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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 30-

LOS DOS LENGUAJES DE LA PROVIDENCIA

COMO ESTUDIAR LA BIBLIA-parte 1-

Son muchas las formas en que Dios está procurando dársenos a conocer y ponernos en comunión con El.  La naturaleza habla sin cesar a nuestros sentidos. El corazón que está preparado quedará impresionado por el amor y la gloria de Dios tal como se revelan en las obras de sus manos.  El oído atento puede escuchar y entender las comunicaciones de Dios por las cosas de la naturaleza.  Los verdes campos, los elevados árboles, las flores, la lluvia que cae, el arroyo que murmura, las glorias de los cielos, hablan a nuestro corazón y nos invitan a conocer a Aquél que lo hizo todo.

Nuestro Salvador entrelazó sus preciosas lecciones con las cosas de la naturaleza.  Los árboles, los pájaros, las flores, los valles, las colinas, los lagos y los hermosos cielos, así como los incidentes y las circunstancias de la vida diaria, fueron todos ligados a las palabras de verdad, a fin de que sus lecciones fuesen así traídas a menudo a la memoria, aún en medio de los cuidados de la vida de trabajo del hombre. Dios quiere que sus hijos aprecien sus obras y se deleiten de la sencilla y tranquila hermosura con que El ha adornado nuestra morada terrenal.  El es amante de lo bello y, sobre todo, ama la belleza del carácter, que es mas atractiva que todo lo externo; y quiere que cultivemos la pureza y la sencillez, las gracias características de las flores.

 Si tan sólo queremos escuchar, las obras que Dios ha hecho nos enseñarán lecciones preciosas de obediencia y confianza. Desde las estrellas que en su carrera por el espacio sin huellas siguen de siglo en siglo sus sendas asignadas hasta el átomo más pequeño, las cosas de la naturaleza obedecen a la voluntad del Creador.  Y Dios cuida y sostiene todas las cosas que ha creado.  El que sustenta los innumerables mundos diseminados por la inmensidad, también tiene cuidado de los gorriones que entonan su humilde canto.  Cuando los hombres van a su trabajo o cuando el rico se sacia en su palacio, o cuando el pobre reúne a sus hijos alrededor de su escasa mesa, el Padre celestial vigila tiernamente a todos.  No se derraman lágrimas sin que El lo note.  No hay sonrisa que para El pase inadvertida.

Si creyéramos plenamente ésto, toda ansiedad indebida desaparecería.  Nuestras vidas no estarían tan llenas de desengaños como ahora; porque cada cosa, grande o pequeña, debe dejarse en las manos de Dios, quien no se confunde por la multiplicidad de los cuidados, ni se abruma por su peso.  Gozaríamos entonces del reposo del alma al cual muchos han sido por largo tiempo extraños.

Cuando nuestros sentidos se deleiten en la amena belleza de la tierra, pensemos en el mundo venidero que nunca conocerá mancha de pecado ni de muerte; donde la faz de la naturaleza no llevara más la sombra de la maldición. En los variados dones de Dios en la naturaleza no vemos sino el reflejo más pálido de su gloria. (Elena White) 

“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”. (1Cor.2:9)

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