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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 1-

INTRODUCCION

¿QUÉ ES EL HOMBRE?

Esta es una pregunta que ha desafiado a los filósofos por milenios y que ha dado lugar a tres preguntas adicionales:

1.       ¿De dónde vine? ¿Cuál es mi origen?

2.       ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuál es la razón de mi existencia?

3.       ¿Para dónde voy? ¿Cuál será mi destino?

Cada uno de estos interrogantes se relaciona estrechamente con el concepto de identidad.  No cabe duda que una de las mayores crisis que afronta el mundo actual es la de identidad.

Algunos procuran crear su propia identidad con lo que no es permanente. Reúnen dinero, casas, automóviles, placeres, fama y amigos, y crean una imagen de sí mismos que es artificial y transitoria.  Aunque tienen todo lo que otros anhelan, no son felices.  El problema es que algún día pueden perder todas estas cosas y con ellas se va también el sentido de identidad.

Un agricultor muy adinerado tuvo que declararse en bancarrota.  El banco le quitó la finca junto con toda su maquinaria de trabajo y el hombre se quedó sin nada.  No pudiendo soportar lo que le estaba ocurriendo, se pegó un tiro en la cabeza y acabó con su vida.  Para él su sentido de identidad estaba en sus posesiones y cuando las perdió, no encontró ninguna razón para vivir.
EL apóstol Pablo tenía razón cuando afirmó: “Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar”  (1 Timoteo 6:7). Tarde o temprano, los que hayan edificado su identidad sobre un fundamento falso terminarán sin nada.  Por el otro lado, están aquellos que siempre buscan su identidad y no la hallan. Son incapaces de descubrir la razón de su existencia y por lo tanto concluyen que la vida es absurda. Muchas de estas personas también ponen término a su vida en un acto de desesperación.

La falta de identidad o un falso concepto de ella, lleva a la soledad, la tristeza, el abandono y la angustia. ¡Pero las Sagradas Escrituras le traen buenas nuevas! Enseñan claramente cuál es nuestro origen y destino, lo que nos dará la perspectiva correcta de cómo vivir en el presente.

Sólo Jesucristo contesta correctamente las tres preguntas básicas que definen nuestra identidad.  En cuanto a su origen terrenal y su destino, afirmo: Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre” (Juan 16:28). Jesús nunca albergó dudas en cuanto a quien era.  Tenía un claro concepto de identidad, pues sabía de dónde había venido y a dónde iba.  Pero un conocimiento claro de su origen y destino también le mostró la razón de su existencia.  Si había venido del Padre e iba a volver a El, debía vivir para glorificarlo.  En cierta ocasión afirmó: “No busco mi gloria” (Juan 8:50). Y al final de su ministerio, oró a su Padre: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4).

La vida de Cristo consistió en glorificar a su Padre.  Lo hizo empleando todas sus fuerzas, talentos, tiempo y recursos para bendecir a sus semejantes.  Sanó leprosos, ciegos, endemoniados y paralíticos.  Se mezcló con los publicanos, las rameras, los pecadores, los pobres y los afligidos.  Cada acto de su vida tuvo como objetivo beneficiar a los demás.  Nunca hizo nada para su propio bien.

La vida de Cristo define lo que debe ser la nuestra.  Vinimos de El para  vivir por El a fin de vivir con El.  Nadie escogió venir a este mundo, pero si podemos escoger como salir de él por el rumbo que le demos a nuestra vida.

La filosofía de la vida que tenía Cristo se puede expresar en pocas palabras: “Vine del Padre, voy al Padre y mientras estoy aquí, estoy para glorificarlo y cumplir la obra que me dio”. Sólo este modo de pensar puede darnos  razón para vivir, valentía para morir y la esperanza de un futuro glorioso.

Ojala podamos comprender de dónde venimos, porque estamos aquí, y a donde vamos, a fin de que pueda habitar en nosotros Cristo Jesús, “la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).

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