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LA FUENTE DE CURACION-parte 28-

AYUDA EN LA VIDA COTIDIANA DE UN CRISTIANO

Hay en la vida tranquila y consecuente de un cristiano puro y verdadero una elocuencia mucho más poderosa que la de las palabras.  Lo que un hombre es,  tiene más influencia que lo que dice.

Las palabras de Jesús llevaban consigo un poder que convencía porque procedían de un corazón puro y santo, lleno de amor y simpatía, de benevolencia y de verdad.

Nuestro carácter y experiencia determinan nuestra influencia en los demás.  Para convencer a otros del poder de la gracia de Cristo, tenemos que conocer ese poder en nuestro corazón y nuestra vida.  El Evangelio que presentamos para la salvación de las almas debe  ser el Evangelio que salva nuestra propia alma.  Sólo mediante una fe viva en Cristo como Salvador personal nos resulta posible hacer sentir nuestra influencia en un mundo escéptico.

El símbolo del cristianismo no es una señal exterior, ni tampoco una cruz o una corona que se llevan puestas, sino que es aquéllo que revela la unión del hombre con Dios.  Por el poder de la gracia divina manifestada en la transformación del carácter, el mundo ha de convencerse de que Dios envió a su Hijo que fuese su Redentor. Ninguna otra influencia que pueda rodear al alma humana ejerce tanto poder sobre ella como la de una vida abnegada.  El argumento más poderoso a favor del Evangelio es un cristiano amante y amable.

LA DISCIPLINA DE LAS PRUEBAS

Llevar una vida tal, ejercer semejante influencia, cuesta a cada paso esfuerzo, sacrificio de sí mismo y disciplina. Muchos, por no comprender ésto, se desalientan fácilmente en la vida cristiana.  Muchos que consagran sinceramente su vida al servicio de Dios, se chasquean y sorprenden al verse como nunca antes frente a obstáculos, y asediados por pruebas y perplejidades. 

Piden en oración un carácter semejante al de Cristo y aptitudes para la obra del Señor, y luego se hallan en circunstancias que parecen exponer todo el mal de su naturaleza.  Se revelan entonces defectos cuya existencia no sospechaban.  Como el antiguo Israel, se preguntan:  “SI DIOS ES EL QUE NOS GUIA, ¿PORQUE NOS SOBREVIENEN TODAS ESTAS COSAS?”.  Les acontecen porque Dios los conduce.  Las pruebas y los obstáculos son los métodos de disciplina que el Señor escoge, y las condiciones que señala para el éxito. 

El que lee en los corazones de los hombres conoce sus caracteres mejor que ellos mismos.  Su providencia los coloca en diferentes situaciones y variadas circunstancias para que descubran en su carácter los defectos que permanecían ocultos a su conocimiento.  Les da oportunidad para enmendar estos defectos y prepararse para servirle.  Muchas veces permite que el fuego de la aflicción los alcance para purificarlos.

El alfarero toma arcilla, y la modela según su voluntad.  La amasa y la trabaja.  La humedece, y luego la seca.  La deja después descansar por algún tiempo sin tocarla.  Cuando ya  está bien maleable, reanuda su trabajo para hacer de ella una vasija, le da forma, la compone y la alisa en el torno.  La pone a secar al sol y la cuece en el horno. 

Así llega a ser una vasija útil.  Así también el gran Artífice desea amoldarnos y formarnos.  Y así como la arcilla está en manos del alfarero, nosotros también estamos en las manos divinas.  No debemos intentar hacer la obra del alfarero.  Sólo nos corresponde someternos a que el divino Artífice nos forme.

“CARISIMOS, NO OS MARAVILLEIS CUANDO SOIS EXAMINADOS POR FUEGO, LO CUAL SE HACE PARA VUESTRA PRUEBA, COMO SI ALGUNA COSA PEREGRINA OS ACONTECIESE; ANTES BIEN GOZAOS EN QUE SOIS PARTICIPANTES DE LAS AFLICCIONES DE CRISTO;  PARA QUE TAMBIÉN EN LA REVELACION DE SU GLORIA OS GOCEIS EN TRIUNFO”   (1ª.Ped. 4: 12, 13).

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