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CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 11-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 9-

EL SERVICIO DEL SANTUARIO-parte 4-

 EL DÍA DE LA EXPIACIÓN

Una vez al año en el gran día de la expiación, el sacerdote entraba en el lugar santísimo para limpiar el santuario. La obra que se llevaba a cabo allí completaba el ciclo anual de ceremonias.

El día de la expiación se llevaban dos machos cabríos a la puerta del tabernáculo, y se echaba suerte sobre ellos, “una suerte por Jehová, y la otra suerte por Azazel” (Lev.16:8).  El macho cabrío sobre el cual caía la primera suerte debía matarse como ofrenda por el pecado del pueblo.  Y el sacerdote debía llevar la sangre más allá del velo, y rociarla sobre el propiciatorio.  “Así purificará el santuario, a causa de las impurezas de los hijos de Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados; de la misma manera hará también al tabernáculo de reunión, el cual reside entre ellos en medio de sus impurezas” (vers.16).

“Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para ésto.  Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío, por el desierto” (vers.  21, 22). Solo después de haberse alejado el macho cabrío, el pueblo se considerará libre de la carga de sus pecados.  Todo hombre debía contristar su alma mientras se verificaba la obra de expiación.  Todos los negocios se  suspendían, y toda la congregación de Israel pasaba el día en solemne humillación delante de Dios, en oración, ayuno y profundo análisis del corazón.

Mediante este servicio anual se le enseñaba al pueblo importantes verdades acerca de la expiación. En la ofrenda por el pecado que se ofrecía durante el año, se había aceptado un sustituto en lugar del pecador; pero la sangre de la víctima no había hecho completa expiación por el pecado. Solo había provisto un medio en virtud del cual el pecado se transfería al santuario.  Al ofrecerse la sangre, el pecador reconocía la autoridad de la ley, confesaba la culpa de su transgresión y expresaba su fe en Aquel que había de quitar los pecados del mundo; pero no quedaba completamente exonerado de la condenación de la ley.

El día de la expiación, el sumo sacerdote, al llevar una ofrenda por la congregación, entraba en el lugar santísimo con la sangre y la rociaba sobre el propiciatorio, encima de las tablas de la ley. En esa forma los requerimientos de la ley, que exigían la vida del pecador, quedaban satisfechos.  Entonces, en su carácter de mediador, el sacerdote tomaba los pecados sobre sí mismo, y salía del santuario llevando sobre si la carga de las culpas de Israel. A la puerta del tabernáculo ponía las manos sobre la cabeza del macho cabrío, símbolo de Azazel, y confesaba “sobre el todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus rebeliones, y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío”.  Y cuando el macho cabrío que llevaba estos pecados era conducido al desierto, se consideraba que con él se alejaban para siempre del pueblo.  Tal era el servicio que se realizaba como “figura y sombra de las cosas celestiales” (Hebreos 8:5).

UNA FIGURA DE LAS COSAS CELESTIALES

-Continúa en parte 12-

 

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