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LA FUENTE DE CURACION-parte 45-

EL VINO QUE HIZO CRISTO

Fue Cristo quien advirtió a Israel en el Antiguo Testamento: 

“EL VINO ES ESCARNECEDOR, LA CERVEZA ALBOROTADORA; Y CUALQUIERA QUE POR ELLO ERRARE NO SERÁ SABIO”.  (Prov. 20:1)

Cristo NO suministró semejante bebida.  Satanás induce a los hombres a dejarse llevar por hábitos que anublan la razón y entorpecen las percepciones espirituales,  pero Cristo nos enseña a dominar la naturaleza inferior. Nunca ofrece El a los hombres lo que podría ser una tentación para ellos.  Su vida entera fue un ejemplo de abnegación.  Para quebrantar el poder de los apetitos  ayunó cuarenta días en el desierto, y en beneficio nuestro soportó la prueba más dura que la humanidad pudiera sufrir.

 Fue Cristo quien dispuso que Juan el Bautista no bebiese vino ni bebidas fuertes.  Fue El quien impuso la misma abstinencia a la esposa de Manoa.  Cristo no contradijo su propia enseñanza.  El vino SIN fermentar que suministró a los convidados de la boda era una bebida sana y refrigerante.  Fue el vino del que nuestro Salvador hizo uso con sus discípulos en la primera comunión. 

Es también el vino que debería figurar siempre en la Santa Cena como símbolo de la sangre del Salvador.  El servicio sacramental está destinado a refrigerar y vivificar el alma. Nada de lo que sirve al mal debe relacionarse con dicho servicio.

A la luz de los que enseñan las Escrituras, la naturaleza y la razón respecto al uso de bebidas embriagantes, ¿cómo pueden los cristianos dedicarse a cultivar el lúpulo para la fabricación de cerveza, o a la elaboración del vino o sidra?  Si aman a su prójimo como a sí mismos, ¿cómo pueden contribuir a ofrecerle lo que ha de ser para él un lazo peligroso?

Muchas veces la intemperancia empieza en el hogar.  Debido al uso de alimentos muy sazonados y malsanos, los órganos de la digestión se debilitan, y despierta un deseo de consumir alimento aun más estimulante.  Así se incita al apetito a exigir de continuo algo más fuerte.  El ansia de estimulantes se vuelve cada vez más frecuente y difícil de resistir. 

El organismo va llenándose de venenos y cuanto más se debilita, mayor es el deseo que siente de estas cosas.  Un paso dado en mala dirección prepara el camino a otro paso peor.  Muchos que no quisieran hacerse culpables de poner sobre la mesa vino o bebidas embriagantes no reparan en recargarla con alimentos que despiertan tal sed de bebidas fuertes, que se hace casi imposible resistir la tentación.  Los malos hábitos en el comer y beber quebrantan la salud y preparan el camino para la costumbre de emborracharse.

Muy pronto habría poca necesidad de hacer cruzadas antialcohólicas si a  la juventud que forma y modela a la sociedad, se le inculcaran buenos principios de temperancia.  Emprendan los padres una cruzada antialcohólica en sus propios hogares, mediante los principios que enseñen a sus hijos para que éstos los sigan desde la infancia, y podrán entonces esperar éxito.

Es obra de las madres ayudar a sus hijos a adquirir hábitos correctos y gustos puros.  Eduquen el apetito; enseñen a sus hijos a aborrecer los estimulantes.  Críen a los hijos de modo que tengan vigor  moral para resistir el mal que  los rodea.  Enséñenles a no dejarse desviar por nadie, a no ceder a ninguna influencia por fuerte que sea, sino a ejercer ellos mismos influencia sobre los demás para el bien.

Debe recordarse de continuo a la gente que el equilibrio de sus facultades mentales y morales dependen en gran parte de las buenas condiciones de su organismo físico.  Todos los narcóticos y estimulantes artificiales que debilitan y degradan la naturaleza física tienden también a deprimir la inteligencia y la moralidad.  La intemperancia es la raíz de la depravación moral del mundo.  Al satisfacer sus apetitos pervertidos, el hombre pierde la facultad de resistir a la tentación.

La salud, el carácter y aun la vida, corren peligro por el uso de estimulantes que excitan las energías exhaustas  para que actúen en forma antinatural y espasmódica.  El efecto del té, del café y el de las bebidas semejantes es comparable al del alcohol y del tabaco, y en algunos casos el hábito de consumirlos es tan difícil de vencer como lo es para el borracho renunciar a las bebidas alcohólicas.  Los que intenten romper con estos estimulantes los echarán de menos por algún tiempo y sufrirán la falta de ellos; pero si perseveran, llegarán a vencer su ardiente deseo, y dejarán de echarlos de menos.

La naturaleza necesita algún tiempo para reponerse del abuso a que se le ha sometido; pero désele una oportunidad, y volverá a rehacerse y a desempeñar su tarea noblemente y con toda perfección.

 

 

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