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LA FUENTE DE CURACION-parte 49-

EL HOGAR -parte 4-

LA ALIMENTACION DEL NIÑO

El mejor alimento para el niño es el que suministra la naturaleza.  Es importante que adquiera bueno hábitos dietéticos. Necesitan comprender que comen para vivir y no viven para comer.  Esta educación debe comenzar cuando esta todavía en brazos de su madre. Hay que darle alimento tan sólo a intervalos regulares y con menos frecuencia conforme va creciendo.  No hay que darle dulces y comida de adultos, pues no la pueden digerir. 

El cuidado y la regularidad en la alimentación de las criaturas no sólo fomentarán la salud, y así las harán sosegadas y de genio apacible, sino que echarán los cimientos de hábitos que los beneficiaran en los años subsiguientes.

Cuando los niños salen de la infancia todavía hay que educar con el mayor cuidado sus gustos y apetitos. Muchas veces se les permite comer lo que quieren y cuando quieren, sin tener en cuenta la salud. El trabajo y el dinero tantas veces malgastados en golosinas perjudiciales para la salud inducen al joven a pensar que el supremo objeto de la vida, y lo que reporta mayor felicidad, es poder satisfacer los apetitos.

El resultado de tal educación es que el niño se vuelve glotón; después les sobrevienen las enfermedades, que son seguidas generalmente por la administración de medicinas que son drogas venenosas.

Los padres deben educar los apetitos de sus hijos, y no permitir  que hagan uso de alimentos nocivos para la salud.  Pero en el esfuerzo por regular la alimentación, debemos cuidar de no cometer el error de exigir a los niños que coman cosas desagradables, ni más de lo necesario.  Los niños tienen derechos y preferencias que, cuando son razonables, deben respetarse.

Hay que observar cuidadosamente la regularidad en las comidas. Al niño no se le debe dar de comer entre comidas. La irregularidad en las comidas destruye el tono sano de los órganos de la digestión, en perjuicio de la salud y del buen humor.  Y cuando los niños se sientan a la mesa, no toman con gusto el alimento sano, su apetito clama por alimentos nocivos.

Las madres que satisfacen los deseos de sus hijos a costa de la salud y del genio alegre, siembran males que no dejarán de tener malas consecuencias.

El empeño por satisfacer los apetitos se intensifican en los niños a medida que crecen, y queda sacrificado el vigor mental y físico.  Las madres que obran así cosechan con amargura lo que han sembrado.  Ven a sus hijos criarse incapacitados en su mente y carácter para desempeñar noble y provechoso papel en la sociedad o en la familia.

Las facultades espirituales, intelectuales y físicas se menoscaban por la influencia del alimento malsano.  La conciencia se embota, y se debilita la disposición a recibir buenas impresiones.

 

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