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CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 4-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 2-

Las murmuraciones de los israelitas y cómo Dios castigó sus pecados fueron registrados como advertencia para las futuras generaciones. Y su  devoción, su celo y generosidad, son un ejemplo digno de imitarse.  Todos los que aman el culto a Dios y aprecian la bendición de su santa  presencia, mostrarán el mismo espíritu de sacrificio en la preparación de una casa donde El pueda reunirse con ellos.  Desearán traer al Señor una ofrenda de lo mejor que posean.  La casa que se construya para Dios no debe quedar endeudada, pues con ello Dios será deshonrado.  Debiera darse una cantidad suficiente para llevar a cabo la obra, para que los que la construyen puedan decir, como dijeron los constructores del tabernáculo: “No traigáis más ofrenda”

EL TABERNACULO Y SU CONSTRUCCION -parte 1-

El tabernáculo construido era desarmable, de modo que los israelitas pudieran llevarlo en su peregrinaje. Era por consiguiente pequeño, de sólo cincuenta y cinco pies de largo por diez y ocho de ancho y alto (Aproximadamente 17 m. de largo por 5 m. de ancho y alto).  No  obstante, era una construcción magnifica. La madera que se empleo en el edificio y en sus muebles era de acacia, la menos susceptible al deterioro de todas las que había en el Sinaí. Las paredes consistían  en tablas colocadas verticalmente, fijadas sobre basas de plata y aseguradas por columnas y travesaños; y todo cubierto de oro, lo cual hacia aparecer al edificio como de oro macizo.  El techo estaba formado de cuatro juegos de cortinas, el de más adentro era “de lino torcido, azul, y púrpura, y carmesí: y…querubines de obra primorosa” (Éxodo 26:1); los otros tres eran de pelo de cabras, de cueros de carnero tenidos de rojo y de cueros de tejones, arreglados de tal manera que ofrecían completa protección.

El edificio se dividía en dos secciones mediante una bella y rica cortina, o velo, suspendida de columnas doradas; y una cortina semejante a la anterior cerraba la entrada de la primera sección.  Tanto estos velos como la cubierta interior que formaba el techo, eran de los más magníficos colores, azul, púrpura y escarlata, bellamente combinados, y tenían, recamados con hilos de oro y plata, querubines que representaban la hueste de los ángeles asociados con la obra del santuario celestial, y que son espíritus ministradores del pueblo de Dios en la tierra.

El santo tabernáculo estaba colocado en un espacio abierto llamado atrio, rodeado por cortinas de lino fino que colgaban de columnas de metal.  La entrada a este recinto se hallaba en el extremo oriental.  Estaba cerrada con cortinas de riquísima tela hermosamente trabajada aunque eran inferiores a las del santuario.  Como estas cortinas del atrio alcanzaban sólo a la mitad de la altura de las paredes del tabernáculo, el edificio podía verse perfectamente de afuera.

En el atrio, y cerca de la entrada, se hallaba el altar de bronce del holocausto.  En este altar se consumían todos los sacrificios que debían ofrecerse por medio del fuego al Señor, y sobre sus cuernos se rociaba la sangre expiatoria. Entre el altar y la puerta del tabernáculo estaba la fuente, también de metal. Había sido hecha con los espejos donados voluntariamente por las mujeres de Israel.  En la fuente los sacerdotes debían lavarse las manos y los pies cada vez que entraban en el santo compartimento, o cuando se acercaban al altar para ofrecer un holocausto al Señor.

-Continúa en parte 5-

 

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