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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 40-

COMO SOMOS SALVOS –parte 7-

EL BAUTISMO Y EL PERDÓN –parte 2-

Es importante que nos bauticemos como Dios dice. La Biblia afirma que el bautismo debe ser por inmersión.  Hay varios pasajes que indican claramente ésto:

1.       Romanos 6:4 dice que el bautismo debe ser como una sepultura. Obviamente el bautismo por aspersión o infusión NO cumple con este requisito.

2.       Juan 3:23 dice que Juan el Bautista bautizaba en Enón “porque había allí muchas aguas”; concluimos entonces, que si el bautismo fuera por aspersión no se necesitaría mucha agua.

3.       Marcos 1:9-11 afirma que Jesús entró y salió del agua cuando fue bautizado.

4.        Cuando el eunuco etíope fue bautizado por Felipe ambos descendieron al agua y subieron de ella (Hechos 8:38-39).  El vocablo “bautismo” viene de la palabra griega “baptizo” y significa “sumergir”, “meter debajo del agua”.

También es importante bautizarnos cuando Dios lo dice. La Biblia afirma que para uno bautizarse debe recibir instrucción (Mateo 28:18-19), debe creer (Marcos 16:16), debe arrepentirse (Hechos 2:38), y debe confesar sus pecados (Mateo 3:6).  Un infante NO puede cumplir ninguno de estos requisitos.  No hay un solo caso en la Biblia donde un bebé haya sido bautizado.  Los relatos bíblicos de personas que se bautizaron enfatizan que eran adultos. Como ejemplos tenemos a los que venían a Juan el Bautista (Mateo 3:5-6), el eunuco etíope (Hechos  8:38-39), el carcelero de Filipos (Hechos 16:31-32), el apóstol Pablo (Hechos 22:16) y Jesús, nuestro gran ejemplo (Marcos 1:9-11).

Una hermosa ilustración de las bendiciones del bautismo la hallamos en la historia de Naamán, el general de los ejércitos de Siria (ver 2 Reyes 5).  Este hombre era muy poderoso pero tenía lepra.  Un día fue a ver a Eliseo albergando la esperanza de que el profeta pudiera salvarlo. Trajo consigo muchas riquezas para comprar su sanidad. Cuando llegó a la casa del profeta fue humillado en gran manera.  Primero, Eliseo no salió a verlo sino que mandó a su criado a preguntarle que quería y luego lo insultó aún más mandándolo a sumergirse siete veces en el rio Jordán. 

Naamán no quería cumplir las condiciones que había puesto Eliseo.  Sólo deseaba que el profeta dijera la palabra y quedar sano inmediatamente. Muy enojado ante esta humillación, Naamán se fue, pero sus siervos lo convencieron de que hiciera lo que el profeta le había dicho. Finalmente decidió hacerlo. Se sumergió siete veces  y cuando salió del agua la séptima vez, “su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” (2 Reyes 5:14).

Así es con la lepra del pecado.  Si abatimos nuestro orgullo y nos bautizamos, quedaremos limpios de nuestros pecados.  Ya no somos reos de la muerte sino herederos de la vida eterna.

El apóstol Pablo, hablando del perdón, dice “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo…Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 5:1; 8:1).

Cuando Adán y Eva salieron de las manos de su Creador, estaban desnudos. Aunque no tenían vestiduras artificiales, los cubría la gloria de Dios (Génesis 2:25); pero cuando pecaron, quedaron destituidos de esa gloria (Romanos 3:23)  y se vieron en la vergüenza de su desnudez (Génesis 3:8-10). En la Biblia las vestiduras representan justicia y la desnudez, el pecado (Génesis 3:11).

Adán y Eva habían quedado destituidos de la justicia de Dios y merecían la muerte. Para tratar de cubrir su desnudez, se hicieron unos delantales de hojas de higuera (Génesis 3:7) y se escondieron de Dios.  Pero Dios los buscó, les quitó los delantales que ellos mismos habían fabricados y les dio túnicas de pieles confeccionadas por El mismo (Génesis 3:21).  Ahora bien, para hacer estas túnicas de piel era necesario que muriera un animal. La muerte de ese animal permitió cubrir la desnudez del hombre.

En esta hermosa figura Dios estaba ilustrando como iba a salvar al hombre.  Jesús, el Cordero de Dios, tenía que morir para quitar el pecado del mundo (Juan 1:29) y cubrir al hombre con su justicia perfecta.  Cuantas veces sucede que el hombre procura resolver el  problema del pecado en su propia manera, por sus propios esfuerzos.

Pero sólo hay una forma en que el hombre puede ser salvo. El Cordero de Dios murió para cubrir la vergüenza de nuestra desnudez espiritual. ¡He aquí la única solución al problema del pecado!

EL NUEVO NACIMIENTO

Continúa en parte 41

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