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LA FUENTE DE CURACION-parte 20-

IMPORTANCIA DEL VERDADERO CONOCIMIENTO-parte 1-

Necesitamos comprender más claramente de lo que solemos las contingencias del gran conflicto en que estamos empeñados.  Necesitamos comprender más ampliamente el valor de las verdades de la Palabra de Dios, y el peligro de consentir que el gran engañador aparte de ella nuestra mente.

El valor infinito del sacrificio requerido para nuestra redención pone de manifiesto que el pecado es un tremendo mal, que ha descompuesto todo el organismo humano, pervertido la mente y corrompido la imaginación. El pecado ha degradado las facultades del alma.  Las tentaciones del exterior hallan eco en el corazón, y los pies se dirigen imperceptiblemente hacia el mal.

Así como el sacrificio en beneficio nuestro fue completo, también debe ser completa nuestra restauración de la corrupción del pecado.  La Ley de Dios no disculpará ningún acto de perversidad; ninguna injusticia escapará de su condenación.  El sistema moral del Evangelio no reconoce otro ideal que el de la perfección del carácter divino.  La vida de Cristo fue el perfecto cumplimiento de todo precepto de la Ley. 

El dijo:   “HE GUARDADO LOS MANDAMIENTOS DE MI PADRE”  Su vida es para nosotros un ejemplo de obediencia y servicio.  Sólo Dios puede renovar el corazón.  “PORQUE DIOS ES EL QUE EN VOSOTROS OBRA ASÍ EL QUERER COMO EL HACER, POR SU BUENA VOLUNTAD”.   Pero nosotros tenemos que ocuparnos en nuestra salvación.   (Juan 15:10;  Filipenses 2:13,12)

LA OBRA QUE REQUIERE NUESTRO PENSAMIENTO

Los agravios no pueden repararse, ni tampoco pueden realizarse reformas en la conducta mediante unos cuantos esfuerzos débiles e intermitentes.  La formación del carácter es tarea, no de un día ni de un año, sino de toda la vida.  La batalla para vencerse a sí mismo, para lograr la santidad y el cielo, es una lucha de toda la vida.  Sin continuo esfuerzo y constante actividad, no puede haber adelanto, ni puede obtenerse la victoria.

La prueba evidente de la caída del hombre de un estado superior es el hecho de que tanto cuesta volver a él.  El camino de regreso se puede recorrer sólo mediante rudo batallar. En un momento de descuido podemos ponernos bajo el poder del mal; pero se necesita más de un momento para  alcanzar una vida más santa.  Bien puede formarse el propósito y empezar a realizarlo; pero su cumplimiento cabal requiere trabajo, tiempo, perseverancia, paciencia y sacrificio.

La vida del apóstol Pablo fue un constante conflicto consigo mismo,  dijo: “CADA DÍA MUERO” (1ª. Cor.15:31).  Su voluntad y deseos estaban en conflicto diario con su deber y con la voluntad de Dios.  En vez de seguir su inclinación, hizo la voluntad de Dios, por mucho que tuviera que crucificar su naturaleza.

Al terminar su vida de conflicto, al mirar hacia atrás y ver los combates y triunfos de ella, pudo decir: “HE PELEADO LA BUENA BATALLA, HE ACABADO LA CARRERA, HE GUARDADO LA FE.  POR LO DEMAS, ME ESTA GUARDADA LA CORONA DE JUSTICIA, LA CUAL ME DARA EL SEÑOR, JUEZ JUSTO, EN  AQUEL DÍA”.  (2ª. Tim. 4:7,8)

La vida cristiana es una batalla y una marcha.  En esta guerra no hay descanso; el esfuerzo ha de ser continuo y perseverante.  Sólo mediante esfuerzo incansable podemos asegurarnos la victoria contra las tentaciones  de Satanás.  Debemos procurar la integridad cristiana con energía irresistible, y conservarla con propósito firme y resuelto.

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