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AMPARO Y FORTALEZA –parte 33-

EL SECRETO DE LA FELICIDAD Y LA VICTORIA-parte 2-

LA CONFESIÓN

El que encubre sus pecados, no prosperará; Más el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).

Las condiciones indicadas para obtener la misericordia de Dios son sencillas, justas y razonables. Confesad vuestros pecados a Dios, el único que puede perdonarlos, y vuestras faltas unos a otros.  Los que no han humillado su alma delante de Dios reconociendo su culpa, no han cumplido todavía la primera condición de la aceptación. Debemos tener la voluntad de humillar nuestros corazones y cumplir con las condiciones de la Palabra de verdad. 

La confesión que brota de lo íntimo del alma sube al Dios de piedad infinita.  La verdadera confesión es siempre de un carácter específico y reconoce pecados particulares. Pero toda confesión debe hacerse definida y directa.  Está escrito:

Si confesamos nuestros pecados, el es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

TU NO PUEDES EXPIAR TUS PECADOS PASADOS, NO PUEDES CAMBIAR TU CORAZÓN Y HACERTE SANTO.  MAS DIOS PROMETE HACER TODO ESTO POR  TI MEDIANTE CRISTO.

CONSAGRACIÓN-parte 1-

La promesa de Dios es:

“y me buscaréis y me hallaréis porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13)

Debemos dar a Dios todo el corazón, o no se realizará el cambio que se ha de efectuar en nosotros, por lo cual hemos de ser transformados conforme a la semejanza divina.  La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande que jamás se haya reñido.  El rendirse a sí mismo, entregando todo a la voluntad de Dios, requiere una lucha; para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes a Dios.  (Ver Santiago 4:7)

Al consagrarnos a Dios, debemos necesariamente abandonar todo aquello que nos separaría de El. Hay quienes profesan servir a Dios a la vez que confían en sus propios esfuerzos para obedecer su Ley, desarrollar un carácter recto y asegurarse la salvación. Sus corazones no son movidos por algún sentimiento profundo del amor de Cristo, sino que procuran cumplir los deberes de la vida cristiana como algo que Dios les exige para ganar el cielo. Una religión tal no tiene valor alguno.

Cuando Cristo mora en el corazón, el alma rebosa de tal manera de su amor y del gozo de su comunión, que se aferra a El; y contemplándole se olvida de sí mismo. El amor a Cristo es el móvil de sus acciones.

Los que sienten el amor constreñidor  de Dios no preguntan cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer lo que El requiere; no preguntan cuál es la norma más baja que acepta, sino que aspiran a una vida de completa conformidad con la voluntad de su Redentor.

¿Creen que es un sacrificio demasiado grande darlo todo a Cristo? Preguntemos: ¿Qué dio Cristo por mí? El Hijo de Dios dio todo para redimirnos: vida, amor y sufrimientos.  ¿Es posible que nosotros, seres indignos de tan grande amor, rehusemos entregarle nuestro corazón?

¿Y que abandonamos cuando lo damos todo? Un corazón manchado de pecado, para que el Señor Jesús lo purifique y lo limpie, para que lo salve con su incomparable amor. ¡Y sin embargo, los hombres hallan difícil renunciar a todo! Dios no nos pide que renunciemos a cosa alguna cuya retención contribuiría a nuestro mayor provecho. En todo lo que  hace, tiene presente el bienestar de sus hijos.

Continúa en parte 3

 

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