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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 25-

EL TIERNO CUIDADO DE DIOS-parte 4-

EL PODER DE LA ORACIÓN-parte 3-

Veamos otros aspectos de la oración y de nuestra comunicación con Dios, que se encuentra en el cielo más distante. Aclaremos que la Biblia menciona tres cielos (2 Corintios 12:2). El primero es el atmosférico, donde vuelan las aves (Génesis 1:8).  El segundo es el estelar, donde  se encuentra el Sol, la Luna y  las estrellas (Salmo 19:1), y el tercer cielo es el lugar donde mora Dios. 

No sabemos exactamente donde se encuentra el tercer cielo, pero si sabemos que está a una distancia casi incomputable de la Tierra.  A pesar de ésto, nuestras oraciones llegan al trono de la gracia cuando apenas comenzamos a abrir la boca y la repuesta de Dios está en camino antes de terminar la oración.  En Daniel 9 tenemos una de las oraciones más hermosas de la Biblia que nos muestra la prontitud con que Dios atiende nuestras plegarias.

El templo y la ciudad de Jerusalén estaban en ruinas y el pueblo de Israel se hallaba cautivo en Babilonia.  El profeta le rogó a Dios que tuviera misericordia de su pueblo, su ciudad y su templo. Mientras el profeta Daniel aún oraba, se presentó el ángel Gabriel con la respuesta a su oración.  El ángel le dijo: “Al principio de tus ruegos fue dada la orden, y yo he venido para ensenártela” (cap.9:23). ¡Qué asombroso!

Cuando Daniel recién había comenzado la oración ya Gabriel venía en camino con la respuesta de Dios. La velocidad de la luz queda abatida en el polvo comparada con la velocidad con que viajan las oraciones. Ciertamente en el mundo de Dios el sonido viaja más rápido que la luz. El Salmo 4:3 promete: “Jehová oirá cuando yo a él clamare”.

Muchos se arrepienten de sus pecados y oran para que Dios los perdone, pero no sienten que El los oye. Pero los sentimientos no guardan ninguna relación con el perdón. El perdón no tiene que ver tanto con la manera como nos sentimos como con las promesas de Dios.  Dios ha prometido “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Dios dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).  No tenemos la seguridad del perdón porque nos sentimos perdonados sino porque Dios dice que lo estamos.

A veces somos más duros con nosotros mismos que Dios. Cuando Jacob le mintió a su padre y le robó la primogenitura a su hermano, lo sobrecogió un profundo sentimiento de culpa por lo que había hecho. Mientras huía de su casa, le pidió perdón a Dios. Al acostarse a dormir esa noche con la cabeza sobre unas piedras, Dios respondió su oración dándole un sueño de una escalera que estaba asentada en la tierra y cuya cúspide alcanzaba hasta el cielo (Génesis 28).  Sobre la escalera subían y bajaban ángeles. 

Por medio de este sueño Dios le estaba diciendo a Jacob: “Tú has pecado contra tus parientes y contra mí, pero yo he oído tu oración contrita y te he perdonado.  La comunión entre el cielo y tú aún está abierta”.  A pesar de que Dios perdonó a Jacob, éste no era capaz de perdonarse a sí mismo.  Por veinte años Jacob no se perdonó  a pesar de que Dios sí lo había perdonado.  Finalmente cuando luchó con el ángel, pudo aceptar la seguridad del perdón que Dios le había dado (Génesis 32). 

Esta historia nos enseña una gran lección.  Cuando venimos a Dios con humildad y tristeza, El nos oye y responde. Creamos que nos ha aceptado no porque lo sentimos así, ¡sino porque El lo ha dicho así!

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