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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 33-

¿PODEMOS COMUNICARNOS CON DIOS?

COMO ORAR PARA QUE LAS ORACIONES SEAN CONTESTADAS-parte 1-

Dios nos habla por la naturaleza y por la revelación, por su Providencia y por la influencia de su Espíritu. Pero ésto no es suficiente, necesitamos abrirle nuestro corazón.  Para tener vida y energía espirituales debemos tener verdadero intercambio con nuestro Padre celestial. Puede ser nuestra mente atraída hacia El; podemos meditar en sus obras, sus misericordias, sus bendiciones; pero ésto no es en el sentido pleno de la palabra, estar en comunión con El.  Para ponernos en comunión con Dios, debemos tener algo que decirle tocante a nuestra vida real.

Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo. No es que se necesite ésto para que Dios sepa lo que somos, sino a fin de capacitarnos para recibirlo. La oración no baja a Dios hasta nosotros, antes bien nos eleva a El.

Cuando Jesús estuvo sobre la tierra, enseñó a sus discípulos a orar.  Les enseñó a presentar a Dios sus necesidades diarias y a echar toda su solicitud sobre El. Y la seguridad que les dio de que sus oraciones serian oídas, nos es dada también a nosotros.

Jesús mismo, cuando habitó entre los hombres, oraba frecuentemente.  Nuestro Salvador se identificó con nuestras necesidades y flaquezas convirtiéndose en un suplicante que imploraba de su Padre nueva provisión de fuerza para avanzar fortalecido para el deber y la prueba.  El es nuestro ejemplo en todas las cosas.  Es un hermano en nuestras debilidades, “tentado en todo así como nosotros”, pero como ser inmaculado, rehuyó  el mal; sufrió las luchas y torturas del alma de un mundo de pecado.  Como humano, la oración fue para El una necesidad y un privilegio.  Encontraba consuelo y gozo en estar en comunión con su Padre. Y si el Salvador de los hombres, el Hijo de Dios, sintió necesidad de orar, ¡cuánto más nosotros, débiles mortales, manchados por el pecado, debemos sentir la necesidad de orar con fervor y constancia!

Nuestro Padre celestial está esperando para derramar sobre nosotros la plenitud de sus bendiciones.  Es privilegio nuestro beber abundantemente en la fuente de amor infinito. Dios está pronto y dispuesto a oír la oración sincera del más humilde de sus hijos y, sin embargo, hay de nuestra parte mucha cavilación para presentar nuestras necesidades delante de Dios.

Las tinieblas del malo cercan a aquellos que descuidan la oración. Las tentaciones secretas del enemigo lo incitan al pecado; y todo porque no se valen del privilegio que Dios les ha concedido de la bendita oración. ¿Por qué han de ser los hijos e hijas de Dios tan remisos para orar, cuando la oración es la llave en la mano de la fe para abrir el almacén del cielo, en donde están atesorados los recursos infinitos de la Omnipotencia? Sin oración incesante y vigilancia diligente, corremos el riesgo de volvernos indiferentes y de desviarnos del sendero recto.

Nuestro adversario procura constantemente obstruir el camino, para que, no obtengamos mediante suplica y fe, gracia y poder para resistir la tentación.  Hay ciertas condiciones según las cuales podemos esperar que Dios oiga y conteste nuestras oraciones.  Una de las primeras es que sintamos necesidad de su ayuda. El nos ha hecho esta promesa: “Porque derramaré aguas sobre la tierra sedienta, y  corrientes sobre el sequedal”  (Isaías 44:3).  Los que tienen hambre y sed de justicia, los que suspiran por Dios, pueden estar seguros de que serán hartos.  El corazón debe estar abierto a la influencia del Espíritu; de otra manera no puede recibir las bendiciones de Dios. (Elena White)

 

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