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Archive for junio 2014

MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 22-

LA LEY DE DIOS ES LA LEY DEL AMOR

“Y Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo…”. (Marcos 12:30, 31)

El amor, la base de la creación y la redención, es la base de la verdadera educación. Esto se ha hecho bien claro en la Ley que Dios ha dado como la guía de la vida. El primer y grande mandamiento, amarle a El, el infinito, el omnisciente, con toda la fuerza y la mente y el corazón, significa el mayor desarrollo de cada poder. Significa que en el ser total- el cuerpo, la mente, así como el alma-, la imagen de Dios ha de ser restaurada.

Semejante al primero es el segundo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La Ley de amor requiere la devoción del cuerpo, la mente y el alma al servicio de Dios y nuestros prójimos. Y este servicio, mientras que nos hace una bendición para otros, trae la mayor bendición sobre nosotros mismos. La ausencia del egoísmo yace en la base del auténtico desarrollo.

Lucifer deseó ser en el cielo el primero en poder y autoridad; deseó ser Dios, tener el gobierno del cielo; y apuntando a este fin ganó a muchos de los ángeles para su lado. Cuando fue echado de las cortes de Dios con su ejército rebelde, la obra de rebelión y egoísmo continuó en la tierra. Por medio de la tentación a la auto indulgencia y a la ambición, Satanás logró la caída de nuestros primeros padres; y desde ese entonces hasta el presente la gratificación de la ambición humana y la indulgencia en esperanzas y deseos egoístas ha demostrado ser la ruina de la humanidad.

Bajo la dirección de Dios, Adán había de permanecer como cabeza de familia terrenal, para mantener los principios de la familia celestial. Esto habría traído paz y felicidad. Pero Satanás determinó oponerse a la ley de que nadie “vive para sí”. El deseó vivir para sí. Buscó hacerse el centro de influencia. Esto había incitado a la rebelión en el cielo, y la aceptación de ese principio por el hombre trajo el pecado al mundo. Cuando Adán pecó, el hombre se separó del centro ordenado por Dios. Un demonio se convirtió en el poder central en el mundo. Donde debiera haber estado el trono de Dios, Satanás ubicó su trono. El mundo rindió su homenaje como una ofrenda voluntaria a los pies del enemigo.

La transgresión de la Ley de Dios trajo lamentos y muerte en su estela. Por la desobediencia los poderes del hombre fueron pervertidos, y el egoísmo tomó el lugar del amor. Su naturaleza se debilitó tanto que le fue imposible resistir el poder del mal. Los hombres habían escogido un dirigente que los encadenó a su carro como cautivos. Cristo vino al mundo para mostrarles que había plantado para ellos el árbol de la vida, cuyas hojas son para la sanidad de las naciones. (Review and Herald)

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MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 21-

LA MUERTE DE CRISTO, PODEROSO ARGUMENTO A FAVOR DE LA INMUTABILIDAD DE LA LEY DE DIOS.

“Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”. (Juan 12:31, 32)

Puesto que la Ley divina es tan sagrada como el mismo Dios, sólo uno igual a Dios podría expiar su transgresión. Ninguno sino Cristo podía salvar al hombre de la maldición de la Ley, y colocarlo otra vez en armonía con el Cielo. Cristo cargaría con la culpa y la vergüenza del pecado, que era algo tan abominable a los ojos de Dios que iba a separar al Padre y su Hijo. Cristo descendería a la profundidad de la desgracia para rescatar la raza caída.

Pero el plan de redención tenía un propósito todavía más amplio y profundo que el de salvar al hombre. Cristo no vino a la tierra sólo por este motivo, no vino meramente para que los habitantes de este pequeño mundo acatasen la Ley de Dios como debe ser acatada; sino que vino para vindicar el carácter de Dios ante el universo. A este resultado de su gran sacrificio, a su influencia sobre los seres de otros mundos, así como sobre el hombre, se refirió el Salvador cuando poco antes de su crucifixión dijo:

“Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”. El acto de Cristo, de morir por la salvación del hombre, no sólo haría accesible el cielo para los hombres, sino que ante todo el universo justificaría a Dios y a su Hijo en su trato con la rebelión de Satanás. Demostraría la perpetuidad de la Ley de Dios, y revelaría la naturaleza y las consecuencias del pecado.

Desde el principio, el gran conflicto giró en derredor de la Ley de Dios. Satanás había procurado probar que Dios era injusto, que su Ley era defectuosa, y que el bien del universo requería que fuese cambiada. Al atacar la Ley, procuró derribar la autoridad de su Autor. En el curso del conflicto habría de demostrarse si los estatutos divinos eran defectuosos y sujetos a cambio, o perfectos e inmutables.

El cielo notó las afrentas y las burlas que El recibía, y supo que todo era instigado por Satanás. Observó la batalla entre la luz y las tinieblas a medida que se reñía con más ardor. Cuando Cristo exclamó en la cruz en su expirante agonía “…Consumado es…” (Juan 19:30), un grito de triunfo resonó a través del mismo cielo.

Satanás había revelado su verdadero carácter. El mismo hecho de que Cristo sufrió la pena de la transgresión del hombre es para todos los seres creados un poderoso argumento en prueba de que la Ley es inmutable; que Dios es justo; misericordioso y abnegado; y que la justicia y la misericordia más infinitas se entrelazaban en la administración de su gobierno. (Patriarcas y Profetas)

 

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MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 20-

LOS VERDADEROS SEGUIDORES OBEDECEN LA LEY DE DIOS-(EXODO 20:3-17)

“Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

El deseo de llevar una religión fácil, que no exija luchas, desprendimiento, ni ruptura con las locuras del mundo, ha hecho popular la doctrina de la fe, y de la fe sola; ¿pero que dice la Palabra de Dios? El apóstol Santiago escribe:

“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?… ¿Más quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por la obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por la obras?…Veis, pues, que el hombre es justificado por la obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:14-24).

El testimonio de la Palabra de Dios se opone a esta doctrina seductora de la fe sin obras. No es fe pretender el favor del Cielo sin cumplir las condiciones necesarias para que la gracia sea concedida. Es presunción, pues la fe verdadera se funda en las promesas y disposiciones de las Sagradas Escrituras.

Un pecado cometido deliberadamente acalla la voz atestiguadora del Espíritu y separa al alma de Dios. “El pecado es infracción de la ley”. Y “…todo aquel que peca [infringe la ley], no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Juan 3:6). Aunque Juan habla mucho del amor en sus epístolas, no vacila en poner de manifiesto el verdadero carácter de esa clase de personas que pretenden ser santificadas y seguir transgrediendo la Ley de Dios.

“El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado…” (1 Juan 2: 4, 5).

Esta es la piedra de toque de toda profesión de fe. No podemos reconocer como santo a ningún hombre sin haberlo comparado primero con la sola regla de santidad que Dios haya dado en el cielo y en la tierra. Si los hombres no sienten el peso de la Ley moral, (Exodo 20:3-17) si empequeñecen y tienen en poco los preceptos de Dios, si violan el menor de estos mandamientos, y así enseñan a los hombres, no serán estimados ante el Cielo, y podemos estar seguros de que sus pretensiones no tienen fundamento alguno.

Y la aserción de estar sin pecado constituye de por sí una prueba de que el que tal asevera dista mucho de ser santo. Es porque no tiene un verdadero concepto de lo que es la pureza y santidad infinita de Dios, ni de lo que deben ser los que han de armonizar con su carácter; es porque no tiene un verdadero concepto de la pureza y perfección supremas de Jesús ni de la maldad y el horror del pecado, por lo que el hombre puede creerse santo. (El conflicto de los siglos)

 

 

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MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 19-

LA LEY DE DIOS, LA VERDAD, ES LA NORMA DEL CARÁCTER

“Tu justicia es justicia eterna, Y tu ley la verdad” (Salmo 119:142).

Falsas teorías sobre la santificación…desempeñan un importante papel en los movimientos religiosos de nuestros días. Esas teorías son falsas en cuanto a la doctrina y peligrosas en sus resultados prácticos, y el hecho de que hallen tan general aceptación hace doblemente necesario que todos tengan una clara comprensión de lo que las Sagradas Escrituras enseñan sobre este punto.

La doctrina de la santificación verdadera es bíblica. El apóstol Pablo, en su carta a la Iglesia de Tesalónica, declara: “pues la voluntad de Dios es vuestra santificación…” Y ruega así: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo…” (1 Tesalonicenses 4:3; 5:23).

La Biblia enseña claramente lo que es la santificación, y como se la puede alcanzar. El Salvador oró por sus discípulos: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Y Pablo enseña que los creyentes deben ser santificados por el Espíritu Santo (Romanos 15:16).

¿Cuál es la obra del Espíritu Santo? Jesús dijo a sus discípulos: “…cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13). Y el salmista dice: “Tu ley la verdad”… Y ya que la Ley de Dios es santa, justa y buena, un trasunto de la perfección divina, resulta que el carácter formado por la obediencia a esa Ley será santo. Cristo es ejemplo perfecto de semejante carácter. El dice: “…he guardado los mandamientos de mi Padre…”. “…hago siempre lo que le agrada” (Juan 15:10; 8:29).

Los discípulos de Cristo han de volverse semejantes a El, es decir, adquirir por la gracia de Dios un carácter conforme a los principios de su santa Ley. Esto es lo que la Biblia llama santificación. Esta obra no se puede realizar sino por la fe en Cristo, por el poder del Espíritu de Dios que habita en el corazón. Pablo amonesta a los creyentes: “…ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13). El cristiano sentirá las tentaciones del pecado, pero luchará continuamente contra él. Aquí es donde se necesita la ayuda de Cristo. La debilidad humana se une con la fuerza divina, y la fe exclama: “Más gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:57).

Las Santas Escrituras enseñan claramente que la obra de la santificación es progresiva. Cuando el pecador encuentra en la conversión la paz con Dios por la sangre expiatoria, la vida cristiana no ha hecho más que empezar. Ahora debe llegar al estado de “varón perfecto”; crecer “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (El conflicto de los siglos).

 

 

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MEDITACIONES-REFLEJEMOS A JESUS –parte 18-

LOS PECADORES SON LLEVADOS A ESTAR EN ARMONIA CON LA LEY

“Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:3, 4).

La ley revela al hombre sus pecados, pero no dispone de ningún remedio. Mientras promete vida al que obedece, declara que la muerte es lo que le toca al transgresor. Solo el Evangelio de Cristo puede librarlo de la condenación o de la mancha del pecado. Debe arrepentirse ante Dios, cuya ley transgredió, y tener fe en Cristo y en su sacrificio expiatorio.

Así obtiene remisión de “los pecados pasados”, y se hace partícipe de la naturaleza divina. Es un hijo de Dios, pues ha recibido el espíritu de adopción, por el cual exclama: “¡Abba, Padre!»

¿Está entonces libre para violar la Ley de Dios? El apóstol Pablo dice: ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley” “…Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”. (Romanos 3:31; 6:2)

Y Juan dice también: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3).

En el nuevo nacimiento el corazón viene a quedar en armonía con Dios, al estarlo con su Ley. Cuando se ha efectuado este gran cambio en el pecador, entonces ha pasado de la muerte a la vida, del pecado a la santidad, de la transgresión y la rebelión a la obediencia y a la lealtad. Terminó su antigua vida de separación con Dios; y comenzó la nueva vida de reconciliación, fe y amor. Entonces “la justicia de la Ley” se cumplirá “en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. Y el lenguaje del alma será: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Salmo 119:97).

“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma…” (Salmo 19:7). Sin la Ley, los hombres no pueden formarse un justo concepto de la pureza y santidad de Dios ni de su propia culpabilidad e impureza. No tienen verdadera convicción del pecado, y no sienten necesidad de arrepentirse. Como no ven su condición perdida como violadores de la Ley de Dios, no se dan cuenta tampoco de la necesidad que tienen de la sangre expiatoria de Cristo. Aceptan la esperanza de salvación sin que se realice un cambio radical en su corazón ni una reforma en su vida. Así abundan las conversiones superficiales, y multitudes se unen a la iglesia sin haberse unido jamás con Cristo.   Por la Palabra y el Espíritu de Dios quedan de manifiesto ante los hombres los grandes principios de justicia encerrados en la Ley divina. (El conflicto de los siglos)

 

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