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FE Y OBRAS–parte 21-

“SIN FE ES IMPOSIBLE AGRADAR A DIOS”(Heb.11:6)-“LA FE SIN OBRAS ES MUERTA” (Sant.2:20)

ADVERTENCIA CONTRA UNA SANTIFICACIÓN ESPURIA

QUE EXIGE DIOS –parte 2-

Y el apóstol Juan declara: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:4).

Es inseguro confiar en los sentimientos o impresiones; éstos no son guías confiables.  La Ley de Dios es la única norma correcta de santidad.  Por esta Ley será juzgado el carácter.  Si alguien que busca la salvación preguntara: “¿Haciendo que cosa heredaré la vida eterna?”, los modernos maestros de la santificación contestarían”  “Tan sólo cree que  Jesús te salvará”. 

Pero cuando a Cristo se le formuló esta pregunta dijo:  “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?” Y cuando el que preguntaba replicó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… y a tu prójimo como a ti mismo”, Jesús dijo “Bien has respondido; haz ésto, y vivirás” (Lucas 10:25-28).

La verdadera santificación se evidenciará por una consideración concienzuda de todos los mandamientos de Dios (Éxodo 20:3-17), por un desarrollo cuidadoso de cada talento, por una conversación circunspecta, por revelar en cada acto la mansedumbre de Cristo.

UNA SANTIFICACIÓN QUE ALEJA DE LA BIBLIA

¿Qué puede esperarse de los que siguen sus propias imaginaciones en lugar de la Palabra de Dios, sino que serán engañados? Los tales desechan el único detector de errores, y ¿qué impedirá que el gran engañador los lleve cautivos a su voluntad? La santificación espuria directamente aleja de la Biblia.  La religión es reducida a una fábula. Sentimientos e impresiones se erigen en criterio. 

Mientras profesan ser impecables y se vanaglorian de su rectitud, los que presumen de santos enseñan que los hombres están en libertad de transgredir la Ley de Dios y que los que obedecen sus preceptos han sido destituidos de la gracia.  Una presentación de las demandas de la Ley levanta su oposición y excita su ira y desprecio. De ese modo revelan su carácter, por cuanto “Los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la Ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos: 8:7).

El verdadero seguidor de Cristo no hará jactanciosas proclamaciones de santidad.  El pecador es convencido de pecado por la Ley de Dios.  Ve su propia pecaminosidad en contraste con la perfecta justicia que la Ley prescribe, y ésto lo lleva a la humildad y el arrepentimiento.  Se reconcilia con Dios por medio de la sangre de Cristo; y al continuar caminando con El, obtendrá una comprensión más nítida de la santidad del carácter de Dios y de la naturaleza trascendente de sus requerimientos.  Verá más claramente sus propios defectos y sentirá la necesidad de un continuo arrepentimiento y una fe constante en la sangre de Cristo.

El que lleva consigo un permanente sentido de la presencia de Cristo no puede entregarse a la confianza en sí mismo o a la justificación propia.  Ninguno de los profetas  o apóstoles formularon orgullosas pretensiones de santidad.  Cuanto más se acercaron a la perfección  del carácter, menos dignos y justos se vieron a sí mismos.  Pero los que tienen la menor comprensión de la perfección de Jesús  cuyos ojos están menos dirigidos a El, son los que pretenden con más vehemencia ser perfectos. (Elena White)

 

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