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Archive for 30 septiembre 2012

ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 52-

COMO SOMOS SALVOS –parte 19-

EMANUEL PARA SIEMPRE-parte 1-

  • Vi un cielo nuevo y una tierra nueva;
  • porque el primer cielo y la primera tierra pasaron,
  • y el mar ya no existía más.
  • Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén,
  • descender del cielo, de Dios,
  • dispuesta como una esposa ataviada para su marido.
  • Y oí una gran voz del cielo que decía:
  • He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres,
  • y el morará con ellos;
  • y ellos serán su pueblo,
  • y Dios mismo estará con ellos como su Dios.
  • Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos;
  • y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto,
  • ni clamor, ni dolor;
  • porque las primeras cosas pasaron”.      Apocalipsis 21:1-4

Jesús se encontraba en el aposento alto con sus discípulos.  Acababa de lavarles los pies y de celebrar la cena de Pascua.  Ya el diablo había entrado en el corazón de Judas, quien se encontraba en camino para finalizar la entrega del Maestro. Después de la cena Jesús les dijo con gran ternura a sus discípulos:

“Hijitos, aún estaré con vosotros  un poco.  Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir” (Juan 13:33).  Pedro no quedó satisfecho con la respuesta de Jesús. No quería seguir a Jesús después, sino inmediatamente.  Con desesperación, el apóstol le preguntó a Jesús otra vez: “¿Por qué no te puedo seguir ahora?  Mi vida pondré por ti” (Juan 13:37).

Los discípulos habían pasado casi tres años y medio con Jesús.  Durante este tiempo habían aprendido a amarlo.  Vivir sin la presencia del Maestro sería imposible para ellos.  Jesús sabia que el corazón de sus seguidores estaba triste y por eso les dio una de las promesas más hermosas de las Escrituras:

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mi.  En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.  Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:1-3).

No hay nada que Jesús anhele más que estar con aquellos que ha redimido.  En la oración que elevó a su Padre justo antes de su arresto,  Jesús expresó el anhelo más íntimo de su alma: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Juan 17:24). 

En el mismo umbral de su pasión y muerte, a Jesús no le preocupaba la corona de espinas, ni la espalda lacerada, ni los clavos de la cruz.  Estaba dispuesto a sufrir cualquier ignominia con tal de que algún día pudiera llevarse consigo, a la casa de su Padre, a todos los que tanto amaba (Juan 17:20). ¿Por qué anhela Cristo estar con nosotros? ¿Qué lo vincula a la raza humana para que desee estar con ellos.

La respuesta está en Mateo 1:23: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros”.

Cuando Jesús se encarnó, llegó a ser carne de nuestra  carne y hueso de nuestro hueso. Se hizo nuestro hermano; es uno de los nuestros. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).  Jesús no tomó sobre sí la humanidad tan sólo durante su ministerio terrenal.  Conservó su naturaleza humana aún después de su resurrección. 

Cuando se les apareció a los discípulos la noche después de la resurrección, ellos creían que veían a un fantasma, pero Jesús les dijo: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24:39).  Luego Jesús comió parte de un pez asado y un panal de miel.

Continúa en parte 53

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 51-

COMO SOMOS SALVOS –parte 18-

LA CRUZ Y LA LEY-parte 2-

Cierto cristiano decía: “Yo no necesito la Ley, pues estoy bajo la gracia”, pero ¿para qué necesita la gracia si no hay Ley? Le preguntaron “¿Usted se arrepiente?” Contestó “Claro que sí”, le preguntaron “¿Y de qué se arrepiente?” Inmediatamente respondió: “Me arrepiento del pecado” Luego le hicieron la última pregunta: “Y ¿qué es el pecado del cual usted se arrepiente?”

Esta vez no contestó enseguida.  Más bien se mostró perplejo y confundido.  Después de una larga pausa dijo entre titubeos: “El pecado del cual me arrepiento es la transgresión de la Ley, puesel pecado es la transgresión de la ley” (1 Juan 3:4). Luego le dijeron: “¿Se da cuenta, que si no fuera por la Ley que revela su pecado, no sentiría la necesidad de arrepentirse y de acudir a Cristo para recibir su gracia?”.

Cuando vamos a la cruz del Calvario, vemos la Ley y la gracia.  Vemos colgado allí a Cristo, quien sufrió la condenación de la Ley al cargar sobre sí los pecados de todo el mundo.  Vemos a Cristo condenado por nuestras transgresiones de la Ley. Lo vemos sudando grandes gotas de sangre en el Getsemaní; lo vemos transitando la Vía Dolorosa hasta el Gólgota.  Lo vemos sangrando profusamente de su cabeza, su espalda, su costado, sus manos y sus pies. 

Lo oímos clamar con angustia “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Lo vemos colgado desnudo entre el cielo y la tierra, sufriendo el escarnio de los que vino a salvar, “¿Por qué, Señor, por qué?” y el responde: “Tus pecados (transgresiones de la Ley) han sido colocados sobre mí y la paga de ellos es la muerte”.

En el Calvario vemos la Ley que condenó a Cristo por nuestros pecados y vemos también la gracia, pues Cristo pagó la deuda en mi lugar.  Al venir al Calvario debemos sentir amor y odio.  Odio hacia el pecado que colocó a Cristo en la cruz y amor por el Salvador que sufrió en mi lugar.  Mientras más nos acercamos a la cruz, más aborrecemos el pecado y más amamos a Cristo. Nadie puede amar el pecado y a Cristo a la misma vez.

Nadie puede amar a Cristo y aborrecer la Ley.  Una visión constante de la cruz me llevará a apartarme del pecado que  clavó a Cristo allí. El amor que se manifestó en la cruz despierta amor en mi corazón.  La cruz es como un poderoso imán (ver Juan 12:30-33) que nos atrae a Cristo y nos induce a amarle. Al venir a la cruz debo decir: “Señor Jesús, te amo pero odio el pecado por lo que te hizo”  Una visión constante de la cruz nos mostrará  el carácter perverso del pecado y el amor inmarcesible de Cristo.  Mientras más nos acerquemos a Cristo, más aborreceremos el pecado y más lo amaremos a El.

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 50-

COMO SOMOS SALVOS –parte 17-

LA CRUZ Y LA LEY-parte 1-

En la Biblia se mencionan dos montes que guardan una relación estrecha con nuestra salvación. El primero de ellos es el monte Sinaí (el monte de la Ley) y el segundo es el monte Calvario (el monte de la gracia).  A muchos les encanta hablar del monte Calvario (el monte de la gracia), pero no les gusta que se diga nada en cuanto al monte Sinaí (el monte de la Ley).  ¿Por qué es así?

En el monte Sinaí Dios reveló su Ley (ver Éxodo 19 y 20). Como ya hemos visto, esta Ley condena el pecado y como todos hemos pecado, estamos todos bajo condenación. Toda la raza humana está bajo sentencia de muerte por desobedecer la Ley del monte Sinaí.  Esa Ley no nos puede perdonar ni cambiar, pero si nos puede mostrar que necesitamos el perdón y la gracia. Nadie puede hablar de la gracia sin hablar al mismo tiempo de la Ley. Ilustremos este punto.

Supongamos que cierto día alguien va a visitar al médico de familia para que le haga el examen físico anual.  Al hacerle varios análisis, descubre que tiene cáncer.  Obviamente el médico no tiene la culpa de su cáncer por haberlo  detectado; más bien le está haciendo un favor al detectarlo, pues ahora va a buscar a un oncólogo que puede curar su terrible enfermedad.

En efecto, el médico le dice: “Yo no puedo curar su cáncer, pues soy experto tan sólo en detectarlo; pero conozco a un médico que no ha perdido ni un solo caso.  Ha curado el 100% de los pacientes que han ido a él”.

Si esa persona no supiera que tiene cáncer, no buscaría a quien lo sanara. Sería ridículo que dijera: “El médico tiene la culpa del cáncer por haberlo detectado. Ahora tiene que deshacerse del médico y se arreglará el problema” El problema no es el médico sino la enfermedad. El médico es bueno pero el cáncer es malo. Hay que conseguir quien sane el cáncer, no quien se deshaga del médico.

Asimismo, cada ser humano padece del cáncer del pecado.  Es la Ley de Dios la que trae a luz nuestro pecado y nos muestra la necesidad que tenemos de sanidad.  Si no fuera por la Ley, no sabríamos que estamos enfermos y no buscaríamos una cura. La Ley no es mala por revelar nuestro pecado. Deshacerse de la Ley no resuelve absolutamente nada. 

No es la Ley la que necesita arreglo sino nosotros.  Sin embargo, muchos cristianos creen que clavando la Ley en la cruz resuelven el problema del pecado.

Nadie puede hablar de la gracia sin hablar de la Ley.  La Ley detecta nuestro pecado y nos manda a Cristo, el gran Salvador.  La Ley es el ayo que nos conduce a Cristo (ver  Gálatas 3:19, 24). Si no fuera por la Ley no sabríamos que necesitamos la gracia.  ¡Anular la  Ley es anular la gracia!

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 49-

COMO SOMOS SALVOS –parte 16-

LA FE Y LAS OBRAS –parte 3-

En el capítulo 11 de Hebreos hallamos una descripción vívida de lo que es la fe genuina.  Los héroes se describen como poderosos en obras. No menos de veinte veces se emplea la expresión “por la fe”, seguida por una descripción del fruto que siguió a la fe. 

Abel ofreció el sacrificio, Enoc caminó con Dios, Noé construyó el arca, Abrahán obedeció a Dios al salir de Ur, Jacob bendijo a sus hijos, Moisés rehusó ser llamado el hijo de la hija de Faraón y escogió el vituperio de Cristo antes que las riquezas de Egipto, Israel pasó el mar Rojo, Rahab recibió a los espías. ¡Qué gran descripción de la fe en acción!

La fe no es algo que existe en la mente sino en el corazón, no tiene que ver tanto con creer en algo sino en alguien, y ese alguien es Cristo.  Santiago dice que aún los demonios creen que Dios es uno y tiemblan.  No es suficiente creer que Cristo murió y resucitó, hay que confiar en El como Salvador y Señor.  Si la fe no transforma nuestra forma de pensar y actuar, tendremos meramente la apariencia de piedad sin la eficacia de ella (2 Timoteo 3:5).

En un tema anterior hablamos de un policía que pagó la multa de alguien que había excedido en gran medida el límite de velocidad.  Estaba bajo la pena de la ley hasta que la gracia del policía pagó su deuda.  Pero la gracia no le dio libertad de exceder el límite de velocidad cuando quisiera. La gracia no nos da licencia para desobedecer a Dios.

Cuando nos entregamos de verdad a Cristo y nacemos de nuevo, todo cambia. Lo que antes nos gustaba, ya no nos gusta; y lo que antes no nos gustaba, ahora nos gusta.  El que se ha entregado a Cristo experimenta un cambio radical.  Su forma de vestir cambia.  Ya no come ni bebe aquello que le daña el cuerpo, que es el templo del Espíritu Santo.  Lo que antes veía y leía, ahora le resulta repulsivo. 

La música mundana que antes le agradaba, le resulta aborrecible.  La lengua que antes era ociosa y liviana, ahora le tributa gloria a Dios.  Los talentos, el dinero, el tiempo y las fuerzas que se empleaban para el reino de Satanás, se consagran al servicio de Dios.  Ahora nos agrada orar, estudiar la Biblia y hablar a  otros de Cristo. Las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas.  Donde antes éramos siervos del pecado, ahora somos siervos de la justicia (Romanos 6:18). ¡Maravillosa transformación!

Esto no significa que la vida cristiana va a ser fácil o que todas las tareas van a ser agradables. La evidencia de la fe genuina y el amor sincero está en la obediencia.  Jesús dijo:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos…El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (Juan 14:15, 21). 

“Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. [Éxodo 20:3-17]. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:3-4).

“Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18).  “Pues éste es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3).

LA CRUZ Y LA LEY

Continúa en parte 50

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 48-

COMO SOMOS SALVOS –parte 15-

LA FE Y LAS OBRAS –parte 2-

“Porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados” (Romanos 2:13). El apóstol Pablo declara en repetidas ocasiones que la salvación es por la fe, pero luego dice que seremos juzgados por nuestras obras (Romanos 2:6). Si soy salvo por la fe, ¿no sería lógico que Dios me juzgara también por la fe?

Pero el panorama se complica aún más cuando el apóstol Pablo nos dice que Abrahán fue justificado por la fe (Romanos 4:3) y Santiago declara que fue justificado por las obras (Santiago 2:21), y que “el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24).

¿Cómo reconciliamos estas aparentes discrepancias en el testimonio bíblico en cuanto a la fe y las obras? Creo que la respuesta se halla en Efesios 2:8-10, en donde el apóstol Pablo emplea tres palabras claves: gracia, fe y obras.  Citemos los versículos 8-9; “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y ésto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Muchos cristianos dejan de leer en el versículo 9 y llegan a la conclusión de que Dios no exige buenas obras.  Pero leamos el “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

La gracia es la mano de Dios que se extiende al hombre y la fe es la mano del hombre que se extiende en respuesta a Dios.   Cuando la mano de la fe se aferra de la mano de la gracia, habrá buenas obras.  Pero éstas han sido preparadas por Dios para que andemos en ellas.  Por haber nacido de nuevo en Cristo, El hace las obras en nosotros.

Pablo y Santiago NO se contradicen, simplemente están luchando contra dos diferentes enemigos del Evangelio.  Pablo les escribe a los judíos, quienes creían que si se portaban bien Dios los tenía que salvar. Las “obras de la ley” que menciona Pablo son malas porque se hacen para ganar méritos ante Dios.  Pablo se enfrentó a aquellos que dicen ¿si guardo la Ley, Dios me va a salvar”.

Pero Santiago se enfrentó a otro enemigo mortal del Evangelio de Cristo. Según parece, algunos cristianos –como sucede también hoy día- habían tergiversado  la teología de Pablo y decían que como eran salvos por fe, las obras no tenían ninguna importancia; decían que tenían fe, pero entraban a la iglesia cuellierguidos e ignoraban las obras de caridad a favor de los necesitados (Ver Santiago 2:14-16). 

Las obras para Santiago son aquellas que vienen como fruto de la salvación. Si Pablo y Santiago vivieran hoy,  Pablo diría: “Por gracia sois salvos por medio de la fe”, Santiago respondería “por una fe que obra”.

Las obras son la evidencia de una fe genuina, son el fruto de la salvación. Las obras no nos salvan, pero si revelan que hemos sido salvos.  La fe sin obras es muerta; una fe viva producirá buenas obras. Por eso es que somos salvos por la fe, pero seremos juzgados por obras.  En el juicio las obras demostrarán si nuestra fe es genuina.

La fe y las obras son como los remos de un bote: se necesitan los dos para avanzar en línea recta en la vida cristiana. La fe es el poder que impulsa nuestra vida espiritual y las obras vienen como resultado. 

-Continúa en parte 49-

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 47-

COMO SOMOS SALVOS –parte 14-

DEBEMOS PASAR TIEMPO CON CRISTO-parte 2-

Algunos cristianos se preguntan por qué sufren una derrota tras otra en  su vida espiritual.  Tal vez la razón principal se halle en la forma como emplean su mente. Ilustremos ésto. Si una persona permite que su mente se espacie en las telenovelas, ¿cómo  será esa persona? Las telenovelas enfatizan el adulterio, la mentira, las sospechas, la deshonestidad y todo lo que condena la Palabra de Dios.

Cuando una persona ve estas cosas, su mente se adapta a ellas y se corrompe. Pero cuando estudia la Biblia, ésta reprende las inclinaciones inicuas del corazón y tiene poder transformador. Desenmascara los deseos del corazón pecaminoso y nos manda a Cristo para recibir sanidad.

La mente se adapta a aquello sobre lo que se le permite concentrarse. Si dedicamos nuestro tiempo para ver y oír lo que es vil, nuestra vida reflejara vileza. Pero si dedicamos nuestro tiempo para concentrarnos en lo que es puro y santo, nuestra vida será pura y santa.  Como el hombre piensa en su corazón, así es él.

En cierta ocasión los discípulos se hallaban en un bote sobre el mar de Galilea.  El mar estaba agitado y los discípulos se atemorizaron. De repente apareció un personaje que caminaba sobre las aguas. Los discípulos se llenaron de terror pues creían estar viendo a un fantasma (Mateo 14:26).  Cuando Jesús les dijo:“¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!“ (Mateo 14:27), el apóstol Pedro le pidió a Jesús que le permitiera andar sobre las aguas y Jesús consintió con su pedido. 

Mientras Pedro mantuvo sus ojos fijos en Jesús todo estuvo bien, pero cuando los apartó del Maestro y los puso en las olas y el viento y tal vez sobre sus compañeros, se empezó a hundir. Esta historia nos enseña una gran lección en cuanto a la victoria sobre el pecado.  Cuando quitamos nuestra vista de Jesús aún por un instante, nos hundimos en el mar del pecado, pero con los ojos fijos en El, haremos lo imposible.

La única esperanza de vencer el pecado se halla en mantener los ojos fijos en Jesús.  Por ésto el libro de Hebreos nos insta a despojarnos “de todo el peso y del pecado que nos asedia” y a correr “con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1-2)

LA FE Y LAS OBRAS –parte 1-

Muchos se sienten inquietos cuando se les habla de la victoria sobre el pecado.  Anhelan a Cristo como Salvador pero no como Señor.  Afirman con audacia: “Soy salvo por gracia y mis obras nada tienen que ver con mi salvación”.  Estas personas quieren seguir viviendo como siempre lo han hecho y disfrutar al mismo tiempo de la seguridad de la salvación.  Esto nos trae al tema de la fe y las obras.

El testimonio bíblico parece ser contradictorio en materia de fe y obras. El apóstol Pablo afirma categóricamente: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28), pero el mismo apóstol dice:

“Porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados (Romanos 2:13).

Continúa en parte 48

 

 

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ESPERANZA PARA EL PLANETA TIERRA – EL FUTURO BRILLANTE DE UNA RAZA CAIDA –parte 46-

COMO SOMOS SALVOS –parte 13-

DEBEMOS PASAR TIEMPO CON CRISTO-parte 1-

Hemos estudiado brevemente los tres secretos de una vida santificada.  En el estudio de su Palabra, Cristo nos habla a nosotros. En la oración nosotros hablamos con Cristo, y en la testificación hablamos a otros de Cristo. Esto es lo que llamamos el “triángulo de la santificación”.

El fundamento de este triángulo es la comunicación. Mientras más tiempo paso hablando con Jesús, más fuerte será mi relación con El y más victorias ganaré.  En 2 Corintios 3:18 el apóstol Pablo expresó este principio: “por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”.

La palabra “transformados” que aparece en este versículo procede del vocablo metamorfoeo, de donde viene nuestra palabra “metamorfosis”. Somos transformados a la imagen y semejanza de lo que vemos y oímos. Si nuestra mente se concentra en Cristo, seremos como El, pero si se explaya en las cosas del mundo, seremos como el mundo.

La gran batalla contra el pecado se gana o se pierde en la mente.  Por eso debemos constantemente concentrar nuestra mente en Cristo y en las cosas espirituales, y no en nosotros mismos y en las cosas del mundo. Veamos la importancia de la mente en la historia de Acán que se halla registrada en Josué 7.

Cuando el pueblo de Israel destruyó Jericó, Dios les prohibió terminantemente que tomaran alguna cosa que estaba en la ciudad.  Pero Acán desobedeció a Dios. Es interesante ver los cuatro pasos que dio Acán en su transgresión.  Los encontramos registrados en el versículo 21: “Vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra…”.

A veces pensamos que el pecado es actuar mal, pero en realidad es pensar mal.  Acán pecó antes de tomar estas cosas, pues permitió que su mente codiciara lo que sus ojos habían contemplado. Hay que vencer el pecado en la mente antes que podamos vencerlo en la acción.

Si mantenemos una íntima comunión con Cristo por medio  de la oración, el estudio de la Biblia y la testificación a otros, podremos vencer la tentación en el momento que nos llega; pero si nuestra mente se explaya sobre aquello que es vil, sufriremos una derrota tras otra en nuestra vida espiritual. 

Por eso el apóstol Pablo dice: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en ésto pensad” (Filipenses 4:8). El mismo apóstol nos insta a no conformarnos a este mundo, sino a ser reformados por la renovación de nuestra mente, para que así podamos saber cuál es “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

Continúa en parte 47

 

 

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