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FE Y OBRAS–parte 37-

“SIN FE ES IMPOSIBLE AGRADAR A DIOS”(Heb.11:6)-“LA FE SIN OBRAS ES MUERTA” (Sant.2:20)

OBEDIENCIA Y SANTIFICACIÓN

NO HAY QUE CONFIAR EN LOS HOMBRES

Nuestra fe no debe apoyarse en la capacidad de los hombres sino en el poder de Dios.  Es peligroso confiar en los hombres, aún cuando puedan haber sido usados por Dios para realizar una obra grande y buena.  Cristo debe ser nuestra fortaleza y nuestro refugio. 

Los mejores hombres pueden desviarse de su rectitud, y la mejor religión, cuando se corrompe, es siempre más peligrosa en su influencia sobre las mentes. La religión pura y viva consiste en la obediencia a toda palabra que sale de la boca de Dios. La justicia exalta a una nación, y la falta de ella degrada y corrompe al hombre.

“CREAN, TAN SOLO CREAN”

Hoy en día se pronuncian desde los púlpitos las siguientes palabras: “Crean, tan sólo crean. Tengan fe en Cristo; no tienen nada que hacer con la antigua Ley; tan sólo confíen en Cristo”. ¡Cuán diferentes son estas palabras de las del apóstol que declara que la fe sin obras en muerta! El dice:

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Sant.1:22).

Debemos poseer la fe que obra por amor y purifica el alma.  Muchos procuran sustituir una fe superficial con una vida recta y piensan que por medio de ésto obtendrán la salvación.

El Señor requiere en la actualidad exactamente lo que requirió de Adán en el Edén: la perfecta obediencia a la Ley de Dios.  Debemos poseer una rectitud sin defecto, sin tacha alguna. Dios dio a su Hijo para que muriera por el mundo, pero El no murió para abrogar la Ley que era santa, justa y buena.

El sacrificio de Cristo en el Calvario es un argumento incontestable que muestra inmutabilidad de la Ley.  Su penalidad fue sufrida por el Hijo de Dios a favor del hombre culpable, para que mediante los méritos de Aquel, el pecador pudiera por  la fe  en su nombre obtener la virtud de su carácter inmaculado.

Se le dio al pecador una segunda oportunidad de guardar la Ley de Dios mediante la fortaleza de su divino Redentor. La cruz del Calvario condena para siempre la idea que Satanás ha colocado delante del mundo cristiano que la muerte de Cristo abolió no solamente el sistema típico de sacrificios y ceremonias sino también la inmutable Ley de Dios, el fundamento de su trono, la transcripción de su carácter.

Por medio de todos los artificios posibles Satanás ha procurado invalidar la eficacia del sacrificio del Hijo de Dios, hacer que su expiación sea inútil y su misión un fracaso.  Ha sostenido que la muerte de Cristo hizo innecesaria la obediencia a la Ley y permitió que el pecador obtuviera, sin abandonar el pecado, el favor de un Dios Santo.  Ha declarado que la norma del Antiguo Testamento fue rebajada en el Evangelio y que los hombres pueden acudir a Cristo, no para ser salvados de sus pecados sino en sus pecados.

Pero cuando Juan vio a Jesús, anunció su misión diciendo:

“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

Para toda alma arrepentida, el mensaje es:

“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isa.1:18).

 

 

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