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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 26-

EL SECRETO DEL CRECIMIENTO

COMO BUSCAR LA VIDA MAS PROFUNDA DE UNA CONTINUA PERMANENCIA EN EL-parte 3-

No debemos hacer de nuestro yo el centro de nuestros pensamientos, ni alimentar ansiedad ni temor acerca de si seremos salvos o no.  Todo ésto es lo que desvía el alma de la Fuente de nuestra fortaleza.  Encomendemos nuestra alma al cuidado de Dios y confiemos en El.  Hablemos de Jesús y pensemos en El.  Desterremos toda duda y disipemos nuestros temores. Pablo dice:…”y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cuál me amó y se entregó a si mismo por mí” (Gal.2:20). Reposemos en Dios.  Si nos ponemos en sus manos, El nos hará más vencedores por Aquél que nos amó.

Cuando Cristo se humanó, se unió a sí mismo a la humanidad con un lazo de amor que jamás romperá poder alguno, salvo la elección del hombre mismo. Satanás constantemente nos presenta engaños para inducirnos a romper este lazo; elegir separarnos de Cristo.  Sobre ésto necesitamos velar, luchar, orar, para que ninguna cosa pueda inducirnos a elegir otro Maestro; pues estamos siempre libres para hacer esto.  Más tengamos los ojos fijos en Cristo, y El nos preservará. Confiando en Jesús estamos seguros.  Nada puede arrebatarnos de su mano.  Mirándolo constantemente,  “somos transformados en la misma semejanza, de gloria en gloria, así como el Espíritu del Señor.” (2Cor.3:18)

Aún Juan, el discípulo amado, el que más plenamente llegó a reflejar la imagen del Salvador, no poseía naturalmente esa belleza de carácter. No solamente hacía valer sus derechos y ambicionaba honores, sino que era impetuoso y se resentía bajo las injurias. Más cuando se le manifestó el carácter de Cristo, vio sus defectos y el conocimiento de ellos lo humilló, y la mansedumbre que él vio en la vida diaria del Hijo de Dios, llenaron su alma de admiración y amor. 

De día en día era su corazón atraído hacia Cristo, hasta que se olvidó de sí mismo por amor a su Maestro.  Su genio, resentido y ambicioso, cedió al poder transformador de Cristo. La influencia regeneradora del Espíritu Santo renovó su corazón. El poder del amor de Cristo transformó su carácter.  Ese es  el resultado seguro de la unión con Jesús.  Cuando Cristo habita en el corazón, la naturaleza entera se transforma.  El Espíritu de Cristo y su amor, ablandan el corazón, someten el alma y elevan los pensamientos y deseos a Dios y al cielo.

Cuando Cristo ascendió a los cielos, la sensación de su presencia permaneció aún con los que le seguían.  Era una presencia personal, llena de amor y luz. Fue arrebatado de ellos al cielo, mientras les dejaba un mensaje de paz: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Sabían que El había ascendido para prepararle lugar y que vendría otra vez para llevarlos consigo.

Y en el día de Pentecostés vino a ellos la presencia del Consolador, del cuál Cristo había dicho: “Estará en vosotros”. Y desde aquel día Cristo había de morar continuamente por el Espíritu en el corazón de sus hijos. Su unión con ellos era más estrecha que cuando El estaba personalmente con ellos.  Todo lo que Cristo fue para sus primeros discípulos, desea serlo para sus hijos hoy; porque en su última oración dijo:

“No ruego solamente por éstos, sino también por aquéllos que han de creer en mí por medio de la palabra de ellos” (Juan 17:20).   

(Elena White)

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