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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 9-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO -parte 3-

El pecador puede resistir a este amor, puede rehusar ser atraído a Cristo; pero si no se resiste será atraído a Jesús, un conocimiento del plan de la salvación lo guiará  al pie de la cruz, arrepentido de sus pecados que han causado los sufrimientos del amado Hijo de Dios.

La misma inteligencia divina que obra en la naturaleza habla al corazón de los hombres y crea un deseo indecible de algo que no tienen.  Las cosas del mundo no pueden satisfacer su ansiedad. El Espíritu de Dios está  suplicándoles que busquen las cosas que sólo pueden dar paz y descanso: la gracia de Cristo y el gozo de la santidad. Por medio de influencias visibles e invisibles, nuestro Salvador está constantemente obrando para atraer el corazón de los hombres de los vanos placeres del pecado a las bendiciones infinitas que pueden disfrutar en El. A todas estas almas que están procurando vanamente beber en las cisternas rotas de este mundo, se dirige el mensaje divino: “El que tiene sed, ¡venga! ¡y el que quiera, tome del agua de la vida, gratuitamente!” (Apoc.22:17).

Los que en sus corazones anhelan algo mejor que lo que este mundo puede dar, reconozcan este deseo como la voz de Dios que habla a sus almas. Pídanles que les de arrepentimiento, que les revele a Cristo en su amor infinito y en su pureza perfecta.  En la vida del Salvador quedaron perfectamente ejemplificados los principios de la Ley de Dios y el amor de Dios y al hombre. La benevolencia y el amor desinteresado fueron la vida de su alma.  Contemplándolo, nos inunda la luz de nuestro Salvador  y podemos ver la pecaminosidad de nuestro corazón.

Podemos lisonjearnos como Nicodemo de que nuestra vida ha sido muy buena, de que nuestro carácter es perfecto y pensar que no necesitamos humillar nuestro corazón delante de Dios como el pecador común, pero cuando la luz de Cristo resplandece en nuestras almas, vemos cuán impuros somos; discernimos el egoísmo de nuestros motivos y la enemistad contra Dios, que ha manchado todos los actos de nuestra vida.  Entonces conocemos que nuestra propia justicia es en verdad como andrajos inmundos y que solamente la sangre de Cristo puede limpiarnos de las manchas del pecado y renovar nuestro corazón a su semejanza.

Un rayo de luz de la gloria de Dios, un destello de la pureza de Cristo que penetre en el alma, hace dolorosamente visible toda mancha de pecado y descubre la deformidad y los defectos del carácter humano.  Hace patentes los deseos impuros, la infidelidad del corazón y la impureza de los labios.  Los actos de deslealtad del pecador que anula la ley de Dios, quedan expuestos a su vista y su espíritu se aflige y se oprime bajo la influencia escudriñadora del Espíritu de Dios.

Cuando el profeta Daniel vio la gloria que rodeaba al mensajero celestial que le había sido enviado, se sintió abrumado por su propia debilidad e imperfección.  Describiendo el efecto de la maravillosa escena, dijo:”No quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno” (Daniel 10:8). Cuando el alma se conmueve de esta manera, odia el egoísmo, aborrece el amor propio y busca, mediante la justicia de Cristo, la pureza  de corazón que está en armonía con la Ley de Dios y con el carácter de Cristo.  (Elena White)

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