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MENTE, CARÁCTER Y PERSONALIDAD-parte 32-

 

EL AMOR, UN PRINCIPIO DIVINO Y ETERNO. El amor, fuera del ámbito de la pasión y el impulso, llega a espiritualizarse y se revela en palabras y actos.  Un cristiano debe tener ternura y amor santificados, en los cuales no hay impaciencia o desasosiego…  -parte 2-

EL AMOR HACE CONCESIONES: El amor de Cristo es profundo y ferviente, y mana como una corriente incontenible hacia todos los que quieran aceptarlo. En este amor no hay egoísmo. Si este amor de origen celestial es un principio permanente en el corazón, se dará a conocer no sólo a aquéllos con quienes estamos vinculados, sino a todos con quienes nos relacionamos. 

Nos inducirá a prestar pequeñas atenciones, a hacer concesiones, a impartir actos de bondad, a pronunciar palabras tiernas, veraces, animadoras. Nos impulsará a simpatizar con aquéllos cuyos corazones anhelan simpatía.

EL AMOR GOBIERNA LOS MOTIVOS Y LAS ACCIONES: Nunca se revelará verdadero refinamiento mientras se tenga al yo como objeto supremo.  Un cristiano cabal encuentra sus motivos de acción en su profundo amor cordial hacia su Maestro.  De las raíces de su afecto por Cristo brota un interés abnegado en sus hermanos.  El amor imparte a su poseedor gracia, propiedad y dignidad de comportamiento.  Ilumina el rostro y suaviza la voz; refina y eleva todo el ser.

EL AMOR INTERPRETA FAVORABLEMENTE LOS MOTIVOS DE LOS OTROS: El amor “no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor”. El amor que se asemeja al de Cristo atribuye las razones más favorables a los motivos y los actos de los demás. 

No expone innecesariamente sus faltas; no escucha con ansias los informes desfavorables; más bien trata de recordar las buenas cualidades de los demás.

EL AMOR SUAVIZA LA VIDA ENTERA: Los que aman a Dios no pueden abrigar odio o envidia.  Mientras que el principio celestial del amor eterno llena el corazón, fluirá a los demás…Este amor no se reduce “a mi y a los míos”, sino que es tan amplio como el mundo y tan alto como el cielo. Este amor albergado en el alma, suaviza la vida entera, y hace sentir su influencia en todo su alrededor. 

Si amamos a Dios de todo nuestro corazón, debemos amar también a sus hijos.  Este amor es el Espíritu de Dios. Es el adorno celestial que da verdadera nobleza y dignidad al alma y asemeja nuestra vida a la del Maestro.

Cualesquiera que sean las buenas cualidades que tengamos, si el alma no está bajo la gracia celestial del amor hacia Dios y hacia nuestros semejantes, nos falta verdadera bondad, y no estamos listos para el cielo, donde todo es amor y unidad.

EL VERDADERO AMOR ES ESPIRITUAL: El amor, fuera del ámbito de la pasión y el impulso, llega a espiritualizarse y se revela en palabras y actos.  Un cristiano debe tener ternura y amor santificados, en los cuales no hay impaciencia o desasosiego; los modales rudos y ásperos deben ser suavizados por la gracia de Cristo.

Dondequiera que se emplee el poder del intelecto, de la autoridad o de la fuerza, y no se manifieste la presencia del amor, los afectos y la voluntad de aquéllos a quienes procuramos alcanzar, asumen una actitud defensiva y rebelde, y se refuerza la resistencia.  Jesús fue el Príncipe de paz. 

Vino al mundo para poner en sujeción a si mismo la resistencia y la autoridad. Podía disponer de sabiduría y fortaleza, pero los medios que empleó para vencer el mal, fueron la sabiduría y la fuerza del amor.

EVIDENCIAS DE UN NUEVO PRINCIPIO DE VIDA: Cuando los hombres no están vinculados por la fuerza o los intereses propios, sino por el amor, manifiestan la obra de una influencia que está por encima de toda influencia humana.

Donde existe esta unidad, constituye una evidencia de que la  imagen de Dios se está restaurando en la humanidad, que ha sido implantado un nuevo principio de vida. Muestra que hay poder en la naturaleza divina para resistir a los agentes sobrenaturales del mal, y que la gracia de Dios subyuga el egoísmo inherente en el corazón natural. (Elena White)

 

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