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Archive for 23 noviembre 2010

EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 12-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO -parte 6

Muchos aceptan una religión intelectual, una forma de santidad, sin que el corazón esté limpio. Sea nuestra oración: “¡Crea en mi, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mi!” (Salmo 51:10).  Seamos leales con nuestra propia alma. Seamos tan diligentes, tan persistentes, como lo seríamos si nuestra vida mortal estuviera en peligro.  Este es un asunto que debe arreglarse entre Dios y nuestra alma; arreglarse para la eternidad.  Una esperanza supuesta y nada más, llegará a ser nuestra ruina.

Estudiemos la Palabra de Dios con oración. Esa Palabra nos presenta, en la Ley de Dios y en la vida de Cristo, los grandes principios de “la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb.12:14). Convence de pecado; revela plenamente el camino de la salvación. Prestémosle atención como a la voz de Dios que nos habla.

Cuando veamos la enormidad del pecado, cuando nos veamos como somos en realidad, no nos entreguemos a la desesperación. Pues a los pecadores es a quienes Cristo vino a salvar. El está solicitando por su tierno amor los corazones de sus hijos errados.  Ningún padre según la carne podría ser tan paciente con las faltas y yerros de sus hijos, como lo es Dios con aquellos a quienes trata de salvar. Nadie podría argüir más tiernamente con el pecador.  Jamás labios humanos han dirigido invitaciones más tiernas que El al extraviado.  Todas sus promesas, sus amonestaciones, no son sino la expresión de su indecible amor.

Cuando Satanás viene a decirte que eres un gran pecador, mira a tu Redentor y habla de sus méritos.  Lo que te ayudará será el mirar su luz.  Reconoce tu pecado, pero di al enemigo que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores “(1Tim.1:15), y que puedes ser salvo por su incomparable amor. Los méritos de su sacrificio son suficientes para presentarlos al Padre en nuestro favor.  Aquéllos a quienes ha perdonado más, lo amarán más, y estarán más cerca de su trono alabándolo por su grande amor e infinito sacrificio.  Cuanto más plenamente comprendemos el amor de Dios, más nos percatamos de la pecaminosidad del pecado.  Cuando vemos cuán larga es la cadena que se nos ha arrojado para rescatarnos, cuando entendemos algo del sacrificio infinito que Cristo ha hecho en nuestro favor, el corazón se derrite de ternura y contrición.  (Elena White)

  • “Pero anhelaban una mejor, ésto
  • es, celestial; por lo cuál Dios no se
  • avergüenza de llamarse Dios de ellos;
  • porque les ha preparado una ciudad.”  (Heb.11:16)
  • “Bienaventurados los que guardan
  • sus mandamientos, para tener
  • derecho al árbol de la vida, y para
  • entrar por la puertas de la ciudad”.  (Apoc.22:14)
  • “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que
  • os falta conforme a sus riquezas en
  • gloria en Cristo Jesús”.  (Filip.4:19)
  • Reconócelo en todos tus
  • caminos, y El enderezará  tus veredas”.  (Prov.3:6)

 

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 11-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO -parte 5-

Adán y Eva se persuadieron de que por una cosa de tan poca importancia, como comer la fruta prohibida, no podrían resultar tan terrible consecuencias como Dios les había declarado.  Pero esta cosa tan pequeña era la transgresión de la Santa e inmutable Ley de Dios; separaba de Dios al hombre y abría las compuertas de la muerte y de miserias sin número sobre nuestro mundo.  Siglo tras siglo ha subido de nuestra tierra un continuo lamento de aflicción, y la creación a una gime bajo la fatiga terrible del dolor, como consecuencia de la desobediencia del hombre.  El cielo mismo ha sentido los efectos de la rebelión del hombre contra Dios.  El Calvario está delante de nosotros como un recuerdo del sacrificio asombroso que se requirió para expiar la transgresión de la Ley Divina.  No consideremos el pecado como cosa trivial.

Toda transgresión, todo descuido o rechazo de la gracia de Cristo, obra indirectamente sobre nosotros; endurece el corazón, deprava la voluntad, entorpece el entendimiento y, no solamente nos hace menos inclinados a ceder, sino también menos capaces de ceder a la tierna invitación del Espíritu de Dios.

Muchos están apaciguando su conciencia inquieta con el pensamiento de que pueden cambiar su mala conducta cuando quieran; de que pueden tratar con ligereza las invitaciones de la misericordia y, sin embargo, seguir siendo llamados.  Piensan que después de menospreciar al Espíritu de gracia, después de echar su influencia del lado de Satanás, en un momento de terrible necesidad pueden cambiar de conducta.  Pero ésto no se hace tan fácilmente.  La experiencia y la educación de una vida entera han amoldado de tal manera el carácter, que pocos desean después recibir la imagen de Jesús.

Un solo rasgo malo de carácter, un solo deseo pecaminoso, acariciado persistentemente, neutralizan a  veces todo el poder del Evangelio. Toda indulgencia pecaminosa fortalece la aversión del alma hacia Dios. El hombre que manifiesta un descreído atrevimiento o una impasible indiferencia hacia la verdad, no está sino segando la cosecha de su propia siembra.  En toda la Biblia no hay amonestación más terrible contra el hábito de jugar con el mal que las palabras del hombre sabio, cuando dice: “Prenderán al impío sus propia iniquidades” (Prov.5:22).

Cristo está pronto para libertarnos del pecado, pero no fuerza la voluntad; y si por la persistencia en el pecado la voluntad misma se inclina enteramente al mal y no deseamos ser libres, si no queremos aceptar su gracia, ¿qué más puede hacer? Hemos obrado nuestra propia destrucción por nuestro deliberado rechazo de su amor. “¡He aquí ahora es el tiempo acepto! ¡He aquí ahora es el día de salvación!” (2Cor.6:2) “¡Hoy, si oyeres su voz, no endurezcáis vuestros corazones!”  (Heb.3:7,8). “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” (1Samuel 16:7), el corazón humano con sus encontradas emociones de gozo y tristeza, el extraviado y caprichoso corazón, morada de tanta impureza y engaño. El sabe tus motivos, tus mismos intentos y miras. Vayamos a El con nuestra alma manchada como está.  Como el salmista, abramos nuestras cámaras al ojo que todo lo ve:

¡Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame, y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mi, camino de perversidad, y guíame en el camino eterno!” (Salmo 139:23, 24). 

(Elena White)

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 10-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO -parte 4-

No todos los pecados son delante de Dios de igual magnitud; hay diferencia de pecados a su juicio, como la hay a juicio de los hombres; sin embargo, aunque éste o aquél acto malo puede parecer frívolo a los ojos de los hombres, ningún pecado es pequeño o grande a la vista de Dios.  El juicio de los hombres es parcial e imperfecto; más Dios ve todas las cosas como son realmente. El borracho es detestado y se dice que su pecado lo excluirá del cielo, mientras que el orgullo, el egoísmo y la codicia muchísimas veces pasan sin condenarse.

Sin embargo, éstos son pecados que ofenden especialmente a Dios; porque son contrarios a la benevolencia de su carácter, a ese amor desinteresado que es la misma atmósfera del universo que no ha caído. El que cae en alguno de los pecados grandes puede avergonzarse y sentir su pobreza y necesidad de la gracia de Cristo; pero el orgullo no siente ninguna necesidad y cierra el corazón a Cristo y a las infinitas bendiciones que El vino a derramar.  Si percibimos nuestra condición pecaminosa, no esperemos a hacernos mejores a nosotros mismos.  Hay ayuda para nosotros solamente en Dios. No debemos permanecer en espera de persuasiones más fuertes, de mejores oportunidades o de caracteres más santos.  Nada podemos hacer por nosotros mismos.  Debemos ir a Cristo tales como somos.

Pero nadie se engañe a si mismo con el pensamiento de que Dios, en su grande amor y misericordia, salvará aún a aquellos que rechazan su gracia.  La excesiva corrupción del pecado puede conocerse solamente a la luz de la cruz. Cuando los hombres insisten en que Dios es demasiado bueno para desechar a los pecadores, miren al Calvario.  Fue porque no había otra manera en que el hombre pudiese ser salvo, porque sin este sacrificio era imposible que la raza humana escapara del poder contaminador del pecado y se pusiera en comunión con los seres santos, imposible que los hombres llegaran a ser participes de la vida espiritual; y fue  por esta causa por lo que Cristo tomó sobre si la culpabilidad del desobediente y sufrió en lugar del pecador. 

El amor, los sufrimientos y la muerte del Hijo de Dios, todo da testimonio de la terrible enormidad del pecado y prueba que no hay modo de escapar de su poder, ni esperanza de una vida más elevada, sino mediante la sumisión del alma a Cristo. El Señor no nos ha dado un imperfecto modelo humano.  Se nos ha dado como modelo al inmaculado Hijo de Dios, y los que se quejan de la mala vida de los que profesan ser creyentes, son los que deberían presentar una vida y un ejemplo más nobles. Saben lo que es bueno, y, sin embargo rehúsan hacerlo.

No posterguemos la obra de abandonar nuestros pecados y buscar la pureza del corazón por medio de Jesús. Hay un terrible peligro, en retardarse en ceder a la invitación del Espíritu Santo de Dios, en preferir vivir en el pecado.  Lo que no venzamos nos vencerá y determinará  nuestra destrucción. (Elena White)

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 9-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO -parte 3-

El pecador puede resistir a este amor, puede rehusar ser atraído a Cristo; pero si no se resiste será atraído a Jesús, un conocimiento del plan de la salvación lo guiará  al pie de la cruz, arrepentido de sus pecados que han causado los sufrimientos del amado Hijo de Dios.

La misma inteligencia divina que obra en la naturaleza habla al corazón de los hombres y crea un deseo indecible de algo que no tienen.  Las cosas del mundo no pueden satisfacer su ansiedad. El Espíritu de Dios está  suplicándoles que busquen las cosas que sólo pueden dar paz y descanso: la gracia de Cristo y el gozo de la santidad. Por medio de influencias visibles e invisibles, nuestro Salvador está constantemente obrando para atraer el corazón de los hombres de los vanos placeres del pecado a las bendiciones infinitas que pueden disfrutar en El. A todas estas almas que están procurando vanamente beber en las cisternas rotas de este mundo, se dirige el mensaje divino: “El que tiene sed, ¡venga! ¡y el que quiera, tome del agua de la vida, gratuitamente!” (Apoc.22:17).

Los que en sus corazones anhelan algo mejor que lo que este mundo puede dar, reconozcan este deseo como la voz de Dios que habla a sus almas. Pídanles que les de arrepentimiento, que les revele a Cristo en su amor infinito y en su pureza perfecta.  En la vida del Salvador quedaron perfectamente ejemplificados los principios de la Ley de Dios y el amor de Dios y al hombre. La benevolencia y el amor desinteresado fueron la vida de su alma.  Contemplándolo, nos inunda la luz de nuestro Salvador  y podemos ver la pecaminosidad de nuestro corazón.

Podemos lisonjearnos como Nicodemo de que nuestra vida ha sido muy buena, de que nuestro carácter es perfecto y pensar que no necesitamos humillar nuestro corazón delante de Dios como el pecador común, pero cuando la luz de Cristo resplandece en nuestras almas, vemos cuán impuros somos; discernimos el egoísmo de nuestros motivos y la enemistad contra Dios, que ha manchado todos los actos de nuestra vida.  Entonces conocemos que nuestra propia justicia es en verdad como andrajos inmundos y que solamente la sangre de Cristo puede limpiarnos de las manchas del pecado y renovar nuestro corazón a su semejanza.

Un rayo de luz de la gloria de Dios, un destello de la pureza de Cristo que penetre en el alma, hace dolorosamente visible toda mancha de pecado y descubre la deformidad y los defectos del carácter humano.  Hace patentes los deseos impuros, la infidelidad del corazón y la impureza de los labios.  Los actos de deslealtad del pecador que anula la ley de Dios, quedan expuestos a su vista y su espíritu se aflige y se oprime bajo la influencia escudriñadora del Espíritu de Dios.

Cuando el profeta Daniel vio la gloria que rodeaba al mensajero celestial que le había sido enviado, se sintió abrumado por su propia debilidad e imperfección.  Describiendo el efecto de la maravillosa escena, dijo:”No quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno” (Daniel 10:8). Cuando el alma se conmueve de esta manera, odia el egoísmo, aborrece el amor propio y busca, mediante la justicia de Cristo, la pureza  de corazón que está en armonía con la Ley de Dios y con el carácter de Cristo.  (Elena White)

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO-parte 8-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO -parte 2-

  • “¡Apiádate de mi, Oh Dios, conforme a tu misericordia;
  • conforme a la muchedumbre de tus piedades, borra mis transgresiones!
  • Porque yo reconozco mis transgresiones
  • y mí pecado está  siempre delante de mí…
  • ¡Purifícame con hisopo, y seré limpio;
  • lávame, y quedaré más blanco que la nieve!
  • ¡Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
  • y renueva un espíritu recto dentro de mí!
  • ¡No me eches de tu presencia,
  • y no me quites tu Santo Espíritu!  (parte del Salmo 51)

Efectuar un arrepentimiento como éste, está más allá del alcance de nuestro propio poder; se obtiene solamente de Cristo, quien ascendió a lo alto y ha dado dones a los hombres.

Precisamente éste es un punto sobre el cual muchos yerran, y por ésto dejan de recibir la ayuda que Cristo quiere darles. Piensan que no pueden ir a Cristo a menos que se arrepientan primero, y que el arrepentimiento los prepara para el perdón de sus pecados.  Es verdad que el arrepentimiento precede al perdón de los pecados, porque solamente el corazón quebrantado y contrito es el que siente la necesidad de un Salvador.  Pero ¿debe el pecador esperar hasta que se haya arrepentido, para poder ir a Jesús? ¿Ha de ser el arrepentimiento un obstáculo entre el pecador y el Salvador?

La Biblia no enseña que el pecador deba arrepentirse antes de poder aceptar la invitación de Cristo: ¡Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso!” (Mateo 11:28).

La virtud que viene de Cristo es la que guía a un arrepentimiento genuino.  San Pedro habla del asunto de una manera muy clara en su exposición a los israelitas cuando dice: “A éste, Dios le ensalzó con su diestra para ser Príncipe y Salvador, a fin de dar arrepentimiento a Israel, y  remisión de pecados” (Hechos 5:31). No podemos arrepentirnos sin que el Espíritu de Cristo despierte la conciencia, más de los que podemos ser perdonados sin Cristo.

Cristo es la fuente de todo buen impulso.  El es el único que puede implantar en el corazón enemistad contra el pecado.  Todo deseo de verdad y de pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad, es una prueba  de que su Espíritu está obrando en nuestro corazón.

Jesús dijo: “Yo si fuere levantado en alto de sobre la tierra, a todos los atraeré a mí mismo” (Juan 12:32). Cristo debe ser revelado al pecador como el Salvador que muere por los pecados del mundo; y cuando consideramos al Cordero de Dios sobre la cruz del Calvario, el misterio de la redención comienza a abrirse a nuestra mente y la bondad de Dios nos guía al arrepentimiento.  Al morir Cristo por los pecadores, manifestó un amor incomprensible; y este amor, a medida que el pecador lo contempla, enternece el corazón, impresiona la mente e inspira contricción en el alma.

Es verdad que algunas veces los hombres se avergüenzan de sus caminos pecaminosos y abandonan algunos de sus malos hábitos antes de darse cuenta de que son atraídos a Cristo. Pero cuando hacen un esfuerzo por reformarse, con un sincero deseo de hacer el bien, es el poder de Cristo el que los está atrayendo.  Una influencia de la cual no se dan cuenta, obra sobre el alma, la conciencia se vivifica y la vida externa se enmienda. Y a medida que Cristo los induce a mirar su cruz y contemplar a quien han traspasado sus pecados, el mandamiento despierta la conciencia.  La maldad de su vida, el pecado profundamente arraigado en su alma se revela.  Comienzan a entender algo de la justicia de Cristo. ¿Qué es el pecado para que exigiera tal sacrificio por la redención de su víctima? ¿Fueron necesarios todo este amor, todo este sufrimiento, toda esta humillación, para que no pereciéramos, sino que tuviéramos vida eterna?  (Elena White)

 

 

 

 

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 7-

UN PODER MISTERIOSO QUE CONVENCE

COMO VENIR A DIOS ARREPENTIDO-parte 1-

¿Cómo se justificará el hombre con Dios? ¿Cómo se hará justo el pecador? Solamente por intermedio de Cristo podemos ponernos en armonía con Dios y la santidad; pero, ¿cómo debemos ir a Cristo? Muchos formulan la misma pregunta que hicieron las multitudes el día de Pentecostés, cuando convencidas de su pecado, exclamaron: “¿Qué haremos?” La primera palabra de contestación de Pedro fue “Arrepentíos.” Poco después, en otra ocasión, dijo:”Arrepentíos pues, y volveos a Dios; para que sean borrados vuestros pecados.” (Hechos 2:38; 3:19).

El arrepentimiento comprende tristeza por el pecado y abandono del mismo.  No renunciaremos al pecado a menos que veamos su pecaminosidad; mientras no lo repudiemos de corazón, no habrá cambio real en la vida.

Hay muchos que no entienden la naturaleza verdadera del arrepentimiento.  Gran número de personas se entristecen por haber pecado y aún se reforman exteriormente, porque  temen que su mala vida les acarre sufrimientos.  Pero ésto no es arrepentimiento en el sentido bíblico.  Lamentan la pena más bien que el pecado.  Tal fue el dolor de Esaú cuando vio que había perdido su primogenitura para siempre.  Balaán, aterrorizado por el ángel que estaba en su camino con la espada desnuda, reconoció su culpa por temor de perder la vida; más no experimentó un arrepentimiento sincero del pecado, ni un cambio de propósito, ni aborrecimiento del mal.  Judas Iscariote, después de traicionar a su Señor, exclamó: “¡He pecado, entregando la sangre inocente!”(Mateo 27:4).

Esta confesión fue arrancada a la fuerza de su alma culpable por un tremendo sentido de condenación y una pavorosa expectación de juicio.  Las consecuencias que habían de resultarle lo llenaban de terror, pero no experimentó profundo quebrantamiento de corazón, ni dolor de alma por haber traicionado al Hijo inmaculado de Dios y negado al Santo de Israel. Cuando Faraón sufría los juicios de Dios, reconoció su pecado a fin de escapar del castigo, pero volvió a desafiar al cielo tan pronto como cesaron las plagas.  Todos éstos lamentaban los resultados del pecado, pero no sentían tristeza por el pecado mismo.

Más cuando el corazón cede a la influencia del Espíritu de Dios, la conciencia se vivifica y el pecador discierne algo de la profundidad y santidad de la sagrada ley de Dios, fundamento de su gobierno en los cielos y en la tierra.  “Aquella Luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Juan 1:9), iluminando las cámaras secretas del alma y manifestando las cosas ocultas.  La convicción se posesiona de la mente y del corazón.  El pecador tiene entonces conciencia de la justicia de Jehová y siente terror de aparecer en su iniquidad e impureza delante del que escudriña los corazones.  Ve el amor de Dios, la belleza de la santidad y el gozo de la pureza. Ansía ser purificado y restituido a la comunión del cielo.

La oración de David después de su caída es una ilustración de la naturaleza del verdadero dolor por el pecado.  Su arrepentimiento era sincero y profundo.  No hizo ningún esfuerzo por atenuar su crimen; ningún deseo de escapar del juicio que lo amenazaba inspiró su oración.  David veía la enormidad de su transgresión; veía las manchas de su alma; aborrecía el pecado.  No imploraba solamente el perdón, sino también la pureza de corazón.  Deseaba tener el gozo de la santidad, ser restituido a la armonía y comunión con Dios. Este era el lenguaje de su alma.

“¡Bienaventurado aquél cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado!”  (Salmo 32:1).

(Elena White)

 

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EL CAMINO A CRISTO -EL PRINCIPE DEL CIELO- parte 6-

LA URGENTE NECESIDAD DEL HOMBRE

PORQUE DEBES NACER DE NUEVO –parte 3-

Vanos son los sueños de progreso de los hombres, vanos todos sus esfuerzos por elevar a la humanidad, si menosprecian la única fuente de esperanza y amparo para la raza caída. “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces…”. El único camino para ir a Dios es Cristo, quien dice: “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie viene al Padre sino por mi” (Juan 14:6).

El corazón de Dios suspira por sus hijos terrenales con un amor más fuerte que la muerte.  Al dar a su Hijo nos ha vertido todo el cielo en un don.  La vida, la muerte y la intercesión del Salvador, el ministerio de los ángeles, la imploración del Espíritu Santo, el Padre que obra sobre todo y por todo, el interés incesante de los seres celestiales; todo está empeñado en la redención del hombre.

Contemplemos el sacrificio que ha sido hecho por nosotros. Procuremos apreciar el trabajo y la energía que el cielo está empleando para rescatar al perdido y traerlo de nuevo a la casa de su Padre.  Jamás podrían haberse puesto en acción motivos más fuertes y energías más poderosas.  Los grandiosos galardones por el bien hacer, el goce del cielo, la compañía de los ángeles, la comunión y el amor de Dios y de su Hijo, la elevación y al acrecentamiento de todas nuestras facultades por las edades eternas ¿no son estos incentivos y estímulos poderosos que nos instan a dedicar a nuestro Creador y Salvador el amante servicio de nuestro corazón?

Y por otra parte, los juicios de Dios pronunciados contra el pecado, la retribución inevitable, la degradación de nuestro carácter y la destrucción final, se presentan en la Palabra de Dios para amonestarnos contra el servicio de Satanás.

¿No apreciaremos la misericordia de Dios? Pongámonos en perfecta relación con Aquél que nos ha amado con estupendo amor.  Aprovechemos los medios que nos han sido provistos para que seamos trasformados conforme a su semejanza y restituidos a la comunión de los ángeles ministradores, a la armonía y comunión del Padre y el Hijo. (Elena White)

  • “PERO SI ANDAMOS EN LUZ, COMO EL
  • ESTA EN LUZ, TENEMOS COMUNIÓN UNOS
  • CON OTROS, Y LA SANGRE DE JESUCRISTO
  • SU HIJO NOS LIMPIA DE TODO PECADO.
  • SI CONFESAMOS NUESTROS PECADOS, EL
  • ES FIEL Y JUSTO PARA PERDONAR NUESTROS
  • PECADOS, Y LIMPIARNOS DE TODA MALDAD” (1Juan 1:7,9)
  • Y CUALQUIERA COSA QUE
  • PIDIEREMOS LA RECIBIREMOS DE EL
  • PORQUE GUARDAMOS SUS MANDAMIENTOS, Y HACEMOS LAS COSAS
  • QUE SON AGRADABLE DELANTE DE EL” (1 Juan 3:22)

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