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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 15-

LA CONSAGRACIÓN

COMO ENTREGARNOS Y DEDICAR LA VIDA A DIOS-parte1-

La promesa de Dios es “Me buscaréis y me hallaréis cuando me buscareis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13). Debemos dar a Dios todo el corazón o, de otra manera el cambio que se ha de efectuar en nosotros, y por el cual hemos de ser transformados conforme a su semejanza, jamás se realizará.  Por naturaleza estamos enemistados con Dios. El Espíritu Santo describe nuestra condición en palabras como éstas: “Muertos en las transgresiones y los pecados” (Efesios 2:1). Estamos enredados fuertemente en los lazos de Satanás, por el cual “estamos cautivos a voluntad de él” (2Tim.2:26).

Dios quiere sanarnos y libertarnos. Pero, puesto que ésto demanda una transformación completa y la renovación de toda nuestra naturaleza, debemos entregarnos a El enteramente.  La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande que jamás hayamos tenido.  El rendirse a sí mismo entregando todo a la voluntad de Dios, requiere una lucha; más para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes a Dios.

El gobierno de Dios no está fundado en una sumisión ciega y en una reglamentación irracional, como Satanás quiere hacerlo parecer. Al contrario, apela al entendimiento y la conciencia. “¡Venid, pues, y estemos a cuenta…” (Isaías 1:18), es la invitación del Creador a todos los seres que ha formado.  Dios no fuerza la voluntad de sus criaturas.  El no puede aceptar un homenaje que no se le de voluntaria e inteligentemente.  Una sumisión meramente forzada impediría todo desarrollo real del entendimiento y del carácter: haría del hombre un mero autómata.  No es ése el designio del Creador.  El desea que el hombre, que es la obra maestra de su poder creador, alcance el más alto desarrollo posible.  Nos presenta la gloriosa altura a la cual quiere elevarnos mediante su gracia.  Nos invita a entregarnos a El a fin de que pueda hacer su voluntad en nosotros.  A nosotros nos toca decidir si queremos ser libres de la esclavitud del pecado para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Al consagrarnos a Dios, debemos necesariamente abandonar todo aquello que nos separe de El.  Por ésto dice el Salvador: “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33). Debemos dejar todo lo que aleje el corazón de Dios. Los tesoros son el ídolo de muchos.  El amor al dinero y el deseo de las riquezas son la cadena de oro que los tienen sujetos a Satanás.  Otros adoran la reputación y los honores del mundo. Una vida de comodidad egoísta, libre de responsabilidad, es el ídolo de otros. Más deben romperse estos lazos de servidumbre.

No podemos consagrar una parte de nuestro corazón al Señor y la otra al mundo.  No somos hijos de Dios a menos que lo seamos enteramente. Hay algunos que profesan servir a Dios a la vez que confían en sus propios esfuerzos para obedecer su Ley, formar un carácter recto y asegurarse la salvación. Sus corazones no son movidos por ningún sentimiento profundo del amor de Cristo, sino que tratan de ejecutar los deberes de la vida cristiana como una cosa que Dios demanda de ellos a fin de ganar el cielo.  Tal religión no vale nada.  Cuando Cristo mora en el corazón, el alma está tan llena de su amor, del gozo de su comunión, que se une a El, y pensando en El, se olvida de sí misma.

El amor de Cristo es el móvil de la acción.  Aquellos que sienten el constructivo amor de Dios no preguntan cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer los requerimientos de Dios; no preguntan cuál es la más baja norma aceptada, sino que aspiran a una vida de completa conformidad con la voluntad de su Salvador. El profesar pertenecer a Cristo sin sentir amor profundo, es mera charla, árido formalismo, gravosa y vil tarea. (Elena White)

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