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ESPERANZA EN LA PALABRA-JESÚS LA UNICA ESPERANZA-parte 30-

EN BUSCA DE PERDÓN-SI BUSCAS PERDÓN, JESÚS TE OFRECE ABSOLUCION Y PAZ PARA TU ALMA

ISAAC, avergonzado, acababa de devolverle a su vecino, Jonatán, una bella vasija de oro que había tomado de su tienda. Estos vecinos eran miembros de la tribu de Judá en el campamento de los israelitas.  Hacía años que habían salido de Egipto y ahora se encontraban viviendo en el desierto a la sombra del Monte Sinaí.

La vasija dorada traía trastornado a Isaac ya por varias semanas y un día, cuando la vivienda se veía sola, Isaac se la había robado.  Pero su conciencia no lo dejaba en paz y se vio obligado a responder a aquella voz interior que lo acusaba.  Fue a casa de Jonatán, le pidió perdón y le devolvió la vasija.

Pero ahora le tocaba la parte más difícil: debía sacrificar un corderito de su rebaño por el pecado cometido.  Ya le había pedido perdón a Jonatán, ahora debía ir al santuario a confesar su pecado a Dios y entonces sería perdonado gracias a la sangre del prometido “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Este acto lo dejaría verdaderamente libre de culpa ante Dios y ante sí mismo.

Se fue cabizbajo al redil y escogió un corderito que se arrimaba a su mamá, como si supiera que venían por él.  Con dolor en el corazón al oír sus lastimeros balidos, Isaac lo sacó del redil y empezó la larga caminata desde su tienda hacia la orilla del área cercada que rodeaba el santuario. Luego le tocó cruzar un espacio de casi un kilómetro hasta el santuario.  Sentía que lo miraban desde todas partes.  Casi oía  las voces de sus vecinos-Ahí va Isaac.

¿Qué habrá hecho esta vez? Lo abrumaba la vergüenza de que todos lo vieran cargando con su culpa, pero por otra parte, sentía alivio en su alma porque pronto encontraría el perdón de Dios que tanto anhelaba.

Por fin, llegó al cerco de lino blanco que rodeaba el santuario.  Su blancura elegante entretejida con hilo azul, púrpura y escarlata lo llenaba de esperanza, pues en ellas veía la pureza de aquel Cordero que un día derramaría su vida por proveerle el perdón de todos sus pecados.  Este pensamiento le hizo aligerar el paso hasta llegar a la entrada donde lo esperaba un sacerdote de gesto apacible.

—Aquí estoy otra vez- dijo con la cabeza agachada.

—No temas, hijo mío, ni te desanimes.  Hoy recibirás el perdón que has venido a buscar.

Pasaron delante del altar del holocausto, el corderito daba leves balidos.  Se acercaron a la pila de bronce donde Isaac tomó el corderito y lo ató a una estaca.  Allí puso sus manos con todo el peso de su cuerpo sobre la inocente víctima. Asimismo el Mesías, el Hijo de Dios llevaría sobre sus hombros el peso del pecado de toda la humanidad.  Isaac confesó su pecado sobre el pobre corderito y luego el sacerdote le dio el cuchillo con el que debía de matar al inocente animal.

Isaac pensó: “Mi codicia fue lo que le acarreó esta muerte tan terrible a este corderito”.

Isaac no sabía que años y siglos después, habría hombres y mujeres que dirían lo mismo: “Mi pecado le costó la vida al Cordero de Dios, inmaculado e inocente”.  Gracias a ese reconocimiento humano y a aquel sacrificio de parte de Cristo Jesús, nuestro pecado es  perdonado para siempre. 

Sólo requiere un corazón quebrantado y una sincera confesión.  Tal es el proceso que hemos de seguir tanto para obtener el perdón humano como para el divino.  Y cuando lo hagamos, disfrutaremos de las delicias de la vida eterna aquí y ahora, no importa lo que hayamos hecho. Por eso el salmista prorrumpe en alabanzas:

“¡ALABA, OH ALMA MIA, A JEHOVÁ. ALABARE A JEHOVÁ EN MI VIDA…” (SALMO 146:1, 2).

Nosotros también unamos nuestras voces al coro de aleluyas porque hemos encontrado en Cristo Jesús el perdón y la restauración que buscamos.    –Lourdes Morales Gudmundsson-

 

 

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