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CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 5-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 3-

EL TABERNACULO Y SU CONSTRUCCIÓN-parte 2-

En el primer departamento, o lugar santo, estaban la mesa para los panes de la proposición, el candelero o lámpara y el altar del incienso. La mesa de los panes de la proposición estaba hacia el norte.  Tanto ella como su borde decorado estaban revestidos de oro puro.  Sobre esta mesa los sacerdotes debían poner cada sábado doce panes, arreglados en dos pilas y rociados con incienso.  Por ser santos, los panes que se quitaban debían ser comidos por los sacerdotes.  Al sur estaba el candelero de siete brazos, con sus siete lámparas.  Sus brazos estaban decorados con flores exquisitamente labradas y parecidas a lirios; el conjunto estaba hecho de una pieza sólida de oro. Como no había ventanas en el tabernáculo, las lámparas nunca se extinguían todas al mismo tiempo, sino que ardían día y noche.  Exactamente frente al velo que separaba el lugar santo del santísimo y de la inmediata presencia de Dios, estaba el altar de oro del incienso.  Sobre este altar el sacerdote debía quemar incienso todas las mañanas y todas las tardes; sobre sus cuernos se aplicaba la sangre de la victima de la expiación, y en el gran día de la expiación era rociado con sangre. El fuego que estaba sobre el altar fue encendido por Dios mismo, y se lo cuidaba devotamente. Día y noche, el santo incienso difundía su fragancia por los recintos sagrados del tabernáculo y por sus alrededores.

Más allá del velo interior estaba el lugar santísimo que era el centro del servicio de expiación e intercesión, y constituía el eslabón que unía el cielo y la tierra.  En ese departamento está el arca, que era un cofre de madera de acacia, recubierto de oro por dentro y por fuera, y que tenía un reborde de oro encima.  En el estaban guardadas las tablas de piedra, en las cuales Dios mismo había grabado los Diez Mandamientos.  Por consiguiente, se lo llamaba arca del testamento de Dios, o arca de la alianza, puesto que los Diez Mandamientos eran la base de la alianza hecha entre Dios e Israel.

La cubierta del arca sagrada se llamaba “propiciatorio”.  Estaba hecha de una sola pieza de oro, y encima tenía dos querubines de oro, uno en cada extremo. Un ala de cada ángel se extendía hacia arriba, mientras la otra permanecía plegada sobre el cuerpo (véase Ezeq.1:11) en señal de reverencia y humildad.  La posición de los querubines,  con la cara vuelta el uno hacia el otro y mirando reverentemente hacia abajo sobre el arca, representaba la reverencia con la cual la hueste celestial mira la Ley de Dios y su interés en el plan de redención.

Encima del propiciatorio estaba la “Shekinah”, o manifestación de la divina presencia; y desde en medio de los querubines Dios daba a conocer su voluntad.  Los mensajes divinos eran comunicados a veces al sumo sacerdote mediante una voz que salía de la nube.  Otras veces caía una luz sobre el ángel de la derecha, para indicar aprobación o aceptación o una sombra o nube descansaba sobre el ángel de la izquierda, para revelar desaprobación o rechazamiento.

La Ley de Dios, guardada como reliquia dentro del arca, era la gran regla de la rectitud y del juicio.  Esa ley determinaba la muerte del transgresor; pero encima de la ley estaba el propiciatorio, donde se revelaba la presencia de Dios y desde el cual, en virtud de la expiación, se otorgaba perdón al pecador arrepentido.  Así, en la obra de Cristo a favor de nuestra redención, simbolizada por el servicio del santuario, “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Salmo 85:10).

-Continúa en parte 6-

 

 

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