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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 35-

COMO SOMOS SALVOS –parte 2-

 Como puede verse, la Ley es un reflejo o copia del carácter de Dios. Por eso cuando pecamos no lo estamos haciendo contra unas tablas de piedra, ¡sino contra Dios mismo! El pecado es más que transigir un código.  Un código no habla, ni siente, ni se ofende.  Es contra Dios que pecamos (Salmo 51:4). Es a Dios a quien ofendemos.

Por ejemplo, cuando empleo irreverentemente el nombre de Dios, no estoy ofendiendo al tercer mandamiento, “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano”; (Leer Éxodo 20:3-17) estoy ofendiendo a Dios mismo. El mandamiento meramente me revela en forma escrita el carácter sagrado de su nombre.

El pecado causa separación entre Dios y los seres humanos. El profeta Isaías afirmó: “Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:2).

EL RESULTADO DEL PECADO

La Ley de Dios es exigente y estricta. No admite excusas.  Detesta con minuciosa precisión cada violación de sus principios, por pequeñas que estas sean.  La Ley no puede salvar a ningún ser humano pues su función es detectar el pecado, acusar al culpable y justificar al inocente.

La Ley de Dios es inclemente para con el pecado; por eso el apóstol Pablo nos dice que “la ley produce ira” (Romanos 4:15). No por ésto es mala la Ley. La Ley es buena, el malo es el pecador.  La Ley no es la que debe morir sino el pecador por haber quebrantado sus principios.

La pena por el pecado es la muerte. El apóstol Pablo nos dice, “porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23) y Santiago afirma: “El pecado, siendo consumado, da a luz la muerte’ (Santiago 1:15).

Como ya hemos visto, el pecado nos separa de Dios y separados de Dios, estamos condenados a muerte. Como ramas separadas del tronco, los pecadores separados de Dios no pueden vivir.

ES IMPOSIBLE CAMBIARNOS A NOSOTROS MISMOS

Hemos visto que el primer paso en la salvación es reconocer que somos pecadores. Por medio de la Ley, el Espíritu Santo nos revela el pecado y sus consecuencias. Nos revela nuestra gran necesidad de salvación, pero no nos puede salvar.

El siguiente paso es que debemos reconocer que es imposible que nos cambiemos nosotros mismos.  Leamos lo que Dios nos dice por medio del profeta Jeremías: “Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí” (Jeremías 2:22) “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal”? (Jeremías 13:23).

Por más que nos esforcemos para hacer el bien estamos intentando una imposibilidad. Es como si nos estuviéramos hundiendo en arena movediza: mientras más luchamos, más rápido nos hundimos. La Biblia emplea la lepra como símbolo del pecado. Cuando una persona sospechaba que tenía lepra, debía ir al sacerdote para que la examinara. 

Si el sacerdote declaraba que tenía lepra, el enfermo debía recluirse de la sociedad y esperar una muerte segura. Note que la lepra causaba separación de los seres amados y finalmente conducía a la muerte.  El leproso no podía curarse a sí mismo; sólo un milagro divino podía salvarlo.

La Ley revela nuestra lepra espiritual. Esta lepra también nos separa de Dios y nos lleva finalmente a la muerte.  No podemos curarnos a nosotros mismos del pecado. Nuestra única esperanza de vida está en un milagro divino.

EL ARREPENTIMIENTO Y LA CONFESIÓN  

Continúa en parte 36

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