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Archive for the ‘1.00-ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA-EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA.’ Category

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 45-

COMO SOMOS SALVOS –parte 12-

¿COMO PODEMOS VENCER EL PECADO?-parte 2-

EL ALTAR DE ORO donde se ofrecía el incienso, representa los méritos de Cristo que se mezclan con las oraciones de sus hijos (Apocalipsis 8:3-4-; Salmo 141:2). La oración es el segundo medio por el cual vencemos el pecado y nos asemejamos a Cristo.  Nadie puede venir al Padre sino por medio de Cristo (Juan 14:6).

Debemos orar sin cesar (Efesios 6:18). La oración es el aliento del alma; es la llave en la mano de la fe que abre los tesoros del cielo; es conversar con Dios  como con un amigo.  En la oración debemos pedir perdón, pero también es nuestro deber alabar a Dios por victorias alcanzadas.  El oído omnisciente se deleita en escuchar aún las cosas más insignificantes que turban nuestra alma.

EL CANDELABRO tenía como fin alumbrar el santuario. Así como el sol es la luz física del mundo, Jesucristo es su luz espiritual. El Señor declaró de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12), pero también dijo de sus seguidores: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14). Jesús es como el sol que tiene luz propia y original. 

Nosotros somos como la luna que reflejamos la luz del sol.  Si estamos conectados con Cristo por medio de la oración y el estudio de su Palabra, entonces podremos reflejar su luz a un mundo que perece en las tinieblas.  Muchos cristianos se deleitan en orar y estudiar la Biblia, pero no reflejan su luz a otros.  Cuando el Señor ha entrado en nuestro corazón será un deleite hablar de El.

El capítulo 5 de Marcos describe como Jesús sanó a un endemoniado en la región de Gadara.  Este hombre habitaba en el cementerio y ni aún con cadenas y grillos lo podían sujetar.  Andaba desnudo y con el cuerpo cortado y herido por las rocas. De día y de noche daba voces en los montes y en los sepulcros.

Cuando Jesús le preguntó al espíritu inmundo su nombre, éste respondió que se llamaba legión porque eran muchos y le rogó al Señor que no lo enviara fuera de esa región (Marcos 5:10), sino a unos puercos que estaban paciendo cerca del lugar.  Cuando Jesús accedió a su petición, los demonios tomaron control de los puercos y los despeñaron al mar y se ahogaron todos.  ¿Por qué no querían los demonios salir de aquella zona? ¿Por qué pidieron entrar en los puercos?

Cuando los dueños de los  puercos se dieron cuenta de su gran pérdida económica se enojaron mucho y le pidieron a Cristo que se fuera de esa región.  Allí esta la razón por la cual los demonios pidieron entrar en los puercos. Sabían que los dueños, al sufrir su  pérdida le iban a pedir a Jesús que abandonara la región.  Pero los demonios no se salieron con la suya. 

Un corto tiempo después el que había estado endemoniado estaba sentado a los pies de Jesús, vestido y en su cabal juicio.  El le rogó a Jesús que le permitiese irse con El, pero Jesús le dijo:

“Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti” (Marcos 5:19). El que había sido librado por la gracia de Cristo, ahora llegó a ser su misionero, su testigo.

DEBEMOS PASAR TIEMPO CON CRISTO

Continúa en parte 46

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 44-

COMO SOMOS SALVOS –parte 11-

¿COMO PODEMOS VENCER EL PECADO?-parte 1-

El secreto de la victoria sobre el pecado se halla en varios  de los versículos que hemos citado antes. Notemos:

1         Hay que “nacer de Dios” y permanecer en El.

2         Dios es poderoso para guardarnos sin caída.

3         Cuando somos tentados, El nos da la vía de escape.

4         Cristo nos fortalece.

Todos estos conceptos muy hermosos, pero en términos prácticos, ¿cómo se llegan a formar parte de la misma fibra de nuestro ser? ¿Cómo se convierten estas palabras en una experiencia viva y personal con Dios? Veamos otros pasajes de la biblia que nos ayudan a contestar más cabalmente estas preguntas tan importantes.

Dios ha provisto tres medios para que venzamos el pecado y lleguemos a asemejarnos a Cristo, y éstos se hallan ilustrados en el antiguo santuario hebreo. El santuario hebreo tenía un patio o atrio, delimitado por una cerca, dentro del cual se hallaban dos muebles: el altar del sacrificio y una fuente de agua limpia. En el altar del sacrificio se derramaba la sangre de animales, que representaba la sangre de Cristo que iba a morir para redimirnos del pecado. 

La fuente representaba la regeneración o el nuevo nacimiento por el poder del Espíritu Santo (Tito 3:5). También en el atrio se hallaba un edificio con dos apartamentos. El primero de ellos se llamaba el “lugar santo” y el segundo el “lugar santísimo”.  En el lugar santo es donde hallamos los tres medios para vencer el pecado y asemejarnos a Cristo.

Allí había tres muebles.  El primero se hallaba al norte y era una mesa de oro con doce panes sin levadura.  El segundo se encontraba al occidente y era un altar de oro en donde se quemaba incienso. El tercer mueble estaba hacia el sur y era un candelabro de oro que tenía siete brazos. Al extremo de cada brazo se hallaba una mecha y un recipiente con aceite de oliva.

¿Qué representaban estos tres muebles?

Empecemos con la mesa de los panes.  El pan sin levadura representa la palabra de Dios. El profeta Isaías compara el pan con la palabra de Dios en Isaías 55:10-11: “Porque como desciende de los cielos la lluvia y  la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será  prosperada en aquello para que la envié”

En el monte de la tentación el Señor le dijo al diablo: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4).  Después de alimentar a 5.000 hombres con cinco panes y dos peces, Jesús invitó a los presentes a que comieran su carne y bebieran su sangre. Esto no puede tomarse literalmente, pues la Biblia condena el canibalismo.  Jesús mismo explicó que “el Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63). 

Las palabras de Cristo son las que dan vida, no su sangre y carne literal.  En el estudio de la Palabra asimilamos a Cristo, El llega a ser carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre.  Mientras más tiempo pasemos con la Palabra, más poder recibiremos de Cristo para vencer el pecado. Bien dijo el salmista:

“¿Con que limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra…En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119:9,11).  Jesús dijo: “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3).  Y el apóstol Pablo afirma que la iglesia es santificada y limpiada “en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:26).

Continúa en parte 45

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 43-

COMO SOMOS SALVOS –parte 10-

¿ES POSIBLE LA VICTORIA TOTAL? –parte 2-

Aún el gran apóstol de la justificación por la fe asevera: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).

Podemos ser “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:19) y llegar a ser “un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).  Si no fuera posible vencer, Dios estaría mintiendo al darnos estas promesas.  Cuando decimos que es imposible conquistar el pecado, estamos limitando el poder de Dios.

Después de nuestro nuevo nacimiento, la vieja naturaleza carnal no desaparece. Aún está allí latente y hará todo lo posible por recuperar su dominio sobre nosotros.  Por eso el apóstol Pablo nos dice que por el  Espíritu debemos hacer morir las obras de la carne (Romanos 8:13).

El apóstol descubrió en su propia vida lo que experimentamos todos y es que cuando nos entregamos a Cristo comienza una guerra entre la carne y el Espíritu.  En su Epístola a los Gálatas, Pablo describe esta batalla:

“Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis…Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.  Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gálatas 5:16-17, 24-25).

Esta guerra se realiza cada instante de cada día. Es una batalla sin tregua.  Pablo reconoció ésto cuando afirmó, “cada día muero” (1 Corintios 15:31), y Jesús nos instó a cargar nuestra cruz diariamente (Lucas 9:23).

Si estamos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, no podemos permitir que el pecado reine en nuestro cuerpo mortal para que le obedezcamos en sus pasiones.  Ya no debemos presentar nuestros “miembros al pecado como instrumentos de iniquidad”, sino antes debemos presentarnos “a Dios como vivos entre los muertos” y nuestros “miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Romanos 6:12-13).

Dios no desea que nos conformemos meramente con pedirle perdón por nuestras derrotas vez tras vez.  El quiere que le tributemos alabanza y gratitud por las victorias que hemos  ganado sobre el enemigo por medio de su gracia y poder.

Es cierto que después del bautismo pecamos, pero no es por la debilidad humana ni porque falta el poder de Dios, sino porque soltamos el brazo de Dios y dejamos de depender de El. Cuando pecamos, el Señor no nos abandona.  Si acudimos a El con un corazón contrito, nos recibirá con los brazos abiertos. El mismo Juan, quien dijo que los que nacen de Dios, y permanecen en El no pecan (1 Juan 3:6, 9), también nos consuela con las siguientes palabras:

“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).

¿COMO PODEMOS VENCER EL PECADO?

Continúa en parte 44

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 42-

COMO SOMOS SALVOS –parte 9-

UNA VIDA DE SANTIDAD –parte 2-

Muchos tienen un concepto erróneo de la salvación. Aceptan a Cristo como Salvador pero no como Señor. Quieren perdón, pero no pureza.  Desean los privilegios de la salvación sin los deberes de la vida cristiana.  Quieren la gracia, pero no quieren la Ley.  La Biblia enseña que cuando nacemos de nuevo en Cristo, vamos a crecer en El.  El apóstol Pedro nos dice concerniente a ésto:

“Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18).

Se oye entre muchos cristianos la declaración: “Una vez que estoy en la gracia siempre estaré en la gracia.  Una vez que me salvé nunca me puedo perder”. Esto es cierto siempre y cuando permanezcamos en Cristo y crezcamos en El.

Para los que han nacido de nuevo en Cristo, sus vidas ahora son libres de pecado y están llenas de gozo en Cristo; pero Satanás, el gran cazador, está al acecho para atraparlos en sus redes y quitarles la vida.  El conoce sus debilidades y está presto a atraparlos. Nuestra única seguridad está en permanecer en el refugio, en Cristo Jesús.  Si nos aventuramos fuera de su alcance, correremos el riesgo de caer en las redes del enemigo.

El bautismo y el nuevo nacimiento no son un curalotodo.  Algunos piensan que el bautismo los pondrá más allá del alcance de la tentación, pero cuán equivocados están. Es después del bautismo cuando las tentaciones del enemigo son más fuertes.

Cuando Jesús fue bautizado y el Espíritu Santo descendió sobre El, se oyó la voz de su Padre que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Esta declaración enojó sobremanera a Satanás.  En los siguientes versículos (Mateo 4:1-10) Jesús sufrió sus peores tentaciones, pero pudo vencer por el poder del Espíritu Santo. 

Jesús no tuvo ninguna ventaja sobre nosotros. El mismo poder que estuvo a su disposición para ayudarlo a vencer, está también a nuestro alcance.  Cuando nos bautizamos y nacemos de nuevo, el diablo se enoja y se lanza contra nosotros con furia renovada; pero si clamamos por el poder del Espíritu Santo podremos vencer como Cristo venció.

¿ES POSIBLE LA VICTORIA TOTAL? –parte 1-

Muchas personas tienen un “complejo de derrota”. Creen que es imposible vencer el pecado. Aunque es cierto que por nosotros mismos no podemos jamás, vencer el pecado, si entregamos nuestra voluntad al poder de Cristo, ¡la victoria es segura! Escudriñemos algunos textos que afirman este hecho.  El apóstol Juan en su primera epístola dice:

“Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios…Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Juan 3:9, 6).  Judas 24 dice: “Y a  aquel que es poderoso para guardarnos sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría”.

Aún el gran apóstol de la justificación por la fe asevera:

“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).

Continúa en parte 43

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 41-

COMO SOMOS SALVOS –parte 8-

EL NUEVO NACIMIENTO

Pero en el momento del bautismo no sólo recibimos el perdón.  No sólo queda muerta y sepultada nuestra vida antigua con Cristo, sino que resucitamos a una nueva vida por el poder del Espíritu Santo. 

En Romanos 6 el apóstol Pablo no sólo dice que morimos en Cristo en el momento del bautismo sino que resucitamos con El a una nueva vida: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva…Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él…Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:4, 8, 11).

Así como el gusano se sepulta en la crisálida para luego nacer como una nueva criatura, el pecador sepulta sus pecados con Cristo en el bautismo para nacer de nuevo. El apóstol Pablo nos dice en Gálatas 3:27 que llegamos a estar en Cristo cuando nos bautizamos y que El que “está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 corintios 5:17).  Si hemos resucitado a una nueva vida con Cristo, no vamos a vivir como antes.  Estando libres del pecado no vamos a querer arrastrarnos por el suelo como gusanos.

En el día de Pentecostés, el apóstol Pedro no sólo afirmó que recibimos la remisión o perdón de nuestros pecados en el bautismo, sino que también recibimos el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38).  Jesús le dijo a Nicodemo que debía nacer del agua y del Espíritu para poder entrar al reino de Dios (Juan 3:3, 5), y cuando Jesús se bautizó no sólo fue sepultado en el agua; también descendió sobre El el Espíritu Santo (Marcos 1:9-11).

¡Qué hermosa ceremonia nos dio el Señor para que participásemos de la muerte y resurrección de Cristo! Cuando somos sepultados en las aguas, expiramos, dejamos de respirar por un momento.  Cuando somos levantados, inspiramos  o respiramos de nuevo. En el bautismo pues, Dios nos considera muertos con Cristo y resucitados con El. Habiendo muerto al pecado y resucitado a una nueva vida, disfrutamos de libertad pues el pecado ya nos se enseñorea de nosotros (Romanos 6:14-18).  Estamos bajo la gracia.

UNA VIDA DE SANTIDAD –parte 1-

El siguiente paso en el proceso de la salvación es la santificación. Cuando experimentamos el nuevo nacimiento, Cristo entra en nuestras vidas y nos cambia el corazón de piedra por uno de carne (Ezequiel 36:26).

En el monte Sinaí, Dios escribió los Diez Mandamientos con letra de fuego sobra tablas de piedra con su propio dedo (Éxodo 31:18).  Pocos saben que el dedo de Dios es el Espíritu Santo (Compare Mateo 12:28 con Lucas 11:20).  Así es que el Espíritu Santo escribió los Diez Mandamientos.

Ese mismo Espíritu que escribió la Ley en el corazón de Jesucristo cuando vino al mundo (Salmo 40:6-8; Hebreos 10:5-9), la escribe en nuestro corazón cuando nacemos de nuevo (Jeremías 31:31-34).  Como resultado, ya no vivimos nosotros sino Cristo en nosotros y nuestras vidas cambian radicalmente (Gálatas 2:20).

Muchos tienen un concepto erróneo de la salvación. Aceptan a Cristo como Salvador pero no como Señor. Quieren perdón, pero no pureza.  Desean los privilegios de la salvación sin los deberes de la vida cristiana.  Quieren la gracia, pero no quieren la Ley.  La Biblia enseña que cuando nacemos de nuevo en Cristo, vamos a crecer en El.

Continúa en parte 42

 

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 40-

COMO SOMOS SALVOS –parte 7-

EL BAUTISMO Y EL PERDÓN –parte 2-

Es importante que nos bauticemos como Dios dice. La Biblia afirma que el bautismo debe ser por inmersión.  Hay varios pasajes que indican claramente ésto:

1.       Romanos 6:4 dice que el bautismo debe ser como una sepultura. Obviamente el bautismo por aspersión o infusión NO cumple con este requisito.

2.       Juan 3:23 dice que Juan el Bautista bautizaba en Enón “porque había allí muchas aguas”; concluimos entonces, que si el bautismo fuera por aspersión no se necesitaría mucha agua.

3.       Marcos 1:9-11 afirma que Jesús entró y salió del agua cuando fue bautizado.

4.        Cuando el eunuco etíope fue bautizado por Felipe ambos descendieron al agua y subieron de ella (Hechos 8:38-39).  El vocablo “bautismo” viene de la palabra griega “baptizo” y significa “sumergir”, “meter debajo del agua”.

También es importante bautizarnos cuando Dios lo dice. La Biblia afirma que para uno bautizarse debe recibir instrucción (Mateo 28:18-19), debe creer (Marcos 16:16), debe arrepentirse (Hechos 2:38), y debe confesar sus pecados (Mateo 3:6).  Un infante NO puede cumplir ninguno de estos requisitos.  No hay un solo caso en la Biblia donde un bebé haya sido bautizado.  Los relatos bíblicos de personas que se bautizaron enfatizan que eran adultos. Como ejemplos tenemos a los que venían a Juan el Bautista (Mateo 3:5-6), el eunuco etíope (Hechos  8:38-39), el carcelero de Filipos (Hechos 16:31-32), el apóstol Pablo (Hechos 22:16) y Jesús, nuestro gran ejemplo (Marcos 1:9-11).

Una hermosa ilustración de las bendiciones del bautismo la hallamos en la historia de Naamán, el general de los ejércitos de Siria (ver 2 Reyes 5).  Este hombre era muy poderoso pero tenía lepra.  Un día fue a ver a Eliseo albergando la esperanza de que el profeta pudiera salvarlo. Trajo consigo muchas riquezas para comprar su sanidad. Cuando llegó a la casa del profeta fue humillado en gran manera.  Primero, Eliseo no salió a verlo sino que mandó a su criado a preguntarle que quería y luego lo insultó aún más mandándolo a sumergirse siete veces en el rio Jordán. 

Naamán no quería cumplir las condiciones que había puesto Eliseo.  Sólo deseaba que el profeta dijera la palabra y quedar sano inmediatamente. Muy enojado ante esta humillación, Naamán se fue, pero sus siervos lo convencieron de que hiciera lo que el profeta le había dicho. Finalmente decidió hacerlo. Se sumergió siete veces  y cuando salió del agua la séptima vez, “su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” (2 Reyes 5:14).

Así es con la lepra del pecado.  Si abatimos nuestro orgullo y nos bautizamos, quedaremos limpios de nuestros pecados.  Ya no somos reos de la muerte sino herederos de la vida eterna.

El apóstol Pablo, hablando del perdón, dice “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo…Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 5:1; 8:1).

Cuando Adán y Eva salieron de las manos de su Creador, estaban desnudos. Aunque no tenían vestiduras artificiales, los cubría la gloria de Dios (Génesis 2:25); pero cuando pecaron, quedaron destituidos de esa gloria (Romanos 3:23)  y se vieron en la vergüenza de su desnudez (Génesis 3:8-10). En la Biblia las vestiduras representan justicia y la desnudez, el pecado (Génesis 3:11).

Adán y Eva habían quedado destituidos de la justicia de Dios y merecían la muerte. Para tratar de cubrir su desnudez, se hicieron unos delantales de hojas de higuera (Génesis 3:7) y se escondieron de Dios.  Pero Dios los buscó, les quitó los delantales que ellos mismos habían fabricados y les dio túnicas de pieles confeccionadas por El mismo (Génesis 3:21).  Ahora bien, para hacer estas túnicas de piel era necesario que muriera un animal. La muerte de ese animal permitió cubrir la desnudez del hombre.

En esta hermosa figura Dios estaba ilustrando como iba a salvar al hombre.  Jesús, el Cordero de Dios, tenía que morir para quitar el pecado del mundo (Juan 1:29) y cubrir al hombre con su justicia perfecta.  Cuantas veces sucede que el hombre procura resolver el  problema del pecado en su propia manera, por sus propios esfuerzos.

Pero sólo hay una forma en que el hombre puede ser salvo. El Cordero de Dios murió para cubrir la vergüenza de nuestra desnudez espiritual. ¡He aquí la única solución al problema del pecado!

EL NUEVO NACIMIENTO

Continúa en parte 41

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 39-

COMO SOMOS SALVOS –parte 6-

EL BAUTISMO Y EL PERDÓN –parte 1-

Pero, ¿Cómo puedo venir a Cristo? ¿Cómo puedo recibir el perdón por la inmensa deuda de pecado que he acumulado? La provisión está allí pero, ¿cómo puedo beneficiarme con ella? La respuesta está en Romanos 6:3-4. Citemos estos versículos y luego hagamos algunos comentarios: “O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo”.

Según el pasaje, cuando escojo bautizarme, Dios me considera muerto y sepultado con Cristo.  No muero como Cristo, sino que ante la vista de Dios muero con El.

Ya los pecados no son míos sino de El.  Ya no tengo que morir, pues en el bautismo morí con El. He ido al Banco del Universo para que Cristo salde mi deuda.  Ante la vista de Dios, yo he muerto con El por medio del bautismo.  Mis pecados han quedado totalmente pagos. Por ésto el apóstol Pedro dijo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para el perdón de los pecados…” (Hechos 2:38).

Supongamos que un día estoy andando en mi automóvil a 65 millas por hora, cuando el límite en esa zona es de sólo 30.  Una patrulla me para; viene el policía a mi ventana y me dice “Señor, usted viajaba a 65 millas por hora en una zona de 30, por lo tanto le voy a dar una multa”.  Creo que todos estarían de acuerdo en que yo merezco esta multa pues he violado la ley.  Pero yo le digo al policía: “Señor, yo estoy arrepentido por lo que he hecho, ¿no podría perdonarme la multa?” El policía me responde: “Señor, usted ha quebrantado la ley y según esa ley debe recibir una multa. 

Yo no le puedo perdonar la deuda porque la ley exige que se le castigue”. Obviamente el policía tiene razón.  La ley ha sido violada y exige un castigo.  Vayamos un poquito más allá. Supongamos  que el policía me diga: “Usted está triste por lo que ha hecho? ¿Reconoce su culpa y que merece el castigo?” Yo le respondo: “Si señor”. “Entonces voy a hacer algo”, dice el policía, “la multa tiene que pagarse pero veo que está arrepentido y reconoce su falta. Iré a la jefatura y pagaré la multa en su lugar”. Sería ridículo que yo dijera: “No, señor, yo quiero parar mi propia multa”. Yo creo que toda persona aceptaría esta oferta ¿verdad?

Nosotros hemos violado la Ley de Dios y el castigo no es una multa sino la muerte. Jesús no puede ignorar mi pecado ni puede perdonarme sin que se haya hecho el pago correspondiente. Cuando manifiesto tristeza por el pecado y confieso mi culpa, Cristo ofrece poner su muerte en mi cuenta. El bautismo marca el momento en que acepto el pago que hizo Cristo en mi lugar. Es decir, si rehusó bautizarme, estoy rechazando el pago que ofrece Cristo por mis pecados.

El perdón que da Dios en el bautismo es pleno y completo. Echa nuestros pecados en el fondo del mar (Miqueas 7:19), los desvanece como la neblina (Isaías 44:22), los hace alejar de nosotros tanto como el oriente está lejos del occidente (Salmo 103:12), los borra de nuestra cuenta (Isaías 43:25).  Dios nos mira como si nunca hubiéramos pecado.  El apóstol Pablo afirma que “el que ha muerto [al pecado], ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:7).

Es importante que nos bauticemos como Dios dice. La Biblia afirma que el bautismo debe ser por inmersión.  Hay varios pasajes que indican claramente ésto:

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 38-

COMO SOMOS SALVOS –parte 5-

EL INOCENTE SUFRE POR LOS CULPABLES-parte 2-

Esta historia se explica en San Juan 3:14-15: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”. Con esta sola excepción, la serpiente en la Biblia siempre es símbolo de Satanás y del pecado. ¿Por qué, pues, se emplea la serpiente en esta ocasión como símbolo de Cristo?

La respuesta la hallamos en 2 Corintios 5:21: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”.  Nuevamente vemos que el inocente se hizo culpable para que el culpable pudiera ser declarado inocente. ¡Cristo se hizo pecado para que nosotros pudiéramos vivir!

La muerte de Cristo en la cruz pagó la deuda de todo ser humano que jamás haya vivido sobre la tierra.  Murió por los pecados de todo el mundo (1 Juan 2:2). En la cruz Cristo fue considerado como asesino, adúltero, mentiroso, blasfemo, codicioso, y ladrón, no porque lo era sino porque el Padre colocó sobre El los pecados de toda la raza humana.

Alguno podría pensar que como Cristo pagó la deuda de todos los seres humanos, entonces todos se van a salvar. Pero no es así. ¿Por qué?

Supongamos que un magnate multimillonario establece un banco que llamaremos”El Banco del Universo”, y deposita suficiente dinero para pagar todas las deudas de todos los seres humanos que jamás hayan vivido o vivirán sobre la tierra. Es decir, el banco tiene recursos infinitos.  Se hace un anuncio por todos los medios de comunicación: “Se acaba de abrir el Banco del Universo. Hay suficiente dinero para pagar las deudas de todos los seres humanos. Lo único que tienen que hacer es venir al banco y extraer el dinero necesario para saldar sus deudas”. Triste sería que habiendo recursos para pagar las deudas de cada persona, algunos prefieran quedarse endeudados por no venir al banco.

Cada ser humano ha contraído una deuda que nunca podrá pagar, a no ser con la muerte.  La Ley divina exige perfecta justicia, pero como todos hemos pecado nos es imposible pagarle a la Ley lo que exige. Cuando quebrantamos la Ley, ella nos dice: “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).

¡Pero hay buenas noticias! Cuando Cristo murió, cargó con la deuda de todos.  Pagó lo que la Ley, es decir, Dios, exigía. Hizo un depósito en el Banco del Universo más que suficiente para saldar la deuda de todos los seres humanos.  Pero aunque hay recursos infinitos en el Banco del Universo, sólo los que vengan a Cristo se beneficiarán. Lo más triste es que habiendo todos estos recursos, algunos pecadores rehúsan venir al banco y prefieren quedarse con su deuda de muerte.

El sacrificio de Cristo fue suficiente para pagar la deuda de cada pecador, pero sólo los que vengan a El se beneficiarán. En el desierto la roca fue golpeada por los pecados del pueblo, pero ellos debían beber. La serpiente en el asta llevó los pecados del pueblo, pero ellos debían mirar. No era suficiente golpear la roca o levantar la serpiente, el pueblo tenía que responder.

EL BAUTISMO Y EL PERDON

Continúa en parte 39

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 37-

COMO SOMOS SALVOS –parte 4-

EL INOCENTE SUFRE POR LOS CULPABLES-parte 1-

El pueblo de Israel acababa de salir de la esclavitud en Egipto. Vieron como Dios abrió el mar Rojo para que pasaran en tierra seca y como las aguas enfurecidas se tragaron a sus enemigos (Éxodo 14 y 15). Dios luego hizo llover pan del cielo, milagro que se realizó todos los días menos los sábados por 40 años (Éxodo 16). Inmediatamente después de estos milagros, el pueblo de Israel comenzó a altercar con Moisés y a murmurar contra Dios porque no había agua (Éxodo 17). 

Dios le dijo a Moisés que reuniera al pueblo delante de la peña de Horeb y que tomara en su mano la misma vara con que había herido el mar Rojo (Éxodo 17:5). Cristo prometió estar delante del pueblo sobre la peña de Horeb (17:6).  Con nuestra imaginación volvamos a la escena. El pueblo se halla delante de la peña y Moisés levanta su vara. La misma que había traído las plagas sobre Egipto y abierto y cerrado el mar Rojo. El pueblo se estremece.  Temen que va a caer sobre ellos el castigo de Dios. Pero cuando la vara cae, no es sobre el pueblo sino sobre la peña. De repente fluyen aguas refrescantes de la roca para saciar la sed del pueblo.

¿Qué significado tiene para nosotros este episodio? En 1 Corintios 10:4 el apóstol Pablo nos asegura que la Roca es símbolo de Cristo. Pero ¿y la vara? La vara representa castigo o juicio. En Proverbios 23:13-14 el sabio Salomón nos dice: “No rehúses corregir al muchacho; porque si lo castigas con vara no morirá. Lo castigarás con vara, y librarás su alma del Seol”.

Ahora relacionemos los símbolos. La vara del castigo divino debía caer sobre el pueblo por su pecado, pero en lugar de que sufriera el pueblo, la vara del castigo cayó sobre la roca.  Es decir, la roca sufrió el castigo que debía caer sobre el pueblo.

En la profecía mesiánica de Isaías 53:4-5 hallamos la explicación divina de este episodio: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. ¡Gloriosa verdad! Jesús, el inocente, sufrió el castigo de los culpables.

En otra ocasión el pueblo de Israel murmuraba de nuevo. ¿Por qué? Esta vez porque estaban cansados de comer pan del cielo (Números 21:5). De repente empezaron a salir serpientes venenosas de todas partes y atacaron al pueblo y como resultado murieron muchos. El pueblo contrito y humillado confesó su gran pecado a Dios y rogó que quitara las serpientes de su medio (vers.7).

Pero Dios respondió de otro modo. Le pidió a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la colocara en un asta. Luego todos los que habían sido mordidos debían mirar a esta serpiente de bronce. Moisés como siempre, obedeció la orden de Dios. Leamos el final de la historia en Números 21:9: “Y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía”. Esta historia se explica en San Juan 3:14-15:

Continúa en parte 38

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 36-

COMO SOMOS SALVOS –parte 3-

EL ARREPENTIMIENTO Y LA CONFESIÓN 

Desde el mismo comienzo de la historia, Dios ha tomado la iniciativa para salvar al hombre. Cuando Adán y Eva pecaron, se escondieron de Dios entre los árboles del huerto. Fue Dios quien los buscó. “¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9), preguntó.  La voz de Dios procuraba hablar a la conciencia de Adán y Eva para que reconocieran su pecado.  Pero ellos procuraron excusar lo que habían hecho. La mujer le echó la culpa a la serpiente y el hombre le echó la culpa a la mujer (Génesis 3: 12-13). Vemos aquí uno de los más serios frutos del pecado.  En vez de admitir su culpabilidad, Adán y Eva procuraron justificarse.

El verdadero arrepentimiento consiste en admitir sin excusas ni pretextos que hemos pecado contra Dios. Es reconocer que hemos quebrantado la Ley de Dios y que ésto ha traído como resultado separación entre El y nosotros. Es entristecernos por el pecado.  El verdadero arrepentimiento es un don de Dios, impartido por el Espíritu Santo, quien nos redarguye de pecado (Juan 16:8). Dios es quien obra en nosotros el arrepentimiento y nunca podremos lograrlo por nosotros mismos.

Debemos distinguir entre arrepentirse del pecado y admitir el pecado. Es posible admitirlo sin estar arrepentido de él.

Algunos mueren de cáncer al pulmón por haber fumado toda la vida. Cuando están moribundos en el hospital se arrepienten de haber fumado, pero en realidad no están tristes porque creen que fumar es un pecado o porque creen haber contaminado el templo del Espíritu Santo, sino porque van a morir. Se entristecen por las consecuencias que el fumar le ha traído y no por el acto de fumar.

La verdadera tristeza por el pecado se manifiesta en la confesión.  En el arrepentimiento reconocemos que hemos pecado y en la confesión lo admitimos. Dios promete: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).  Dios ha dicho que todos hemos pecado. Si digo que no he pecado, ¡estoy afirmando que Dios es mentiroso! El sabio Salomón escribió: “El que encubre sus pecados no prosperará; más el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia (Proverbios 28:13).

Podemos ver como este último versículo se ejemplifica en el contraste entre Acán y David. Ambos cometieron actos terribles.  David mandó matar a Urías heteo para poder quedarse con su esposa (vea 2 Samuel 11). Acán codició y robó lo que Dios había prohibido (Vea Josué 7). Sin embargo Acán fue apedreado y David fue perdonado.  A primera vista esto parece injusto. Da la impresión que Dios hace acepción de personas. Pero no es así.  Acán se vio obligado a admitir lo que había hecho. Se le dieron muchas oportunidades para que se arrepintiera y confesara su pecado, pero no lo hizo.

Cuan diferente fue el caso de David. Cuando Dios por medio del profeta Natán, trajo a la luz el pecado de David, se despertó la conciencia del rey. Oía retumbar en sus oídos los mandamientos “No mataras”, “No cometerás adulterio”.  David reconoció la gravedad de su pecado y se arrepintió.  Su arrepentimiento y confesión se hallan registrados en el Salmo 51. Citemos algunos versículos “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado esta siempre delante de mí.  Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos…Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades” (Salmo 51: 3-4-, 9).

Pero David no sólo pidió perdón por lo que había hecho.  Anhelaba un corazón limpio que le permitiese apartarse del pecado. En el mismo salmo le ruega a Dios:

“Purifícame con hisopo, y seré limpio, lávame, y seré más blanco que la nieve…Crea en mí, oh Dios un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mi” (Salmo 51: 7, 10).

El verdadero arrepentimiento no sólo nos lleva a confesar el pecado sino a querer abandonarlo; no sólo anhela el perdón sino la limpieza.

EL INOCENTE SUFRE POR LOS CULPABLES

Continúa en parte 37

 

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