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Posts Tagged ‘la luz’

CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 29-

EL MINISTERIO FINAL DE CRISTO EN EL SANTUARIO CELESTIAL-parte 7-

PERFECCIONEMOS LA SANTIDAD EN EL TEMOR DE DIOS-parte 2-

El pueblo de Dios debería comprender claramente el asunto del santuario y del juicio investigador.  Todos necesitan conocer por sí mismos el ministerio y la obra de su gran Sumo Sacerdote. De otro modo, les será imposible ejercitar la fe tan esencial en nuestros tiempos, o desempeñar el puesto al que Dios nos llama.  Cada cual tiene un alma que salvar o que perder.  Todos tienen una causa pendiente ante el tribunal de Dios.  Cada cual deberá encontrarse cara a cara con el gran Juez.  ¡Cuán importante es, pues, que cada uno contemple a menudo de antemano la solemne escena del juicio en sesión, cuando serán abiertos los libros, cuando con Daniel cada cual tendrá que estar en pie al fin de los días!

Todos los que han recibido la luz sobre estos asuntos deben dar testimonio de las grandes verdades que Dios le ha confiado. El Santuario en el Cielo es el centro mismo de la obra de Cristo en favor de los hombres.  Concierne a toda alma que vive en la tierra.  Nos revela el plan de la redención; nos conduce hasta el fin mismo del tiempo y anuncia el triunfo final en la lucha entre la justicia y el pecado.  Es de la mayor importancia que todos investiguen a fondo estos asuntos y que estén siempre listos para dar respuesta a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ellos.

La intercesión de Cristo por el hombre en el santuario es tan esencial para el plan de la salvación como lo fue su muerte en la cruz. Con su muerte dio principio a aquella obra para cuya conclusión ascendió al cielo después de su resurrección. Por la fe debemos entrar velo adentro, “donde Jesús entró por nosotros como precursor” (Hebreos 6:20). Allí se refleja la luz de la cruz del Calvario; y allí podemos obtener una comprensión más clara de los misterios de la redención. La salvación del hombre se cumple a un precio infinito para el Cielo; el sacrificio hecho corresponde a las más amplias exigencias de la Ley de Dios quebrantada. Jesús abrió el camino que lleva al trono del Padre, y por su mediación pueden ser presentados ante Dios los deseos sinceros de todos los que a El se allegan por fe.

“El que encubre sus pecados no prosperará; más el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia” (Prov.28:13). Si los que esconden y disculpan sus faltas pudiesen ver que Satanás se alegra de ello, y los usa para desafiar a Cristo y sus ángeles, se apresurarían a confesar sus pecados y a renunciar a ellos.  De los defectos de carácter se vale Satanás para intentar dominar la mente, y sabe muy bien que si se conservan estos defectos, lo logrará.  De ahí que trate constantemente de engañar a los discípulos de Cristo con su fatal sofisma de que les es imposible vencer. Pero Jesús aboga en su favor con sus manos heridas, con su cuerpo quebrantado, y declara a todos los que quieran seguirlo “Bástate mi gracia” (2 Corintios 12:9).  “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:29, 30). Nadie considere, pues, sus defectos como incurables.  Dios concederá fe y gracia para vencerlos.

”Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filip.4:13).

ESTAMOS VIVIENDO EN EL GRAN DÍA DE LA EXPIACIÓN

-Continúa en parte 30-

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CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 28-

EL MINISTERIO FINAL DE CRISTO EN EL SANTUARIO CELESTIAL-parte 6-

JUZGADOS POR REGISTROS INFALIBLES-parte 2

Así como los rasgos de la fisonomía se reproducen con  minuciosa exactitud sobre la pulida placa del artista, así también está el carácter fielmente delineado en los libros del cielo. No obstante, ¡cuán poca preocupación se siente respecto del registro que debe ser examinado por los seres celestiales! Si se pudiera descorrer el velo que separa el mundo visible del invisible, y los hijos de los hombres pudiesen ver a un ángel apuntar cada palabra y cada acto que volverán a encontrar en el día del juicio, ¡cuántas palabras de las que se pronuncian cada día se dejarían sin pronunciar; cuantos actos no se dejarían de realizar!

En el juicio se examinará el uso que se haya hecho de cada talento. ¿Cómo hemos empleado el capital que el Cielo nos concedió? En ocasión de su venida, ¿recibirá el Señor lo que es suyo con interés? ¿Hemos perfeccionado las facultades que fueran confiadas a nuestras manos, a nuestros corazones y a nuestros cerebros para la gloria de Dios y provecho del mundo? ¿Cómo hemos empleado nuestro tiempo, nuestra voz, nuestro dinero, nuestra influencia? ¿Qué hemos hecho por Cristo en la persona de los pobres, de los afligidos, de los huérfanos o de las viudas? Dios nos hizo depositarios de su santa Palabra, ¿Qué hemos hecho con la luz de la verdad que se nos confió a fin de que los hombres sean sabios para la salvación? No se da ningún valor a una mera profesión de fe en Cristo; sólo se tiene por genuino el amor que se muestra en las obras.  Con todo, el amor es el único que ante los ojos del Cielo da valor a un acto cualquiera.  Todo lo que se hace por amor, por insignificante que parezca en opinión de los hombres, es aceptado y recompensado por Dios.

El egoísmo escondido de los hombres aparece en los libros del cielo.  Allí está el registro de los deberes que no cumplieron para con el prójimo, el de su olvido de las exigencias del Señor. Allí se verá cuán a menudo se dieron a Satanás el tiempo, los pensamientos y las energías que pertenecían a Cristo. Seres inteligentes que profesan ser discípulos de Cristo están absorbidos por la adquisición de bienes mundanos, o por el goce de los placeres terrenales.  El dinero, el tiempo y las energías son sacrificados a la ostentación y el egoísmo; pero pocos son los momentos dedicados a orar, a estudiar las Sagradas Escrituras, a humillar el alma y confesar los pecados.

Satanás inventa innumerables medios para distraer nuestras mentes de la obra en que precisamente deberíamos estar más ocupados. El archiseductor  aborrece las grandes verdades que hacen resaltar la importancia de un sacrificio expiatorio de un Mediador  todopoderoso.  Sabe que su éxito estriba en distraer las mentes de Jesús y de su obra.

PERFECCIONEMOS LA SANTIDAD EN EL TEMOR DE DIOS-parte 1-

Los que desean participar de los beneficios de la mediación del Salvador no deben permitir que cosa alguna les impida cumplir su deber de perfeccionarse en la santificación en el temor de Dios.  En vez de dedicar horas preciosas a los placeres, la ostentación o a la búsqueda de ganancias, las consagrarán a estudiar con seriedad y oración la Palabra de verdad.

El pueblo de Dios debería comprender claramente el asunto del santuario y del juicio investigador.  Todos necesitan conocer por sí mismos el ministerio y la obra de su gran Sumo Sacerdote.

-Continúa en parte 29-

 

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CRISTO EN SU SANTUARIO-parte 6-

EL SANTUARIO CELESTIAL EN MINIATURA-parte 4-

EL TABERNACULO Y SU CONSTRUCCIÓN-parte 3-

No hay palabras que puedan describir la gloria de la escena que se veía dentro del santuario, con sus paredes doradas que reflejaban la luz de los candeleros de oro, los brillantes colores de las cortinas ricamente bordadas con sus relucientes ángeles, la mesa y el altar del incienso refulgentes de oro;  y más allá del segundo velo, el arca sagrada, con sus querubines místicos, y sobre ella la santa “Shekinah”, manifestación visible de la presencia de Jehová; pero todo ésto era apenas un pálido reflejo de las glorias del templo de Dios en el cielo, que es el gran centro de la obra que se hace a favor de la redención del hombre.

Se necesitó alrededor de medio año para construir el tabernáculo.  Cuando se terminó, Moisés examinó toda la obra de los constructores, comparándola con el modelo que se le enseñó en el monte y con las instrucciones que había recibido de Dios.  “Y vio Moisés toda la obra, y he aquí que la habían hecho como Jehová había mandado; y los bendijo” (Éxodo 39:43).  Con anhelante interés las multitudes de  Israel se agolparon para ver el sagrado edificio.  Mientras contemplaban la escena con reverente satisfacción, la columna de  nube descendió sobre el santuario, y lo envolvió. “Y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo” (Éxodo 40:34). Hubo una revelación de la majestad divina, y por un momento ni siquiera Moisés pudo entrar.  Con profunda emoción, el pueblo vio la señal de que la obra de sus manos era aceptada. No hubo demostraciones de regocijo en alta voz.  Una solemne reverencia se apoderó de todos.  Pero la alegría de sus corazones se manifestó en lágrimas de felicidad, y susurraron fervientes palabras de gratitud porque Dios había condescendido a morar con ellos.

EL SACERDOTE Y SU VESTIMENTA-parte 1-

En virtud de las instrucciones divinas, se apartó a la tribu de Leví para el servicio del santuario.  En tiempos anteriores, cada hombre había sido sacerdote en su propia casa.  En los días de Abrahán, por derecho de nacimiento, el sacerdocio recaía en el hijo mayor.  Ahora, en vez del primogénito de todo Israel, el Señor apartó a la tribu de Leví para la obra del santuario.  Mediante este señalado honor, Dios manifestó su aprobación por la fidelidad de los levitas, tanto por haber cumplido fielmente su servicio como por haber ejecutado sus juicios cuando el resto de las tribus apostataron el rendir culto al becerro de oro. El sacerdocio, no obstante, se restringió a la familia de Aarón. Este  y sus hijos fueron los únicos a quienes se les permitió oficiar ante el Señor; al resto de la tribu se les encargó el cuidado del tabernáculo y su mobiliario.  Además, debían ayudar a los sacerdotes en su ministerio, pero no podían ofrecer sacrificios, ni quemar incienso, ni mirar los utensilios sagrados hasta que estuviesen cubiertos.

Se designó para los sacerdotes un traje especial, que concordaba con su oficio. “Y harás vestiduras sagradas a Aarón tu hermano, para honra y hermosura” (Éxodo 28:2), fue la instrucción divina que se le dio a Moisés.  El hábito del sacerdote común era de lino blanco tejido de una sola pieza.  Se extendía casi hasta los pies, y estaba ceñido en la cintura por una faja de lino blanco bordada de azul, púrpura y rojo.  Un turbante de lino, o mitra, completaba su vestidura exterior.

-Continúa en parte 7-

 

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