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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 29-

LOS DOS MISTERIOS -parte 3-

EL MISTERIO DE LA PIEDAD-parte 1-

Mientras que el misterio de iniquidad se destaca por un espíritu de orgullo y exaltación, el misterio de la piedad se distingue por la abnegación y la humildad. “Dios fue manifestado en carne”, dice el apóstol Pablo al describir el misterio de la piedad.  Ahora bien, entre los paganos era muy común pensar que los hombres de renombre en vida, se convirtieran en dioses después de la muerte.  Pero que un dios llegara a ser hombre, era para ellos una locura, un concepto absurdo (1 Corintios 1:23).

¿Por qué un dios iba a tener que rebajarse y humillarse así? En los días de Daniel, cuando los sabios de Babilonia no  pudieron decirle al rey Nabucodonosor el sueño que había tenido, se quejaron de que el rey pedía algo injusto pues sólo los dioses “cuya morada no es con la carne” (Daniel 2:11) podían decirle el sueño. En otras palabras los dioses no tenían nada que ver con los que vivían en la carne. Cuán grande el contraste entre este concepto pagano y el cristiano.  En San Juan 1:14 se afirma que aquel Verbo, que era Dios, que tenía todo el poder y la gloria, llegó a ser carne y habitó entre los hombres.

Aún los judíos rehusaron comprender la misión de Cristo porque sus corazones estaban enceguecidos por el espíritu del misterio de iniquidad.  Para ellos, el Mesías debía ser un rey poderoso, glorioso y avasallador, que iba a destruir a los romanos para luego poner a Israel en lo alto, por encima de todas las demás naciones.

Pero Jesús contradijo estas expectaciones.  Cuando vino era como raíz de tierra seca.  No había en El parecer llamativo, ni hermosura, ni atractivo para que lo desearan (ver Isaías 53:2). Por lo tanto llegó a ser piedra de tropiezo para ellos (1 Corintios 1:23).  Ni los judíos ni los romanos podían aceptar que Dios mostrara debilidad; ¡y que muriera era imposible!

Según Filipenses 2:6 aunque Jesús era Dios, no considero la igualdad a Dios como algo a que aferrarse.  Es decir, no reclamó sus derechos como Dios sino que “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:7). No vemos a Cristo reclamando sus propios derechos y luchando por conservar su poder, dignidad y privilegios.  Siempre abogó por los derechos ajenos y por la gloria de su Padre. Podría haber conservado su elevada posición en el cielo, pero escogió descender para servir.

Esta actitud de siervo la vemos ejemplificada en un episodio que ocurrió hacia el final de su ministerio. Los discípulos habían discutido constantemente sobre quién de ellos iba a ser el mayor o más importante en el reino que Cristo iba a establecer (ver Marcos 9:33-34); estaban llenos de orgullo y cada uno quería tener el primer puesto u ocupar el cargo más importante. El jueves de la Semana de la Pasión, después de celebrar la fiesta de Pascua con sus discípulos en el aposento alto, Cristo buscó una palangana con agua, se ciñó con una toalla  y comenzó a lavar los pies de sus discípulos.

¡Increíble, el Rey del cielo y de la tierra lavando los pies de sus seguidores, incluyendo los de Judas, el traidor! Jesús quiso enseñarles a sus discípulos que el espíritu de exaltación es satánico y que el de humillación es divino.

Continúa en parte 30

 

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