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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 50-

COMO SOMOS SALVOS –parte 17-

LA CRUZ Y LA LEY-parte 1-

En la Biblia se mencionan dos montes que guardan una relación estrecha con nuestra salvación. El primero de ellos es el monte Sinaí (el monte de la Ley) y el segundo es el monte Calvario (el monte de la gracia).  A muchos les encanta hablar del monte Calvario (el monte de la gracia), pero no les gusta que se diga nada en cuanto al monte Sinaí (el monte de la Ley).  ¿Por qué es así?

En el monte Sinaí Dios reveló su Ley (ver Éxodo 19 y 20). Como ya hemos visto, esta Ley condena el pecado y como todos hemos pecado, estamos todos bajo condenación. Toda la raza humana está bajo sentencia de muerte por desobedecer la Ley del monte Sinaí.  Esa Ley no nos puede perdonar ni cambiar, pero si nos puede mostrar que necesitamos el perdón y la gracia. Nadie puede hablar de la gracia sin hablar al mismo tiempo de la Ley. Ilustremos este punto.

Supongamos que cierto día alguien va a visitar al médico de familia para que le haga el examen físico anual.  Al hacerle varios análisis, descubre que tiene cáncer.  Obviamente el médico no tiene la culpa de su cáncer por haberlo  detectado; más bien le está haciendo un favor al detectarlo, pues ahora va a buscar a un oncólogo que puede curar su terrible enfermedad.

En efecto, el médico le dice: “Yo no puedo curar su cáncer, pues soy experto tan sólo en detectarlo; pero conozco a un médico que no ha perdido ni un solo caso.  Ha curado el 100% de los pacientes que han ido a él”.

Si esa persona no supiera que tiene cáncer, no buscaría a quien lo sanara. Sería ridículo que dijera: “El médico tiene la culpa del cáncer por haberlo detectado. Ahora tiene que deshacerse del médico y se arreglará el problema” El problema no es el médico sino la enfermedad. El médico es bueno pero el cáncer es malo. Hay que conseguir quien sane el cáncer, no quien se deshaga del médico.

Asimismo, cada ser humano padece del cáncer del pecado.  Es la Ley de Dios la que trae a luz nuestro pecado y nos muestra la necesidad que tenemos de sanidad.  Si no fuera por la Ley, no sabríamos que estamos enfermos y no buscaríamos una cura. La Ley no es mala por revelar nuestro pecado. Deshacerse de la Ley no resuelve absolutamente nada. 

No es la Ley la que necesita arreglo sino nosotros.  Sin embargo, muchos cristianos creen que clavando la Ley en la cruz resuelven el problema del pecado.

Nadie puede hablar de la gracia sin hablar de la Ley.  La Ley detecta nuestro pecado y nos manda a Cristo, el gran Salvador.  La Ley es el ayo que nos conduce a Cristo (ver  Gálatas 3:19, 24). Si no fuera por la Ley no sabríamos que necesitamos la gracia.  ¡Anular la  Ley es anular la gracia!

 

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 49-

COMO SOMOS SALVOS –parte 16-

LA FE Y LAS OBRAS –parte 3-

En el capítulo 11 de Hebreos hallamos una descripción vívida de lo que es la fe genuina.  Los héroes se describen como poderosos en obras. No menos de veinte veces se emplea la expresión “por la fe”, seguida por una descripción del fruto que siguió a la fe. 

Abel ofreció el sacrificio, Enoc caminó con Dios, Noé construyó el arca, Abrahán obedeció a Dios al salir de Ur, Jacob bendijo a sus hijos, Moisés rehusó ser llamado el hijo de la hija de Faraón y escogió el vituperio de Cristo antes que las riquezas de Egipto, Israel pasó el mar Rojo, Rahab recibió a los espías. ¡Qué gran descripción de la fe en acción!

La fe no es algo que existe en la mente sino en el corazón, no tiene que ver tanto con creer en algo sino en alguien, y ese alguien es Cristo.  Santiago dice que aún los demonios creen que Dios es uno y tiemblan.  No es suficiente creer que Cristo murió y resucitó, hay que confiar en El como Salvador y Señor.  Si la fe no transforma nuestra forma de pensar y actuar, tendremos meramente la apariencia de piedad sin la eficacia de ella (2 Timoteo 3:5).

En un tema anterior hablamos de un policía que pagó la multa de alguien que había excedido en gran medida el límite de velocidad.  Estaba bajo la pena de la ley hasta que la gracia del policía pagó su deuda.  Pero la gracia no le dio libertad de exceder el límite de velocidad cuando quisiera. La gracia no nos da licencia para desobedecer a Dios.

Cuando nos entregamos de verdad a Cristo y nacemos de nuevo, todo cambia. Lo que antes nos gustaba, ya no nos gusta; y lo que antes no nos gustaba, ahora nos gusta.  El que se ha entregado a Cristo experimenta un cambio radical.  Su forma de vestir cambia.  Ya no come ni bebe aquello que le daña el cuerpo, que es el templo del Espíritu Santo.  Lo que antes veía y leía, ahora le resulta repulsivo. 

La música mundana que antes le agradaba, le resulta aborrecible.  La lengua que antes era ociosa y liviana, ahora le tributa gloria a Dios.  Los talentos, el dinero, el tiempo y las fuerzas que se empleaban para el reino de Satanás, se consagran al servicio de Dios.  Ahora nos agrada orar, estudiar la Biblia y hablar a  otros de Cristo. Las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas.  Donde antes éramos siervos del pecado, ahora somos siervos de la justicia (Romanos 6:18). ¡Maravillosa transformación!

Esto no significa que la vida cristiana va a ser fácil o que todas las tareas van a ser agradables. La evidencia de la fe genuina y el amor sincero está en la obediencia.  Jesús dijo:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos…El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (Juan 14:15, 21). 

“Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. [Éxodo 20:3-17]. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:3-4).

“Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18).  “Pues éste es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3).

LA CRUZ Y LA LEY

Continúa en parte 50

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 48-

COMO SOMOS SALVOS –parte 15-

LA FE Y LAS OBRAS –parte 2-

“Porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados” (Romanos 2:13). El apóstol Pablo declara en repetidas ocasiones que la salvación es por la fe, pero luego dice que seremos juzgados por nuestras obras (Romanos 2:6). Si soy salvo por la fe, ¿no sería lógico que Dios me juzgara también por la fe?

Pero el panorama se complica aún más cuando el apóstol Pablo nos dice que Abrahán fue justificado por la fe (Romanos 4:3) y Santiago declara que fue justificado por las obras (Santiago 2:21), y que “el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24).

¿Cómo reconciliamos estas aparentes discrepancias en el testimonio bíblico en cuanto a la fe y las obras? Creo que la respuesta se halla en Efesios 2:8-10, en donde el apóstol Pablo emplea tres palabras claves: gracia, fe y obras.  Citemos los versículos 8-9; “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y ésto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Muchos cristianos dejan de leer en el versículo 9 y llegan a la conclusión de que Dios no exige buenas obras.  Pero leamos el “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

La gracia es la mano de Dios que se extiende al hombre y la fe es la mano del hombre que se extiende en respuesta a Dios.   Cuando la mano de la fe se aferra de la mano de la gracia, habrá buenas obras.  Pero éstas han sido preparadas por Dios para que andemos en ellas.  Por haber nacido de nuevo en Cristo, El hace las obras en nosotros.

Pablo y Santiago NO se contradicen, simplemente están luchando contra dos diferentes enemigos del Evangelio.  Pablo les escribe a los judíos, quienes creían que si se portaban bien Dios los tenía que salvar. Las “obras de la ley” que menciona Pablo son malas porque se hacen para ganar méritos ante Dios.  Pablo se enfrentó a aquellos que dicen ¿si guardo la Ley, Dios me va a salvar”.

Pero Santiago se enfrentó a otro enemigo mortal del Evangelio de Cristo. Según parece, algunos cristianos –como sucede también hoy día- habían tergiversado  la teología de Pablo y decían que como eran salvos por fe, las obras no tenían ninguna importancia; decían que tenían fe, pero entraban a la iglesia cuellierguidos e ignoraban las obras de caridad a favor de los necesitados (Ver Santiago 2:14-16). 

Las obras para Santiago son aquellas que vienen como fruto de la salvación. Si Pablo y Santiago vivieran hoy,  Pablo diría: “Por gracia sois salvos por medio de la fe”, Santiago respondería “por una fe que obra”.

Las obras son la evidencia de una fe genuina, son el fruto de la salvación. Las obras no nos salvan, pero si revelan que hemos sido salvos.  La fe sin obras es muerta; una fe viva producirá buenas obras. Por eso es que somos salvos por la fe, pero seremos juzgados por obras.  En el juicio las obras demostrarán si nuestra fe es genuina.

La fe y las obras son como los remos de un bote: se necesitan los dos para avanzar en línea recta en la vida cristiana. La fe es el poder que impulsa nuestra vida espiritual y las obras vienen como resultado. 

-Continúa en parte 49-

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 47-

COMO SOMOS SALVOS –parte 14-

DEBEMOS PASAR TIEMPO CON CRISTO-parte 2-

Algunos cristianos se preguntan por qué sufren una derrota tras otra en  su vida espiritual.  Tal vez la razón principal se halle en la forma como emplean su mente. Ilustremos ésto. Si una persona permite que su mente se espacie en las telenovelas, ¿cómo  será esa persona? Las telenovelas enfatizan el adulterio, la mentira, las sospechas, la deshonestidad y todo lo que condena la Palabra de Dios.

Cuando una persona ve estas cosas, su mente se adapta a ellas y se corrompe. Pero cuando estudia la Biblia, ésta reprende las inclinaciones inicuas del corazón y tiene poder transformador. Desenmascara los deseos del corazón pecaminoso y nos manda a Cristo para recibir sanidad.

La mente se adapta a aquello sobre lo que se le permite concentrarse. Si dedicamos nuestro tiempo para ver y oír lo que es vil, nuestra vida reflejara vileza. Pero si dedicamos nuestro tiempo para concentrarnos en lo que es puro y santo, nuestra vida será pura y santa.  Como el hombre piensa en su corazón, así es él.

En cierta ocasión los discípulos se hallaban en un bote sobre el mar de Galilea.  El mar estaba agitado y los discípulos se atemorizaron. De repente apareció un personaje que caminaba sobre las aguas. Los discípulos se llenaron de terror pues creían estar viendo a un fantasma (Mateo 14:26).  Cuando Jesús les dijo:“¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!“ (Mateo 14:27), el apóstol Pedro le pidió a Jesús que le permitiera andar sobre las aguas y Jesús consintió con su pedido. 

Mientras Pedro mantuvo sus ojos fijos en Jesús todo estuvo bien, pero cuando los apartó del Maestro y los puso en las olas y el viento y tal vez sobre sus compañeros, se empezó a hundir. Esta historia nos enseña una gran lección en cuanto a la victoria sobre el pecado.  Cuando quitamos nuestra vista de Jesús aún por un instante, nos hundimos en el mar del pecado, pero con los ojos fijos en El, haremos lo imposible.

La única esperanza de vencer el pecado se halla en mantener los ojos fijos en Jesús.  Por ésto el libro de Hebreos nos insta a despojarnos “de todo el peso y del pecado que nos asedia” y a correr “con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1-2)

LA FE Y LAS OBRAS –parte 1-

Muchos se sienten inquietos cuando se les habla de la victoria sobre el pecado.  Anhelan a Cristo como Salvador pero no como Señor.  Afirman con audacia: “Soy salvo por gracia y mis obras nada tienen que ver con mi salvación”.  Estas personas quieren seguir viviendo como siempre lo han hecho y disfrutar al mismo tiempo de la seguridad de la salvación.  Esto nos trae al tema de la fe y las obras.

El testimonio bíblico parece ser contradictorio en materia de fe y obras. El apóstol Pablo afirma categóricamente: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28), pero el mismo apóstol dice:

“Porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados (Romanos 2:13).

Continúa en parte 48

 

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 46-

COMO SOMOS SALVOS –parte 13-

DEBEMOS PASAR TIEMPO CON CRISTO-parte 1-

Hemos estudiado brevemente los tres secretos de una vida santificada.  En el estudio de su Palabra, Cristo nos habla a nosotros. En la oración nosotros hablamos con Cristo, y en la testificación hablamos a otros de Cristo. Esto es lo que llamamos el “triángulo de la santificación”.

El fundamento de este triángulo es la comunicación. Mientras más tiempo paso hablando con Jesús, más fuerte será mi relación con El y más victorias ganaré.  En 2 Corintios 3:18 el apóstol Pablo expresó este principio: “por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”.

La palabra “transformados” que aparece en este versículo procede del vocablo metamorfoeo, de donde viene nuestra palabra “metamorfosis”. Somos transformados a la imagen y semejanza de lo que vemos y oímos. Si nuestra mente se concentra en Cristo, seremos como El, pero si se explaya en las cosas del mundo, seremos como el mundo.

La gran batalla contra el pecado se gana o se pierde en la mente.  Por eso debemos constantemente concentrar nuestra mente en Cristo y en las cosas espirituales, y no en nosotros mismos y en las cosas del mundo. Veamos la importancia de la mente en la historia de Acán que se halla registrada en Josué 7.

Cuando el pueblo de Israel destruyó Jericó, Dios les prohibió terminantemente que tomaran alguna cosa que estaba en la ciudad.  Pero Acán desobedeció a Dios. Es interesante ver los cuatro pasos que dio Acán en su transgresión.  Los encontramos registrados en el versículo 21: “Vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra…”.

A veces pensamos que el pecado es actuar mal, pero en realidad es pensar mal.  Acán pecó antes de tomar estas cosas, pues permitió que su mente codiciara lo que sus ojos habían contemplado. Hay que vencer el pecado en la mente antes que podamos vencerlo en la acción.

Si mantenemos una íntima comunión con Cristo por medio  de la oración, el estudio de la Biblia y la testificación a otros, podremos vencer la tentación en el momento que nos llega; pero si nuestra mente se explaya sobre aquello que es vil, sufriremos una derrota tras otra en nuestra vida espiritual. 

Por eso el apóstol Pablo dice: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en ésto pensad” (Filipenses 4:8). El mismo apóstol nos insta a no conformarnos a este mundo, sino a ser reformados por la renovación de nuestra mente, para que así podamos saber cuál es “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

Continúa en parte 47

 

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 45-

COMO SOMOS SALVOS –parte 12-

¿COMO PODEMOS VENCER EL PECADO?-parte 2-

EL ALTAR DE ORO donde se ofrecía el incienso, representa los méritos de Cristo que se mezclan con las oraciones de sus hijos (Apocalipsis 8:3-4-; Salmo 141:2). La oración es el segundo medio por el cual vencemos el pecado y nos asemejamos a Cristo.  Nadie puede venir al Padre sino por medio de Cristo (Juan 14:6).

Debemos orar sin cesar (Efesios 6:18). La oración es el aliento del alma; es la llave en la mano de la fe que abre los tesoros del cielo; es conversar con Dios  como con un amigo.  En la oración debemos pedir perdón, pero también es nuestro deber alabar a Dios por victorias alcanzadas.  El oído omnisciente se deleita en escuchar aún las cosas más insignificantes que turban nuestra alma.

EL CANDELABRO tenía como fin alumbrar el santuario. Así como el sol es la luz física del mundo, Jesucristo es su luz espiritual. El Señor declaró de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12), pero también dijo de sus seguidores: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14). Jesús es como el sol que tiene luz propia y original. 

Nosotros somos como la luna que reflejamos la luz del sol.  Si estamos conectados con Cristo por medio de la oración y el estudio de su Palabra, entonces podremos reflejar su luz a un mundo que perece en las tinieblas.  Muchos cristianos se deleitan en orar y estudiar la Biblia, pero no reflejan su luz a otros.  Cuando el Señor ha entrado en nuestro corazón será un deleite hablar de El.

El capítulo 5 de Marcos describe como Jesús sanó a un endemoniado en la región de Gadara.  Este hombre habitaba en el cementerio y ni aún con cadenas y grillos lo podían sujetar.  Andaba desnudo y con el cuerpo cortado y herido por las rocas. De día y de noche daba voces en los montes y en los sepulcros.

Cuando Jesús le preguntó al espíritu inmundo su nombre, éste respondió que se llamaba legión porque eran muchos y le rogó al Señor que no lo enviara fuera de esa región (Marcos 5:10), sino a unos puercos que estaban paciendo cerca del lugar.  Cuando Jesús accedió a su petición, los demonios tomaron control de los puercos y los despeñaron al mar y se ahogaron todos.  ¿Por qué no querían los demonios salir de aquella zona? ¿Por qué pidieron entrar en los puercos?

Cuando los dueños de los  puercos se dieron cuenta de su gran pérdida económica se enojaron mucho y le pidieron a Cristo que se fuera de esa región.  Allí esta la razón por la cual los demonios pidieron entrar en los puercos. Sabían que los dueños, al sufrir su  pérdida le iban a pedir a Jesús que abandonara la región.  Pero los demonios no se salieron con la suya. 

Un corto tiempo después el que había estado endemoniado estaba sentado a los pies de Jesús, vestido y en su cabal juicio.  El le rogó a Jesús que le permitiese irse con El, pero Jesús le dijo:

“Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti” (Marcos 5:19). El que había sido librado por la gracia de Cristo, ahora llegó a ser su misionero, su testigo.

DEBEMOS PASAR TIEMPO CON CRISTO

Continúa en parte 46

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 44-

COMO SOMOS SALVOS –parte 11-

¿COMO PODEMOS VENCER EL PECADO?-parte 1-

El secreto de la victoria sobre el pecado se halla en varios  de los versículos que hemos citado antes. Notemos:

1         Hay que “nacer de Dios” y permanecer en El.

2         Dios es poderoso para guardarnos sin caída.

3         Cuando somos tentados, El nos da la vía de escape.

4         Cristo nos fortalece.

Todos estos conceptos muy hermosos, pero en términos prácticos, ¿cómo se llegan a formar parte de la misma fibra de nuestro ser? ¿Cómo se convierten estas palabras en una experiencia viva y personal con Dios? Veamos otros pasajes de la biblia que nos ayudan a contestar más cabalmente estas preguntas tan importantes.

Dios ha provisto tres medios para que venzamos el pecado y lleguemos a asemejarnos a Cristo, y éstos se hallan ilustrados en el antiguo santuario hebreo. El santuario hebreo tenía un patio o atrio, delimitado por una cerca, dentro del cual se hallaban dos muebles: el altar del sacrificio y una fuente de agua limpia. En el altar del sacrificio se derramaba la sangre de animales, que representaba la sangre de Cristo que iba a morir para redimirnos del pecado. 

La fuente representaba la regeneración o el nuevo nacimiento por el poder del Espíritu Santo (Tito 3:5). También en el atrio se hallaba un edificio con dos apartamentos. El primero de ellos se llamaba el “lugar santo” y el segundo el “lugar santísimo”.  En el lugar santo es donde hallamos los tres medios para vencer el pecado y asemejarnos a Cristo.

Allí había tres muebles.  El primero se hallaba al norte y era una mesa de oro con doce panes sin levadura.  El segundo se encontraba al occidente y era un altar de oro en donde se quemaba incienso. El tercer mueble estaba hacia el sur y era un candelabro de oro que tenía siete brazos. Al extremo de cada brazo se hallaba una mecha y un recipiente con aceite de oliva.

¿Qué representaban estos tres muebles?

Empecemos con la mesa de los panes.  El pan sin levadura representa la palabra de Dios. El profeta Isaías compara el pan con la palabra de Dios en Isaías 55:10-11: “Porque como desciende de los cielos la lluvia y  la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será  prosperada en aquello para que la envié”

En el monte de la tentación el Señor le dijo al diablo: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4).  Después de alimentar a 5.000 hombres con cinco panes y dos peces, Jesús invitó a los presentes a que comieran su carne y bebieran su sangre. Esto no puede tomarse literalmente, pues la Biblia condena el canibalismo.  Jesús mismo explicó que “el Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63). 

Las palabras de Cristo son las que dan vida, no su sangre y carne literal.  En el estudio de la Palabra asimilamos a Cristo, El llega a ser carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre.  Mientras más tiempo pasemos con la Palabra, más poder recibiremos de Cristo para vencer el pecado. Bien dijo el salmista:

“¿Con que limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra…En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119:9,11).  Jesús dijo: “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3).  Y el apóstol Pablo afirma que la iglesia es santificada y limpiada “en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:26).

Continúa en parte 45

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 43-

COMO SOMOS SALVOS –parte 10-

¿ES POSIBLE LA VICTORIA TOTAL? –parte 2-

Aún el gran apóstol de la justificación por la fe asevera: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).

Podemos ser “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:19) y llegar a ser “un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).  Si no fuera posible vencer, Dios estaría mintiendo al darnos estas promesas.  Cuando decimos que es imposible conquistar el pecado, estamos limitando el poder de Dios.

Después de nuestro nuevo nacimiento, la vieja naturaleza carnal no desaparece. Aún está allí latente y hará todo lo posible por recuperar su dominio sobre nosotros.  Por eso el apóstol Pablo nos dice que por el  Espíritu debemos hacer morir las obras de la carne (Romanos 8:13).

El apóstol descubrió en su propia vida lo que experimentamos todos y es que cuando nos entregamos a Cristo comienza una guerra entre la carne y el Espíritu.  En su Epístola a los Gálatas, Pablo describe esta batalla:

“Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis…Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.  Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gálatas 5:16-17, 24-25).

Esta guerra se realiza cada instante de cada día. Es una batalla sin tregua.  Pablo reconoció ésto cuando afirmó, “cada día muero” (1 Corintios 15:31), y Jesús nos instó a cargar nuestra cruz diariamente (Lucas 9:23).

Si estamos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, no podemos permitir que el pecado reine en nuestro cuerpo mortal para que le obedezcamos en sus pasiones.  Ya no debemos presentar nuestros “miembros al pecado como instrumentos de iniquidad”, sino antes debemos presentarnos “a Dios como vivos entre los muertos” y nuestros “miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Romanos 6:12-13).

Dios no desea que nos conformemos meramente con pedirle perdón por nuestras derrotas vez tras vez.  El quiere que le tributemos alabanza y gratitud por las victorias que hemos  ganado sobre el enemigo por medio de su gracia y poder.

Es cierto que después del bautismo pecamos, pero no es por la debilidad humana ni porque falta el poder de Dios, sino porque soltamos el brazo de Dios y dejamos de depender de El. Cuando pecamos, el Señor no nos abandona.  Si acudimos a El con un corazón contrito, nos recibirá con los brazos abiertos. El mismo Juan, quien dijo que los que nacen de Dios, y permanecen en El no pecan (1 Juan 3:6, 9), también nos consuela con las siguientes palabras:

“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).

¿COMO PODEMOS VENCER EL PECADO?

Continúa en parte 44

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 42-

COMO SOMOS SALVOS –parte 9-

UNA VIDA DE SANTIDAD –parte 2-

Muchos tienen un concepto erróneo de la salvación. Aceptan a Cristo como Salvador pero no como Señor. Quieren perdón, pero no pureza.  Desean los privilegios de la salvación sin los deberes de la vida cristiana.  Quieren la gracia, pero no quieren la Ley.  La Biblia enseña que cuando nacemos de nuevo en Cristo, vamos a crecer en El.  El apóstol Pedro nos dice concerniente a ésto:

“Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18).

Se oye entre muchos cristianos la declaración: “Una vez que estoy en la gracia siempre estaré en la gracia.  Una vez que me salvé nunca me puedo perder”. Esto es cierto siempre y cuando permanezcamos en Cristo y crezcamos en El.

Para los que han nacido de nuevo en Cristo, sus vidas ahora son libres de pecado y están llenas de gozo en Cristo; pero Satanás, el gran cazador, está al acecho para atraparlos en sus redes y quitarles la vida.  El conoce sus debilidades y está presto a atraparlos. Nuestra única seguridad está en permanecer en el refugio, en Cristo Jesús.  Si nos aventuramos fuera de su alcance, correremos el riesgo de caer en las redes del enemigo.

El bautismo y el nuevo nacimiento no son un curalotodo.  Algunos piensan que el bautismo los pondrá más allá del alcance de la tentación, pero cuán equivocados están. Es después del bautismo cuando las tentaciones del enemigo son más fuertes.

Cuando Jesús fue bautizado y el Espíritu Santo descendió sobre El, se oyó la voz de su Padre que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Esta declaración enojó sobremanera a Satanás.  En los siguientes versículos (Mateo 4:1-10) Jesús sufrió sus peores tentaciones, pero pudo vencer por el poder del Espíritu Santo. 

Jesús no tuvo ninguna ventaja sobre nosotros. El mismo poder que estuvo a su disposición para ayudarlo a vencer, está también a nuestro alcance.  Cuando nos bautizamos y nacemos de nuevo, el diablo se enoja y se lanza contra nosotros con furia renovada; pero si clamamos por el poder del Espíritu Santo podremos vencer como Cristo venció.

¿ES POSIBLE LA VICTORIA TOTAL? –parte 1-

Muchas personas tienen un “complejo de derrota”. Creen que es imposible vencer el pecado. Aunque es cierto que por nosotros mismos no podemos jamás, vencer el pecado, si entregamos nuestra voluntad al poder de Cristo, ¡la victoria es segura! Escudriñemos algunos textos que afirman este hecho.  El apóstol Juan en su primera epístola dice:

“Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios…Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Juan 3:9, 6).  Judas 24 dice: “Y a  aquel que es poderoso para guardarnos sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría”.

Aún el gran apóstol de la justificación por la fe asevera:

“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).

Continúa en parte 43

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 41-

COMO SOMOS SALVOS –parte 8-

EL NUEVO NACIMIENTO

Pero en el momento del bautismo no sólo recibimos el perdón.  No sólo queda muerta y sepultada nuestra vida antigua con Cristo, sino que resucitamos a una nueva vida por el poder del Espíritu Santo. 

En Romanos 6 el apóstol Pablo no sólo dice que morimos en Cristo en el momento del bautismo sino que resucitamos con El a una nueva vida: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva…Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él…Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:4, 8, 11).

Así como el gusano se sepulta en la crisálida para luego nacer como una nueva criatura, el pecador sepulta sus pecados con Cristo en el bautismo para nacer de nuevo. El apóstol Pablo nos dice en Gálatas 3:27 que llegamos a estar en Cristo cuando nos bautizamos y que El que “está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 corintios 5:17).  Si hemos resucitado a una nueva vida con Cristo, no vamos a vivir como antes.  Estando libres del pecado no vamos a querer arrastrarnos por el suelo como gusanos.

En el día de Pentecostés, el apóstol Pedro no sólo afirmó que recibimos la remisión o perdón de nuestros pecados en el bautismo, sino que también recibimos el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38).  Jesús le dijo a Nicodemo que debía nacer del agua y del Espíritu para poder entrar al reino de Dios (Juan 3:3, 5), y cuando Jesús se bautizó no sólo fue sepultado en el agua; también descendió sobre El el Espíritu Santo (Marcos 1:9-11).

¡Qué hermosa ceremonia nos dio el Señor para que participásemos de la muerte y resurrección de Cristo! Cuando somos sepultados en las aguas, expiramos, dejamos de respirar por un momento.  Cuando somos levantados, inspiramos  o respiramos de nuevo. En el bautismo pues, Dios nos considera muertos con Cristo y resucitados con El. Habiendo muerto al pecado y resucitado a una nueva vida, disfrutamos de libertad pues el pecado ya nos se enseñorea de nosotros (Romanos 6:14-18).  Estamos bajo la gracia.

UNA VIDA DE SANTIDAD –parte 1-

El siguiente paso en el proceso de la salvación es la santificación. Cuando experimentamos el nuevo nacimiento, Cristo entra en nuestras vidas y nos cambia el corazón de piedra por uno de carne (Ezequiel 36:26).

En el monte Sinaí, Dios escribió los Diez Mandamientos con letra de fuego sobra tablas de piedra con su propio dedo (Éxodo 31:18).  Pocos saben que el dedo de Dios es el Espíritu Santo (Compare Mateo 12:28 con Lucas 11:20).  Así es que el Espíritu Santo escribió los Diez Mandamientos.

Ese mismo Espíritu que escribió la Ley en el corazón de Jesucristo cuando vino al mundo (Salmo 40:6-8; Hebreos 10:5-9), la escribe en nuestro corazón cuando nacemos de nuevo (Jeremías 31:31-34).  Como resultado, ya no vivimos nosotros sino Cristo en nosotros y nuestras vidas cambian radicalmente (Gálatas 2:20).

Muchos tienen un concepto erróneo de la salvación. Aceptan a Cristo como Salvador pero no como Señor. Quieren perdón, pero no pureza.  Desean los privilegios de la salvación sin los deberes de la vida cristiana.  Quieren la gracia, pero no quieren la Ley.  La Biblia enseña que cuando nacemos de nuevo en Cristo, vamos a crecer en El.

Continúa en parte 42