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CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 5-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 3-

EL TABERNACULO Y SU CONSTRUCCIÓN-parte 2-

En el primer departamento, o lugar santo, estaban la mesa para los panes de la proposición, el candelero o lámpara y el altar del incienso. La mesa de los panes de la proposición estaba hacia el norte.  Tanto ella como su borde decorado estaban revestidos de oro puro.  Sobre esta mesa los sacerdotes debían poner cada sábado doce panes, arreglados en dos pilas y rociados con incienso.  Por ser santos, los panes que se quitaban debían ser comidos por los sacerdotes.  Al sur estaba el candelero de siete brazos, con sus siete lámparas.  Sus brazos estaban decorados con flores exquisitamente labradas y parecidas a lirios; el conjunto estaba hecho de una pieza sólida de oro. Como no había ventanas en el tabernáculo, las lámparas nunca se extinguían todas al mismo tiempo, sino que ardían día y noche.  Exactamente frente al velo que separaba el lugar santo del santísimo y de la inmediata presencia de Dios, estaba el altar de oro del incienso.  Sobre este altar el sacerdote debía quemar incienso todas las mañanas y todas las tardes; sobre sus cuernos se aplicaba la sangre de la victima de la expiación, y en el gran día de la expiación era rociado con sangre. El fuego que estaba sobre el altar fue encendido por Dios mismo, y se lo cuidaba devotamente. Día y noche, el santo incienso difundía su fragancia por los recintos sagrados del tabernáculo y por sus alrededores.

Más allá del velo interior estaba el lugar santísimo que era el centro del servicio de expiación e intercesión, y constituía el eslabón que unía el cielo y la tierra.  En ese departamento está el arca, que era un cofre de madera de acacia, recubierto de oro por dentro y por fuera, y que tenía un reborde de oro encima.  En el estaban guardadas las tablas de piedra, en las cuales Dios mismo había grabado los Diez Mandamientos.  Por consiguiente, se lo llamaba arca del testamento de Dios, o arca de la alianza, puesto que los Diez Mandamientos eran la base de la alianza hecha entre Dios e Israel.

La cubierta del arca sagrada se llamaba “propiciatorio”.  Estaba hecha de una sola pieza de oro, y encima tenía dos querubines de oro, uno en cada extremo. Un ala de cada ángel se extendía hacia arriba, mientras la otra permanecía plegada sobre el cuerpo (véase Ezeq.1:11) en señal de reverencia y humildad.  La posición de los querubines,  con la cara vuelta el uno hacia el otro y mirando reverentemente hacia abajo sobre el arca, representaba la reverencia con la cual la hueste celestial mira la Ley de Dios y su interés en el plan de redención.

Encima del propiciatorio estaba la “Shekinah”, o manifestación de la divina presencia; y desde en medio de los querubines Dios daba a conocer su voluntad.  Los mensajes divinos eran comunicados a veces al sumo sacerdote mediante una voz que salía de la nube.  Otras veces caía una luz sobre el ángel de la derecha, para indicar aprobación o aceptación o una sombra o nube descansaba sobre el ángel de la izquierda, para revelar desaprobación o rechazamiento.

La Ley de Dios, guardada como reliquia dentro del arca, era la gran regla de la rectitud y del juicio.  Esa ley determinaba la muerte del transgresor; pero encima de la ley estaba el propiciatorio, donde se revelaba la presencia de Dios y desde el cual, en virtud de la expiación, se otorgaba perdón al pecador arrepentido.  Así, en la obra de Cristo a favor de nuestra redención, simbolizada por el servicio del santuario, “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Salmo 85:10).

-Continúa en parte 6-

 

 

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 4-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 2-

Las murmuraciones de los israelitas y cómo Dios castigó sus pecados fueron registrados como advertencia para las futuras generaciones. Y su  devoción, su celo y generosidad, son un ejemplo digno de imitarse.  Todos los que aman el culto a Dios y aprecian la bendición de su santa  presencia, mostrarán el mismo espíritu de sacrificio en la preparación de una casa donde El pueda reunirse con ellos.  Desearán traer al Señor una ofrenda de lo mejor que posean.  La casa que se construya para Dios no debe quedar endeudada, pues con ello Dios será deshonrado.  Debiera darse una cantidad suficiente para llevar a cabo la obra, para que los que la construyen puedan decir, como dijeron los constructores del tabernáculo: “No traigáis más ofrenda”

EL TABERNACULO Y SU CONSTRUCCION -parte 1-

El tabernáculo construido era desarmable, de modo que los israelitas pudieran llevarlo en su peregrinaje. Era por consiguiente pequeño, de sólo cincuenta y cinco pies de largo por diez y ocho de ancho y alto (Aproximadamente 17 m. de largo por 5 m. de ancho y alto).  No  obstante, era una construcción magnifica. La madera que se empleo en el edificio y en sus muebles era de acacia, la menos susceptible al deterioro de todas las que había en el Sinaí. Las paredes consistían  en tablas colocadas verticalmente, fijadas sobre basas de plata y aseguradas por columnas y travesaños; y todo cubierto de oro, lo cual hacia aparecer al edificio como de oro macizo.  El techo estaba formado de cuatro juegos de cortinas, el de más adentro era “de lino torcido, azul, y púrpura, y carmesí: y…querubines de obra primorosa” (Éxodo 26:1); los otros tres eran de pelo de cabras, de cueros de carnero tenidos de rojo y de cueros de tejones, arreglados de tal manera que ofrecían completa protección.

El edificio se dividía en dos secciones mediante una bella y rica cortina, o velo, suspendida de columnas doradas; y una cortina semejante a la anterior cerraba la entrada de la primera sección.  Tanto estos velos como la cubierta interior que formaba el techo, eran de los más magníficos colores, azul, púrpura y escarlata, bellamente combinados, y tenían, recamados con hilos de oro y plata, querubines que representaban la hueste de los ángeles asociados con la obra del santuario celestial, y que son espíritus ministradores del pueblo de Dios en la tierra.

El santo tabernáculo estaba colocado en un espacio abierto llamado atrio, rodeado por cortinas de lino fino que colgaban de columnas de metal.  La entrada a este recinto se hallaba en el extremo oriental.  Estaba cerrada con cortinas de riquísima tela hermosamente trabajada aunque eran inferiores a las del santuario.  Como estas cortinas del atrio alcanzaban sólo a la mitad de la altura de las paredes del tabernáculo, el edificio podía verse perfectamente de afuera.

En el atrio, y cerca de la entrada, se hallaba el altar de bronce del holocausto.  En este altar se consumían todos los sacrificios que debían ofrecerse por medio del fuego al Señor, y sobre sus cuernos se rociaba la sangre expiatoria. Entre el altar y la puerta del tabernáculo estaba la fuente, también de metal. Había sido hecha con los espejos donados voluntariamente por las mujeres de Israel.  En la fuente los sacerdotes debían lavarse las manos y los pies cada vez que entraban en el santo compartimento, o cuando se acercaban al altar para ofrecer un holocausto al Señor.

-Continúa en parte 5-

 

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 3-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 1-

Mientras Moisés estaba en el monte, Dios le ordenó: “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” (Éxodo 25:8); y les dio instrucciones completas para la construcción del tabernáculo.  A causa de su apostasía, los israelitas habían perdido el derecho a la bendición de la presencia divina, y por el momento hicieron imposible la construcción del santuario de Dios entre ellos.  Pero después que le fuera devuelto el favor del Cielo, el gran caudillo procedió a ejecutar la orden divina.

Ciertos hombres escogidos fueron especialmente dotados por Dios con habilidad y sabiduría para la construcción del sagrado edificio.  Dios mismo le dio a Moisés el plano con instrucciones detalladas acerca del tamaño y la forma, así como de los materiales que debían emplearse y de todos los objetos y muebles que había de contener. Los dos lugares santos hechos a mano, habían de ser “figura del verdadero”, “figuras de las cosas celestiales” (Hebreos 9:24, 23), es decir, una representación, en miniatura, del templo celestial donde Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, después de ofrecer su vida como sacrificio, habría de interceder a favor de los pecadores. Dios presentó ante Moisés en el monte una visión del santuario celestial, y le ordenó que hiciera todas las cosas de acuerdo con el modelo que se le había mostrado. Todas estas instrucciones fueron escritas cuidadosamente por Moisés, quien las comunicó a los jefes del pueblo. 

Para la construcción del santuario fue necesario hacer grandes  y costosos preparativos; hacía falta gran cantidad de los materiales más preciosos y caros; no obstante, el Señor sólo aceptó ofrendas voluntarias. “Di a los hijos de Israel que tomen para mí ofrenda; de todo varón que la diere de su voluntad, de corazón, tomaréis mi ofrenda” (Éxodo 25:2). Tal fue la orden divina que Moisés repitió a la congregación. La devoción a Dios y un espíritu de sacrificio fueron los primeros requisitos para construir la morada del Altísimo.

Todo el pueblo respondió unánimemente. “Y vino todo varón a quien su corazón estimuló, y todo aquel a quien su espíritu le dio voluntad, con ofrenda a Jehová para la obra del tabernáculo de reunión y para toda su obra, y para las sagradas vestiduras. Vinieron así hombres como mujeres, todos los voluntarios de corazón, y trajeron cadenas y zarcillos, anillos y brazaletes y toda clase de joyas de oro; y todos presentaban ofrenda de oro a Jehová».

“Todo hombre que tenía azul, púrpura, carmesí, lino fino, pelo de cabras, pieles de carneros teñidas de rojo, o pieles de tejones, lo traía.  Todo el que ofrecía ofrenda de plata o de bronce traía a Jehová la ofrenda; y todo el que tenía madera de acacia la traía para toda la obra del servicio.

“Además todas las mujeres sabias de corazón hilaban con sus manos, y traían lo que habían hilado: azul, púrpura, carmesí, o lino fino.  Y todas las mujeres cuyo corazón las impulsó en sabiduría hilaron pelo de cabra.

 “Los príncipes trajeron piedras de ónice, y las piedras de los engastes para el efod y el pectoral, y las especias aromáticas y el aceite para el alumbrado, y para el aceite de la unción, y para el incienso aromático” (Éxodo 35:21-28).

Mientras se llevaba a cabo la construcción del santuario, el pueblo, fuesen ancianos o jóvenes, adultos, mujeres o niños, continuaron trayendo sus ofrendas hasta que los encargados de la obra vieron que ya tenían lo suficiente, y aún más de lo que podrían usar. Y Moisés hizo proclamar por todo el campamento: “Ningún hombre ni mujer haga más para la ofrenda del santuario. Así se le impidió al pueblo ofrecer más” (Éxodo 36:6).

-Continúa en parte 4-

 

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 2-

CRISTO EN EL SISTEMA DE SACRIFICIOS-parte 2-

Se estableció entonces un sistema que requería el sacrificio de animales, a fin de mantener delante del hombre caído lo que la serpiente había hecho que Eva no creyera, que la paga de la desobediencia es la muerte.  La transgresión de la Ley de Dios hizo necesario que Cristo muriese como sacrificio, a fin de proporcionar al hombre una vía de escape de su castigo, y preservar al mismo tiempo el honor de la Ley de Dios. El sistema de sacrificios habría de enseñar al hombre humildad, en vista de su condición caída, y conducirlo al arrepentimiento y a confiar solamente en Dios, por medio del Redentor prometido, para obtener el perdón por las pasadas transgresiones de su ley (Spirit of Prophecy, tomo 1, pags.261, 262).

El sistema de sacrificios fue trazado por Cristo mismo, y dado a Adán como un símbolo del Salvador que habría de venir (Signs of the Times).

EL HOMBRE OFRECE SU PRIMER SACRIFICIO

Para Adán, ofrecer el primer sacrificio fue una ceremonia muy dolorosa.  Tuvo que alzar la mano para quitar una vida que sólo Dios podía dar. Por primera vez iba a presenciar la muerte, y sabía que si hubiese sido obediente a Dios no la habrían conocido ni el hombre ni las bestias. Mientras mataba la inocente víctima temblaba al pensar que su pecado haría derramar la sangre del Cordero inmaculado de Dios.  Esta escena le dio un sentido más profundo y vívido de la enormidad de su transgresión, que nada sino la muerte del querido Hijo de Dios podía expiar. Y se admiró de la infinita bondad del que daba semejante rescate para salvar a los culpables. Una estrella de esperanza iluminaba el tenebroso y terrible futuro, y lo libraba de una completa desesperación (Patriarcas y Profetas, pág.54).

Se le encomendó a Adán que enseñara a sus descendientes a temer al Señor y, por su ejemplo y humilde obediencia, les enseñase a tener en alta estima las ofrendas que simbolizaban al Salvador que habría de venir.  Adán atesoró cuidadosamente lo que Dios le había revelado, y lo trasmitió verbalmente a sus hijos y a los hijos de sus hijos (Spirit of Prophecy, tomo 1, pág.59).

A la puerta del paraíso, guardada por querubines, se manifestaba la gloria de Dios, y allí iban los primeros adoradores a levantar sus altares y a presentar sus ofrendas (Patriarcas y Profetas, pág.70).

En los sacrificios ofrecidos en cada altar se veía al Redentor.  Con la nube de incienso se elevaba de cada corazón contrito la oración de que Dios aceptara sus ofrendas como una muestra de fe en el Salvador venidero (Review and Herald).

El sistema de sacrificios confiado a Adán fue también pervertido por sus descendientes.  La superstición, la idolatría, la crueldad y el libertinaje corrompieron el sencillo y significativo servicio que Dios había establecido.  A través de su larga relación con los idolatras, el pueblo de Israel había mezclado muchas costumbres paganas con su culto; por consiguiente, en el Sinaí el Señor le dio instrucciones definidas tocante al servicio del santuario (Patriarcas y Profetas, pág.380).

PREGUNTAS PARA MEDITAR

1.       ¿Por qué solamente uno igual a Dios podía expiar la transgresión de la ley divina?

2.       ¿Qué significado tuvo la declaración de Génesis 3:15 para Satanás? ¿Para Adán y Eva?

3.       ¿Por qué se le otorgó un tiempo de gracia?

4.       ¿Cuál fue el propósito del sistema de sacrificios?

5.       ¿Por qué razón el primer sacrificio de Adán fue una ceremonia dolorosa?

6.       ¿Dónde levantaron Adán y Eva sus primeros altares? ¿Qué significa ésto?

CRISTO EN SU SANTUARIO

CRISTO EN EL SISTEMA DE SACRIFICIOS-parte 1-

El pecado de nuestros primeros padres trajo sobre el mundo la culpa y la angustia, y si no se hubiesen manifestado la misericordia y la bondad de Dios, la raza humana se habría sumido en irremediable desesperación  (Patriarcas y Profetas-pág.45).

La caída del hombre llenó todo el cielo de tristeza.  El mundo que Dios había hecho quedaba mancillado por la maldición del pecado, y habitado por seres condenados a la miseria y a la muerte. Parecía no existir escapatoria para aquellos que habían quebrantado la ley…

Pero el amor divino había concebido un plan mediante  el cual el hombre podría ser redimido.  La quebrantada Ley de Dios exigía la vida del pecador.  En todo el universo sólo existía uno que podía satisfacer sus exigencias en lugar del hombre.  Puesto que la ley divina es tan sagrada como el mismo Dios, sólo uno igual a Dios podría expiar su transgresión (Id.pág.48).

La primera indicación que el hombre tuvo acerca de su redención la oyó en la sentencia pronunciada contra Satanás en el huerto.  El Señor declaró: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gen.3:15).  Esta sentencia, pronunciada en presencia de nuestros primeros padres, fue una promesa para ellos. Mientras predecía la lucha entre el hombre y Satanás, declaraba que el poder del gran adversario seria finalmente destruido…Aunque habrían de padecer por efecto del poder de su gran enemigo, podrían esperar una victoria final (Id.pág.51).

Los ángeles celestiales explicaron más completamente a nuestros primeros padres el plan que había sido concebido para su redención.  Se les aseguró a Adán y a su compañera que a pesar de su gran pecado, no se los abandonaría a merced de Satanás.  El Hijo de Dios había ofrecido expiar, con su propia vida, la transgresión de ellos.  Se les otorgaría un tiempo de gracia y, mediante el arrepentimiento y la fe en Cristo, podrían llegar a ser de nuevo hijos de Dios.

EL CARÁCTER SAGRADO DE LA LEY DE DIOS

El sacrificio exigido por su transgresión reveló a Adán y a Eva el carácter sagrado de la ley de Dios; y comprendieron mejor que nunca la culpa del pecado y sus horrorosos resultados (Id.pág.52).

La Ley de Dios existía antes que el hombre fuera creado.  Los ángeles eran gobernados por ella.  Satanás cayó porque  transgredió los principios del gobierno de Dios.  Después que Adán y Eva fueron creados, Dios les hizo conocer su ley.  Esta no estaba escrita entonces, pero les fue repetida por Jehová…

 Después del pecado y la caída de Adán, nada fue eliminado de la Ley de Dios. Los principios de los Diez Mandamientos existían antes de la caída, y se ajustaba a la condición de un orden de seres santos (Spirit of Prophecy-tomo 1-pág.261).

Estos principios fueron más explícitamente declarados al hombre después del pecado, y enunciados de manera que se adaptaran a las necesidades de las inteligencias caídas. Esto fue necesario a causa de que la mente del hombre había sido cegada por la transgresión (Signs of the Times, 15 de abril de 1875).

-Continúa en parte 2-

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 55-

COMO SOMOS SALVOS –parte 22-

LA RECOMPENSA DE LOS JUSTOS

La imaginación más fecunda no puede abarcar plenamente lo que será la recompensa de quienes han aceptado a Cristo.  En 1 Corintios 2:9 el apóstol Pablo dice:

“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”.

Pero la Biblia sí nos dice algo en cuanto a cómo será ese mundo.  Satanás y sus ángeles, junto con todos los impíos, habrán sido reducidos a cenizas (Malaquías 4:1-3; Ezequiel 28:18-19).  Ya no imperará en ningún corazón el misterio de iniquidad. El orgullo y deseo de exaltación habrán sido extirpados por la gracia de Cristo.

Habrá allí agua cristalina de vida (Apocalipsis 21:6; 22:1) y un árbol que produce un fruto diferente cada mes del año (Apocalipsis 22:2).  Los animales más feroces serán mansos, pues “el lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey” (Isaías 65:25; 35:9; 11:6-9).

No habrá más hospitales, pues el morador no dirá “Estoy enfermo” (Isaías 33:24).  Tampoco habrá cárceles ni ladrones, pues en el santo monte de Dios no habrá violencia (Isaías 60:18).  El clamor, el dolor y la muerte desaparecerán para siempre (Apocalipsis 21:4).  Viviremos en una ciudad que tiene fundamentos de piedras preciosas, puertas de perla y calles de oro (Apocalipsis 21:14, 12, 21).

Pero ninguno de estos beneficios materiales se comparán con el privilegio de tener comunión eterna con Jesús. Cuando Jesús vea esa gran multitud, que nadie puede contar reunida delante de su trono (Apocalipsis 7:9), sabrá que su sacrificio no fue en vano.

“Verá linaje, vivirá por largos días…Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53:10-11).  Y cuando los redimidos le pregunten: “¿Qué heridas son éstas en tus manos?” El responderá: “Con ellas fui herido en casa de mis amigos” (Zacarías 13:6). ¡Qué gloriosa gracia, e incomparable amor!

CONCLUSION

Para Jesucristo, cada persona del mundo tiene un valor infinito.  Por eso pagó un precio infinito cuando caímos en pecado.  La única forma de comprar algo cuyo valor es infinito es pagando un precio igualmente infinito.  El sacrificio eterno de Cristo fue suficiente para salvar a cada pecador, pero no por eso se salvarán todos.  Para algunos, el sacrificio de Cristo habrá sido en vano ¿Y por qué es ésto? Sencillamente porque no lo aceptarán.

Tenemos que aceptar ese sacrificio personalmente.  Tenemos que escoger a Cristo como Salvador y Señor en nuestra vida. Debemos ver la seriedad de nuestros pecados, arrepentirnos de ellos y confesarlos.

Debemos luego sepultarlos en las aguas del bautismo y nacer de nuevo.  Debemos permitir que Cristo reproduzca su carácter en nosotros por medio del proceso de la santificación.  Debemos ansiar el momento de encontrarnos con El.

Hay esperanza para cada ser humano que acepte el tierno llamado del Salvador.  No importa cuán terribles sean nuestros pecados, hay esperanza en Jesús.  El dice:

“Al que a mí viene, no lo echo fuera…He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré al él, y cenaré con él, y él conmigo…El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente…Venid a mí  todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar…Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Juan 6:37; Apocalipsis 3:20; 22:17; Mateo 11:28; Isaías 1:18).

Si queremos vivir con Cristo para siempre, tendremos que invitarlo a nuestro corazón ahora. ¿Escucharás el llamado de Cristo? ¿Habrá muerto por ti en vano? ¡La decisión está en tus manos, porque el plan de redención te incluye individualmente a ti!

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 54-

COMO SOMOS SALVOS –parte 21-

EMANUEL PARA SIEMPRE-parte 3-

Al comienzo de su ministerio el apóstol Pablo creía que iba a estar vivo cuando Cristo regresara (1 Tesalonicenses 4:13-17). Pero al pasar el tiempo se dio cuenta que no iba a ser así.  Durante su vida cinco veces había recibido treinta y nueve azotes.  Tres veces había sido azotado con varas; una vez fue apedreado y tres veces sufrió naufragio. Había sufrido toda clase de peligros (ver 2 Corintios 11:24-28) y ahora se encontraba en un calabozo romano esperando el momento de su martirio.

Pero de los labios del gran apóstol no salió una sola palabra de pesimismo. Afirmó triunfalmente “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.  Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:7-8).  Pablo murió con la bendita esperanza de ver a su amado Señor cara a cara.

La corona de justicia le será concedida tan sólo a los que aman su venida.  No se les promete a los que creen en su venida o a los que hablan de su venida sino a los que aman su venida.  Para amar su venida, debemos amarle a El; y para amarle debemos conocerle, y para conocerle debemos pasar tiempo con El.  Cada instante de nuestra vida debemos hablar con El en oración, estudiar su Palabra y trabajar por El a fin de conocerle mejor y amarle más.

El apóstol Juan fue otro campeón de la verdad que había sufrido muchas persecuciones y aflicciones.  Según la tradición cristiana, el emperador Domiciano hecho al apóstol en una olla de aceite hirviente, pero ni aún así pudo matarlo pues Dios lo protegió.  Cuando Domiciano se vio derrotado envió a Juan a la isla de Patmos.  Allí fue que Dios le reveló el libro de Apocalipsis.  Este libro describe los conflictos, las derrotas y victorias del pueblo de Dios a través de todos los siglos. 

Revela la gran crisis final por la cual tendrán que pasar los hermanos de Cristo en la lucha contra el dragón, la bestia y el falso profeta.  El clímax del libro describe la gloriosa venida de Cristo sobre un caballo blanco para rescatar a su pueblo que se halla a punto de perecer. Después de presenciar todos estos eventos, el Señor Jesucristo le dice: “Ciertamente vengo en breve”. Cuando Juan oye estas palabras, responde: “Amén, sí, ven, Señor Jesús” (Apocalipsis 22:20).  Estas serán las palabras de todos los que aman de verdad a su Señor.

Cristo vendrá muy pronto. Su voz potente resucitará a los que ya murieron y junto con los vivos serán arrebatados en las nubes  para encontrarse con el Señor en el aire. Luego serán llevados por mil años a la capital del universo, la Nueva Jerusalén, que se encuentra en el tercer cielo, más allá del sol, la luna y las estrellas.

Después de ese período de mil años, la capital del universo descenderá a esta tierra (Apocalipsis 21:2).  Imagínense, de todos los miles de millones de astros del espacio infinito, Dios ha escogido colocar la capital misma del universo en este diminuto planeta, la Tierra, ¡Que privilegio!

¡Dios y el Cordero habitarán con nosotros para siempre! (Apocalipsis 21:2-4).

LA RECOMPENSA DE LOS JUSTOS

Continúa en parte 55

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 53-

COMO SOMOS SALVOS –parte 20-

EMANUEL PARA SIEMPRE-parte 2-

En esta ocasión no estaba presente Tomás.  Cuando los demás discípulos le dijeron que habían visto al Señor, él se negó a creerles: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré”. (Juan 20:25).

Ocho días más tarde, Jesús visitó de nuevo a los discípulos estando presente  Tomás. El Maestro le dijo: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27) ¡Jesús aún poseía carne y huesos después de su resurrección!

He aquí la razón por la cual anhela tanto estar con nosotros. Cuando se encarnó, llegó a ser parte de la familia humana. Al entregar su cetro en manos del Padre y al asumir la humanidad, lo hizo para siempre. Se ha identificado con nosotros y no se avergüenza de llamarnos hermanos (Hebreos 2:11). Somos su familia y quiere estar con nosotros. 

Concerniente a ésto dice Elena White “Al tomar nuestra naturaleza, el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de romper.  A través de las edades eternas, queda ligado con nosotros…Para asegurarnos los beneficios de su inmutable consejo de paz,  Dios dio a su Hijo unigénito para que llegase a ser miembro de la familia humana, y retuviese para siempre la naturaleza humana…En Cristo, la familia de la tierra y la familia del cielo están ligadas. Cristo glorificado es nuestro hermano.  El cielo está incorporado en la humanidad, y la humanidad, envuelta en el seno del Amor Infinito” (El Deseado de todas la gentes-pág.17).

¡Qué increíble! El que nunca tuvo comienzo y nunca tendrá fin; el que creó todo el universo de la nada, y llamó a la existencia a las innumerables galaxias del espacio infinito; el que sustenta todo con la palabra de su potencia, se hizo hombre para salvarnos, y conservara su humanidad por los siglos de los siglos sin fin.  El es la escalera que vio Jacob en su sueño, que estaba asentada en la tierra y cuya cima alcanzaba hasta el más alto cielo (ver Juan 1:51).  Jesús ha vinculado el cielo y la tierra al hacerse hombre, y este vínculo nunca se ha de romper.

Cuando el primer Adán le entregó el dominio del mundo a Satanás, se hizo necesario que viniese un segundo Adán para arrebatarle a Satanás lo que le había quitado al hombre. Jesús es ese segundo Adán (ver Romanos 5:12-21; 1 Corintios 15:45).  Para siempre Cristo será el representante de la raza humana, para siempre será Dios con nosotros.  He aquí la esencia del misterio de la piedad.  El gran Dios llegó a ser carne para siempre.  Su humillación es eterna.  No cabe duda de que lo que Jesús más quiere es estar con su familia. Pero, ¿anhelamos nosotros estar con El tanto como El con nosotros?

Si amamos a Jesús por encima de todas las cosas, estaremos contando los días hasta que El venga.  Estaremos esperando con ansias el momento en que podamos estar en su presencia. El apóstol Pablo conoció personalmente a Jesús en el camino a Damasco y desde ese día trabajó con todas sus fuerzas para esparcir el Evangelio a fin de apresurar la venida de su querido Señor.

Continúa en parte 54

 

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 52-

COMO SOMOS SALVOS –parte 19-

EMANUEL PARA SIEMPRE-parte 1-

  • Vi un cielo nuevo y una tierra nueva;
  • porque el primer cielo y la primera tierra pasaron,
  • y el mar ya no existía más.
  • Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén,
  • descender del cielo, de Dios,
  • dispuesta como una esposa ataviada para su marido.
  • Y oí una gran voz del cielo que decía:
  • He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres,
  • y el morará con ellos;
  • y ellos serán su pueblo,
  • y Dios mismo estará con ellos como su Dios.
  • Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos;
  • y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto,
  • ni clamor, ni dolor;
  • porque las primeras cosas pasaron”.      Apocalipsis 21:1-4

Jesús se encontraba en el aposento alto con sus discípulos.  Acababa de lavarles los pies y de celebrar la cena de Pascua.  Ya el diablo había entrado en el corazón de Judas, quien se encontraba en camino para finalizar la entrega del Maestro. Después de la cena Jesús les dijo con gran ternura a sus discípulos:

“Hijitos, aún estaré con vosotros  un poco.  Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir” (Juan 13:33).  Pedro no quedó satisfecho con la respuesta de Jesús. No quería seguir a Jesús después, sino inmediatamente.  Con desesperación, el apóstol le preguntó a Jesús otra vez: “¿Por qué no te puedo seguir ahora?  Mi vida pondré por ti” (Juan 13:37).

Los discípulos habían pasado casi tres años y medio con Jesús.  Durante este tiempo habían aprendido a amarlo.  Vivir sin la presencia del Maestro sería imposible para ellos.  Jesús sabia que el corazón de sus seguidores estaba triste y por eso les dio una de las promesas más hermosas de las Escrituras:

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mi.  En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.  Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:1-3).

No hay nada que Jesús anhele más que estar con aquellos que ha redimido.  En la oración que elevó a su Padre justo antes de su arresto,  Jesús expresó el anhelo más íntimo de su alma: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Juan 17:24). 

En el mismo umbral de su pasión y muerte, a Jesús no le preocupaba la corona de espinas, ni la espalda lacerada, ni los clavos de la cruz.  Estaba dispuesto a sufrir cualquier ignominia con tal de que algún día pudiera llevarse consigo, a la casa de su Padre, a todos los que tanto amaba (Juan 17:20). ¿Por qué anhela Cristo estar con nosotros? ¿Qué lo vincula a la raza humana para que desee estar con ellos.

La respuesta está en Mateo 1:23: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros”.

Cuando Jesús se encarnó, llegó a ser carne de nuestra  carne y hueso de nuestro hueso. Se hizo nuestro hermano; es uno de los nuestros. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).  Jesús no tomó sobre sí la humanidad tan sólo durante su ministerio terrenal.  Conservó su naturaleza humana aún después de su resurrección. 

Cuando se les apareció a los discípulos la noche después de la resurrección, ellos creían que veían a un fantasma, pero Jesús les dijo: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24:39).  Luego Jesús comió parte de un pez asado y un panal de miel.

Continúa en parte 53

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 51-

COMO SOMOS SALVOS –parte 18-

LA CRUZ Y LA LEY-parte 2-

Cierto cristiano decía: “Yo no necesito la Ley, pues estoy bajo la gracia”, pero ¿para qué necesita la gracia si no hay Ley? Le preguntaron “¿Usted se arrepiente?” Contestó “Claro que sí”, le preguntaron “¿Y de qué se arrepiente?” Inmediatamente respondió: “Me arrepiento del pecado” Luego le hicieron la última pregunta: “Y ¿qué es el pecado del cual usted se arrepiente?”

Esta vez no contestó enseguida.  Más bien se mostró perplejo y confundido.  Después de una larga pausa dijo entre titubeos: “El pecado del cual me arrepiento es la transgresión de la Ley, puesel pecado es la transgresión de la ley” (1 Juan 3:4). Luego le dijeron: “¿Se da cuenta, que si no fuera por la Ley que revela su pecado, no sentiría la necesidad de arrepentirse y de acudir a Cristo para recibir su gracia?”.

Cuando vamos a la cruz del Calvario, vemos la Ley y la gracia.  Vemos colgado allí a Cristo, quien sufrió la condenación de la Ley al cargar sobre sí los pecados de todo el mundo.  Vemos a Cristo condenado por nuestras transgresiones de la Ley. Lo vemos sudando grandes gotas de sangre en el Getsemaní; lo vemos transitando la Vía Dolorosa hasta el Gólgota.  Lo vemos sangrando profusamente de su cabeza, su espalda, su costado, sus manos y sus pies. 

Lo oímos clamar con angustia “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Lo vemos colgado desnudo entre el cielo y la tierra, sufriendo el escarnio de los que vino a salvar, “¿Por qué, Señor, por qué?” y el responde: “Tus pecados (transgresiones de la Ley) han sido colocados sobre mí y la paga de ellos es la muerte”.

En el Calvario vemos la Ley que condenó a Cristo por nuestros pecados y vemos también la gracia, pues Cristo pagó la deuda en mi lugar.  Al venir al Calvario debemos sentir amor y odio.  Odio hacia el pecado que colocó a Cristo en la cruz y amor por el Salvador que sufrió en mi lugar.  Mientras más nos acercamos a la cruz, más aborrecemos el pecado y más amamos a Cristo. Nadie puede amar el pecado y a Cristo a la misma vez.

Nadie puede amar a Cristo y aborrecer la Ley.  Una visión constante de la cruz me llevará a apartarme del pecado que  clavó a Cristo allí. El amor que se manifestó en la cruz despierta amor en mi corazón.  La cruz es como un poderoso imán (ver Juan 12:30-33) que nos atrae a Cristo y nos induce a amarle. Al venir a la cruz debo decir: “Señor Jesús, te amo pero odio el pecado por lo que te hizo”  Una visión constante de la cruz nos mostrará  el carácter perverso del pecado y el amor inmarcesible de Cristo.  Mientras más nos acerquemos a Cristo, más aborreceremos el pecado y más lo amaremos a El.