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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 40-

COMO SOMOS SALVOS –parte 7-

EL BAUTISMO Y EL PERDÓN –parte 2-

Es importante que nos bauticemos como Dios dice. La Biblia afirma que el bautismo debe ser por inmersión.  Hay varios pasajes que indican claramente ésto:

1.       Romanos 6:4 dice que el bautismo debe ser como una sepultura. Obviamente el bautismo por aspersión o infusión NO cumple con este requisito.

2.       Juan 3:23 dice que Juan el Bautista bautizaba en Enón “porque había allí muchas aguas”; concluimos entonces, que si el bautismo fuera por aspersión no se necesitaría mucha agua.

3.       Marcos 1:9-11 afirma que Jesús entró y salió del agua cuando fue bautizado.

4.        Cuando el eunuco etíope fue bautizado por Felipe ambos descendieron al agua y subieron de ella (Hechos 8:38-39).  El vocablo “bautismo” viene de la palabra griega “baptizo” y significa “sumergir”, “meter debajo del agua”.

También es importante bautizarnos cuando Dios lo dice. La Biblia afirma que para uno bautizarse debe recibir instrucción (Mateo 28:18-19), debe creer (Marcos 16:16), debe arrepentirse (Hechos 2:38), y debe confesar sus pecados (Mateo 3:6).  Un infante NO puede cumplir ninguno de estos requisitos.  No hay un solo caso en la Biblia donde un bebé haya sido bautizado.  Los relatos bíblicos de personas que se bautizaron enfatizan que eran adultos. Como ejemplos tenemos a los que venían a Juan el Bautista (Mateo 3:5-6), el eunuco etíope (Hechos  8:38-39), el carcelero de Filipos (Hechos 16:31-32), el apóstol Pablo (Hechos 22:16) y Jesús, nuestro gran ejemplo (Marcos 1:9-11).

Una hermosa ilustración de las bendiciones del bautismo la hallamos en la historia de Naamán, el general de los ejércitos de Siria (ver 2 Reyes 5).  Este hombre era muy poderoso pero tenía lepra.  Un día fue a ver a Eliseo albergando la esperanza de que el profeta pudiera salvarlo. Trajo consigo muchas riquezas para comprar su sanidad. Cuando llegó a la casa del profeta fue humillado en gran manera.  Primero, Eliseo no salió a verlo sino que mandó a su criado a preguntarle que quería y luego lo insultó aún más mandándolo a sumergirse siete veces en el rio Jordán. 

Naamán no quería cumplir las condiciones que había puesto Eliseo.  Sólo deseaba que el profeta dijera la palabra y quedar sano inmediatamente. Muy enojado ante esta humillación, Naamán se fue, pero sus siervos lo convencieron de que hiciera lo que el profeta le había dicho. Finalmente decidió hacerlo. Se sumergió siete veces  y cuando salió del agua la séptima vez, “su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” (2 Reyes 5:14).

Así es con la lepra del pecado.  Si abatimos nuestro orgullo y nos bautizamos, quedaremos limpios de nuestros pecados.  Ya no somos reos de la muerte sino herederos de la vida eterna.

El apóstol Pablo, hablando del perdón, dice “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo…Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 5:1; 8:1).

Cuando Adán y Eva salieron de las manos de su Creador, estaban desnudos. Aunque no tenían vestiduras artificiales, los cubría la gloria de Dios (Génesis 2:25); pero cuando pecaron, quedaron destituidos de esa gloria (Romanos 3:23)  y se vieron en la vergüenza de su desnudez (Génesis 3:8-10). En la Biblia las vestiduras representan justicia y la desnudez, el pecado (Génesis 3:11).

Adán y Eva habían quedado destituidos de la justicia de Dios y merecían la muerte. Para tratar de cubrir su desnudez, se hicieron unos delantales de hojas de higuera (Génesis 3:7) y se escondieron de Dios.  Pero Dios los buscó, les quitó los delantales que ellos mismos habían fabricados y les dio túnicas de pieles confeccionadas por El mismo (Génesis 3:21).  Ahora bien, para hacer estas túnicas de piel era necesario que muriera un animal. La muerte de ese animal permitió cubrir la desnudez del hombre.

En esta hermosa figura Dios estaba ilustrando como iba a salvar al hombre.  Jesús, el Cordero de Dios, tenía que morir para quitar el pecado del mundo (Juan 1:29) y cubrir al hombre con su justicia perfecta.  Cuantas veces sucede que el hombre procura resolver el  problema del pecado en su propia manera, por sus propios esfuerzos.

Pero sólo hay una forma en que el hombre puede ser salvo. El Cordero de Dios murió para cubrir la vergüenza de nuestra desnudez espiritual. ¡He aquí la única solución al problema del pecado!

EL NUEVO NACIMIENTO

Continúa en parte 41

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 39-

COMO SOMOS SALVOS –parte 6-

EL BAUTISMO Y EL PERDÓN –parte 1-

Pero, ¿Cómo puedo venir a Cristo? ¿Cómo puedo recibir el perdón por la inmensa deuda de pecado que he acumulado? La provisión está allí pero, ¿cómo puedo beneficiarme con ella? La respuesta está en Romanos 6:3-4. Citemos estos versículos y luego hagamos algunos comentarios: “O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo”.

Según el pasaje, cuando escojo bautizarme, Dios me considera muerto y sepultado con Cristo.  No muero como Cristo, sino que ante la vista de Dios muero con El.

Ya los pecados no son míos sino de El.  Ya no tengo que morir, pues en el bautismo morí con El. He ido al Banco del Universo para que Cristo salde mi deuda.  Ante la vista de Dios, yo he muerto con El por medio del bautismo.  Mis pecados han quedado totalmente pagos. Por ésto el apóstol Pedro dijo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para el perdón de los pecados…” (Hechos 2:38).

Supongamos que un día estoy andando en mi automóvil a 65 millas por hora, cuando el límite en esa zona es de sólo 30.  Una patrulla me para; viene el policía a mi ventana y me dice “Señor, usted viajaba a 65 millas por hora en una zona de 30, por lo tanto le voy a dar una multa”.  Creo que todos estarían de acuerdo en que yo merezco esta multa pues he violado la ley.  Pero yo le digo al policía: “Señor, yo estoy arrepentido por lo que he hecho, ¿no podría perdonarme la multa?” El policía me responde: “Señor, usted ha quebrantado la ley y según esa ley debe recibir una multa. 

Yo no le puedo perdonar la deuda porque la ley exige que se le castigue”. Obviamente el policía tiene razón.  La ley ha sido violada y exige un castigo.  Vayamos un poquito más allá. Supongamos  que el policía me diga: “Usted está triste por lo que ha hecho? ¿Reconoce su culpa y que merece el castigo?” Yo le respondo: “Si señor”. “Entonces voy a hacer algo”, dice el policía, “la multa tiene que pagarse pero veo que está arrepentido y reconoce su falta. Iré a la jefatura y pagaré la multa en su lugar”. Sería ridículo que yo dijera: “No, señor, yo quiero parar mi propia multa”. Yo creo que toda persona aceptaría esta oferta ¿verdad?

Nosotros hemos violado la Ley de Dios y el castigo no es una multa sino la muerte. Jesús no puede ignorar mi pecado ni puede perdonarme sin que se haya hecho el pago correspondiente. Cuando manifiesto tristeza por el pecado y confieso mi culpa, Cristo ofrece poner su muerte en mi cuenta. El bautismo marca el momento en que acepto el pago que hizo Cristo en mi lugar. Es decir, si rehusó bautizarme, estoy rechazando el pago que ofrece Cristo por mis pecados.

El perdón que da Dios en el bautismo es pleno y completo. Echa nuestros pecados en el fondo del mar (Miqueas 7:19), los desvanece como la neblina (Isaías 44:22), los hace alejar de nosotros tanto como el oriente está lejos del occidente (Salmo 103:12), los borra de nuestra cuenta (Isaías 43:25).  Dios nos mira como si nunca hubiéramos pecado.  El apóstol Pablo afirma que “el que ha muerto [al pecado], ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:7).

Es importante que nos bauticemos como Dios dice. La Biblia afirma que el bautismo debe ser por inmersión.  Hay varios pasajes que indican claramente ésto:

Continúa en parte 40

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 38-

COMO SOMOS SALVOS –parte 5-

EL INOCENTE SUFRE POR LOS CULPABLES-parte 2-

Esta historia se explica en San Juan 3:14-15: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”. Con esta sola excepción, la serpiente en la Biblia siempre es símbolo de Satanás y del pecado. ¿Por qué, pues, se emplea la serpiente en esta ocasión como símbolo de Cristo?

La respuesta la hallamos en 2 Corintios 5:21: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”.  Nuevamente vemos que el inocente se hizo culpable para que el culpable pudiera ser declarado inocente. ¡Cristo se hizo pecado para que nosotros pudiéramos vivir!

La muerte de Cristo en la cruz pagó la deuda de todo ser humano que jamás haya vivido sobre la tierra.  Murió por los pecados de todo el mundo (1 Juan 2:2). En la cruz Cristo fue considerado como asesino, adúltero, mentiroso, blasfemo, codicioso, y ladrón, no porque lo era sino porque el Padre colocó sobre El los pecados de toda la raza humana.

Alguno podría pensar que como Cristo pagó la deuda de todos los seres humanos, entonces todos se van a salvar. Pero no es así. ¿Por qué?

Supongamos que un magnate multimillonario establece un banco que llamaremos”El Banco del Universo”, y deposita suficiente dinero para pagar todas las deudas de todos los seres humanos que jamás hayan vivido o vivirán sobre la tierra. Es decir, el banco tiene recursos infinitos.  Se hace un anuncio por todos los medios de comunicación: “Se acaba de abrir el Banco del Universo. Hay suficiente dinero para pagar las deudas de todos los seres humanos. Lo único que tienen que hacer es venir al banco y extraer el dinero necesario para saldar sus deudas”. Triste sería que habiendo recursos para pagar las deudas de cada persona, algunos prefieran quedarse endeudados por no venir al banco.

Cada ser humano ha contraído una deuda que nunca podrá pagar, a no ser con la muerte.  La Ley divina exige perfecta justicia, pero como todos hemos pecado nos es imposible pagarle a la Ley lo que exige. Cuando quebrantamos la Ley, ella nos dice: “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).

¡Pero hay buenas noticias! Cuando Cristo murió, cargó con la deuda de todos.  Pagó lo que la Ley, es decir, Dios, exigía. Hizo un depósito en el Banco del Universo más que suficiente para saldar la deuda de todos los seres humanos.  Pero aunque hay recursos infinitos en el Banco del Universo, sólo los que vengan a Cristo se beneficiarán. Lo más triste es que habiendo todos estos recursos, algunos pecadores rehúsan venir al banco y prefieren quedarse con su deuda de muerte.

El sacrificio de Cristo fue suficiente para pagar la deuda de cada pecador, pero sólo los que vengan a El se beneficiarán. En el desierto la roca fue golpeada por los pecados del pueblo, pero ellos debían beber. La serpiente en el asta llevó los pecados del pueblo, pero ellos debían mirar. No era suficiente golpear la roca o levantar la serpiente, el pueblo tenía que responder.

EL BAUTISMO Y EL PERDON

Continúa en parte 39

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 37-

COMO SOMOS SALVOS –parte 4-

EL INOCENTE SUFRE POR LOS CULPABLES-parte 1-

El pueblo de Israel acababa de salir de la esclavitud en Egipto. Vieron como Dios abrió el mar Rojo para que pasaran en tierra seca y como las aguas enfurecidas se tragaron a sus enemigos (Éxodo 14 y 15). Dios luego hizo llover pan del cielo, milagro que se realizó todos los días menos los sábados por 40 años (Éxodo 16). Inmediatamente después de estos milagros, el pueblo de Israel comenzó a altercar con Moisés y a murmurar contra Dios porque no había agua (Éxodo 17). 

Dios le dijo a Moisés que reuniera al pueblo delante de la peña de Horeb y que tomara en su mano la misma vara con que había herido el mar Rojo (Éxodo 17:5). Cristo prometió estar delante del pueblo sobre la peña de Horeb (17:6).  Con nuestra imaginación volvamos a la escena. El pueblo se halla delante de la peña y Moisés levanta su vara. La misma que había traído las plagas sobre Egipto y abierto y cerrado el mar Rojo. El pueblo se estremece.  Temen que va a caer sobre ellos el castigo de Dios. Pero cuando la vara cae, no es sobre el pueblo sino sobre la peña. De repente fluyen aguas refrescantes de la roca para saciar la sed del pueblo.

¿Qué significado tiene para nosotros este episodio? En 1 Corintios 10:4 el apóstol Pablo nos asegura que la Roca es símbolo de Cristo. Pero ¿y la vara? La vara representa castigo o juicio. En Proverbios 23:13-14 el sabio Salomón nos dice: “No rehúses corregir al muchacho; porque si lo castigas con vara no morirá. Lo castigarás con vara, y librarás su alma del Seol”.

Ahora relacionemos los símbolos. La vara del castigo divino debía caer sobre el pueblo por su pecado, pero en lugar de que sufriera el pueblo, la vara del castigo cayó sobre la roca.  Es decir, la roca sufrió el castigo que debía caer sobre el pueblo.

En la profecía mesiánica de Isaías 53:4-5 hallamos la explicación divina de este episodio: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. ¡Gloriosa verdad! Jesús, el inocente, sufrió el castigo de los culpables.

En otra ocasión el pueblo de Israel murmuraba de nuevo. ¿Por qué? Esta vez porque estaban cansados de comer pan del cielo (Números 21:5). De repente empezaron a salir serpientes venenosas de todas partes y atacaron al pueblo y como resultado murieron muchos. El pueblo contrito y humillado confesó su gran pecado a Dios y rogó que quitara las serpientes de su medio (vers.7).

Pero Dios respondió de otro modo. Le pidió a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la colocara en un asta. Luego todos los que habían sido mordidos debían mirar a esta serpiente de bronce. Moisés como siempre, obedeció la orden de Dios. Leamos el final de la historia en Números 21:9: “Y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía”. Esta historia se explica en San Juan 3:14-15:

Continúa en parte 38

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 36-

COMO SOMOS SALVOS –parte 3-

EL ARREPENTIMIENTO Y LA CONFESIÓN 

Desde el mismo comienzo de la historia, Dios ha tomado la iniciativa para salvar al hombre. Cuando Adán y Eva pecaron, se escondieron de Dios entre los árboles del huerto. Fue Dios quien los buscó. “¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9), preguntó.  La voz de Dios procuraba hablar a la conciencia de Adán y Eva para que reconocieran su pecado.  Pero ellos procuraron excusar lo que habían hecho. La mujer le echó la culpa a la serpiente y el hombre le echó la culpa a la mujer (Génesis 3: 12-13). Vemos aquí uno de los más serios frutos del pecado.  En vez de admitir su culpabilidad, Adán y Eva procuraron justificarse.

El verdadero arrepentimiento consiste en admitir sin excusas ni pretextos que hemos pecado contra Dios. Es reconocer que hemos quebrantado la Ley de Dios y que ésto ha traído como resultado separación entre El y nosotros. Es entristecernos por el pecado.  El verdadero arrepentimiento es un don de Dios, impartido por el Espíritu Santo, quien nos redarguye de pecado (Juan 16:8). Dios es quien obra en nosotros el arrepentimiento y nunca podremos lograrlo por nosotros mismos.

Debemos distinguir entre arrepentirse del pecado y admitir el pecado. Es posible admitirlo sin estar arrepentido de él.

Algunos mueren de cáncer al pulmón por haber fumado toda la vida. Cuando están moribundos en el hospital se arrepienten de haber fumado, pero en realidad no están tristes porque creen que fumar es un pecado o porque creen haber contaminado el templo del Espíritu Santo, sino porque van a morir. Se entristecen por las consecuencias que el fumar le ha traído y no por el acto de fumar.

La verdadera tristeza por el pecado se manifiesta en la confesión.  En el arrepentimiento reconocemos que hemos pecado y en la confesión lo admitimos. Dios promete: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).  Dios ha dicho que todos hemos pecado. Si digo que no he pecado, ¡estoy afirmando que Dios es mentiroso! El sabio Salomón escribió: “El que encubre sus pecados no prosperará; más el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia (Proverbios 28:13).

Podemos ver como este último versículo se ejemplifica en el contraste entre Acán y David. Ambos cometieron actos terribles.  David mandó matar a Urías heteo para poder quedarse con su esposa (vea 2 Samuel 11). Acán codició y robó lo que Dios había prohibido (Vea Josué 7). Sin embargo Acán fue apedreado y David fue perdonado.  A primera vista esto parece injusto. Da la impresión que Dios hace acepción de personas. Pero no es así.  Acán se vio obligado a admitir lo que había hecho. Se le dieron muchas oportunidades para que se arrepintiera y confesara su pecado, pero no lo hizo.

Cuan diferente fue el caso de David. Cuando Dios por medio del profeta Natán, trajo a la luz el pecado de David, se despertó la conciencia del rey. Oía retumbar en sus oídos los mandamientos “No mataras”, “No cometerás adulterio».  David reconoció la gravedad de su pecado y se arrepintió.  Su arrepentimiento y confesión se hallan registrados en el Salmo 51. Citemos algunos versículos “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado esta siempre delante de mí.  Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos…Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades” (Salmo 51: 3-4-, 9).

Pero David no sólo pidió perdón por lo que había hecho.  Anhelaba un corazón limpio que le permitiese apartarse del pecado. En el mismo salmo le ruega a Dios:

“Purifícame con hisopo, y seré limpio, lávame, y seré más blanco que la nieve…Crea en mí, oh Dios un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mi” (Salmo 51: 7, 10).

El verdadero arrepentimiento no sólo nos lleva a confesar el pecado sino a querer abandonarlo; no sólo anhela el perdón sino la limpieza.

EL INOCENTE SUFRE POR LOS CULPABLES

Continúa en parte 37

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 35-

COMO SOMOS SALVOS –parte 2-

 Como puede verse, la Ley es un reflejo o copia del carácter de Dios. Por eso cuando pecamos no lo estamos haciendo contra unas tablas de piedra, ¡sino contra Dios mismo! El pecado es más que transigir un código.  Un código no habla, ni siente, ni se ofende.  Es contra Dios que pecamos (Salmo 51:4). Es a Dios a quien ofendemos.

Por ejemplo, cuando empleo irreverentemente el nombre de Dios, no estoy ofendiendo al tercer mandamiento, “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano”; (Leer Éxodo 20:3-17) estoy ofendiendo a Dios mismo. El mandamiento meramente me revela en forma escrita el carácter sagrado de su nombre.

El pecado causa separación entre Dios y los seres humanos. El profeta Isaías afirmó: “Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:2).

EL RESULTADO DEL PECADO

La Ley de Dios es exigente y estricta. No admite excusas.  Detesta con minuciosa precisión cada violación de sus principios, por pequeñas que estas sean.  La Ley no puede salvar a ningún ser humano pues su función es detectar el pecado, acusar al culpable y justificar al inocente.

La Ley de Dios es inclemente para con el pecado; por eso el apóstol Pablo nos dice que “la ley produce ira” (Romanos 4:15). No por ésto es mala la Ley. La Ley es buena, el malo es el pecador.  La Ley no es la que debe morir sino el pecador por haber quebrantado sus principios.

La pena por el pecado es la muerte. El apóstol Pablo nos dice, “porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23) y Santiago afirma: “El pecado, siendo consumado, da a luz la muerte’ (Santiago 1:15).

Como ya hemos visto, el pecado nos separa de Dios y separados de Dios, estamos condenados a muerte. Como ramas separadas del tronco, los pecadores separados de Dios no pueden vivir.

ES IMPOSIBLE CAMBIARNOS A NOSOTROS MISMOS

Hemos visto que el primer paso en la salvación es reconocer que somos pecadores. Por medio de la Ley, el Espíritu Santo nos revela el pecado y sus consecuencias. Nos revela nuestra gran necesidad de salvación, pero no nos puede salvar.

El siguiente paso es que debemos reconocer que es imposible que nos cambiemos nosotros mismos.  Leamos lo que Dios nos dice por medio del profeta Jeremías: “Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí” (Jeremías 2:22) “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal”? (Jeremías 13:23).

Por más que nos esforcemos para hacer el bien estamos intentando una imposibilidad. Es como si nos estuviéramos hundiendo en arena movediza: mientras más luchamos, más rápido nos hundimos. La Biblia emplea la lepra como símbolo del pecado. Cuando una persona sospechaba que tenía lepra, debía ir al sacerdote para que la examinara. 

Si el sacerdote declaraba que tenía lepra, el enfermo debía recluirse de la sociedad y esperar una muerte segura. Note que la lepra causaba separación de los seres amados y finalmente conducía a la muerte.  El leproso no podía curarse a sí mismo; sólo un milagro divino podía salvarlo.

La Ley revela nuestra lepra espiritual. Esta lepra también nos separa de Dios y nos lleva finalmente a la muerte.  No podemos curarnos a nosotros mismos del pecado. Nuestra única esperanza de vida está en un milagro divino.

EL ARREPENTIMIENTO Y LA CONFESIÓN  

Continúa en parte 36

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 34-

COMO SOMOS SALVOS –parte 1-

“Más ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”  (Romanos 6:22-23).

RECONOCER NUESTRA CONDICIÓN -parte 1-

El primer paso en la salvación es reconocer que somos pecadores.  El apóstol Pablo describe la condición deplorable de la humanidad; “No hay justo, ni aún uno…Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno…Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”… (Romanos 3:10, 12, 23).

Según Job 25:6, los seres humanos son como gusanos.  Desde el momento que nacemos nos extraviamos de Dios pues recibimos de nuestros padres una naturaleza pecaminosa, inclinada hacia el mal.  Por ésto nuestras obras jamás pueden recomendarnos a Dios, porque son malas. De un corazón malo fluyen obras malas.

Lo que nos da conciencia de nuestros pecados es la LEY de DIOS. “Por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). Algunos cristianos piensan que la Ley fue abolida en la cruz, pero ésto es imposible pues si no hubiese Ley, no podría existir el pecado. 

Dice el apóstol Pablo: “Donde no hay ley, tampoco hay transgresión” (Romanos 4:15). El mismo apóstol también dice: “Yo no conocí el pecado sino por la ley: porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás” (Romanos 7:7).  El apóstol Juan define categóricamente lo que es el pecado:

“Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

La Ley no es un código muerto, escrito en tablas de piedra.  La Ley es espiritual (Romanos 7:14) y discierne no solo nuestras malas acciones sino los pensamientos e intenciones de nuestro corazón (Hebreos 4:12-13).  No sólo condena el adulterio como acción sino  como pensamiento. No sólo condena la acción del asesinato sino la ira contra nuestro hermano (Mateo 5:21-22, 27-28).

La Ley es como un espejo (Santiago 1:23).  Cuando nos levantamos por la mañana y nos miramos en el espejo éste nos dice exactamente como nos vemos. Si estamos despeinados y necesitamos lavarnos la cara, el espejo nos lo dice. No miente ni esconde nuestros defectos. Así es la Ley de Dios. Siendo “santa, justa y buena”, reprende todo lo que no está en armonía con sus principios.

La Ley es un reflejo de quien es Dios. Por eso la Biblia describe la Ley y el carácter de Dios con terminología similar.

Veamos los siguientes textos que muestran la correspondencia entre Dios y la Ley:

DIOS

Dios es Espíritu (Juan 4:24). 

Dios es amor (1 Juan 4:8).

Dios es verdad (Salmo 31:5, Isaías 65:16; Juan 14:6).

Dios es justo (Salmo 145:17; 1 Corintios 1:30).

Dios es santo (Levítico 11:44; Isaías 6:3).   

Dios es perfecto (Mateo 5:48).

Dios es eterno (Habacuc 1:12; Génesis 21:33).

Dios es puro (1 Juan 3:3).

Dios no cambia (Malaquías 3:6; Santiago 1:17).

LEY

La Ley es espiritual (Romanos 7:14).

La Ley es amor (Mateo 22:36-40; Romanos 13:9-10).

La Ley es verdad (Salmo 119:142, 151).    

La Ley es justa (Salmo 119:172; Romanos 7:12).

La Ley es santa (Romanos 7:12).

La Ley es perfecta (Salmo 19:7).

La Ley es eterna (Salmo 119:152).

La Ley es pura (Salmo 19:8).

La Ley no cambia (Mateo 5:18; Salmo 89:34).

-Continúa en parte 35-

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 33-

LOS DOS MISTERIOS -parte 7-

EL MISTERIO DE LA PIEDAD-parte 5-

EL ESCANDALO DE LA CRUZ-continuación-

Jesús reprendió a Pedro: “¡Quítate de delante de mi Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mateo 16:23). Después de este evento, los discípulos quedaron apesadumbrados. Al ver que el Maestro los dirigía hacia Jerusalén, sus corazones se llenaron de negros presentimientos.  Jesús sabía que los discípulos estaban confundidos, que no comprendían como es que el Mesías debía sufrir y morir.

Para infundirles ánimo, Jesús les dijo: “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles…De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino” (Mateo 16:27-28). Jesús les estaba diciendo: “Después del sufrimiento y la humillación, vendrá la exaltación y la gloria”.

Seis días más tarde, Jesús llevó a Pedro, Santiago y Juan a la cumbre de un monte y fue transfigurado en presencia de ellos. Le brillaba el rostro como sol y sus vestidos eran blancos como la luz (Mateo 17:2). Los discípulos vieron a Cristo como aparecerá cuando venga en su reino de gloria. Después de ésto, los discípulos aún no comprendían plenamente la relación entre la humillación de Cristo y su exaltación, pero esta experiencia les dio ánimo para creer que más allá de la humillación de la cruz estaba el reino de gloria.

EL MENSAJE PARA NOSOTROS

Muchos cristianos son como los discípulos.  Esperan con ansias el momento en que Cristo volverá para llevárselos al reino de gloria.  Anhelan reinar con Cristo y disfrutar de las bendiciones de su reino glorioso. Pero en el presente sus corazones están llenos de orgullo y exaltación.  No están dispuestos a cargar su cruz. En vez de servir, quieren ser servidos y desean una corona de gloria sin antes llevar la corona de espinas.  Pero una cosa es cierta, el único camino a la gloria es el de la humillación y el servicio.

El apóstol Pedro afirma: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría” (1 Pedro 4:12-13). También dice: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo” (Pedro 5:5-6).

Dios jamás nos exaltará si antes no permitimos que quebrante nuestro orgullo y deseo de exaltación.  La humanidad no es señal de debilidad sino de verdadera grandeza.

Si queremos reinar con Cristo es nuestro deber invitarlo a entrar en nuestro corazón ahora. Tenemos que ser mansos y humildes como el Maestro de Galilea (Mateo 11:28-29).  Si queremos ir con Dios a la gloria, debemos ahora negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirle (Mateo 16:24).  El espíritu de Cristo debe inundar nuestros corazones ahora, pues Dios no llevará al cielo a aquellos que tengan el espíritu de Lucifer.

Recordemos que en los asuntos de Dios el más pequeño es el más grande, el último es el primero, el que se humilla será exaltado y el que se considera nada es algo. 

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5).

 

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 32-

LOS DOS MISTERIOS -parte 6-

EL MISTERIO DE LA PIEDAD-parte 4-

EL ESCANDALO DE LA CRUZ

Hoy día muchos cristianos se enorgullecen de la cruz, se la cuelgan alrededor del cuello en una cadena y la colocan en las cúpulas de sus iglesias; pero en tiempos pasados no siempre fue fácil confesar que uno era cristiano.  Imagínese lo difícil que era convencer a un pagano que aceptara a un Dios y Salvador que había sido crucificado como un criminal por los romanos.

En la Biblia se presentan dos cuadros de Jesús como rey, y éstos ilustran perfectamente los principios del misterio de la piedad. Un hecho poco reconocido es que cuando Jesús soportó su peor humillación en el huerto del Getsemaní y en la cruz, estaba sufriendo como rey.  La pasión de Cristo en los Evangelios se presenta como su coronación.

Pocos días antes de ser crucificado (Mateo 26:2) Cristo fue ungido por María Magdalena. Esto dio inicio a su proceso de coronación.  Cuando fue arrestado, le colocaron una corona de espinas (Juan 19:2-3). Luego le vistieron de una ropa muy fina de grana y púrpura (Juan 19:2; Marcos 15:17), que son colores reales. Le colocaron en la mano derecha una caña (Mateo 27:29). (Los reyes llevaban el cetro en la mano derecha) Sus escarnecedores le rindieron tributo burlón, como súbditos a un rey (Juan 19:2-3).

Cuando Pilato le preguntó si era rey, Jesús reconoció que lo era (Mateo 27:11) y luego, cuando el mismo Pilato lo introdujo a la turba, dijo: “¡He aquí vuestro rey!” (Juan 19:14-15).  Luego vino la procesión, por la Vía Dolorosa, que lo llevó al lugar donde fue colocado en el trono (Mateo 27:31-33), solo que el trono resultó ser una cruz. Sobre este “trono” se colocó una inscripción en griego, hebreo y latín que identificaba al rey “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”.

Pero, ¿qué clase de rey era éste? La respuesta es que estaba siendo coronado como rey del reino de la humillación y el sufrimiento.  De su humillación dependía nuestra salvación y su exaltación.  La corona de gloria debía ser precedida por la corona de espinas.

Los discípulos no comprendieron el sufrimiento y la muerte de Cristo.  Los últimos eventos de la vida del Maestro prácticamente extinguieron sus esperanzas.  Pero Jesús había procurado explicarles en muchas ocasiones que el único camino a la exaltación es la humillación y el servicio.

Unos seis meses antes de su muerte, Jesús se encontraba en Cesarea de Filipo con sus discípulos.  El Maestro les preguntó quién pensaban ellos que El era. Inmediatamente Pedro respondió: “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16).  Pedro mismo no sabía lo que estaba diciendo, pues esta confesión le fue revelada directamente por el Espíritu Santo. Pedro estaba anunciando que Jesús era el Mesías esperado, pero tenía un concepto equivocado de la misión del Mesías. 

Cuando Jesús anunció que debía ir a Jerusalén a “padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día” (Mateo 16:21), Pedro lo llevó aparte  y lo regañó. Pedro no podía concebir un Mesías humillado y afligido.  El Mesías debía sentarse en un trono glorioso y someter a todos los enemigos debajo de sus pies. Debía gobernar con vara de hierro y exigir que todos le sirvieran.

Continúa en parte 33

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 31-

LOS DOS MISTERIOS -parte 5-

EL MISTERIO DE LA PIEDAD-parte 3-

¿Cómo hemos de relacionar las dos partes del Salmo 22?

Este salmo se comprende a la luz de la experiencia de Cristo. Mateo 23:12 y Filipenses 2:6-11 recalcan el principio de que la humillación y el sufrimiento de Cristo (versículos 1-21) condujeron a su exaltación (versículos 22-31).

¡Qué diferencia tan grande hay entre estos dos misterios! Ciertamente Jesús tuvo razón cuando dijo: “El que se enaltece será humillado y el que humille será enaltecido” (Mateo 23:12).

Muchos, inclusive cristianos, tienen un falso concepto de lo que es la verdadera grandeza.  La verdadera grandeza no se mide por cuan elevada posición podamos alcanzar, cuánto dinero podamos acumular, cuanto poder y fama podamos obtener y cuan inaccesibles lleguemos a ser.  Dios ha revelado por medio de Cristo que la verdadera grandeza se manifiesta en un espíritu de servicio. Cuanto más tengamos, más debemos dar para el bien de los demás; porque mientras más damos, más recibimos.

Jesús podría haberse quedado en el cielo, pues allá tenía la más alta posición, todos los recursos y todo el poder y la gloria.  Por ser tan poderoso podría haberse hecho inaccesible a la humanidad, pero escogió venir a este planeta rebelde para dar su vida por los que tanto lo necesitaban.  Manifestó un espíritu de servicio abnegado. La ley del servicio es la ley de la vida, y la ley del egoísmo es la ley de la muerte.  El que vive para sí, muere para sí.

La naturaleza, aún en su estado pecaminoso revela esta ley del servicio.  Tomemos como ejemplo a los árboles. Estos cumplen varias funciones muy importantes pero no para sí mismos sino para nuestro bien.  Los árboles purifican el aire, dan sombra, producen fruto y madera, todo para beneficio del hombre.

Consideremos el ciclo del agua.  En el invierno caen inmensas cantidades de lluvia o nieve en las montañas.  Estas aguas forman arroyos y los arroyos forman ríos.  Los ríos luego desembocan en los mares y los mares les devuelven de nuevo el agua a las nubes, para luego comenzar el ciclo otra vez.  Cada etapa de este proceso ilustra la ley de servicio. Las nubes dan, los arroyos dan, los ríos dan, los mares dan.  Si en algún momento se interrumpiera este ciclo, todo moriría, inclusive nosotros.

En Israel hay dos mares.  Los dos reciben agua del mismo río, pero cuan diferentes son.  El mar de Galilea burbujea de vida. Las colinas que lo rodean son verdes, con muchos árboles  frutales.  Sus aguas están llenas de peces y los cielos a su alrededor se alegran con los melodiosos trinos de las aves.  Allí pescaron los discípulos de nuestro Señor.  Allí camino Cristo sobre las aguas. Pero al sur del mar de Galilea se halla otro mar.  Se conoce como el mar Muerto, y en verdad le cabe bien el nombre. A su alrededor no hay vegetación. Los cielos guardan silencio y las aguas están totalmente destituidas de vida. ¿Por qué son tan diferentes estos mares? ¿Por qué uno es el mar de la vida y el otro el mar de la muerte? Veamos la razón:

El rio Jordán entra al mar de Galilea por el norte y desemboca en el sur.  Es decir, el mar de Galilea recibe agua por el norte y la da por el sur. Constantemente recibe para dar; y al dar tiene capacidad para recibir más. El mar Muerto también recibe agua del rio Jordán por el norte, pero no la da.  El mar Muerto acapara el agua que recibe y el resultado es la muerte.

Cuanta verdad hay en las palabras de Jesús: “Dad y se os dará…Más bienaventurado es dar que recibir” (Lucas 6:38, Hechos 20:35).  A la vista de Dios, el más grande es el que más sirve a los demás. La verdadera grandeza no consiste en cuan alto podemos ascender sino en cuanto nos rebajamos para servir a nuestros semejantes.

EL ESCANDALO DE LA CRUZ

Continúa en parte 32