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LA VERDAD ACERCA DE LOS ANGELES-RESPUESTAS FIRMEMENTE BASADAS EN LA PALABRA DE DIOS—parte 44-

LOS ÁNGELES DESDE EL TIEMPO DE LOS JUECES HASTA EL PRIMER REINADO-parte 2-

SANSÓN

En medio de la apostasía reinante, los fieles adoradores de Dios continuaban implorándole que libertase a Israel. En el linde de la región montañosa que dominaba las llanuras filisteas, estaba la pequeña ciudad de Zora.  Allí moraba la familia de Manoa, de la tribu de Dan, una de las pocas casas que, en medio de la deslealtad que prevalecía, habían permanecido fieles a Dios. 

A la mujer estéril de Manoa se le apareció “el ángel del Señor” y le comunicó que tendría un hijo, por medio del cual Dios comenzaría a libertar a Israel. En vista de ésto, el ángel le dio instrucciones especiales con respecto a sus propios hábitos y al trato que debía dar a su hijo.

La mujer buscó a su marido, y después de describirle al ángel, le repitió su mensaje.  Entonces, temiendo que pudieran equivocarse en la obra importante que se les encomendaba, el marido oró así: “Ah, Señor mío, yo te ruego que aquel varón de Dios que enviaste, vuelva ahora a venir a nosotros, y nos enseñe lo que hayamos de hacer con el niño que ha de nacer” (Jueces 13:8).

Cuando el ángel volvió a aparecerles, la pregunta ansiosa de Manoa fue: “¿Cómo debe ser la manera de vivir del niño, y que debemos hacer con él?” Las instrucciones anteriores le fueron repetidas: “La mujer se guardará de todas las cosas que yo le dije. No tomará nada que proceda de la vid; no beberá vino ni sidra, y no comerá cosa inmunda; guardará todo lo que le mande” (Jueces 13:13-14)  (PP -603-604)

Manoa y su esposa no sabían que el que se había comunicado con ellos era Jesucristo.  Lo vieron como mensajero del Señor, pero no podían distinguir si era ángel o profeta.  Deseando manifestar hospitalidad hacia su huésped, le invitaron a permanecer mientras preparaban un cabrito para él.   Sin embargo, al desconocer la naturaleza del visitante, no sabían si debían ofrecérselo como ofrenda de sacrificio o como alimento.

El ángel respondió: “Aunque me detengas, no comeré de tu pan; más si quieres hacer holocausto, ofrécelo a Jehová”. Convencido ahora de que su visitante era un profeta, Manoa le preguntó: “¿Cuál es tu nombre, para que cuando se cumpla tu palabra te honremos?”

La respuesta fue: “¿Por qué preguntas por mi nombre, que es admirable?” Percibiendo la naturaleza divina de su huésped, Manoa, “tomó un cabrito y una ofrenda, y los ofreció sobre una peña a Jehová; y el ángel hizo milagro ante los ojos de Manoa y su mujer”.

El fuego subió de la roca y consumió el sacrificio; y mientras las llamas ascendían, “el ángel de Jehová subió en la llama del altar ante los ojos de Manoa y  de su mujer, los cuales se postraron en tierra”. Ya no quedaban interrogantes en cuanto a la naturaleza de su visitante.  Sabían que habían visto al Santo de Israel, quien, velando su gloria en la columna de nube, había guiado y   ayudado a Israel en el desierto.

La sorpresa, el temor reverente, y aún el terror llenaron el corazón de Manoa, y sólo pudo exclamar: “Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto” (Jueces 13:16-22).  Pero en aquella hora, su compañera poseyó más fe que él.  Le recordó que si el Señor había aceptado su sacrificio, y les había prometido un hijo que libertaría a Israel, eso era una evidencia de su gracia y no de su ira.  (ST)

La promesa divina a Manoa se cumplió a su debido tiempo con el nacimiento de un hijo a quien llamaron Sansón. Por orden del ángel, la cabeza del niño no debía ser rapada, porque había sido consagrado a Dios desde su nacimiento para ser nazareo. (ST)

SAMUEL Y ELI

Continúa en parte 45

 

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