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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 16-

LA CONSAGRACIÓN

COMO ENTREGARNOS Y DEDICAR LA VIDA A DIOS -parte 2

El Hijo de Dios dio todo para nuestra redención: la vida, el amor y los sufrimientos. Cada momento de nuestra vida hemos sido participantes de las bendiciones de su gracia, y por esta misma razón no podemos comprender plenamente las profundidades de la ignorancia y la miseria de que hemos sido salvados. Viendo la humillación infinita del Señor de gloria ¿no podemos entrar en la vida a costa de conflictos y humillación propia?

Muchos corazones orgullosos preguntan: ¿Por qué necesitamos arrepentirnos y humillarnos antes de poder tener la seguridad de que somos aceptados por Dios? Miremos a Cristo. En El no había pecado alguno y, lo que es más, era el Príncipe del cielo; más por causa del hombre se hizo pecado.…Por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo El llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”. (Isaías 53:12)

¿Y qué abandonamos cuando damos todo? Un corazón corrompido para que Jesús lo purifique, para que lo limpie con su propia sangre y para que lo salve con su incomparable amor. ¡Y sin embargo, los hombres hallan difícil dejarlo todo! Dios no nos pide que dejemos nada de lo que es para nuestro mayor provecho retener.  En todo lo que hace, tiene presente la felicidad de sus hijos.  Ojalá que todos aquellos que no han elegido seguir a Cristo pudieran comprender que El tiene algo muchísimo mejor que ofrecerles que lo que están buscando por sí mismos.

El hombre hace el mayor perjuicio e injusticia a su propia alma cuando piensa y obra de un modo contrario a la voluntad de Dios.  Ningún gozo real puede haber en la senda prohibida por Aquél que conoce lo que es mejor y proyecta el bien de sus criaturas. El camino de la transgresión es el camino de la miseria y la destrucción.

Es un error dar cabida al pensamiento de que Dios se complace en ver sufrir a sus hijos.  Todo el cielo está interesado en la felicidad del hombre.  Nuestro Padre celestial no cierra las avenidas del gozo a ninguna de sus criaturas.  Los requerimientos divinos nos llaman a rehuir todos los placeres que traen consigo sufrimiento y contratiempos, que nos cierran la puerta de la felicidad y del cielo. 

El Redentor del mundo acepta a los hombres tales como son, con todas sus necesidades, imperfecciones y debilidades; y no solamente los limpiará de pecado y les concederá redención por su sangre, sino que satisfará el anhelo de todos los que consientan en llevar su yugo y su carga. Es su designio impartir paz y descanso a todos los que acudan a El en busca del pan de vida.  Solamente demanda de nosotros que cumplamos los deberes que guíen nuestros pasos a las alturas de la felicidad, a las cuales los desobedientes nunca pueden llegar. (Elena White)

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