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Posts Tagged ‘el planeta tierra’

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 55-

COMO SOMOS SALVOS –parte 22-

LA RECOMPENSA DE LOS JUSTOS

La imaginación más fecunda no puede abarcar plenamente lo que será la recompensa de quienes han aceptado a Cristo.  En 1 Corintios 2:9 el apóstol Pablo dice:

“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”.

Pero la Biblia sí nos dice algo en cuanto a cómo será ese mundo.  Satanás y sus ángeles, junto con todos los impíos, habrán sido reducidos a cenizas (Malaquías 4:1-3; Ezequiel 28:18-19).  Ya no imperará en ningún corazón el misterio de iniquidad. El orgullo y deseo de exaltación habrán sido extirpados por la gracia de Cristo.

Habrá allí agua cristalina de vida (Apocalipsis 21:6; 22:1) y un árbol que produce un fruto diferente cada mes del año (Apocalipsis 22:2).  Los animales más feroces serán mansos, pues “el lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey” (Isaías 65:25; 35:9; 11:6-9).

No habrá más hospitales, pues el morador no dirá “Estoy enfermo” (Isaías 33:24).  Tampoco habrá cárceles ni ladrones, pues en el santo monte de Dios no habrá violencia (Isaías 60:18).  El clamor, el dolor y la muerte desaparecerán para siempre (Apocalipsis 21:4).  Viviremos en una ciudad que tiene fundamentos de piedras preciosas, puertas de perla y calles de oro (Apocalipsis 21:14, 12, 21).

Pero ninguno de estos beneficios materiales se comparán con el privilegio de tener comunión eterna con Jesús. Cuando Jesús vea esa gran multitud, que nadie puede contar reunida delante de su trono (Apocalipsis 7:9), sabrá que su sacrificio no fue en vano.

“Verá linaje, vivirá por largos días…Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53:10-11).  Y cuando los redimidos le pregunten: “¿Qué heridas son éstas en tus manos?” El responderá: “Con ellas fui herido en casa de mis amigos” (Zacarías 13:6). ¡Qué gloriosa gracia, e incomparable amor!

CONCLUSION

Para Jesucristo, cada persona del mundo tiene un valor infinito.  Por eso pagó un precio infinito cuando caímos en pecado.  La única forma de comprar algo cuyo valor es infinito es pagando un precio igualmente infinito.  El sacrificio eterno de Cristo fue suficiente para salvar a cada pecador, pero no por eso se salvarán todos.  Para algunos, el sacrificio de Cristo habrá sido en vano ¿Y por qué es ésto? Sencillamente porque no lo aceptarán.

Tenemos que aceptar ese sacrificio personalmente.  Tenemos que escoger a Cristo como Salvador y Señor en nuestra vida. Debemos ver la seriedad de nuestros pecados, arrepentirnos de ellos y confesarlos.

Debemos luego sepultarlos en las aguas del bautismo y nacer de nuevo.  Debemos permitir que Cristo reproduzca su carácter en nosotros por medio del proceso de la santificación.  Debemos ansiar el momento de encontrarnos con El.

Hay esperanza para cada ser humano que acepte el tierno llamado del Salvador.  No importa cuán terribles sean nuestros pecados, hay esperanza en Jesús.  El dice:

“Al que a mí viene, no lo echo fuera…He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré al él, y cenaré con él, y él conmigo…El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente…Venid a mí  todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar…Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Juan 6:37; Apocalipsis 3:20; 22:17; Mateo 11:28; Isaías 1:18).

Si queremos vivir con Cristo para siempre, tendremos que invitarlo a nuestro corazón ahora. ¿Escucharás el llamado de Cristo? ¿Habrá muerto por ti en vano? ¡La decisión está en tus manos, porque el plan de redención te incluye individualmente a ti!

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 54-

COMO SOMOS SALVOS –parte 21-

EMANUEL PARA SIEMPRE-parte 3-

Al comienzo de su ministerio el apóstol Pablo creía que iba a estar vivo cuando Cristo regresara (1 Tesalonicenses 4:13-17). Pero al pasar el tiempo se dio cuenta que no iba a ser así.  Durante su vida cinco veces había recibido treinta y nueve azotes.  Tres veces había sido azotado con varas; una vez fue apedreado y tres veces sufrió naufragio. Había sufrido toda clase de peligros (ver 2 Corintios 11:24-28) y ahora se encontraba en un calabozo romano esperando el momento de su martirio.

Pero de los labios del gran apóstol no salió una sola palabra de pesimismo. Afirmó triunfalmente “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.  Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:7-8).  Pablo murió con la bendita esperanza de ver a su amado Señor cara a cara.

La corona de justicia le será concedida tan sólo a los que aman su venida.  No se les promete a los que creen en su venida o a los que hablan de su venida sino a los que aman su venida.  Para amar su venida, debemos amarle a El; y para amarle debemos conocerle, y para conocerle debemos pasar tiempo con El.  Cada instante de nuestra vida debemos hablar con El en oración, estudiar su Palabra y trabajar por El a fin de conocerle mejor y amarle más.

El apóstol Juan fue otro campeón de la verdad que había sufrido muchas persecuciones y aflicciones.  Según la tradición cristiana, el emperador Domiciano hecho al apóstol en una olla de aceite hirviente, pero ni aún así pudo matarlo pues Dios lo protegió.  Cuando Domiciano se vio derrotado envió a Juan a la isla de Patmos.  Allí fue que Dios le reveló el libro de Apocalipsis.  Este libro describe los conflictos, las derrotas y victorias del pueblo de Dios a través de todos los siglos. 

Revela la gran crisis final por la cual tendrán que pasar los hermanos de Cristo en la lucha contra el dragón, la bestia y el falso profeta.  El clímax del libro describe la gloriosa venida de Cristo sobre un caballo blanco para rescatar a su pueblo que se halla a punto de perecer. Después de presenciar todos estos eventos, el Señor Jesucristo le dice: “Ciertamente vengo en breve”. Cuando Juan oye estas palabras, responde: “Amén, sí, ven, Señor Jesús” (Apocalipsis 22:20).  Estas serán las palabras de todos los que aman de verdad a su Señor.

Cristo vendrá muy pronto. Su voz potente resucitará a los que ya murieron y junto con los vivos serán arrebatados en las nubes  para encontrarse con el Señor en el aire. Luego serán llevados por mil años a la capital del universo, la Nueva Jerusalén, que se encuentra en el tercer cielo, más allá del sol, la luna y las estrellas.

Después de ese período de mil años, la capital del universo descenderá a esta tierra (Apocalipsis 21:2).  Imagínense, de todos los miles de millones de astros del espacio infinito, Dios ha escogido colocar la capital misma del universo en este diminuto planeta, la Tierra, ¡Que privilegio!

¡Dios y el Cordero habitarán con nosotros para siempre! (Apocalipsis 21:2-4).

LA RECOMPENSA DE LOS JUSTOS

Continúa en parte 55

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 51-

COMO SOMOS SALVOS –parte 18-

LA CRUZ Y LA LEY-parte 2-

Cierto cristiano decía: “Yo no necesito la Ley, pues estoy bajo la gracia”, pero ¿para qué necesita la gracia si no hay Ley? Le preguntaron “¿Usted se arrepiente?” Contestó “Claro que sí”, le preguntaron “¿Y de qué se arrepiente?” Inmediatamente respondió: “Me arrepiento del pecado” Luego le hicieron la última pregunta: “Y ¿qué es el pecado del cual usted se arrepiente?”

Esta vez no contestó enseguida.  Más bien se mostró perplejo y confundido.  Después de una larga pausa dijo entre titubeos: “El pecado del cual me arrepiento es la transgresión de la Ley, puesel pecado es la transgresión de la ley” (1 Juan 3:4). Luego le dijeron: “¿Se da cuenta, que si no fuera por la Ley que revela su pecado, no sentiría la necesidad de arrepentirse y de acudir a Cristo para recibir su gracia?”.

Cuando vamos a la cruz del Calvario, vemos la Ley y la gracia.  Vemos colgado allí a Cristo, quien sufrió la condenación de la Ley al cargar sobre sí los pecados de todo el mundo.  Vemos a Cristo condenado por nuestras transgresiones de la Ley. Lo vemos sudando grandes gotas de sangre en el Getsemaní; lo vemos transitando la Vía Dolorosa hasta el Gólgota.  Lo vemos sangrando profusamente de su cabeza, su espalda, su costado, sus manos y sus pies. 

Lo oímos clamar con angustia “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Lo vemos colgado desnudo entre el cielo y la tierra, sufriendo el escarnio de los que vino a salvar, “¿Por qué, Señor, por qué?” y el responde: “Tus pecados (transgresiones de la Ley) han sido colocados sobre mí y la paga de ellos es la muerte”.

En el Calvario vemos la Ley que condenó a Cristo por nuestros pecados y vemos también la gracia, pues Cristo pagó la deuda en mi lugar.  Al venir al Calvario debemos sentir amor y odio.  Odio hacia el pecado que colocó a Cristo en la cruz y amor por el Salvador que sufrió en mi lugar.  Mientras más nos acercamos a la cruz, más aborrecemos el pecado y más amamos a Cristo. Nadie puede amar el pecado y a Cristo a la misma vez.

Nadie puede amar a Cristo y aborrecer la Ley.  Una visión constante de la cruz me llevará a apartarme del pecado que  clavó a Cristo allí. El amor que se manifestó en la cruz despierta amor en mi corazón.  La cruz es como un poderoso imán (ver Juan 12:30-33) que nos atrae a Cristo y nos induce a amarle. Al venir a la cruz debo decir: “Señor Jesús, te amo pero odio el pecado por lo que te hizo”  Una visión constante de la cruz nos mostrará  el carácter perverso del pecado y el amor inmarcesible de Cristo.  Mientras más nos acerquemos a Cristo, más aborreceremos el pecado y más lo amaremos a El.

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 50-

COMO SOMOS SALVOS –parte 17-

LA CRUZ Y LA LEY-parte 1-

En la Biblia se mencionan dos montes que guardan una relación estrecha con nuestra salvación. El primero de ellos es el monte Sinaí (el monte de la Ley) y el segundo es el monte Calvario (el monte de la gracia).  A muchos les encanta hablar del monte Calvario (el monte de la gracia), pero no les gusta que se diga nada en cuanto al monte Sinaí (el monte de la Ley).  ¿Por qué es así?

En el monte Sinaí Dios reveló su Ley (ver Éxodo 19 y 20). Como ya hemos visto, esta Ley condena el pecado y como todos hemos pecado, estamos todos bajo condenación. Toda la raza humana está bajo sentencia de muerte por desobedecer la Ley del monte Sinaí.  Esa Ley no nos puede perdonar ni cambiar, pero si nos puede mostrar que necesitamos el perdón y la gracia. Nadie puede hablar de la gracia sin hablar al mismo tiempo de la Ley. Ilustremos este punto.

Supongamos que cierto día alguien va a visitar al médico de familia para que le haga el examen físico anual.  Al hacerle varios análisis, descubre que tiene cáncer.  Obviamente el médico no tiene la culpa de su cáncer por haberlo  detectado; más bien le está haciendo un favor al detectarlo, pues ahora va a buscar a un oncólogo que puede curar su terrible enfermedad.

En efecto, el médico le dice: “Yo no puedo curar su cáncer, pues soy experto tan sólo en detectarlo; pero conozco a un médico que no ha perdido ni un solo caso.  Ha curado el 100% de los pacientes que han ido a él”.

Si esa persona no supiera que tiene cáncer, no buscaría a quien lo sanara. Sería ridículo que dijera: “El médico tiene la culpa del cáncer por haberlo detectado. Ahora tiene que deshacerse del médico y se arreglará el problema” El problema no es el médico sino la enfermedad. El médico es bueno pero el cáncer es malo. Hay que conseguir quien sane el cáncer, no quien se deshaga del médico.

Asimismo, cada ser humano padece del cáncer del pecado.  Es la Ley de Dios la que trae a luz nuestro pecado y nos muestra la necesidad que tenemos de sanidad.  Si no fuera por la Ley, no sabríamos que estamos enfermos y no buscaríamos una cura. La Ley no es mala por revelar nuestro pecado. Deshacerse de la Ley no resuelve absolutamente nada. 

No es la Ley la que necesita arreglo sino nosotros.  Sin embargo, muchos cristianos creen que clavando la Ley en la cruz resuelven el problema del pecado.

Nadie puede hablar de la gracia sin hablar de la Ley.  La Ley detecta nuestro pecado y nos manda a Cristo, el gran Salvador.  La Ley es el ayo que nos conduce a Cristo (ver  Gálatas 3:19, 24). Si no fuera por la Ley no sabríamos que necesitamos la gracia.  ¡Anular la  Ley es anular la gracia!

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 48-

COMO SOMOS SALVOS –parte 15-

LA FE Y LAS OBRAS –parte 2-

“Porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados” (Romanos 2:13). El apóstol Pablo declara en repetidas ocasiones que la salvación es por la fe, pero luego dice que seremos juzgados por nuestras obras (Romanos 2:6). Si soy salvo por la fe, ¿no sería lógico que Dios me juzgara también por la fe?

Pero el panorama se complica aún más cuando el apóstol Pablo nos dice que Abrahán fue justificado por la fe (Romanos 4:3) y Santiago declara que fue justificado por las obras (Santiago 2:21), y que “el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24).

¿Cómo reconciliamos estas aparentes discrepancias en el testimonio bíblico en cuanto a la fe y las obras? Creo que la respuesta se halla en Efesios 2:8-10, en donde el apóstol Pablo emplea tres palabras claves: gracia, fe y obras.  Citemos los versículos 8-9; “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y ésto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Muchos cristianos dejan de leer en el versículo 9 y llegan a la conclusión de que Dios no exige buenas obras.  Pero leamos el “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

La gracia es la mano de Dios que se extiende al hombre y la fe es la mano del hombre que se extiende en respuesta a Dios.   Cuando la mano de la fe se aferra de la mano de la gracia, habrá buenas obras.  Pero éstas han sido preparadas por Dios para que andemos en ellas.  Por haber nacido de nuevo en Cristo, El hace las obras en nosotros.

Pablo y Santiago NO se contradicen, simplemente están luchando contra dos diferentes enemigos del Evangelio.  Pablo les escribe a los judíos, quienes creían que si se portaban bien Dios los tenía que salvar. Las “obras de la ley” que menciona Pablo son malas porque se hacen para ganar méritos ante Dios.  Pablo se enfrentó a aquellos que dicen ¿si guardo la Ley, Dios me va a salvar”.

Pero Santiago se enfrentó a otro enemigo mortal del Evangelio de Cristo. Según parece, algunos cristianos –como sucede también hoy día- habían tergiversado  la teología de Pablo y decían que como eran salvos por fe, las obras no tenían ninguna importancia; decían que tenían fe, pero entraban a la iglesia cuellierguidos e ignoraban las obras de caridad a favor de los necesitados (Ver Santiago 2:14-16). 

Las obras para Santiago son aquellas que vienen como fruto de la salvación. Si Pablo y Santiago vivieran hoy,  Pablo diría: “Por gracia sois salvos por medio de la fe”, Santiago respondería “por una fe que obra”.

Las obras son la evidencia de una fe genuina, son el fruto de la salvación. Las obras no nos salvan, pero si revelan que hemos sido salvos.  La fe sin obras es muerta; una fe viva producirá buenas obras. Por eso es que somos salvos por la fe, pero seremos juzgados por obras.  En el juicio las obras demostrarán si nuestra fe es genuina.

La fe y las obras son como los remos de un bote: se necesitan los dos para avanzar en línea recta en la vida cristiana. La fe es el poder que impulsa nuestra vida espiritual y las obras vienen como resultado. 

-Continúa en parte 49-

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 47-

COMO SOMOS SALVOS –parte 14-

DEBEMOS PASAR TIEMPO CON CRISTO-parte 2-

Algunos cristianos se preguntan por qué sufren una derrota tras otra en  su vida espiritual.  Tal vez la razón principal se halle en la forma como emplean su mente. Ilustremos ésto. Si una persona permite que su mente se espacie en las telenovelas, ¿cómo  será esa persona? Las telenovelas enfatizan el adulterio, la mentira, las sospechas, la deshonestidad y todo lo que condena la Palabra de Dios.

Cuando una persona ve estas cosas, su mente se adapta a ellas y se corrompe. Pero cuando estudia la Biblia, ésta reprende las inclinaciones inicuas del corazón y tiene poder transformador. Desenmascara los deseos del corazón pecaminoso y nos manda a Cristo para recibir sanidad.

La mente se adapta a aquello sobre lo que se le permite concentrarse. Si dedicamos nuestro tiempo para ver y oír lo que es vil, nuestra vida reflejara vileza. Pero si dedicamos nuestro tiempo para concentrarnos en lo que es puro y santo, nuestra vida será pura y santa.  Como el hombre piensa en su corazón, así es él.

En cierta ocasión los discípulos se hallaban en un bote sobre el mar de Galilea.  El mar estaba agitado y los discípulos se atemorizaron. De repente apareció un personaje que caminaba sobre las aguas. Los discípulos se llenaron de terror pues creían estar viendo a un fantasma (Mateo 14:26).  Cuando Jesús les dijo:“¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!“ (Mateo 14:27), el apóstol Pedro le pidió a Jesús que le permitiera andar sobre las aguas y Jesús consintió con su pedido. 

Mientras Pedro mantuvo sus ojos fijos en Jesús todo estuvo bien, pero cuando los apartó del Maestro y los puso en las olas y el viento y tal vez sobre sus compañeros, se empezó a hundir. Esta historia nos enseña una gran lección en cuanto a la victoria sobre el pecado.  Cuando quitamos nuestra vista de Jesús aún por un instante, nos hundimos en el mar del pecado, pero con los ojos fijos en El, haremos lo imposible.

La única esperanza de vencer el pecado se halla en mantener los ojos fijos en Jesús.  Por ésto el libro de Hebreos nos insta a despojarnos “de todo el peso y del pecado que nos asedia” y a correr “con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1-2)

LA FE Y LAS OBRAS –parte 1-

Muchos se sienten inquietos cuando se les habla de la victoria sobre el pecado.  Anhelan a Cristo como Salvador pero no como Señor.  Afirman con audacia: “Soy salvo por gracia y mis obras nada tienen que ver con mi salvación”.  Estas personas quieren seguir viviendo como siempre lo han hecho y disfrutar al mismo tiempo de la seguridad de la salvación.  Esto nos trae al tema de la fe y las obras.

El testimonio bíblico parece ser contradictorio en materia de fe y obras. El apóstol Pablo afirma categóricamente: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28), pero el mismo apóstol dice:

“Porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados (Romanos 2:13).

Continúa en parte 48

 

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 40-

COMO SOMOS SALVOS –parte 7-

EL BAUTISMO Y EL PERDÓN –parte 2-

Es importante que nos bauticemos como Dios dice. La Biblia afirma que el bautismo debe ser por inmersión.  Hay varios pasajes que indican claramente ésto:

1.       Romanos 6:4 dice que el bautismo debe ser como una sepultura. Obviamente el bautismo por aspersión o infusión NO cumple con este requisito.

2.       Juan 3:23 dice que Juan el Bautista bautizaba en Enón “porque había allí muchas aguas”; concluimos entonces, que si el bautismo fuera por aspersión no se necesitaría mucha agua.

3.       Marcos 1:9-11 afirma que Jesús entró y salió del agua cuando fue bautizado.

4.        Cuando el eunuco etíope fue bautizado por Felipe ambos descendieron al agua y subieron de ella (Hechos 8:38-39).  El vocablo “bautismo” viene de la palabra griega “baptizo” y significa “sumergir”, “meter debajo del agua”.

También es importante bautizarnos cuando Dios lo dice. La Biblia afirma que para uno bautizarse debe recibir instrucción (Mateo 28:18-19), debe creer (Marcos 16:16), debe arrepentirse (Hechos 2:38), y debe confesar sus pecados (Mateo 3:6).  Un infante NO puede cumplir ninguno de estos requisitos.  No hay un solo caso en la Biblia donde un bebé haya sido bautizado.  Los relatos bíblicos de personas que se bautizaron enfatizan que eran adultos. Como ejemplos tenemos a los que venían a Juan el Bautista (Mateo 3:5-6), el eunuco etíope (Hechos  8:38-39), el carcelero de Filipos (Hechos 16:31-32), el apóstol Pablo (Hechos 22:16) y Jesús, nuestro gran ejemplo (Marcos 1:9-11).

Una hermosa ilustración de las bendiciones del bautismo la hallamos en la historia de Naamán, el general de los ejércitos de Siria (ver 2 Reyes 5).  Este hombre era muy poderoso pero tenía lepra.  Un día fue a ver a Eliseo albergando la esperanza de que el profeta pudiera salvarlo. Trajo consigo muchas riquezas para comprar su sanidad. Cuando llegó a la casa del profeta fue humillado en gran manera.  Primero, Eliseo no salió a verlo sino que mandó a su criado a preguntarle que quería y luego lo insultó aún más mandándolo a sumergirse siete veces en el rio Jordán. 

Naamán no quería cumplir las condiciones que había puesto Eliseo.  Sólo deseaba que el profeta dijera la palabra y quedar sano inmediatamente. Muy enojado ante esta humillación, Naamán se fue, pero sus siervos lo convencieron de que hiciera lo que el profeta le había dicho. Finalmente decidió hacerlo. Se sumergió siete veces  y cuando salió del agua la séptima vez, “su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” (2 Reyes 5:14).

Así es con la lepra del pecado.  Si abatimos nuestro orgullo y nos bautizamos, quedaremos limpios de nuestros pecados.  Ya no somos reos de la muerte sino herederos de la vida eterna.

El apóstol Pablo, hablando del perdón, dice “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo…Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 5:1; 8:1).

Cuando Adán y Eva salieron de las manos de su Creador, estaban desnudos. Aunque no tenían vestiduras artificiales, los cubría la gloria de Dios (Génesis 2:25); pero cuando pecaron, quedaron destituidos de esa gloria (Romanos 3:23)  y se vieron en la vergüenza de su desnudez (Génesis 3:8-10). En la Biblia las vestiduras representan justicia y la desnudez, el pecado (Génesis 3:11).

Adán y Eva habían quedado destituidos de la justicia de Dios y merecían la muerte. Para tratar de cubrir su desnudez, se hicieron unos delantales de hojas de higuera (Génesis 3:7) y se escondieron de Dios.  Pero Dios los buscó, les quitó los delantales que ellos mismos habían fabricados y les dio túnicas de pieles confeccionadas por El mismo (Génesis 3:21).  Ahora bien, para hacer estas túnicas de piel era necesario que muriera un animal. La muerte de ese animal permitió cubrir la desnudez del hombre.

En esta hermosa figura Dios estaba ilustrando como iba a salvar al hombre.  Jesús, el Cordero de Dios, tenía que morir para quitar el pecado del mundo (Juan 1:29) y cubrir al hombre con su justicia perfecta.  Cuantas veces sucede que el hombre procura resolver el  problema del pecado en su propia manera, por sus propios esfuerzos.

Pero sólo hay una forma en que el hombre puede ser salvo. El Cordero de Dios murió para cubrir la vergüenza de nuestra desnudez espiritual. ¡He aquí la única solución al problema del pecado!

EL NUEVO NACIMIENTO

Continúa en parte 41

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 39-

COMO SOMOS SALVOS –parte 6-

EL BAUTISMO Y EL PERDÓN –parte 1-

Pero, ¿Cómo puedo venir a Cristo? ¿Cómo puedo recibir el perdón por la inmensa deuda de pecado que he acumulado? La provisión está allí pero, ¿cómo puedo beneficiarme con ella? La respuesta está en Romanos 6:3-4. Citemos estos versículos y luego hagamos algunos comentarios: “O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo”.

Según el pasaje, cuando escojo bautizarme, Dios me considera muerto y sepultado con Cristo.  No muero como Cristo, sino que ante la vista de Dios muero con El.

Ya los pecados no son míos sino de El.  Ya no tengo que morir, pues en el bautismo morí con El. He ido al Banco del Universo para que Cristo salde mi deuda.  Ante la vista de Dios, yo he muerto con El por medio del bautismo.  Mis pecados han quedado totalmente pagos. Por ésto el apóstol Pedro dijo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para el perdón de los pecados…” (Hechos 2:38).

Supongamos que un día estoy andando en mi automóvil a 65 millas por hora, cuando el límite en esa zona es de sólo 30.  Una patrulla me para; viene el policía a mi ventana y me dice “Señor, usted viajaba a 65 millas por hora en una zona de 30, por lo tanto le voy a dar una multa”.  Creo que todos estarían de acuerdo en que yo merezco esta multa pues he violado la ley.  Pero yo le digo al policía: “Señor, yo estoy arrepentido por lo que he hecho, ¿no podría perdonarme la multa?” El policía me responde: “Señor, usted ha quebrantado la ley y según esa ley debe recibir una multa. 

Yo no le puedo perdonar la deuda porque la ley exige que se le castigue”. Obviamente el policía tiene razón.  La ley ha sido violada y exige un castigo.  Vayamos un poquito más allá. Supongamos  que el policía me diga: “Usted está triste por lo que ha hecho? ¿Reconoce su culpa y que merece el castigo?” Yo le respondo: “Si señor”. “Entonces voy a hacer algo”, dice el policía, “la multa tiene que pagarse pero veo que está arrepentido y reconoce su falta. Iré a la jefatura y pagaré la multa en su lugar”. Sería ridículo que yo dijera: “No, señor, yo quiero parar mi propia multa”. Yo creo que toda persona aceptaría esta oferta ¿verdad?

Nosotros hemos violado la Ley de Dios y el castigo no es una multa sino la muerte. Jesús no puede ignorar mi pecado ni puede perdonarme sin que se haya hecho el pago correspondiente. Cuando manifiesto tristeza por el pecado y confieso mi culpa, Cristo ofrece poner su muerte en mi cuenta. El bautismo marca el momento en que acepto el pago que hizo Cristo en mi lugar. Es decir, si rehusó bautizarme, estoy rechazando el pago que ofrece Cristo por mis pecados.

El perdón que da Dios en el bautismo es pleno y completo. Echa nuestros pecados en el fondo del mar (Miqueas 7:19), los desvanece como la neblina (Isaías 44:22), los hace alejar de nosotros tanto como el oriente está lejos del occidente (Salmo 103:12), los borra de nuestra cuenta (Isaías 43:25).  Dios nos mira como si nunca hubiéramos pecado.  El apóstol Pablo afirma que “el que ha muerto [al pecado], ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:7).

Es importante que nos bauticemos como Dios dice. La Biblia afirma que el bautismo debe ser por inmersión.  Hay varios pasajes que indican claramente ésto:

Continúa en parte 40

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 37-

COMO SOMOS SALVOS –parte 4-

EL INOCENTE SUFRE POR LOS CULPABLES-parte 1-

El pueblo de Israel acababa de salir de la esclavitud en Egipto. Vieron como Dios abrió el mar Rojo para que pasaran en tierra seca y como las aguas enfurecidas se tragaron a sus enemigos (Éxodo 14 y 15). Dios luego hizo llover pan del cielo, milagro que se realizó todos los días menos los sábados por 40 años (Éxodo 16). Inmediatamente después de estos milagros, el pueblo de Israel comenzó a altercar con Moisés y a murmurar contra Dios porque no había agua (Éxodo 17). 

Dios le dijo a Moisés que reuniera al pueblo delante de la peña de Horeb y que tomara en su mano la misma vara con que había herido el mar Rojo (Éxodo 17:5). Cristo prometió estar delante del pueblo sobre la peña de Horeb (17:6).  Con nuestra imaginación volvamos a la escena. El pueblo se halla delante de la peña y Moisés levanta su vara. La misma que había traído las plagas sobre Egipto y abierto y cerrado el mar Rojo. El pueblo se estremece.  Temen que va a caer sobre ellos el castigo de Dios. Pero cuando la vara cae, no es sobre el pueblo sino sobre la peña. De repente fluyen aguas refrescantes de la roca para saciar la sed del pueblo.

¿Qué significado tiene para nosotros este episodio? En 1 Corintios 10:4 el apóstol Pablo nos asegura que la Roca es símbolo de Cristo. Pero ¿y la vara? La vara representa castigo o juicio. En Proverbios 23:13-14 el sabio Salomón nos dice: “No rehúses corregir al muchacho; porque si lo castigas con vara no morirá. Lo castigarás con vara, y librarás su alma del Seol”.

Ahora relacionemos los símbolos. La vara del castigo divino debía caer sobre el pueblo por su pecado, pero en lugar de que sufriera el pueblo, la vara del castigo cayó sobre la roca.  Es decir, la roca sufrió el castigo que debía caer sobre el pueblo.

En la profecía mesiánica de Isaías 53:4-5 hallamos la explicación divina de este episodio: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. ¡Gloriosa verdad! Jesús, el inocente, sufrió el castigo de los culpables.

En otra ocasión el pueblo de Israel murmuraba de nuevo. ¿Por qué? Esta vez porque estaban cansados de comer pan del cielo (Números 21:5). De repente empezaron a salir serpientes venenosas de todas partes y atacaron al pueblo y como resultado murieron muchos. El pueblo contrito y humillado confesó su gran pecado a Dios y rogó que quitara las serpientes de su medio (vers.7).

Pero Dios respondió de otro modo. Le pidió a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la colocara en un asta. Luego todos los que habían sido mordidos debían mirar a esta serpiente de bronce. Moisés como siempre, obedeció la orden de Dios. Leamos el final de la historia en Números 21:9: “Y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía”. Esta historia se explica en San Juan 3:14-15:

Continúa en parte 38

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 34-

COMO SOMOS SALVOS –parte 1-

“Más ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”  (Romanos 6:22-23).

RECONOCER NUESTRA CONDICIÓN -parte 1-

El primer paso en la salvación es reconocer que somos pecadores.  El apóstol Pablo describe la condición deplorable de la humanidad; “No hay justo, ni aún uno…Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno…Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”… (Romanos 3:10, 12, 23).

Según Job 25:6, los seres humanos son como gusanos.  Desde el momento que nacemos nos extraviamos de Dios pues recibimos de nuestros padres una naturaleza pecaminosa, inclinada hacia el mal.  Por ésto nuestras obras jamás pueden recomendarnos a Dios, porque son malas. De un corazón malo fluyen obras malas.

Lo que nos da conciencia de nuestros pecados es la LEY de DIOS. “Por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). Algunos cristianos piensan que la Ley fue abolida en la cruz, pero ésto es imposible pues si no hubiese Ley, no podría existir el pecado. 

Dice el apóstol Pablo: “Donde no hay ley, tampoco hay transgresión” (Romanos 4:15). El mismo apóstol también dice: “Yo no conocí el pecado sino por la ley: porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás” (Romanos 7:7).  El apóstol Juan define categóricamente lo que es el pecado:

“Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

La Ley no es un código muerto, escrito en tablas de piedra.  La Ley es espiritual (Romanos 7:14) y discierne no solo nuestras malas acciones sino los pensamientos e intenciones de nuestro corazón (Hebreos 4:12-13).  No sólo condena el adulterio como acción sino  como pensamiento. No sólo condena la acción del asesinato sino la ira contra nuestro hermano (Mateo 5:21-22, 27-28).

La Ley es como un espejo (Santiago 1:23).  Cuando nos levantamos por la mañana y nos miramos en el espejo éste nos dice exactamente como nos vemos. Si estamos despeinados y necesitamos lavarnos la cara, el espejo nos lo dice. No miente ni esconde nuestros defectos. Así es la Ley de Dios. Siendo “santa, justa y buena”, reprende todo lo que no está en armonía con sus principios.

La Ley es un reflejo de quien es Dios. Por eso la Biblia describe la Ley y el carácter de Dios con terminología similar.

Veamos los siguientes textos que muestran la correspondencia entre Dios y la Ley:

DIOS

Dios es Espíritu (Juan 4:24). 

Dios es amor (1 Juan 4:8).

Dios es verdad (Salmo 31:5, Isaías 65:16; Juan 14:6).

Dios es justo (Salmo 145:17; 1 Corintios 1:30).

Dios es santo (Levítico 11:44; Isaías 6:3).   

Dios es perfecto (Mateo 5:48).

Dios es eterno (Habacuc 1:12; Génesis 21:33).

Dios es puro (1 Juan 3:3).

Dios no cambia (Malaquías 3:6; Santiago 1:17).

LEY

La Ley es espiritual (Romanos 7:14).

La Ley es amor (Mateo 22:36-40; Romanos 13:9-10).

La Ley es verdad (Salmo 119:142, 151).    

La Ley es justa (Salmo 119:172; Romanos 7:12).

La Ley es santa (Romanos 7:12).

La Ley es perfecta (Salmo 19:7).

La Ley es eterna (Salmo 119:152).

La Ley es pura (Salmo 19:8).

La Ley no cambia (Mateo 5:18; Salmo 89:34).

-Continúa en parte 35-

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