha provisto fuerza y gracia para que los ángeles ministradores las lleven a toda alma creyente.  Ninguno hay tan malvado que no encuentre fuerza, pureza y justicia en Jesús, que murió por los pecadores.  El está esperándolos para cambiarles los vestidos sucios y corrompidos del pecado por las vestiduras blancas de la justicia; les da vida y no perecerán.

Dios no nos trata como los hombres se tratan entre sí.  Sus pensamientos son pensamientos de misericordia, de amor y de la más tierna compasión.  El dice: “¡Deje el malo su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cuál tendrá compasión de él, y a nuestro Dios, porque es grande en perdonar!” “He borrado, como nublado, tus transgresiones, y como nube tus pecados” (Isaías 55:7; 44:22). “No me complazco en la muerte del que muere, dice Jehová el Señor: ¡volveos pues, y vivid!” (Ezequiel 18:32).

Satanás está pronto para quitarnos la bendita seguridad que Dios nos da.  Desea quitarnos toda vislumbre de esperanza y todo rayo de luz del alma; más no se lo permitamos. No prestemos oído al tentador. Nuestro Padre celestial aborrece el pecado, más ama al pecador, habiéndose dado, en la persona de Cristo, para que todos los que quieran puedan ser salvos y tener bendiciones eternas en el reino de gloria.

Agradezcamos a Dios por el don de su Hijo amado y pidamos que no haya muerto en vano por nosotros. Su Espíritu nos invita hoy. El gran corazón de amor infinito se siente atraído hacia el pecador por una compasión ilimitada. El quiere restituir su imagen moral en el hombre.  Acerquémonos  a El con confesión y arrepentimiento y El se acercará a nosotros con misericordia y perdón.

 “En quien tenemos redención por medio de sus sangre, la remisión de nuestros pecados.” (Efesios 1:7).

(Elena White)

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 18-

MARAVILLAS OBRADAS POR LA FE

COMO CREER EN EL Y RECIBIR UNA NUEVA VIDA EN CRISTO-parte 1

A medida que nuestra conciencia ha sido vivificada por el Espíritu Santo vemos algo de la perversidad del pecado, de su poder, su culpa, su miseria; y lo miramos con aborrecimiento.  Vemos que el pecado nos ha separado de Dios y que estamos bajo la servidumbre del poder del mal.  Cuanto más luchamos por escaparnos, tanto más comprendemos nuestra impotencia.  Nuestros motivos son impuros, nuestro corazón está corrompido.  Vemos que nuestra vida ha estado colmada de egoísmo y pecado. Ansiamos ser perdonados, limpiados y libertados. ¿Qué podemos hacer para obtener la armonía con Dios y la semejanza a El?

Lo que necesitamos es paz; el perdón, la paz y el amor del cielo en el alma. No se los puede comprar con dinero, la inteligencia no los puede obtener, la sabiduría no los puede alcanzar; nunca podemos esperar conseguirlos por nuestro propio esfuerzo.  Más Dios nos lo ofrece como un don, “Sin dinero y sin precio” (Isaías 55:1). Son nuestros con tal que extendamos la mano para tomarlos.  El Señor dice:  “¡Aunque vuestros pecados fuesen como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque fuesen rojos como el carmesí, como lana quedarán (Isaías 1:18). “También os daré un nuevo corazón, y pondré un espíritu nuevo en medio de vosotros.” (Ezequiel 36:26).

Si hemos confesado nuestros pecados y los hemos quitado de nuestro corazón, hemos resuelto entregarnos a Dios, vayamos pues a El y pidámosle que nos limpie de nuestros pecados y nos de un corazón nuevo.  Creamos que lo hará porque lo ha prometido.  Esta es la lección que Jesús enseñó durante el tiempo que estuvo en la tierra: que debemos creer que recibimos el don que Dios nos promete y que es nuestro. Jesús sanaba a los enfermos cuando tenían fe en su poder; les ayudaba con las cosas que podían ver, inspirándoles así confianza en El tocante a las cosas que no podían ver, induciéndolos a creer en su poder de perdonar pecados.

Del simple relato de la Biblia de cómo Jesús sanaba a los enfermos podemos aprender algo acerca del modo de ir a Cristo para que nos perdone nuestros pecados. Nosotros no podemos expiar pecados pasados, no podemos cambiar el corazón y hacernos santos. Más Dios promete hacer todo ésto por nosotros mediante Cristo. Creamos en esa promesa. Confesemos nuestros pecados y entreguémonos a Dios. Si creemos la promesa, si creemos que estamos perdonados y limpiados, Dios suplirá el hecho; estaremos sanos, tal como Cristo dio potencia al paralítico para andar cuando el hombre creyó que había sido sanado.  Así es si así lo creemos.

No esperemos sentir estar sanos, más digamos “Lo creo; así es, no porque lo sienta, sino porque Dios lo ha prometido”. Dice Jesús: “Todo cuanto pidiereis en la oración, creed que lo recibiréis ya; y lo tendréis.” (Marcos 11:24).  Hay una condición en esta promesa: que pidamos conforme a la voluntad de Dios.  Pero es la voluntad de Dios limpiarnos de pecado, hacernos hijos suyos y ponernos en actitud de vivir una vida santa.  De modo que podemos pedir a Dios estas bendiciones, creer que las recibiremos y agradecerle porque nos limpie, y estar en pie delante de la Ley sin confusión ni remordimiento.

“Así que ahora, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”  (Romanos 8:1). 

(Elena White)

 

 

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 17-

LA CONSAGRACIÓN

COMO ENTREGARNOS Y DEDICAR LA VIDA A DIOS -parte3-

La verdadera vida de gozo del alma es tener a Cristo, la esperanza de gloria, modelado en ella.  Muchos dicen: ¿Cómo me entregaré a Dios? Desean hacer su voluntad, más son moralmente débiles, sujetos a la duda y dominados por los hábitos de sus malas vidas. Sus promesas y resoluciones son tan frágiles como telas de araña.  No pueden gobernar sus pensamientos, impulsos y afectos.  El conocimiento de sus promesas no cumplidas y de sus votos quebrantados debilitan su confianza en su propia sinceridad y los induce a sentir que Dios no puede aceptarlos; más no necesitan desesperar.  Lo que necesitan comprender es la verdadera fuerza de la voluntad. 

Este es el poder que gobierna la naturaleza del hombre: el poder de decidir o de elegir.  Todas las cosas dependen de la correcta acción de la voluntad.  Dios ha dado a los hombres el poder de elegir; depende de ellos ejercerlo.  No podemos cambiar nuestro corazón, ni dar por nosotros mismos nuestros afectos a Dios; pero podemos elegir servirle.  Podemos darle nuestra voluntad, para que El obre en nosotros, tanto el querer como el hacer, según su voluntad.

De ese modo nuestra naturaleza entera estará bajo el dominio del Espíritu de Cristo, nuestros afectos se concentrarán en El y nuestros pensamientos se pondrán en armonía con El.

Desear ser bondadosos y santos es rectísimo; pero si sólo llegamos hasta allí de nada nos valdrá. Muchos se perderán esperando y deseando ser cristianos.  No llegan al punto de dar su voluntad a Dios.  No eligen ser cristianos ahora.  Por medio del debido ejercicio de la voluntad, puede obrarse un cambio completo en nuestra vida.  Al dar nuestra voluntad a Cristo, nos unimos con el poder que está sobre todo principado y potestad. Tendremos fuerza de lo alto para sostenernos firmes, y rindiéndonos así constantemente a Dios seremos fortalecidos para vivir una vida nueva, es a saber, la vida de la fe.  (Elena White)

  • “Llevad mi yugo sobre vosotros, y
  • aprended de mí, que soy manso y
  • humilde de corazón; y hallaréis
  • descanso para vuestras almas,
  • porque mi yugo es fácil, y ligera mi
  • carga”  (Mateo 11:29,30)
  • “Mucha paz tienen los que aman
  • tu ley, y no hay para ellos tropiezo”.  (Salmo 119:165)

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 16-

LA CONSAGRACIÓN

COMO ENTREGARNOS Y DEDICAR LA VIDA A DIOS -parte 2

El Hijo de Dios dio todo para nuestra redención: la vida, el amor y los sufrimientos. Cada momento de nuestra vida hemos sido participantes de las bendiciones de su gracia, y por esta misma razón no podemos comprender plenamente las profundidades de la ignorancia y la miseria de que hemos sido salvados. Viendo la humillación infinita del Señor de gloria ¿no podemos entrar en la vida a costa de conflictos y humillación propia?

Muchos corazones orgullosos preguntan: ¿Por qué necesitamos arrepentirnos y humillarnos antes de poder tener la seguridad de que somos aceptados por Dios? Miremos a Cristo. En El no había pecado alguno y, lo que es más, era el Príncipe del cielo; más por causa del hombre se hizo pecado.…Por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo El llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”. (Isaías 53:12)

¿Y qué abandonamos cuando damos todo? Un corazón corrompido para que Jesús lo purifique, para que lo limpie con su propia sangre y para que lo salve con su incomparable amor. ¡Y sin embargo, los hombres hallan difícil dejarlo todo! Dios no nos pide que dejemos nada de lo que es para nuestro mayor provecho retener.  En todo lo que hace, tiene presente la felicidad de sus hijos.  Ojalá que todos aquellos que no han elegido seguir a Cristo pudieran comprender que El tiene algo muchísimo mejor que ofrecerles que lo que están buscando por sí mismos.

El hombre hace el mayor perjuicio e injusticia a su propia alma cuando piensa y obra de un modo contrario a la voluntad de Dios.  Ningún gozo real puede haber en la senda prohibida por Aquél que conoce lo que es mejor y proyecta el bien de sus criaturas. El camino de la transgresión es el camino de la miseria y la destrucción.

Es un error dar cabida al pensamiento de que Dios se complace en ver sufrir a sus hijos.  Todo el cielo está interesado en la felicidad del hombre.  Nuestro Padre celestial no cierra las avenidas del gozo a ninguna de sus criaturas.  Los requerimientos divinos nos llaman a rehuir todos los placeres que traen consigo sufrimiento y contratiempos, que nos cierran la puerta de la felicidad y del cielo. 

El Redentor del mundo acepta a los hombres tales como son, con todas sus necesidades, imperfecciones y debilidades; y no solamente los limpiará de pecado y les concederá redención por su sangre, sino que satisfará el anhelo de todos los que consientan en llevar su yugo y su carga. Es su designio impartir paz y descanso a todos los que acudan a El en busca del pan de vida.  Solamente demanda de nosotros que cumplamos los deberes que guíen nuestros pasos a las alturas de la felicidad, a las cuales los desobedientes nunca pueden llegar. (Elena White)

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 15-

LA CONSAGRACIÓN

COMO ENTREGARNOS Y DEDICAR LA VIDA A DIOS-parte1-

La promesa de Dios es “Me buscaréis y me hallaréis cuando me buscareis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13). Debemos dar a Dios todo el corazón o, de otra manera el cambio que se ha de efectuar en nosotros, y por el cual hemos de ser transformados conforme a su semejanza, jamás se realizará.  Por naturaleza estamos enemistados con Dios. El Espíritu Santo describe nuestra condición en palabras como éstas: “Muertos en las transgresiones y los pecados” (Efesios 2:1). Estamos enredados fuertemente en los lazos de Satanás, por el cual “estamos cautivos a voluntad de él” (2Tim.2:26).

Dios quiere sanarnos y libertarnos. Pero, puesto que ésto demanda una transformación completa y la renovación de toda nuestra naturaleza, debemos entregarnos a El enteramente.  La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande que jamás hayamos tenido.  El rendirse a sí mismo entregando todo a la voluntad de Dios, requiere una lucha; más para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes a Dios.

El gobierno de Dios no está fundado en una sumisión ciega y en una reglamentación irracional, como Satanás quiere hacerlo parecer. Al contrario, apela al entendimiento y la conciencia. “¡Venid, pues, y estemos a cuenta…” (Isaías 1:18), es la invitación del Creador a todos los seres que ha formado.  Dios no fuerza la voluntad de sus criaturas.  El no puede aceptar un homenaje que no se le de voluntaria e inteligentemente.  Una sumisión meramente forzada impediría todo desarrollo real del entendimiento y del carácter: haría del hombre un mero autómata.  No es ése el designio del Creador.  El desea que el hombre, que es la obra maestra de su poder creador, alcance el más alto desarrollo posible.  Nos presenta la gloriosa altura a la cual quiere elevarnos mediante su gracia.  Nos invita a entregarnos a El a fin de que pueda hacer su voluntad en nosotros.  A nosotros nos toca decidir si queremos ser libres de la esclavitud del pecado para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Al consagrarnos a Dios, debemos necesariamente abandonar todo aquello que nos separe de El.  Por ésto dice el Salvador: “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33). Debemos dejar todo lo que aleje el corazón de Dios. Los tesoros son el ídolo de muchos.  El amor al dinero y el deseo de las riquezas son la cadena de oro que los tienen sujetos a Satanás.  Otros adoran la reputación y los honores del mundo. Una vida de comodidad egoísta, libre de responsabilidad, es el ídolo de otros. Más deben romperse estos lazos de servidumbre.

No podemos consagrar una parte de nuestro corazón al Señor y la otra al mundo.  No somos hijos de Dios a menos que lo seamos enteramente. Hay algunos que profesan servir a Dios a la vez que confían en sus propios esfuerzos para obedecer su Ley, formar un carácter recto y asegurarse la salvación. Sus corazones no son movidos por ningún sentimiento profundo del amor de Cristo, sino que tratan de ejecutar los deberes de la vida cristiana como una cosa que Dios demanda de ellos a fin de ganar el cielo.  Tal religión no vale nada.  Cuando Cristo mora en el corazón, el alma está tan llena de su amor, del gozo de su comunión, que se une a El, y pensando en El, se olvida de sí misma.

El amor de Cristo es el móvil de la acción.  Aquellos que sienten el constructivo amor de Dios no preguntan cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer los requerimientos de Dios; no preguntan cuál es la más baja norma aceptada, sino que aspiran a una vida de completa conformidad con la voluntad de su Salvador. El profesar pertenecer a Cristo sin sentir amor profundo, es mera charla, árido formalismo, gravosa y vil tarea. (Elena White)

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 14-

PARA OBTENER LA PAZ INTERIOR

COMO CONFESARLE NUESTROS PECADOS-parte 2-

En los días de Samuel los israelitas se extraviaron de Dios.  Estaban sufriendo las consecuencias del pecado; porque habían perdido su fe en Dios, el discernimiento de su poder y su sabiduría para gobernar a la nación y su confianza en la capacidad del Señor para defender y vindicar su causa. Se apartaron del gran Gobernante del universo y quisieron ser gobernados como las naciones que los rodeaban.  Antes de encontrar paz hicieron esta confesión explícita: “Porque a todos nuestros pecados hemos añadido esta maldad de pedir para nosotros un rey” (1Samuel 12:19). Tenían que confesar el mismo pecado del cual estaban convencidos. Su ingratitud oprimía sus almas y los separaba de Dios.

Dios no acepta la confesión sin sincero arrepentimiento y reforma.  Debe haber un cambio decidido en la vida; toda cosa que sea ofensiva a Dios debe dejarse. Esto será el resultado de una verdadera tristeza por el pecado.  Se nos presenta claramente la obra que tenemos que hacer de nuestra parte.

“¡Lavaos,  limpiaos; apartad la maldad de vuestras obras de delante de mis ojos; cesad de hacer lo malo; aprended a hacer lo bueno; buscad lo justo; socorred al oprimido…” (Isaías 1:16,17).

Cuando el pecado ha amortiguado la percepción moral, el injusto no discierne los defectos de su carácter, ni comprende la enormidad del mal que ha cometido y, a menos que ceda al poder convincente del Espíritu Santo, permanecerá parcialmente ciego sin percibir su pecado. Sus confesiones no son sinceras ni de corazón. Después que Adán y Eva hubieron comido de la fruta prohibida, los embargó un sentimiento de vergüenza y terror.  Cuando el Señor les habló tocante a su pecado,  Adán respondió, echando la culpa en parte a Dios y en parte a su compañera: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí”. La mujer echó la culpa a la serpiente diciendo: “La serpiente me engañó, y comí” (Gen.3:12,13).  ¿Por qué hiciste la serpiente?  ¿Por qué le permitiste que entrase en el Edén? Esas eran las preguntas implicadas en la excusa de su pecado, haciendo así a Dios responsable de su caída. El espíritu de justificación propia tuvo su origen en el padre de la mentira y ha sido exhibido por todos los hijos e hijas de Adán.  Las confesiones de esta clase no son inspiradas por el Espíritu divino y no serán aceptables para Dios.  El arrepentimiento verdadero induce al hombre a reconocer su propia maldad, sin engaño ni hipocresía. 

Los ejemplos de arrepentimiento y humillación genuinos que da la Palabra de Dios revelan un espíritu de confesión sin excusa por el pecado, ni intento de justificación propia. El corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepentimiento genuino, apreciará algo del amor de Dios y del costo del Calvario; y como el hijo se confiesa a un padre amoroso, así presentará el que esté verdaderamente arrepentido todos sus pecados delante de Dios.

“Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1Juan 1:9).

(Elena White)