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MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 21-

LA MUERTE DE CRISTO, PODEROSO ARGUMENTO A FAVOR DE LA INMUTABILIDAD DE LA LEY DE DIOS.

“Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”. (Juan 12:31, 32)

Puesto que la Ley divina es tan sagrada como el mismo Dios, sólo uno igual a Dios podría expiar su transgresión. Ninguno sino Cristo podía salvar al hombre de la maldición de la Ley, y colocarlo otra vez en armonía con el Cielo. Cristo cargaría con la culpa y la vergüenza del pecado, que era algo tan abominable a los ojos de Dios que iba a separar al Padre y su Hijo. Cristo descendería a la profundidad de la desgracia para rescatar la raza caída.

Pero el plan de redención tenía un propósito todavía más amplio y profundo que el de salvar al hombre. Cristo no vino a la tierra sólo por este motivo, no vino meramente para que los habitantes de este pequeño mundo acatasen la Ley de Dios como debe ser acatada; sino que vino para vindicar el carácter de Dios ante el universo. A este resultado de su gran sacrificio, a su influencia sobre los seres de otros mundos, así como sobre el hombre, se refirió el Salvador cuando poco antes de su crucifixión dijo:

“Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”. El acto de Cristo, de morir por la salvación del hombre, no sólo haría accesible el cielo para los hombres, sino que ante todo el universo justificaría a Dios y a su Hijo en su trato con la rebelión de Satanás. Demostraría la perpetuidad de la Ley de Dios, y revelaría la naturaleza y las consecuencias del pecado.

Desde el principio, el gran conflicto giró en derredor de la Ley de Dios. Satanás había procurado probar que Dios era injusto, que su Ley era defectuosa, y que el bien del universo requería que fuese cambiada. Al atacar la Ley, procuró derribar la autoridad de su Autor. En el curso del conflicto habría de demostrarse si los estatutos divinos eran defectuosos y sujetos a cambio, o perfectos e inmutables.

El cielo notó las afrentas y las burlas que El recibía, y supo que todo era instigado por Satanás. Observó la batalla entre la luz y las tinieblas a medida que se reñía con más ardor. Cuando Cristo exclamó en la cruz en su expirante agonía “…Consumado es…” (Juan 19:30), un grito de triunfo resonó a través del mismo cielo.

Satanás había revelado su verdadero carácter. El mismo hecho de que Cristo sufrió la pena de la transgresión del hombre es para todos los seres creados un poderoso argumento en prueba de que la Ley es inmutable; que Dios es justo; misericordioso y abnegado; y que la justicia y la misericordia más infinitas se entrelazaban en la administración de su gobierno. (Patriarcas y Profetas)

 

MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 20-

LOS VERDADEROS SEGUIDORES OBEDECEN LA LEY DE DIOS-(EXODO 20:3-17)

“Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

El deseo de llevar una religión fácil, que no exija luchas, desprendimiento, ni ruptura con las locuras del mundo, ha hecho popular la doctrina de la fe, y de la fe sola; ¿pero que dice la Palabra de Dios? El apóstol Santiago escribe:

“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?… ¿Más quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por la obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por la obras?…Veis, pues, que el hombre es justificado por la obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:14-24).

El testimonio de la Palabra de Dios se opone a esta doctrina seductora de la fe sin obras. No es fe pretender el favor del Cielo sin cumplir las condiciones necesarias para que la gracia sea concedida. Es presunción, pues la fe verdadera se funda en las promesas y disposiciones de las Sagradas Escrituras.

Un pecado cometido deliberadamente acalla la voz atestiguadora del Espíritu y separa al alma de Dios. “El pecado es infracción de la ley”. Y “…todo aquel que peca [infringe la ley], no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Juan 3:6). Aunque Juan habla mucho del amor en sus epístolas, no vacila en poner de manifiesto el verdadero carácter de esa clase de personas que pretenden ser santificadas y seguir transgrediendo la Ley de Dios.

“El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado…” (1 Juan 2: 4, 5).

Esta es la piedra de toque de toda profesión de fe. No podemos reconocer como santo a ningún hombre sin haberlo comparado primero con la sola regla de santidad que Dios haya dado en el cielo y en la tierra. Si los hombres no sienten el peso de la Ley moral, (Exodo 20:3-17) si empequeñecen y tienen en poco los preceptos de Dios, si violan el menor de estos mandamientos, y así enseñan a los hombres, no serán estimados ante el Cielo, y podemos estar seguros de que sus pretensiones no tienen fundamento alguno.

Y la aserción de estar sin pecado constituye de por sí una prueba de que el que tal asevera dista mucho de ser santo. Es porque no tiene un verdadero concepto de lo que es la pureza y santidad infinita de Dios, ni de lo que deben ser los que han de armonizar con su carácter; es porque no tiene un verdadero concepto de la pureza y perfección supremas de Jesús ni de la maldad y el horror del pecado, por lo que el hombre puede creerse santo. (El conflicto de los siglos)

 

 

MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 19-

LA LEY DE DIOS, LA VERDAD, ES LA NORMA DEL CARÁCTER

“Tu justicia es justicia eterna, Y tu ley la verdad” (Salmo 119:142).

Falsas teorías sobre la santificación…desempeñan un importante papel en los movimientos religiosos de nuestros días. Esas teorías son falsas en cuanto a la doctrina y peligrosas en sus resultados prácticos, y el hecho de que hallen tan general aceptación hace doblemente necesario que todos tengan una clara comprensión de lo que las Sagradas Escrituras enseñan sobre este punto.

La doctrina de la santificación verdadera es bíblica. El apóstol Pablo, en su carta a la Iglesia de Tesalónica, declara: “pues la voluntad de Dios es vuestra santificación…” Y ruega así: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo…” (1 Tesalonicenses 4:3; 5:23).

La Biblia enseña claramente lo que es la santificación, y como se la puede alcanzar. El Salvador oró por sus discípulos: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Y Pablo enseña que los creyentes deben ser santificados por el Espíritu Santo (Romanos 15:16).

¿Cuál es la obra del Espíritu Santo? Jesús dijo a sus discípulos: “…cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13). Y el salmista dice: “Tu ley la verdad”… Y ya que la Ley de Dios es santa, justa y buena, un trasunto de la perfección divina, resulta que el carácter formado por la obediencia a esa Ley será santo. Cristo es ejemplo perfecto de semejante carácter. El dice: “…he guardado los mandamientos de mi Padre…”. “…hago siempre lo que le agrada” (Juan 15:10; 8:29).

Los discípulos de Cristo han de volverse semejantes a El, es decir, adquirir por la gracia de Dios un carácter conforme a los principios de su santa Ley. Esto es lo que la Biblia llama santificación. Esta obra no se puede realizar sino por la fe en Cristo, por el poder del Espíritu de Dios que habita en el corazón. Pablo amonesta a los creyentes: “…ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13). El cristiano sentirá las tentaciones del pecado, pero luchará continuamente contra él. Aquí es donde se necesita la ayuda de Cristo. La debilidad humana se une con la fuerza divina, y la fe exclama: “Más gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:57).

Las Santas Escrituras enseñan claramente que la obra de la santificación es progresiva. Cuando el pecador encuentra en la conversión la paz con Dios por la sangre expiatoria, la vida cristiana no ha hecho más que empezar. Ahora debe llegar al estado de “varón perfecto”; crecer “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (El conflicto de los siglos).

 

 

MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 18-

LOS PECADORES SON LLEVADOS A ESTAR EN ARMONIA CON LA LEY

“Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:3, 4).

La ley revela al hombre sus pecados, pero no dispone de ningún remedio. Mientras promete vida al que obedece, declara que la muerte es lo que le toca al transgresor. Solo el Evangelio de Cristo puede librarlo de la condenación o de la mancha del pecado. Debe arrepentirse ante Dios, cuya ley transgredió, y tener fe en Cristo y en su sacrificio expiatorio.

Así obtiene remisión de “los pecados pasados”, y se hace partícipe de la naturaleza divina. Es un hijo de Dios, pues ha recibido el espíritu de adopción, por el cual exclama: “¡Abba, Padre!»

¿Está entonces libre para violar la Ley de Dios? El apóstol Pablo dice: ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley” “…Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”. (Romanos 3:31; 6:2)

Y Juan dice también: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3).

En el nuevo nacimiento el corazón viene a quedar en armonía con Dios, al estarlo con su Ley. Cuando se ha efectuado este gran cambio en el pecador, entonces ha pasado de la muerte a la vida, del pecado a la santidad, de la transgresión y la rebelión a la obediencia y a la lealtad. Terminó su antigua vida de separación con Dios; y comenzó la nueva vida de reconciliación, fe y amor. Entonces “la justicia de la Ley” se cumplirá “en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. Y el lenguaje del alma será: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Salmo 119:97).

“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma…” (Salmo 19:7). Sin la Ley, los hombres no pueden formarse un justo concepto de la pureza y santidad de Dios ni de su propia culpabilidad e impureza. No tienen verdadera convicción del pecado, y no sienten necesidad de arrepentirse. Como no ven su condición perdida como violadores de la Ley de Dios, no se dan cuenta tampoco de la necesidad que tienen de la sangre expiatoria de Cristo. Aceptan la esperanza de salvación sin que se realice un cambio radical en su corazón ni una reforma en su vida. Así abundan las conversiones superficiales, y multitudes se unen a la iglesia sin haberse unido jamás con Cristo.   Por la Palabra y el Espíritu de Dios quedan de manifiesto ante los hombres los grandes principios de justicia encerrados en la Ley divina. (El conflicto de los siglos)

 

MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 17-

LA LEY ES UNA REVELACION DE LA VOLUNTAD Y DEL CARÁCTER DE DIOS

“De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”. (Romanos 7:12).

Muchos maestros en religión aseveran que Cristo abolió la Ley por su muerte, y que desde entonces los hombres se ven libres de sus exigencias. Algunos la representan como yugo enojoso, y en contraposición con la esclavitud de la Ley, presentan la libertad de que se debe gozar bajo el Evangelio.

Pero no es así como los profetas y los apóstoles consideran la santa Ley de Dios. David dice: Y andaré en libertad, Porque busqué tus mandamientos” (Salmos 119:45). El apóstol Santiago, que escribió después de la muerte de Cristo, habla del Decálogo como de la “ley real”, y de la “perfecta ley, la de la libertad” (Santiago 2:8; 1:25). Y el vidente de Patmos, medio siglo después de la crucifixión, pronuncia una bendición sobre los que “lavan sus ropas [o “guardan sus mandamientos”], tener el derecho al árbol de la vida, y para entrar por la puertas en la ciudad” (Apocalipsis 22:14).

El aserto de que Cristo abolió con su muerte la Ley de su Padre no tiene fundamento. Si hubiera sido posible cambiar la Ley o abolirla, entonces Cristo no habría tenido por que morir para salvar al hombre de la penalidad del pecado. La muerte de Cristo, lejos de abolir la Ley, prueba que es inmutable. El Hijo de Dios vino para engrandecer la Ley, y hacerla honorable (Isaías 42:21). Y con respecto a sí mismo declara: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, Y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmos 40:8).

La Ley de Dios, por su naturaleza misma es inmutable. Es una revelación de la voluntad y del carácter de su Autor. Dios es amor, y su Ley es amor. Sus dos grandes principios son el amor a Dios y al hombre. “…así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:10). El carácter de Dios es justicia y verdad; tal es la naturaleza de su ley. Dice el salmista: “Tu ley la verdad”; “todos tus mandamientos son justicia” (Salmos 119:142, 172). Y el apóstol Pablo declara: “La ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”. Semejante Ley, expresión del pensamiento y de la voluntad de Dios, debe ser tan duradera como su Autor.

Es obra de la conversión y de la santificación reconciliar a los hombres con Dios, poniéndolos de acuerdo con los principios de su Ley. Al principio el hombre fue creado a la imagen de Dios. Estaba en perfecta armonía con la naturaleza y la Ley de Dios; los principios de justicia estaban grabados en su corazón. Pero el pecado lo separó de su hacedor. Ya no reflejaba más la imagen divina. Más “…de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…”, para que el hombre fuese reconciliado con Dios. Por los méritos de Cristo puede restablecerse la armonía entre el hombre y su Creador. (El conflicto de los siglos).

 

MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 16-

CRISTO, EL CANAL DE GRACIA SALVADORA

“Porque en el habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”. (Colosenses 2:9)

Por su humanidad, Cristo tocaba a la humanidad; por su divinidad, se asía del trono de Dios. Como Hijo del hombre, nos dio un ejemplo de obediencia; como Hijo de Dios, nos imparte poder para obedecer. Al condescender a tomar sobre si la humanidad, Cristo reveló un carácter opuesto al carácter de Satanás.

Cristo fue tratado como nosotros merecemos a fin de que nosotros pudiésemos ser tratados como El merece. Fue condenado por nuestros pecados, en los que no había participado, a fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por su justicia, en la cual no habíamos participado. EL sufrió la muerte nuestra, a fin de que pudiésemos recibir la vida suya. “Por su llaga fuimos nosotros curados”. (Isaías 53:5).

Por su vida y su muerte, Cristo logró aún más que restaurar lo que el pecado había arruinado. Era el propósito de Satanás conseguir una eterna separación entre Dios y el hombre; pero en Cristo llegamos a estar más íntimamente unidos a Dios que si nunca hubiésemos pecado. Al tomar nuestra naturaleza, el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de romper. A través de las edades eternas, queda ligado con nosotros. Para asegurarnos los beneficios de su inmutable consejo de paz, Dios dio a su Hijo unigénito para que llegase a ser miembro de la familia humana, y retuviese para siempre su naturaleza humana.

Dios adoptó la naturaleza humana en la persona de su Hijo, y la llevó al más alto cielo. Es el Hijo del hombre” quien comparte el trono del universo. Es “el Hijo del hombre” cuyo nombre será llamado: “Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6). En Cristo, la familia de la tierra y la familia del cielo están ligadas. Cristo glorificado es nuestro hermano. El cielo está incorporado en la humanidad, y la humanidad, envuelta en el seno del Amor Infinito.

Por medio de la obra redentora de Cristo, el gobierno de Dios queda justificado. El Omnipotente es dado a conocer como el Dios de amor. Las acusaciones de Satanás quedan refutadas y su carácter desenmascarado. La rebelión no podrá nunca volverse a levantar. El pecado no podrá nunca volver a entrar en el universo. A través de las edades eternas, todos estarán seguros contra la apostasía. Por el sacrificio abnegado del amor, los habitantes de la tierra y del cielo quedarán ligados a su Creador con vínculos de unión indisoluble.

La obra de la redención estará completa. Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia de Dios. Nuestro pequeño mundo, que es bajo maldición del pecado la única mancha oscura de su gloriosa creación, será honrado por encima de todos los demás mundos del universo de Dios.   (El Deseado de todas las gentes)

MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 15-

CRISTO, “EL PRÍNCIPE DE PAZ”

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. (Mateo 5:9)

Cristo es el “Príncipe de paz”, y su misión es devolver al cielo y a la tierra la paz destruida por el pecado. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. (Romanos 5:1)

Quien consienta en renunciar al pecado y abra el corazón al amor de Cristo participara de esta paz celestial. No hay otro fundamento para la paz. La gracia de Cristo aceptada en el corazón, vence la enemistad, apacigua la lucha y llena el alma de amor. El que está en armonía con Dios y con su prójimo no sabrá lo que es la desdicha. No habrá envidia en su corazón ni su imaginación albergará el mal; allí no podrá existir el odio. El corazón que está de acuerdo con Dios participa de la paz del cielo y esparcirá a su alrededor una influencia bendita. El espíritu de paz se asentará como roció sobre los corazones cansados y turbados por la lucha del mundo. Los seguidores de Cristo son enviados al mundo con el mensaje de paz. Quienquiera que revele el amor de Cristo por la influencia inconsciente y silenciosa de una vida santa; quienquiera que incite a los demás, por palabra o por hechos, a renunciar al pecado y entregarse a Dios, es un pacificador.

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

El espíritu de paz es prueba de su relación con el Cielo. El dulce sabor de Cristo los envuelve. La fragancia de la vida y la belleza del carácter revelan al mundo que son hijos de Dios. Sus semejantes reconocen que han estado con Jesús. “El remanente de Jacob será en medio de muchos pueblos como el roció de Jehová, como las lluvias sobre la hierba…”. (Miqueas 5:7). (El discurso maestro de Jesucristo)

Cuando Isaías predijo el nacimiento del Mesías, le confirió el título de “Príncipe de Paz”. Cuando los ángeles anunciaron a los pastores que Cristo había nacido, cantaron sobre los valles de Belén: “¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”. (Lucas 2:14)

Hay contradicción aparente entre estas declaraciones proféticas y las palabras de Cristo: “….no he venido para traer paz, sino espada”. (Mateo 10:34).Pero si se las entiende correctamente, se nota armonía perfecta entre ellas. El Evangelio es un mensaje de paz. El cristianismo es un sistema que de ser recibido y practicado, derramaría paz, armonía y dicha por toda la tierra. La religión de Cristo unirá en estrecha fraternidad a todos los que acepten sus enseñanzas. La misión de Jesús consistió en reconciliar a los hombres con Dios, y así a unos con otros. (El gran conflicto)

 

MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 14-

CRISTO, EJEMPLO PERFECTO PARA NIÑOS, JOVENES Y ADULTOS

“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”. (Lucas 2:52)

El hombre ha caído. La imagen de Dios en él se ha distorsionado. Por la desobediencia sus inclinaciones se han depravado y sus poderes se han debilitado, y es incapaz, aparentemente, de esperar otra cosa que no sea tribulación e ira. Pero Dios, por medio de Cristo, ha provisto una vía de escape y dice a cada uno:

“Sed, pues, vosotros perfectos…”. (Mateo 5:48)

Dios se propone que el hombre vuelva a ser recto y noble, y El no será frustrado. Envió a su Hijo a este mundo para cargar con la penalidad del pecado y mostrar al hombre como vivir una vida sin pecado.

Cristo es nuestro ideal. Ha dejado un ejemplo perfecto para la niñez, la juventud y la madurez. Vino a esta tierra y pasó por las diferentes fases de la experiencia humana. En su vida no se halló lugar para el pecado. Desde el comienzo hasta el fin de su vida terrenal conservó incólume su lealtad a Dios. La Palabra dice de El:

“Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él”. (Lucas 2:40) “…Crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”. (Lucas 2:52)

El Salvador no vivió para agradarse. No tuvo un hogar en este mundo, sólo el que le proveyeron la bondad de sus amigos, y sin embargo, estar en su presencia era el cielo. Día tras día afrontó pruebas y tentaciones, pero no cayó ni se desanimó. Siempre era paciente y alegre, y los afligidos lo saludaban como un mensajero de vida y paz y salud. Su vida no tuvo nada que no fuera puro y noble.

La promesa de Dios dice: “…Seréis santos, porque yo soy santo…”. (Levítico 11:44) .La santidad es el reflejo de la gloria de Dios. Pero para reflejar esta gloria debemos cooperar con Dios. El corazón y la mente deben vaciarse de todo lo que conduce al mal. Debemos leer y estudiar la Palabra de Dios con un sincero deseo de obtener fuerza espiritual. Esta Palabra es el pan del cielo. Los que la reciben y la hacen parte de su vida se fortalecerán con el poder de Dios. El objeto de todo lo que Dios hace por nosotros es nuestra santificación.

El nos escogió desde la eternidad para que seamos santos. Cristo declara:

“…La voluntad de Dios es vuestra santificación…”. (1 Tesalonicenses 4:3)  ¿Es también la voluntad de ustedes que sus deseos e inclinaciones sean conformados a la voluntad divina?

Vivir la vida del Salvador, vencer cada deseo egoísta, cumplir valerosa y alegremente nuestro deber hacia Dios y los que nos rodean, nos hará más que vencedores, y nos preparara para estar ante el gran trono blanco sin mancha ni arruga, con las ropas lavadas en la sangre del Cordero.   (Signs of the Times)

 

 

MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 13-

  CRISTO ES LA VERDAD

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. (Juan 14:6)

 

Cristo es la verdad. Sus palabras son verdad, y tienen un significado más profundo del que aparentan tener en la superficie. Todos los dichos de Cristo tienen un significado que sobrepuja su modesta apariencia. Las mentes avivadas por el Espíritu Santo discernirán el valor de esos dichos. Hallarán las preciosas gemas de verdad, aún cuando sean tesoros escondidos.

 

Las teorías y especulaciones humanas nunca conducirán a una comprensión de la Palabra de Dios. Aquellos que suponen que entienden de filosofía piensan que sus explicaciones son necesarias para abrir los tesoros del conocimiento e impedir que las herejías se introduzcan en la iglesia. Pero son estas explicaciones las que han introducido falsas teorías y herejías. Los hombres han hecho esfuerzos desesperados por explicar lo que ellos pensaban que eran textos intrincados; pero demasiado a menudo sus esfuerzos no han hecho sino oscurecer aquello que trataban de explicar.

 

Los sacerdotes y fariseos pensaban estar haciendo grandes cosas como maestros, colocando sus propias interpretaciones por sobre la Palabra de Dios; pero Cristo dijo de ellos: “…Ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios”. (Marcos 12:24). Los declaró culpables de enseñar “como doctrinas mandamientos de hombres”. (Marcos 7:7).

 

Aunque ellos eran los maestros de los oráculos divinos, aunque se suponía que entendían la Palabra, no eran hacedores de la misma. Satanás había cegado sus ojos, de tal manera que no viesen su verdadera importancia.

 

Esta es la obra que muchos hacen en nuestra época. Muchas iglesias son culpables de este pecado. Hay peligro, gran peligro de que los presuntos sabios de nuestra época repitan lo que hicieron los maestros judíos. Interpretan falsamente los oráculos divinos, y las almas quedan sumidas en la perplejidad y las tinieblas a causa de su errónea concepción de la verdad.

 

Las Escrituras no necesitan ser leídas a la luz empañada de la tradición o la especulación humana. El explicar las Escrituras por la especulación o la imaginación del hombre es como tratar de alumbrar el sol con una antorcha. La santa Palabra de Dios no necesita de la débil luz de la antorcha de la tierra para que sus glorias sean visibles. Es luz en sí misma: la gloria de Dios revelada; y fuera de ella toda otra luz es empañada. (Palabras de vida del gran Maestro)

 

ES LA VERDAD…LA QUE TODOS NECESITAMOS, LA VERDAD QUE OBRA POR AMOR Y PURIFICA EL ALMA. (Alza tus ojos, pág.291)

 

MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 12-

COMO NUESTRO EJEMPLO, CRISTO ES EL TODO

“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. (Juan 1:4)

La ética presentada en el Evangelio no reconoce otra norma que la perfección de la mente de Dios, de la voluntad de Dios. La imperfección del carácter es pecado, y el pecado es la transgresión de la Ley. Todas las virtudes del carácter se encuentran en Dios como un todo armonioso y perfecto. Todo el que recibe a Cristo como su Salvador personal tiene el privilegio de poseer estos atributos. Esta es la ciencia de la santidad.

¡Cuán gloriosas son las posibilidades para la raza caída! Por medio de su Hijo, Dios ha revelado la excelencia que el hombre es capaz de alcanzar. Por medio de los méritos de Cristo, el hombre es elevado de su estado depravado, es purificado y hecho más precioso que el oro de Ofir. Le resulta posible llegar a ser compañero de los ángeles en gloria y reflejar la imagen de Jesucristo, que brillará aún ante el esplendor del trono eterno. Es su privilegio tener la fe que por medio del poder de Cristo lo haga inmortal. Sin embargo, ¡cuántas pocas veces se da cuenta de las alturas que podría alcanzar si permitiera que Dios guie cada uno de sus pasos!

Dios permite que cada ser humano ejerza su individualidad. No desea que ninguno sumerja su mente en la de otro mortal como él. Los que desean ser transformados en mente y carácter no han de mirar a los hombres, sino al ejemplo divino. Dios extiende la invitación:

“Tengan ustedes la misma manera de pensar que tuvo Cristo Jesús”. (Filipenses 2:5, versión Dios habla Hoy)

Por medio de la conversión y la transformación los hombres han de recibir la mente de Cristo. Cada uno ha de estar delante de Dios con su fe individual y una experiencia individual, teniendo la certeza de que Cristo, la esperanza de gloria, ha sido formado en su interior. Imitar el ejemplo de cualquier persona, aún el de aquellos que podamos considerar casi perfectos en carácter, sería poner nuestra confianza en un ser humano defectuoso, incapaz de proveer una jota o una tilde de perfección.

Tenemos al que es todo y en todos como nuestro Ejemplo, el señalado entre diez mil, cuya excelencia no tiene comparación. Generosamente adaptó su vida para que todos la imiten. Unidos a Cristo se hallaron la riqueza y la pobreza, la majestad y la humillación; el poder ilimitado y la mansedumbre y humildad que se reflejarán en cada alma que lo reciba. En El, por medio de las capacidades y los poderes de la mente humana, se rebeló la sabiduría del Maestro más grande que el mundo haya conocido.

Dios está desarrollándonos ante el mundo como testigos vivientes de lo que los hombres y las mujeres pueden llegar a ser por la gracia de Cristo. (Signs of the Times)