Feeds:
Entradas
Comentarios

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 15-

EL EVANGELIO EN LOS SÍMBOLOS Y LA REALIDAD-parte 2-

DIOS MANIFIESTA SU ACEPTACION

El coro sagrado elevó sus voces en alabanza a Dios, y la melodía de sus cantos fue acompañada por toda clase de instrumentos musicales.  Y mientras en los atrios del templo resonaba la alabanza, la nube de la gloria de Dios tomó posesión de la casa, como anteriormente había llenado el tabernáculo del desierto. “Y cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó la casa de Jehová. Y los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová” (1 Reyes 8:10, 11).

Así como el santuario terrenal edificado por Moisés de acuerdo con el modelo que se le mostró en el monte, el templo de Salomón, con todos sus servicios, era un “símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios”, sus dos compartimientos sagrados eran “figura y sombra de las cosas celestiales”; Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote es un “ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb.8:2)  (Review and Herald).

Todo el sistema de los tipos y símbolos era una profecía resumida del Evangelio, un medio por el cual se presentaban las promesas de la redención (Los Hechos de los Apóstoles-pág.13).

SE PERDIO DE VISTA LA REALIDAD

El Señor Jesús era el fundamento de todo el sistema judaico. Su imponente ritual era divinamente ordenado.  El propósito de él era enseñar a la gente que en el tiempo prefijado vendría Aquel a quien señalaban esas ceremonias (Palabras de Vida del Gran Maestro-pág. 17).

Al apartarse de Dios, los judíos perdieron de vista mucho de los que enseñaba el ritual. Este ritual había sido instituido por Cristo mismo. En todos sus aspectos, era un símbolo de El; y había estado lleno de vitalidad y hermosura espiritual.  Pero los judíos perdieron la vida espiritual de sus ceremonias, y se aferraron a las formas muertas. Confiaban en los sacrificios y los ritos mismos, en vez de confiar en Aquel a quien éstos señalaban. A fin de reemplazar lo que habían perdido, los sacerdotes y rabinos multiplicaron los requerimientos de su invención; y cuanto más rígidos se volvían, tanto menos del amor de Dios manifestaban (El Deseado de Todas las Gentes-pág.21).

EL SERVICIO DEL TEMPLO PERDIO SU SIGNIFICADO-parte 1-

Cristo era el fundamento y la vida del templo. Sus servicios eran típicos del sacrificio del Hijo de Dios. El sacerdocio había sido establecido para representar el carácter y la obra mediadora de Cristo. Todo el plan del culto de los sacrificios era una predicción de la muerte del Salvador para redimir al mundo.  No habría eficacia en estas ofrendas cuando el gran suceso al cual señalaran durante siglos fuese consumado.

Puesto que toda la economía ritual simbolizaba a Cristo, no tenía valor sin El.  Cuando los judíos sellaron su decisión de rechazar a Cristo entregándolo a la muerte, rechazaron todo lo que daba significado al templo y sus ceremonias.  Su carácter sagrado desapareció.  Quedó condenado a la destrucción.  Desde ese día los sacrificios rituales y las ceremonias relacionadas con ellos dejaron de tener significado.  Como la ofrenda de Caín, no expresaban fe en el Salvador. Al dar muerte a Cristo los judíos destruyeron virtualmente su templo.  Cuando Cristo fue crucificado, el velo interior del templo se rasgó en dos desde arriba hacia abajo, indicando que el gran sacrificio final había sido hecho, y que el sistema de los sacrificios rituales había terminado para siempre.

-Continúa en parte 16-

 

 

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 14-

EL EVANGELIO EN LOS SÍMBOLOS Y LA REALIDAD-parte 1-

Salomón ejecutó sabiamente el plan de erigir un templo para el Señor, como David lo había deseado durante mucho tiempo.  Durante siete años Jerusalén se vio llena de obreros activamente ocupados en nivelar el sitio escogido, construir grandes paredes de retención, echar amplios cimientos de “piedras grandes, piedras costosas…y piedras labradas” (1 Reyes 5:17), dar forma a las pesadas maderas traídas de los bosques del Líbano y erigir el magnífico santuario.

Simultáneamente con la preparación de la  madera y de las piedras a la cual muchos millares dedicaban sus energías, progresaba constantemente la elaboración de los muebles para el templo, bajo la dirección de Hiram de Tiro, “un hombre hábil y entendido…el cual sabía “trabajar en oro, plata, bronce y hierro, en piedra y en madera, en púrpura y en azul, en lino y en carmesí” (2 Crónicas 2: 13, 14).

EN TODO DE ACUERDO CON EL MODELO

Mientras el edificio se iba levantando silenciosamente en el monte Moria con “piedras que traían ya acabadas, de tal manera que cuando la edificaban, ni martillos ni hachas se oyeron en la casa, ni ningún otro instrumento de hierro” (1 Reyes 6:7), los hermosos adornos se ejecutaban de acuerdo con los modelos confiados por David a su hijo, “todos los utensilios para la casa de Dios” (2 Crónicas 4:19). Estas cosas incluían el altar del incienso, la mesa para los panes de la proposición, el candelero y sus lámparas, así como los vasos e instrumentos relacionados con el ministerio de los sacerdotes en el lugar santo “de oro, de oro finísimo” (vers.21).  Los enseres de bronce: el altar de los holocaustos, la gran cuba sostenida por doce bueyes, la fuentes de menor tamaño, los muchos otros vasos, “los fundió el rey en los llanos del Jordán, en tierra arcillosa, entre Sucot y Seredata” (2 Crónicas 4:17). Estos enseres fueron provistos en abundancia para que no se careciese de ellos.

UN TEMPLO DE ESPLENDOR INIGUALADO

De una belleza insuperable y esplendor sin rival era el palacio que Salomón y quienes le ayudaban erigieron para Dios y su culto.  Adornado de piedras preciosas, rodeado por atrios espaciosos y recintos magníficos, forrado de cedro esculpido y de oro bruñido, el templo, con sus cortinas bordadas y muebles preciosos, era un emblema adecuado de la iglesia viva de Dios en la tierra, que a través de los siglos ha estado formándose de acuerdo con el modelo divino, con materiales comparados al “oro, plata, piedras preciosas…”(1 Corintios 3:12) (Profetas y Reyes, págs. 25, 26).

Así fue construido el más espléndido santuario, de acuerdo con el modelo que se le mostró a Moisés en el monte, y presentado luego por el Señor a David.  Además de los querubines que estaban en la cubierta del arca, Salomón hizo otros dos ángeles de mayor tamaño, situados a ambos extremos del arca, que representaban a los ángeles celestiales que guardan la Ley de Dios.  Es imposible describir la belleza y el esplendor de ese santuario.  Dentro de este lugar, con solemne reverencia, fue transportada el arca por los sacerdotes, y se la colocó en su lugar, debajo de las alas de los dos imponentes querubines que estaban de pie en el suelo.

DIOS MANIFIESTA SU ACEPTACION

-Continúa en parte 15-

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 13-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 11-

EL SERVICIO DEL SANTUARIO-parte 6-

SE LIMPIA EL REGISTRO DE LOS PECADOS

En el gran día del juicio final, los muertos han de ser juzgados “por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (Apoc.20:12).  Entonces, en virtud de la sangre expiatoria de Cristo, los pecados de todos los que se hayan arrepentido sinceramente serán borrados de los libros celestiales.  En esta forma el santuario será liberado, o limpiado, de los registros del pecado. En el símbolo, esta gran obra de expiación, o el acto  de borrar los pecados, estaba representada por los servicios del día de la expiación, o sea la purificación del santuario terrenal, que se realizaba en virtud de la sangre de la víctima y por la eliminación de los pecados que lo manchaban.

Así como en la expiación final los pecados de los arrepentidos serán eliminados de los registros celestiales, para no ser ya recordados, en el símbolo terrenal  eran enviados al desierto y separados para siempre de la congregación.

Puesto que Satanás es el originador del pecado, el instigador directo de todos los pecados que causaron la muerte del Hijo de Dios, la justicia exige que Satanás sufra el castigo final. La obra de Cristo a favor de la redención del hombre y la purificación del pecado del universo, será concluida quitando el pecado del santuario celestial y colocándolo sobre Satanás, quien sufrirá el castigo final. Así, en el servicio simbólico, el ciclo anual del ministerio se completaba con la purificación del santuario y la confesión  de los pecados sobre la cabeza del macho cabrío símbolo de Azazel.

De este modo, en el servicio del tabernáculo, y en el del templo que posteriormente ocupó su lugar, se enseñaban diariamente al pueblo las grandes verdades relativas a la muerte y al ministerio de Cristo, y una vez al año sus pensamientos eran llevados hacia los acontecimientos finales de la gran controversia entre Cristo y Satanás, y hacia la purificación final del universo, que lo limpiará del pecado de los pecadores  (Patriarcas y Profetas, págs.356-372).

PREGUNTAS PARA MEDITAR

1.       ¿Cuáles fueron los”primeros requisitos” para la preparación del santuario en el desierto?

2.       ¿Cuál fue la base del plan para la edificación del santuario? ¿Cómo se obtuvo?

3.       ¿Qué significado tenía la difusión de la fragancia del incienso en el santuario y sus alrededores?

4.       ¿Qué nombre se daba a la manifestación de la Presencia divina, y dónde se producía?

5.       El asiento de la ley y la misericordia estaban en el lugar santísimo. ¿Por qué?

6.       ¿Por qué el pectoral era la más sagrada de las vestiduras sacerdotales?

7.       ¿Qué tres cosas debía inspirar en los espectadores la indumentaria y la conducta de los sacerdotes

8.       ¿Por qué las instrucciones con respecto a cada parte del servicio del santuario eran tan explícitas?

9.       ¿Qué doble significado tenía el requerimiento de que el animal para el sacrificio fuera “sin defecto”?

10.   La ofrenda de incienso y sangre era simultánea. ¿Por qué debía ser así?

11.   ¿En qué dos formas se transfería el pecado del penitente al santuario?

12.   ¿Cuándo y cómo se limpiaba el santuario del pecado del pueblo?

13.   ¿Qué objetos vio Juan cuando se le mostró en visión el primero y el segundo compartimiento del santuario celestial? ¿Cuál es la gloria y la grandeza del templo celestial?

14.   ¿Cuáles eran los servicios diarios y anuales del santuario y como se conectaban entre sí? Aplíquelos al ministerio de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote, y a la limpieza del santuario celestial del registro de pecados.

 

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 12-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 10-

EL SERVICIO DEL SANTUARIO-parte 5-

UNA FIGURA DE LAS COSAS CELESTIALES

Como se ha dicho, el santuario terrenal fue construido por Moisés, conforme al modelo que se le mostró en el monte.  “Es símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios”. Los dos lugares santos eran “figuras de las cosas celestiales”. Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, es el “Ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb.9:9, 23; 8:2). Cuando en visión se le mostró al apóstol Juan el templo de Dios que está en el cielo, vio que allí “ardían siete lámparas de fuego”. Vio también a un ángel  “con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono” (Apoc.4:5; 8:3). Se le permitió al profeta contemplar el lugar santo del santuario “el altar de oro”, representados por el candelero de oro y el altar del incienso o perfume en el santuario terrenal.

Nuevamente “el templo de Dios fue abierto en el cielo” (Apoc.11:19), y vio el lugar santísimo detrás del velo interior. Allí contempló “el arca del testamento”, representada por el arca sagrada construida por Moisés para guardar la Ley de Dios.

Moisés hizo el santuario terrenal, “conforme al modelo que había visto”. Pablo declara que “el tabernáculo y todos los vasos del ministerio”, después de haber sido hechos, eran “figuras de las cosas  celestiales” (Hech.7:44; Heb.9:21, 23). Y Juan dice que vio el santuario celestial. Aquel santuario, en el cual oficia Jesús en nuestro favor, es el gran original, del cual el santuario construido por Moisés era una copia.

Ningún edificio terrenal podría representar la grandeza y la gloria del templo celestial, la morada del Rey de reyes donde “millares de millares” le sirven y “millones de millones” están delante de El (Dan.7:10), de aquel templo henchido de la gloria del trono eterno, donde los serafines, sus guardianes resplandecientes, se cubren el rostro para adorar al Rey.  Sin embargo, las verdades importantes acerca del santuario celestial y de la gran obra que allí se efectúa a favor de la redención del hombre debían enseñarse mediante el santuario terrenal y sus servicios.

Después de su ascensión, nuestro Salvador iba a principiar su obra como nuestro Sumo Sacerdote. El apóstol Pablo dice: “No entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (Heb.9:24).  Como el ministerio de Cristo se dividiría en dos grandes partes, ocuparía cada una un período y tendría un sitio distinto en el santuario celestial, así también el culto simbólico consistía en el servicio diario y el anual, y a cada uno de ellos se dedicaba una sección del tabernáculo.

Como Cristo, después de su ascensión, compareció ante la presencia de Dios para ofrecer su sangre en beneficio de los creyentes arrepentidos, así el sacerdote rociaba en el servicio diario la sangre del sacrificio en el lugar santo a favor de los pecadores.

Aunque la sangre de Cristo debía librar al pecador arrepentido de la condenación de la ley, no había de anular el pecado; éste queda registrado en el santuario hasta la expiación final; así en el símbolo, la sangre de la víctima quitaba el pecado del arrepentido, pero quedaba en el santuario hasta el día de la expiación.

SE LIMPIA EL REGISTRO DE LOS PECADOS

-Continúa en parte 13-

 

 

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 11-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 9-

EL SERVICIO DEL SANTUARIO-parte 4-

 EL DÍA DE LA EXPIACIÓN

Una vez al año en el gran día de la expiación, el sacerdote entraba en el lugar santísimo para limpiar el santuario. La obra que se llevaba a cabo allí completaba el ciclo anual de ceremonias.

El día de la expiación se llevaban dos machos cabríos a la puerta del tabernáculo, y se echaba suerte sobre ellos, “una suerte por Jehová, y la otra suerte por Azazel” (Lev.16:8).  El macho cabrío sobre el cual caía la primera suerte debía matarse como ofrenda por el pecado del pueblo.  Y el sacerdote debía llevar la sangre más allá del velo, y rociarla sobre el propiciatorio.  “Así purificará el santuario, a causa de las impurezas de los hijos de Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados; de la misma manera hará también al tabernáculo de reunión, el cual reside entre ellos en medio de sus impurezas” (vers.16).

“Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para ésto.  Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío, por el desierto” (vers.  21, 22). Solo después de haberse alejado el macho cabrío, el pueblo se considerará libre de la carga de sus pecados.  Todo hombre debía contristar su alma mientras se verificaba la obra de expiación.  Todos los negocios se  suspendían, y toda la congregación de Israel pasaba el día en solemne humillación delante de Dios, en oración, ayuno y profundo análisis del corazón.

Mediante este servicio anual se le enseñaba al pueblo importantes verdades acerca de la expiación. En la ofrenda por el pecado que se ofrecía durante el año, se había aceptado un sustituto en lugar del pecador; pero la sangre de la víctima no había hecho completa expiación por el pecado. Solo había provisto un medio en virtud del cual el pecado se transfería al santuario.  Al ofrecerse la sangre, el pecador reconocía la autoridad de la ley, confesaba la culpa de su transgresión y expresaba su fe en Aquel que había de quitar los pecados del mundo; pero no quedaba completamente exonerado de la condenación de la ley.

El día de la expiación, el sumo sacerdote, al llevar una ofrenda por la congregación, entraba en el lugar santísimo con la sangre y la rociaba sobre el propiciatorio, encima de las tablas de la ley. En esa forma los requerimientos de la ley, que exigían la vida del pecador, quedaban satisfechos.  Entonces, en su carácter de mediador, el sacerdote tomaba los pecados sobre sí mismo, y salía del santuario llevando sobre si la carga de las culpas de Israel. A la puerta del tabernáculo ponía las manos sobre la cabeza del macho cabrío, símbolo de Azazel, y confesaba “sobre el todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus rebeliones, y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío”.  Y cuando el macho cabrío que llevaba estos pecados era conducido al desierto, se consideraba que con él se alejaban para siempre del pueblo.  Tal era el servicio que se realizaba como “figura y sombra de las cosas celestiales” (Hebreos 8:5).

UNA FIGURA DE LAS COSAS CELESTIALES

-Continúa en parte 12-

 

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 10-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 8-

EL SERVICIO DEL SANTUARIO-parte 3-

La parte más importante del servicio diario era la que se realizaba a favor de los individuos. El pecador arrepentido traía su ofrenda a la puerta del tabernáculo, y colocando la mano sobre la cabeza de la víctima, confesaba sus pecados; así, en un sentido figurado, los trasladaba de su propia persona a la víctima inocente. Con su propia mano mataba entonces al animal, y el sacerdote llevaba la sangre al lugar santo y la rociaba ante el velo, detrás del cual estaba el arca que contenía la ley que el pecador había violado.  Con esta ceremonia y en un sentido simbólico, el pecado era trasladado al santuario por medio de la sangre.  En algunos casos no se llevaba la sangre al lugar santo, sino que el sacerdote debía comer la carne, tal como Moisés ordenó a los hijos de Aarón, diciéndoles: “La dio él a vosotros para llevar la iniquidad de la congregación” (Lev.10: 17)*. Las dos ceremonias simbolizaban igualmente el traslado del pecado del hombre arrepentido al santuario.

Tal era la obra que se hacía diariamente durante todo el año.  Con el traslado de los pecados de Israel al santuario, los lugares santos quedaban manchados, y se hacía necesaria una obra especial para quitar de allí esos pecados. Dios ordenó que se hiciera expiación por cada una de las sagradas divisiones lo mismo que por el altar.  Así “lo limpiará, y lo santificará de las inmundicias de los hijos de Israel” (Lev. 16:19).

*NOTA: Cuando el sacerdote presentaba una ofrenda por el pecado y por toda la congregación, se llevaba la sangre al lugar santo, se la asperjaba delante del velo y se la ponía sobre los cuernos del altar de oro. El sebo era consumido sobre el altar de holocaustos que estaba en el atrio, pero el cuerpo de la víctima era quemado afuera del campamento.  (Lev.4:1-21).

Sin embargo, cuando la ofrenda era por un gobernante o por uno del pueblo, la sangre no se llevaba al lugar santo, sino que el sacerdote comía la carne como el Señor le indicó a Moisés (véase Lev. 6:26; 4:22-35).

De ese modo, “Los pecados de la gente eran transferidos simbólicamente al sacerdote oficiante, que era el mediador del pueblo.  El sacerdote no podía por sí mismo convertirse en ofrenda por el pecado y expiarlo por medio de su vida, porque también era pecador.  Por tanto, en vez de sufrir el mismo la muerte, sacrificaba un cordero sin defecto.  El castigo del pecado era transferido al animal inocente, que así llegaba a ser su sustituto inmediato y simbolizaba la perfecta ofrenda de Jesucristo.  Mediante la sangre de esta víctima, el hombre veía por fe en el porvenir la sangre de Cristo que expiaría los pecados del mundo”(Elena White-Mensajes Selectos, tomo 1, pág.270).

EL DÍA DE LA EXPIACIÓN

-Continúa en parte 11-

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 9-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 7-

EL SERVICIO DEL SANTUARIO-parte 2-

El incienso, que ascendía con las oraciones de Israel, representaba los méritos y la intercesión de Cristo, su perfecta justicia, la cual por medio de la fe se acredita a su pueblo, y es lo único que puede influir para que el culto de los seres humanos sea aceptable a Dios.  Delante del velo del lugar santísimo había un altar de intercesión perpetua; y delante del lugar santo, un altar de expiación continua.  Había que acercarse a Dios mediante la sangre y el incienso, pues estas cosas simbolizaban al gran Mediador, por medio de quien los pecadores pueden acercarse a Jehová, y por cuya intervención tan sólo puede otorgarse misericordia y salvación al alma arrepentida y creyente.

Mientras de mañana y de tarde los sacerdotes entraban en el lugar santo a la hora de ofrecer el incienso, el sacrificio diario estaba listo para ser colocado sobre el altar de los holocaustos, en el atrio.  Esta era una hora de intenso interés para los adoradores que se congregaban ante el tabernáculo.  Antes de allegarse a la presencia de Dios por medio del ministerio del sacerdote, debían hacer un ferviente examen de sus corazones y luego confesar sus pecados.  Se unían en oración silenciosa, con los rostros vueltos hacia el lugar santo.  Así sus peticiones ascendían con la nube de incienso, mientras la fe aceptaba los méritos del Salvador prometido al que simbolizaba el sacrificio expiatorio. 

Las horas designadas para el sacrificio matutino y vespertino se consideraban sagradas, y toda la nación judía llegó a observarlas como momentos dedicados al culto.  Y cuando en tiempos posteriores los judíos fueron diseminados como cautivos en distintos países, aún entonces a la hora indicada dirigían el rostro hacia Jerusalén, y elevaban sus oraciones al Dios de Israel.  En esta costumbre los cristianos tienen un ejemplo para su oración matutina y vespertina.  Si bien Dios condena la mera ejecución de ceremonias que carezcan del espíritu de culto, mira con gran satisfacción a los que le aman y se postran de mañana y tarde, para pedir el perdón de los pecados cometidos y las bendiciones que necesitan.

Los panes de la proposición se conservaban siempre ante la presencia del Señor como una ofrenda perpetua.  De manera que formaban parte del sacrificio diario. También se los puede llamar “los panes de la presencia”, porque siempre estaban ante el Señor (Exo.25:30).  Era un reconocimiento de que el hombre depende de Dios tanto para su alimento temporal como para el espiritual, y de que se lo recibe únicamente en virtud de la mediación de Cristo.  En el desierto Dios había alimentado a Israel con el pan del cielo y el pueblo seguía dependiendo de su generosidad, tanto en lo referente a las bendiciones temporales como a las espirituales.

El maná, así como los panes de la proposición, simbolizaba a Cristo, el pan viviente, quien está siempre en la presencia de Dios para interceder por nosotros.  El mismo dijo: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo” (Juan 6:48-51). Sobre los panes se ponía el incienso. Cuando se los cambiaba cada sábado, para reemplazarlos por panes frescos, el incienso se quemaba sobre el altar como recordatorio delante de Dios.

-Continúa en parte 10-

 

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 8-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 6-

EL SERVICIO DEL SANTUARIO-parte 1-

No sólo el santuario mismo, sino también el ministerio de los sacerdotes, debían servir de “figura y sombra de las cosas celestiales” (Heb.8:5). Por eso era de suma importancia; y el Señor, por medio de Moisés, dio las instrucciones más claras y precisas acerca de cada uno de los puntos de este culto simbólico.

El ministerio del santuario consistía en dos partes: un servicio diario y otro anual. El servicio diario se efectuaba en el altar de holocaustos en el atrio del tabernáculo, y en el lugar santo; mientras que el servicio anual se realizaba en el lugar santísimo.

Ningún ojo mortal, excepto el del sumo sacerdote, debía mirar el interior del lugar santísimo. Sólo una vez al año podía entrar allí el sumo sacerdote, y eso después de la preparación más cuidadosa y solemne.  Temblando, entraba para presentarse ante Dios, y el pueblo en reverente silencio esperaba su regreso, con los corazones elevados en fervorosa oración para pedir la bendición divina.  Ante el propiciatorio, el sumo sacerdote hacia expiación por Israel; y en la nube de gloria, Dios se encontraba con él. Si su permanencia en dicho sitio duraba más tiempo del acostumbrado, el pueblo sentía temor de que, a causa de los pecados de ellos o de él mismo, lo hubiese muerto la gloria del Señor.

El servicio diario consistía en el holocausto matutino y vespertino, en el ofrecimiento del incienso en el altar de oro y en los sacrificios especiales por los pecados individuales. Además, había sacrificios para los sábados, las lunas nuevas y las fiestas especiales.

Cada mañana y cada tarde se ofrecía en holocausto sobre el altar un cordero de un año, con las oblaciones apropiadas para simbolizar la consagración diaria a Dios de toda la nación y su constante dependencia de la sangre expiatoria de Cristo.  Dios les indicó expresamente que toda ofrenda presentada para el servicio del santuario debía ser “sin defecto” (Éxodo 12:5).  Los sacerdotes debían examinar todos los animales que se traían como sacrificio, y rechazar los defectuosos. Sólo una ofrenda “sin defecto” podía simbolizar la perfecta pureza de Aquel que había de ofrecerse como “cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19).

El apóstol Pablo señala estos sacrificios como una ilustración de los que los seguidores de Cristo han de llegar a ser. Dice: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1). Hemos de entregarnos al servicio de Dios, y debiéramos tratar de hacer esta ofrenda tan perfecta como sea posible. Dios no quedará satisfecho sino con lo mejor que podamos ofrecerle.  Los que lo aman de todo corazón desearán darle el mejor servicio de su vida, y constantemente tratarán de poner todas las facultades de su ser en perfecta armonía con las leyes que los habilitan para hacer la voluntad de Dios.

Al presentar la ofrenda del incienso el sacerdote se acercaba más directamente a la presencia de Dios que en ningún otro acto de los servicios diarios. Como el velo interior del santuario no llegaba hasta el techo del edificio, la gloria de Dios, que se manifestaba sobre el propiciatorio, era parcialmente visible desde el lugar santo.  Cuando el sacerdote ofrecía incienso ante el Señor, miraba hacia el arca; y mientras ascendía la nube del incienso, la gloria divina descendía sobre el propiciatorio que no podía contemplar, así ahora el pueblo de Dios a de dirigir sus oraciones a Cristo, su gran Sumo Sacerdote quien, invisible para el ojo humano, está intercediendo en su favor en el santuario celestial.

-Continúa en parte 9-

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 7-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 5-

EL SACERDOTE Y SU VESTIMENTA-parte 2-

Ante la zarza ardiente se le ordenó a Moisés que se quitase las sandalias, porque la tierra en que estaba era santa. Tampoco los sacerdotes debían entrar en el santuario con el calzado puesto. Las partículas de polvo adheridas a él habrían profanado el santo lugar.  Debían dejar los zapatos en el atrio antes de entrar en el santuario, y también tenían que lavarse tanto las manos como los pies antes de servir en el tabernáculo o en el altar del holocausto.  En esa forma se enseñaba constantemente que los que quieran acercarse a la presencia de Dios deben apartarse de toda impureza.

Las vestiduras del sumo sacerdote eran de costosa tela de bellísima hechura, como convenía a su elevada jerarquía.  Además del traje de lino del sacerdote común, llevaba una túnica azul, también tejida de una sola pieza.  El borde del manto estaba adornado con campanas de oro y granadas de color azul, púrpura y escarlata.  Sobre ésto llevaba el efod, vestidura más corta, de oro, azul, púrpura, escarlata y blanco, rodeada por una faja de los mismos colores, hermosamente elaborada.  El efod no tenia mangas, y en sus hombreras bordadas con oro, tenia engarzadas dos piedras de ónix, que llevaban los nombres de las doce tribus de Israel.

Sobre el efod estaba el racional, la más sagrada de las vestiduras sacerdotales.  Era de la misma tela del efod.  De forma cuadrada, media un palmo, y colgaba de los hombros mediante un cordón azul prendido en argollas de oro. El ribete estaba formado por una variedad de piedras preciosas, las mismas que forman los doce fundamentos de la ciudad de Dios.  Dentro del ribete había doce piedras engarzadas en oro, dispuestas en hileras de cuatro que, como las de los hombros, tenían grabadas los nombres de las tribus.  Las instrucciones del Señor fueron: “Y llevara Aarón los nombres de los hijos de Israel en el pectoral del juicio sobre su corazón, cuando entre en el santuario, por memorial delante de Jehová continuamente” (Éxodo 28:29).  Así también Cristo, el gran Sumo Sacerdote, al ofrecer su sangre ante el Padre a favor de los pecadores, lleva sobre el corazón el nombre de toda alma arrepentida y creyente. El salmista dice: “Aunque afligido yo y necesitado, Jehová pensará   en mí” (Salmo 40:17).

EL URIM Y EL TUMIM

A la derecha y a la izquierda del racional había dos piedras grandes y muy brillantes.  Se llamaban Urim y Tumim.  Mediante ellas se revelaba la voluntad de Dios al sumo sacerdote. Cuando se llevaban asuntos ante el Señor para que El los decidiera, si un nimbo iluminaba la piedra de la derecha era señal de aprobación o consentimiento divino, mientras que si una nube oscurecía la piedra de la izquierda, era evidencia de negación o desaprobación.

La mitra del sumo sacerdote consistía en un turbante de lino blanco, que tenía una plaquita de oro sostenida por una cinta azul, con la inscripción: “Santidad a Jehová”.  Todo lo relacionado con la indumentaria y la conducta de los sacerdotes había de ser tal, que inspirara en el espectador el sentimiento de santidad a Dios, de lo sagrado de su culto y de la pureza que se exigía a los que se allegaban a su presencia.

EL SERVICIO DEL SANTUARIO

-Continúa en parte 8-

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 6-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 4-

EL TABERNACULO Y SU CONSTRUCCIÓN-parte 3-

No hay palabras que puedan describir la gloria de la escena que se veía dentro del santuario, con sus paredes doradas que reflejaban la luz de los candeleros de oro, los brillantes colores de las cortinas ricamente bordadas con sus relucientes ángeles, la mesa y el altar del incienso refulgentes de oro;  y más allá del segundo velo, el arca sagrada, con sus querubines místicos, y sobre ella la santa “Shekinah”, manifestación visible de la presencia de Jehová; pero todo ésto era apenas un pálido reflejo de las glorias del templo de Dios en el cielo, que es el gran centro de la obra que se hace a favor de la redención del hombre.

Se necesitó alrededor de medio año para construir el tabernáculo.  Cuando se terminó, Moisés examinó toda la obra de los constructores, comparándola con el modelo que se le enseñó en el monte y con las instrucciones que había recibido de Dios.  “Y vio Moisés toda la obra, y he aquí que la habían hecho como Jehová había mandado; y los bendijo” (Éxodo 39:43).  Con anhelante interés las multitudes de  Israel se agolparon para ver el sagrado edificio.  Mientras contemplaban la escena con reverente satisfacción, la columna de  nube descendió sobre el santuario, y lo envolvió. “Y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo” (Éxodo 40:34). Hubo una revelación de la majestad divina, y por un momento ni siquiera Moisés pudo entrar.  Con profunda emoción, el pueblo vio la señal de que la obra de sus manos era aceptada. No hubo demostraciones de regocijo en alta voz.  Una solemne reverencia se apoderó de todos.  Pero la alegría de sus corazones se manifestó en lágrimas de felicidad, y susurraron fervientes palabras de gratitud porque Dios había condescendido a morar con ellos.

EL SACERDOTE Y SU VESTIMENTA-parte 1-

En virtud de las instrucciones divinas, se apartó a la tribu de Leví para el servicio del santuario.  En tiempos anteriores, cada hombre había sido sacerdote en su propia casa.  En los días de Abrahán, por derecho de nacimiento, el sacerdocio recaía en el hijo mayor.  Ahora, en vez del primogénito de todo Israel, el Señor apartó a la tribu de Leví para la obra del santuario.  Mediante este señalado honor, Dios manifestó su aprobación por la fidelidad de los levitas, tanto por haber cumplido fielmente su servicio como por haber ejecutado sus juicios cuando el resto de las tribus apostataron el rendir culto al becerro de oro. El sacerdocio, no obstante, se restringió a la familia de Aarón. Este  y sus hijos fueron los únicos a quienes se les permitió oficiar ante el Señor; al resto de la tribu se les encargó el cuidado del tabernáculo y su mobiliario.  Además, debían ayudar a los sacerdotes en su ministerio, pero no podían ofrecer sacrificios, ni quemar incienso, ni mirar los utensilios sagrados hasta que estuviesen cubiertos.

Se designó para los sacerdotes un traje especial, que concordaba con su oficio. “Y harás vestiduras sagradas a Aarón tu hermano, para honra y hermosura” (Éxodo 28:2), fue la instrucción divina que se le dio a Moisés.  El hábito del sacerdote común era de lino blanco tejido de una sola pieza.  Se extendía casi hasta los pies, y estaba ceñido en la cintura por una faja de lino blanco bordada de azul, púrpura y rojo.  Un turbante de lino, o mitra, completaba su vestidura exterior.

-Continúa en parte 7-