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Archive for the ‘1.00- EL CAMINO A CRISTO- CONOZCAMOS AL PRINCIPE DEL CIELO-’ Category

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 16-

LA CONSAGRACIÓN

COMO ENTREGARNOS Y DEDICAR LA VIDA A DIOS -parte 2

El Hijo de Dios dio todo para nuestra redención: la vida, el amor y los sufrimientos. Cada momento de nuestra vida hemos sido participantes de las bendiciones de su gracia, y por esta misma razón no podemos comprender plenamente las profundidades de la ignorancia y la miseria de que hemos sido salvados. Viendo la humillación infinita del Señor de gloria ¿no podemos entrar en la vida a costa de conflictos y humillación propia?

Muchos corazones orgullosos preguntan: ¿Por qué necesitamos arrepentirnos y humillarnos antes de poder tener la seguridad de que somos aceptados por Dios? Miremos a Cristo. En El no había pecado alguno y, lo que es más, era el Príncipe del cielo; más por causa del hombre se hizo pecado.…Por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo El llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”. (Isaías 53:12)

¿Y qué abandonamos cuando damos todo? Un corazón corrompido para que Jesús lo purifique, para que lo limpie con su propia sangre y para que lo salve con su incomparable amor. ¡Y sin embargo, los hombres hallan difícil dejarlo todo! Dios no nos pide que dejemos nada de lo que es para nuestro mayor provecho retener.  En todo lo que hace, tiene presente la felicidad de sus hijos.  Ojalá que todos aquellos que no han elegido seguir a Cristo pudieran comprender que El tiene algo muchísimo mejor que ofrecerles que lo que están buscando por sí mismos.

El hombre hace el mayor perjuicio e injusticia a su propia alma cuando piensa y obra de un modo contrario a la voluntad de Dios.  Ningún gozo real puede haber en la senda prohibida por Aquél que conoce lo que es mejor y proyecta el bien de sus criaturas. El camino de la transgresión es el camino de la miseria y la destrucción.

Es un error dar cabida al pensamiento de que Dios se complace en ver sufrir a sus hijos.  Todo el cielo está interesado en la felicidad del hombre.  Nuestro Padre celestial no cierra las avenidas del gozo a ninguna de sus criaturas.  Los requerimientos divinos nos llaman a rehuir todos los placeres que traen consigo sufrimiento y contratiempos, que nos cierran la puerta de la felicidad y del cielo. 

El Redentor del mundo acepta a los hombres tales como son, con todas sus necesidades, imperfecciones y debilidades; y no solamente los limpiará de pecado y les concederá redención por su sangre, sino que satisfará el anhelo de todos los que consientan en llevar su yugo y su carga. Es su designio impartir paz y descanso a todos los que acudan a El en busca del pan de vida.  Solamente demanda de nosotros que cumplamos los deberes que guíen nuestros pasos a las alturas de la felicidad, a las cuales los desobedientes nunca pueden llegar. (Elena White)

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 15-

LA CONSAGRACIÓN

COMO ENTREGARNOS Y DEDICAR LA VIDA A DIOS-parte1-

La promesa de Dios es “Me buscaréis y me hallaréis cuando me buscareis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13). Debemos dar a Dios todo el corazón o, de otra manera el cambio que se ha de efectuar en nosotros, y por el cual hemos de ser transformados conforme a su semejanza, jamás se realizará.  Por naturaleza estamos enemistados con Dios. El Espíritu Santo describe nuestra condición en palabras como éstas: “Muertos en las transgresiones y los pecados” (Efesios 2:1). Estamos enredados fuertemente en los lazos de Satanás, por el cual “estamos cautivos a voluntad de él” (2Tim.2:26).

Dios quiere sanarnos y libertarnos. Pero, puesto que ésto demanda una transformación completa y la renovación de toda nuestra naturaleza, debemos entregarnos a El enteramente.  La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande que jamás hayamos tenido.  El rendirse a sí mismo entregando todo a la voluntad de Dios, requiere una lucha; más para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes a Dios.

El gobierno de Dios no está fundado en una sumisión ciega y en una reglamentación irracional, como Satanás quiere hacerlo parecer. Al contrario, apela al entendimiento y la conciencia. “¡Venid, pues, y estemos a cuenta…” (Isaías 1:18), es la invitación del Creador a todos los seres que ha formado.  Dios no fuerza la voluntad de sus criaturas.  El no puede aceptar un homenaje que no se le de voluntaria e inteligentemente.  Una sumisión meramente forzada impediría todo desarrollo real del entendimiento y del carácter: haría del hombre un mero autómata.  No es ése el designio del Creador.  El desea que el hombre, que es la obra maestra de su poder creador, alcance el más alto desarrollo posible.  Nos presenta la gloriosa altura a la cual quiere elevarnos mediante su gracia.  Nos invita a entregarnos a El a fin de que pueda hacer su voluntad en nosotros.  A nosotros nos toca decidir si queremos ser libres de la esclavitud del pecado para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Al consagrarnos a Dios, debemos necesariamente abandonar todo aquello que nos separe de El.  Por ésto dice el Salvador: “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33). Debemos dejar todo lo que aleje el corazón de Dios. Los tesoros son el ídolo de muchos.  El amor al dinero y el deseo de las riquezas son la cadena de oro que los tienen sujetos a Satanás.  Otros adoran la reputación y los honores del mundo. Una vida de comodidad egoísta, libre de responsabilidad, es el ídolo de otros. Más deben romperse estos lazos de servidumbre.

No podemos consagrar una parte de nuestro corazón al Señor y la otra al mundo.  No somos hijos de Dios a menos que lo seamos enteramente. Hay algunos que profesan servir a Dios a la vez que confían en sus propios esfuerzos para obedecer su Ley, formar un carácter recto y asegurarse la salvación. Sus corazones no son movidos por ningún sentimiento profundo del amor de Cristo, sino que tratan de ejecutar los deberes de la vida cristiana como una cosa que Dios demanda de ellos a fin de ganar el cielo.  Tal religión no vale nada.  Cuando Cristo mora en el corazón, el alma está tan llena de su amor, del gozo de su comunión, que se une a El, y pensando en El, se olvida de sí misma.

El amor de Cristo es el móvil de la acción.  Aquellos que sienten el constructivo amor de Dios no preguntan cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer los requerimientos de Dios; no preguntan cuál es la más baja norma aceptada, sino que aspiran a una vida de completa conformidad con la voluntad de su Salvador. El profesar pertenecer a Cristo sin sentir amor profundo, es mera charla, árido formalismo, gravosa y vil tarea. (Elena White)

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 14-

PARA OBTENER LA PAZ INTERIOR

COMO CONFESARLE NUESTROS PECADOS-parte 2-

En los días de Samuel los israelitas se extraviaron de Dios.  Estaban sufriendo las consecuencias del pecado; porque habían perdido su fe en Dios, el discernimiento de su poder y su sabiduría para gobernar a la nación y su confianza en la capacidad del Señor para defender y vindicar su causa. Se apartaron del gran Gobernante del universo y quisieron ser gobernados como las naciones que los rodeaban.  Antes de encontrar paz hicieron esta confesión explícita: “Porque a todos nuestros pecados hemos añadido esta maldad de pedir para nosotros un rey” (1Samuel 12:19). Tenían que confesar el mismo pecado del cual estaban convencidos. Su ingratitud oprimía sus almas y los separaba de Dios.

Dios no acepta la confesión sin sincero arrepentimiento y reforma.  Debe haber un cambio decidido en la vida; toda cosa que sea ofensiva a Dios debe dejarse. Esto será el resultado de una verdadera tristeza por el pecado.  Se nos presenta claramente la obra que tenemos que hacer de nuestra parte.

“¡Lavaos,  limpiaos; apartad la maldad de vuestras obras de delante de mis ojos; cesad de hacer lo malo; aprended a hacer lo bueno; buscad lo justo; socorred al oprimido…” (Isaías 1:16,17).

Cuando el pecado ha amortiguado la percepción moral, el injusto no discierne los defectos de su carácter, ni comprende la enormidad del mal que ha cometido y, a menos que ceda al poder convincente del Espíritu Santo, permanecerá parcialmente ciego sin percibir su pecado. Sus confesiones no son sinceras ni de corazón. Después que Adán y Eva hubieron comido de la fruta prohibida, los embargó un sentimiento de vergüenza y terror.  Cuando el Señor les habló tocante a su pecado,  Adán respondió, echando la culpa en parte a Dios y en parte a su compañera: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí”. La mujer echó la culpa a la serpiente diciendo: “La serpiente me engañó, y comí” (Gen.3:12,13).  ¿Por qué hiciste la serpiente?  ¿Por qué le permitiste que entrase en el Edén? Esas eran las preguntas implicadas en la excusa de su pecado, haciendo así a Dios responsable de su caída. El espíritu de justificación propia tuvo su origen en el padre de la mentira y ha sido exhibido por todos los hijos e hijas de Adán.  Las confesiones de esta clase no son inspiradas por el Espíritu divino y no serán aceptables para Dios.  El arrepentimiento verdadero induce al hombre a reconocer su propia maldad, sin engaño ni hipocresía. 

Los ejemplos de arrepentimiento y humillación genuinos que da la Palabra de Dios revelan un espíritu de confesión sin excusa por el pecado, ni intento de justificación propia. El corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepentimiento genuino, apreciará algo del amor de Dios y del costo del Calvario; y como el hijo se confiesa a un padre amoroso, así presentará el que esté verdaderamente arrepentido todos sus pecados delante de Dios.

“Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1Juan 1:9).

(Elena White)

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 13-

PARA OBTENER LA PAZ INTERIOR

COMO CONFESARLE NUESTROS PECADOS-parte 1-

“El que encubre sus transgresiones, no prosperará; más quien las confiese y las abandone, alcanzará misericordia” (Prov. 28:13).

Las condiciones para obtener la misericordia de Dios son sencillas, justas y razonables.  El Señor no nos exige que hagamos alguna cosa penosa para obtener el perdón de los pecados.  No necesitamos hacer largas y cansadoras peregrinaciones, ni ejecutar duras penitencias, para encomendar nuestra alma al Dios de los cielos o para expiar nuestra transgresión; más el que confiesa su pecado y se aparta de él, alcanzará misericordia.

El apóstol dice:”Confesad pues vuestras ofensas los unos a los otros, y orad los unos por los otros, para que seáis sanados” (Sant.5:16). Confesad vuestros pecados a Dios, quien sólo puede perdonarlos, y vuestras faltas unos a otros.  Si has dado motivo de ofensa a tu amigo o vecino, debes reconocer tu falta, y es su deber perdonarte libremente.  Debes entonces buscar el perdón de Dios, porque el hermano a quien has ofendido pertenece a Dios y al perjudicarlo has pecado contra su Creador y Redentor.  Debemos presentar el caso delante del único y verdadero Mediador, nuestro gran Sumo Sacerdote, que “ha sido tentado en todo, así como nosotros, más sin pecado”, “que es capaz de compadecerse de nuestras flaquezas” (Hebreos 4:15), y es poderoso para limpiarnos de toda mancha de pecado.

Los que no se han humillado de corazón delante de Dios reconociendo su culpa, no han cumplido todavía la primera condición de la aceptación.  Si no hemos experimentado ese arrepentimiento, del cual nadie se arrepiente, y no hemos confesado nuestros pecados con verdadera humillación de alma y quebrantamiento de espíritu, aborreciendo nuestra iniquidad, no hemos buscado verdaderamente el perdón de nuestros pecados; y si nunca lo hemos buscado, nunca hemos encontrado la paz de Dios.

La única razón porque no obtenemos la remisión de nuestros pecados pasados es que no estamos dispuestos a humillar nuestro corazón y a cumplir con las condiciones de la Palabra de verdad. Se nos dan instrucciones explícitas tocantes a este asunto. La confesión de nuestros pecados, ya sea pública o privada, debe ser de corazón y voluntaria.  No debe ser arrancada al pecador.  No debe hacerse de un modo ligero y descuidado o exigirse de aquellos que no  tienen real comprensión del carácter aborrecible del pecado.  La confesión que brota de lo íntimo del alma sube al Dios de la piedad infinita.  El salmista dice: “Cercano está  Jehová a los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu contrito”. (Salmo 34:18)

La verdadera confesión es siempre de un carácter específico y declara pecados particulares.  Pueden ser de tal naturaleza que solamente pueden presentarse delante de Dios. Pueden ser males que deben confesarse individualmente a los que hayan sufrido daño por ellos;  pueden ser de un carácter público y, en ese caso, deberán confesarse públicamente.  Toda confesión debe hacerse definida y al punto, reconociendo los mismos pecados de que seamos culpables. (Elena White)

 

 

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 12-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO -parte 6

Muchos aceptan una religión intelectual, una forma de santidad, sin que el corazón esté limpio. Sea nuestra oración: “¡Crea en mi, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mi!” (Salmo 51:10).  Seamos leales con nuestra propia alma. Seamos tan diligentes, tan persistentes, como lo seríamos si nuestra vida mortal estuviera en peligro.  Este es un asunto que debe arreglarse entre Dios y nuestra alma; arreglarse para la eternidad.  Una esperanza supuesta y nada más, llegará a ser nuestra ruina.

Estudiemos la Palabra de Dios con oración. Esa Palabra nos presenta, en la Ley de Dios y en la vida de Cristo, los grandes principios de “la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb.12:14). Convence de pecado; revela plenamente el camino de la salvación. Prestémosle atención como a la voz de Dios que nos habla.

Cuando veamos la enormidad del pecado, cuando nos veamos como somos en realidad, no nos entreguemos a la desesperación. Pues a los pecadores es a quienes Cristo vino a salvar. El está solicitando por su tierno amor los corazones de sus hijos errados.  Ningún padre según la carne podría ser tan paciente con las faltas y yerros de sus hijos, como lo es Dios con aquellos a quienes trata de salvar. Nadie podría argüir más tiernamente con el pecador.  Jamás labios humanos han dirigido invitaciones más tiernas que El al extraviado.  Todas sus promesas, sus amonestaciones, no son sino la expresión de su indecible amor.

Cuando Satanás viene a decirte que eres un gran pecador, mira a tu Redentor y habla de sus méritos.  Lo que te ayudará será el mirar su luz.  Reconoce tu pecado, pero di al enemigo que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores “(1Tim.1:15), y que puedes ser salvo por su incomparable amor. Los méritos de su sacrificio son suficientes para presentarlos al Padre en nuestro favor.  Aquéllos a quienes ha perdonado más, lo amarán más, y estarán más cerca de su trono alabándolo por su grande amor e infinito sacrificio.  Cuanto más plenamente comprendemos el amor de Dios, más nos percatamos de la pecaminosidad del pecado.  Cuando vemos cuán larga es la cadena que se nos ha arrojado para rescatarnos, cuando entendemos algo del sacrificio infinito que Cristo ha hecho en nuestro favor, el corazón se derrite de ternura y contrición.  (Elena White)

  • “Pero anhelaban una mejor, ésto
  • es, celestial; por lo cuál Dios no se
  • avergüenza de llamarse Dios de ellos;
  • porque les ha preparado una ciudad.”  (Heb.11:16)
  • “Bienaventurados los que guardan
  • sus mandamientos, para tener
  • derecho al árbol de la vida, y para
  • entrar por la puertas de la ciudad”.  (Apoc.22:14)
  • “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que
  • os falta conforme a sus riquezas en
  • gloria en Cristo Jesús”.  (Filip.4:19)
  • Reconócelo en todos tus
  • caminos, y El enderezará  tus veredas”.  (Prov.3:6)

 

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 11-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO -parte 5-

Adán y Eva se persuadieron de que por una cosa de tan poca importancia, como comer la fruta prohibida, no podrían resultar tan terrible consecuencias como Dios les había declarado.  Pero esta cosa tan pequeña era la transgresión de la Santa e inmutable Ley de Dios; separaba de Dios al hombre y abría las compuertas de la muerte y de miserias sin número sobre nuestro mundo.  Siglo tras siglo ha subido de nuestra tierra un continuo lamento de aflicción, y la creación a una gime bajo la fatiga terrible del dolor, como consecuencia de la desobediencia del hombre.  El cielo mismo ha sentido los efectos de la rebelión del hombre contra Dios.  El Calvario está delante de nosotros como un recuerdo del sacrificio asombroso que se requirió para expiar la transgresión de la Ley Divina.  No consideremos el pecado como cosa trivial.

Toda transgresión, todo descuido o rechazo de la gracia de Cristo, obra indirectamente sobre nosotros; endurece el corazón, deprava la voluntad, entorpece el entendimiento y, no solamente nos hace menos inclinados a ceder, sino también menos capaces de ceder a la tierna invitación del Espíritu de Dios.

Muchos están apaciguando su conciencia inquieta con el pensamiento de que pueden cambiar su mala conducta cuando quieran; de que pueden tratar con ligereza las invitaciones de la misericordia y, sin embargo, seguir siendo llamados.  Piensan que después de menospreciar al Espíritu de gracia, después de echar su influencia del lado de Satanás, en un momento de terrible necesidad pueden cambiar de conducta.  Pero ésto no se hace tan fácilmente.  La experiencia y la educación de una vida entera han amoldado de tal manera el carácter, que pocos desean después recibir la imagen de Jesús.

Un solo rasgo malo de carácter, un solo deseo pecaminoso, acariciado persistentemente, neutralizan a  veces todo el poder del Evangelio. Toda indulgencia pecaminosa fortalece la aversión del alma hacia Dios. El hombre que manifiesta un descreído atrevimiento o una impasible indiferencia hacia la verdad, no está sino segando la cosecha de su propia siembra.  En toda la Biblia no hay amonestación más terrible contra el hábito de jugar con el mal que las palabras del hombre sabio, cuando dice: “Prenderán al impío sus propia iniquidades” (Prov.5:22).

Cristo está pronto para libertarnos del pecado, pero no fuerza la voluntad; y si por la persistencia en el pecado la voluntad misma se inclina enteramente al mal y no deseamos ser libres, si no queremos aceptar su gracia, ¿qué más puede hacer? Hemos obrado nuestra propia destrucción por nuestro deliberado rechazo de su amor. “¡He aquí ahora es el tiempo acepto! ¡He aquí ahora es el día de salvación!” (2Cor.6:2) “¡Hoy, si oyeres su voz, no endurezcáis vuestros corazones!”  (Heb.3:7,8). “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” (1Samuel 16:7), el corazón humano con sus encontradas emociones de gozo y tristeza, el extraviado y caprichoso corazón, morada de tanta impureza y engaño. El sabe tus motivos, tus mismos intentos y miras. Vayamos a El con nuestra alma manchada como está.  Como el salmista, abramos nuestras cámaras al ojo que todo lo ve:

¡Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame, y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mi, camino de perversidad, y guíame en el camino eterno!” (Salmo 139:23, 24). 

(Elena White)

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 10-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO -parte 4-

No todos los pecados son delante de Dios de igual magnitud; hay diferencia de pecados a su juicio, como la hay a juicio de los hombres; sin embargo, aunque éste o aquél acto malo puede parecer frívolo a los ojos de los hombres, ningún pecado es pequeño o grande a la vista de Dios.  El juicio de los hombres es parcial e imperfecto; más Dios ve todas las cosas como son realmente. El borracho es detestado y se dice que su pecado lo excluirá del cielo, mientras que el orgullo, el egoísmo y la codicia muchísimas veces pasan sin condenarse.

Sin embargo, éstos son pecados que ofenden especialmente a Dios; porque son contrarios a la benevolencia de su carácter, a ese amor desinteresado que es la misma atmósfera del universo que no ha caído. El que cae en alguno de los pecados grandes puede avergonzarse y sentir su pobreza y necesidad de la gracia de Cristo; pero el orgullo no siente ninguna necesidad y cierra el corazón a Cristo y a las infinitas bendiciones que El vino a derramar.  Si percibimos nuestra condición pecaminosa, no esperemos a hacernos mejores a nosotros mismos.  Hay ayuda para nosotros solamente en Dios. No debemos permanecer en espera de persuasiones más fuertes, de mejores oportunidades o de caracteres más santos.  Nada podemos hacer por nosotros mismos.  Debemos ir a Cristo tales como somos.

Pero nadie se engañe a si mismo con el pensamiento de que Dios, en su grande amor y misericordia, salvará aún a aquellos que rechazan su gracia.  La excesiva corrupción del pecado puede conocerse solamente a la luz de la cruz. Cuando los hombres insisten en que Dios es demasiado bueno para desechar a los pecadores, miren al Calvario.  Fue porque no había otra manera en que el hombre pudiese ser salvo, porque sin este sacrificio era imposible que la raza humana escapara del poder contaminador del pecado y se pusiera en comunión con los seres santos, imposible que los hombres llegaran a ser participes de la vida espiritual; y fue  por esta causa por lo que Cristo tomó sobre si la culpabilidad del desobediente y sufrió en lugar del pecador. 

El amor, los sufrimientos y la muerte del Hijo de Dios, todo da testimonio de la terrible enormidad del pecado y prueba que no hay modo de escapar de su poder, ni esperanza de una vida más elevada, sino mediante la sumisión del alma a Cristo. El Señor no nos ha dado un imperfecto modelo humano.  Se nos ha dado como modelo al inmaculado Hijo de Dios, y los que se quejan de la mala vida de los que profesan ser creyentes, son los que deberían presentar una vida y un ejemplo más nobles. Saben lo que es bueno, y, sin embargo rehúsan hacerlo.

No posterguemos la obra de abandonar nuestros pecados y buscar la pureza del corazón por medio de Jesús. Hay un terrible peligro, en retardarse en ceder a la invitación del Espíritu Santo de Dios, en preferir vivir en el pecado.  Lo que no venzamos nos vencerá y determinará  nuestra destrucción. (Elena White)

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 9-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO -parte 3-

El pecador puede resistir a este amor, puede rehusar ser atraído a Cristo; pero si no se resiste será atraído a Jesús, un conocimiento del plan de la salvación lo guiará  al pie de la cruz, arrepentido de sus pecados que han causado los sufrimientos del amado Hijo de Dios.

La misma inteligencia divina que obra en la naturaleza habla al corazón de los hombres y crea un deseo indecible de algo que no tienen.  Las cosas del mundo no pueden satisfacer su ansiedad. El Espíritu de Dios está  suplicándoles que busquen las cosas que sólo pueden dar paz y descanso: la gracia de Cristo y el gozo de la santidad. Por medio de influencias visibles e invisibles, nuestro Salvador está constantemente obrando para atraer el corazón de los hombres de los vanos placeres del pecado a las bendiciones infinitas que pueden disfrutar en El. A todas estas almas que están procurando vanamente beber en las cisternas rotas de este mundo, se dirige el mensaje divino: “El que tiene sed, ¡venga! ¡y el que quiera, tome del agua de la vida, gratuitamente!” (Apoc.22:17).

Los que en sus corazones anhelan algo mejor que lo que este mundo puede dar, reconozcan este deseo como la voz de Dios que habla a sus almas. Pídanles que les de arrepentimiento, que les revele a Cristo en su amor infinito y en su pureza perfecta.  En la vida del Salvador quedaron perfectamente ejemplificados los principios de la Ley de Dios y el amor de Dios y al hombre. La benevolencia y el amor desinteresado fueron la vida de su alma.  Contemplándolo, nos inunda la luz de nuestro Salvador  y podemos ver la pecaminosidad de nuestro corazón.

Podemos lisonjearnos como Nicodemo de que nuestra vida ha sido muy buena, de que nuestro carácter es perfecto y pensar que no necesitamos humillar nuestro corazón delante de Dios como el pecador común, pero cuando la luz de Cristo resplandece en nuestras almas, vemos cuán impuros somos; discernimos el egoísmo de nuestros motivos y la enemistad contra Dios, que ha manchado todos los actos de nuestra vida.  Entonces conocemos que nuestra propia justicia es en verdad como andrajos inmundos y que solamente la sangre de Cristo puede limpiarnos de las manchas del pecado y renovar nuestro corazón a su semejanza.

Un rayo de luz de la gloria de Dios, un destello de la pureza de Cristo que penetre en el alma, hace dolorosamente visible toda mancha de pecado y descubre la deformidad y los defectos del carácter humano.  Hace patentes los deseos impuros, la infidelidad del corazón y la impureza de los labios.  Los actos de deslealtad del pecador que anula la ley de Dios, quedan expuestos a su vista y su espíritu se aflige y se oprime bajo la influencia escudriñadora del Espíritu de Dios.

Cuando el profeta Daniel vio la gloria que rodeaba al mensajero celestial que le había sido enviado, se sintió abrumado por su propia debilidad e imperfección.  Describiendo el efecto de la maravillosa escena, dijo:”No quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno” (Daniel 10:8). Cuando el alma se conmueve de esta manera, odia el egoísmo, aborrece el amor propio y busca, mediante la justicia de Cristo, la pureza  de corazón que está en armonía con la Ley de Dios y con el carácter de Cristo.  (Elena White)

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO-parte 8-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO -parte 2-

  • “¡Apiádate de mi, Oh Dios, conforme a tu misericordia;
  • conforme a la muchedumbre de tus piedades, borra mis transgresiones!
  • Porque yo reconozco mis transgresiones
  • y mí pecado está  siempre delante de mí…
  • ¡Purifícame con hisopo, y seré limpio;
  • lávame, y quedaré más blanco que la nieve!
  • ¡Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
  • y renueva un espíritu recto dentro de mí!
  • ¡No me eches de tu presencia,
  • y no me quites tu Santo Espíritu!  (parte del Salmo 51)

Efectuar un arrepentimiento como éste, está más allá del alcance de nuestro propio poder; se obtiene solamente de Cristo, quien ascendió a lo alto y ha dado dones a los hombres.

Precisamente éste es un punto sobre el cual muchos yerran, y por ésto dejan de recibir la ayuda que Cristo quiere darles. Piensan que no pueden ir a Cristo a menos que se arrepientan primero, y que el arrepentimiento los prepara para el perdón de sus pecados.  Es verdad que el arrepentimiento precede al perdón de los pecados, porque solamente el corazón quebrantado y contrito es el que siente la necesidad de un Salvador.  Pero ¿debe el pecador esperar hasta que se haya arrepentido, para poder ir a Jesús? ¿Ha de ser el arrepentimiento un obstáculo entre el pecador y el Salvador?

La Biblia no enseña que el pecador deba arrepentirse antes de poder aceptar la invitación de Cristo: ¡Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso!” (Mateo 11:28).

La virtud que viene de Cristo es la que guía a un arrepentimiento genuino.  San Pedro habla del asunto de una manera muy clara en su exposición a los israelitas cuando dice: “A éste, Dios le ensalzó con su diestra para ser Príncipe y Salvador, a fin de dar arrepentimiento a Israel, y  remisión de pecados” (Hechos 5:31). No podemos arrepentirnos sin que el Espíritu de Cristo despierte la conciencia, más de los que podemos ser perdonados sin Cristo.

Cristo es la fuente de todo buen impulso.  El es el único que puede implantar en el corazón enemistad contra el pecado.  Todo deseo de verdad y de pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad, es una prueba  de que su Espíritu está obrando en nuestro corazón.

Jesús dijo: “Yo si fuere levantado en alto de sobre la tierra, a todos los atraeré a mí mismo” (Juan 12:32). Cristo debe ser revelado al pecador como el Salvador que muere por los pecados del mundo; y cuando consideramos al Cordero de Dios sobre la cruz del Calvario, el misterio de la redención comienza a abrirse a nuestra mente y la bondad de Dios nos guía al arrepentimiento.  Al morir Cristo por los pecadores, manifestó un amor incomprensible; y este amor, a medida que el pecador lo contempla, enternece el corazón, impresiona la mente e inspira contricción en el alma.

Es verdad que algunas veces los hombres se avergüenzan de sus caminos pecaminosos y abandonan algunos de sus malos hábitos antes de darse cuenta de que son atraídos a Cristo. Pero cuando hacen un esfuerzo por reformarse, con un sincero deseo de hacer el bien, es el poder de Cristo el que los está atrayendo.  Una influencia de la cual no se dan cuenta, obra sobre el alma, la conciencia se vivifica y la vida externa se enmienda. Y a medida que Cristo los induce a mirar su cruz y contemplar a quien han traspasado sus pecados, el mandamiento despierta la conciencia.  La maldad de su vida, el pecado profundamente arraigado en su alma se revela.  Comienzan a entender algo de la justicia de Cristo. ¿Qué es el pecado para que exigiera tal sacrificio por la redención de su víctima? ¿Fueron necesarios todo este amor, todo este sufrimiento, toda esta humillación, para que no pereciéramos, sino que tuviéramos vida eterna?  (Elena White)

 

 

 

 

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 7-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO-parte 1-

¿Cómo se justificará el hombre con Dios? ¿Cómo se hará justo el pecador? Solamente por intermedio de Cristo podemos ponernos en armonía con Dios y la santidad; pero, ¿cómo debemos ir a Cristo? Muchos formulan la misma pregunta que hicieron las multitudes el día de Pentecostés, cuando convencidas de su pecado, exclamaron: “¿Qué haremos?” La primera palabra de contestación de Pedro fue “Arrepentíos.” Poco después, en otra ocasión, dijo:”Arrepentíos pues, y volveos a Dios; para que sean borrados vuestros pecados.” (Hechos 2:38; 3:19).

El arrepentimiento comprende tristeza por el pecado y abandono del mismo.  No renunciaremos al pecado a menos que veamos su pecaminosidad; mientras no lo repudiemos de corazón, no habrá cambio real en la vida.

Hay muchos que no entienden la naturaleza verdadera del arrepentimiento.  Gran número de personas se entristecen por haber pecado y aún se reforman exteriormente, porque  temen que su mala vida les acarre sufrimientos.  Pero ésto no es arrepentimiento en el sentido bíblico.  Lamentan la pena más bien que el pecado.  Tal fue el dolor de Esaú cuando vio que había perdido su primogenitura para siempre.  Balaán, aterrorizado por el ángel que estaba en su camino con la espada desnuda, reconoció su culpa por temor de perder la vida; más no experimentó un arrepentimiento sincero del pecado, ni un cambio de propósito, ni aborrecimiento del mal.  Judas Iscariote, después de traicionar a su Señor, exclamó: “¡He pecado, entregando la sangre inocente!”(Mateo 27:4).

Esta confesión fue arrancada a la fuerza de su alma culpable por un tremendo sentido de condenación y una pavorosa expectación de juicio.  Las consecuencias que habían de resultarle lo llenaban de terror, pero no experimentó profundo quebrantamiento de corazón, ni dolor de alma por haber traicionado al Hijo inmaculado de Dios y negado al Santo de Israel. Cuando Faraón sufría los juicios de Dios, reconoció su pecado a fin de escapar del castigo, pero volvió a desafiar al cielo tan pronto como cesaron las plagas.  Todos éstos lamentaban los resultados del pecado, pero no sentían tristeza por el pecado mismo.

Más cuando el corazón cede a la influencia del Espíritu de Dios, la conciencia se vivifica y el pecador discierne algo de la profundidad y santidad de la sagrada ley de Dios, fundamento de su gobierno en los cielos y en la tierra.  “Aquella Luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Juan 1:9), iluminando las cámaras secretas del alma y manifestando las cosas ocultas.  La convicción se posesiona de la mente y del corazón.  El pecador tiene entonces conciencia de la justicia de Jehová y siente terror de aparecer en su iniquidad e impureza delante del que escudriña los corazones.  Ve el amor de Dios, la belleza de la santidad y el gozo de la pureza. Ansía ser purificado y restituido a la comunión del cielo.

La oración de David después de su caída es una ilustración de la naturaleza del verdadero dolor por el pecado.  Su arrepentimiento era sincero y profundo.  No hizo ningún esfuerzo por atenuar su crimen; ningún deseo de escapar del juicio que lo amenazaba inspiró su oración.  David veía la enormidad de su transgresión; veía las manchas de su alma; aborrecía el pecado.  No imploraba solamente el perdón, sino también la pureza de corazón.  Deseaba tener el gozo de la santidad, ser restituido a la armonía y comunión con Dios. Este era el lenguaje de su alma.

“¡Bienaventurado aquél cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado!”  (Salmo 32:1).

(Elena White)

 

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